Crónica

Cali a 50 kilómetros por hora

Cali es un viaje en bus donde cada parada revela un rostro distinto de este personaje disfrazado de ciudad: la nostalgia de la Quinta, el miedo por sus calles donde hasta los Romeos y las Julietas son Corleone, la rumba culto, y la violencia como sombra inevitable. A 50 kilómetros por hora, la capital del Valle se muestra en toda su contradicción: vital y melancólica, festiva y trágica, siempre al borde entre el recuerdo y el abismo. A la velocidad justa para contemplar su caos, Cali se desviste como un poema hecho de tragedia, comedia y son montuno.

Por: Iarley Rodríguez
Estudiante de Licenciatura en Literatura, Univalle

Foto: Iarley Rodríguez
Foto: Iarley Rodríguez

—Próxima parada, Unidad Deportiva con transferencia a Terminal Cañaveralejo.

Cali parece distinta de día que de noche; pero para un melancólico aquella diferencia no radica en el movimiento de dos lumbreras celestes sino en el grado de conciencia que le otorgue una cantidad suficiente de tabaco y una mala compañía.

De camino a lo que para unos es un nido guerrillos, para otros el motor del rojo amanecer y el “progreso” de un platanal condenado a la eterna soledad; y para mí, el umbral de no solo un fracaso social sino a su vez de mi fracaso como sujeto, de mi separación de la sociedad, se divisan por allá por la quinta los reductos de tiempos pasados, tiempos en que la roja alborada estaba a la vuelta de la esquina, donde los neo-hipies venden sus parafernalias y caminan por mera memoria de haber conocido dos, y hasta tres, versiones del mismo suelo sin que sus botas o sandalias se hayan despegado del mismo. El señor con rasgos indígenas que de las mil y un cosas inútiles que vende solo veo de manera instintiva los bolsos wayuu que otrora, quise, y que ahora se han trasladado de mi corazón a mi nostalgia; los sedentarios que se trasladan desde el alba a hacer la misma nada que en sus casas donde disfrutar el olor a marihuana es pecado mortal; los nómadas citadinos de la polis con quienes cinco minutos de charla vale como tres horas en una clase de humanidades. ¿De eso vale la literatura, para marginarse de la sociedad a la que se enfrenta? Los políticos dispuestos por la clase dominante se han tomado muy en serio las consideraciones de Platón sobre el lugar que le concierne a la literatura en la polis: ninguno.

***

—¿Usted sabe quién es Vargas Vila? —me preguntó una de esas nómadas una media noche mientras esperaba el Mío en la multitudinaria Estación ya desierta de San Bosco.

Y aunque sus ademanes, como de cobra cortejando una realidad que la ha confinado al ostracismo de la fila de sus pretendientes, me parecieron chistosos, rezando estaba para que el filo de una navaja en cualquier momento no atravesara mi costado y mi bolso con libros recién comprados a descuento no se perdiera en la bruma en brazos de la esquelética mujer.

—No, no lo conozco —le respondí intentando que mis gestos no delataran el miedo que acrecentaba segundo a segundo, ya no por la vieja, que para ese entonces había despertado la empatía propia de quienes comparten un mismo interés y motivo para no matarse, para seguir cual sadomasoquista sintiendo un grado de satisfacción en este mundo a veces inverosímil, sin razón ni sentido.

—Fue el único poeta maldito que tuvo Colombia.

Y sí, tuvo, porque pisó este platanal en el tiempo en que aún se podía hacer algo por esta seudo patria enemistada con su madre, y a la vez por el tiempo en que se la estaba llevando el putas, y en que sus camaradas precipitaban su fin convencidísimos de que estaban del lado correcto de la historia. Ahora está sumergida en un limbo, atormentada por fantasmas que cada cuatro años le hacen creer que aún está viva.

Foto: Iarley Rodríguez
Foto: Iarley Rodríguez

***

Cali es una ciudad repleta de fronteras, tanto invisibles como visibles. En las primeras, te das cuenta de que has cambiado de jurisdicción, cuando un oficial, casi siempre sin pelo en pecho, con chanclas compradas en basares, camisillas rotas que dejan ver el bello sin cortar de sus axilas, y una resequedad en sus piernas que semeja el maquillaje viejo, se acerca y te pregunta una frase que, cuál Elohim en los primeros días de la creación, es capaz de crear emociones indefinibles de la nada: «de dónde somos, menor». Y en algunos casos, estos policías sin advertencia dejan caer el peso de sus saetas sobre el cuerpo de algún desafortunado extranjero, como los estados sin moral ni Dios contra los terroristas.

—Próxima parada, Estación Santa Librada.

En la Quinta, esa segunda frontera se ubica al cabo de la estación Santa librada, donde se erige nuestra Estatua de la Locura. Se da uno cuenta que entra en tierra sin estado ni dueño por los grafitis mal hechos y los caminantes que van y vienen como caballitos en mesas de casino. Casi nunca se ven los mismos, es como si una mano invisible los removiera cuando estos carecen de utilidad: no cuando los harapos se convierten en ropa, ni cuando los costales se vuelven bolsos, no, esa manifestación del realismo mágico es aquí ilusoria, sino cuando con los mismo harapos y costales se los traga la tierra y el combustible que los mantiene vivos se esparce por las grietas del pavimento. A veces, llegan los fantasmas con sus trágicos trajes blancos y los trasladan a otra tierra a la que le ayudan a tragar con retroexcavadoras. Se olvidan de que la tierra no es Gargantúa, ella sí se sacia de tragar tanta carne.

Del lado sur de la ciudad, las estaciones, casi siempre limpias, están atestadas de lo que muchos desde sus carros llaman ratas vendedoras y pedigüeñas; de este lado, pequeños ratoncitos deambulan por las estaciones escarbando en las cubetas de basura, y los otros ratoncitos, salen con sus madres para luego sumergirse en la bruma, hasta que el sol endiablado de la mañana sobre sus ventanas y el pan por mendigar los obligue a salir de sus madrigueras.

Desde la toma de posesión del actual alcalde, el índice de violencia en Cali ha disminuido un 7%, pero esa cifra, en una ciudad en la que al caminar por sus calles se escucha a Richy Ray cantándonos “Agúzate”, no genera ni el más mínimo consuelo. Para un habitante del Distrito, que la denuncia después de un robo a mano armada, o el atroz homicidio de un ser querido, no es opción, menos; pues si el número de denuncias es el criterio que tienen en cuenta dichas estadísticas, los habitantes de dicho sector no son tenidos en cuenta, en la mayoría de las ocasiones, ni para una entrevista. 

***

—Vamos a comer hamburguesa a la Loma.

Antes de llegar al extremo final del Bulevar, olimos el robo a casi quince metros de distancia, se acercaba con el frenesí de un semental de carreras. A nuestra derecha, unos técnicos reparaban un transformador de electricidad; a nuestra izquierda, a una señora que yacía en el umbral de unas escaleras, le bastó no más que volteara a ver al presunto ladrón para llegar a la sima.

—Vamos por acá —dijo mi compañero con la ilusión de que, al cambiar de andén, por encima de túnel, el presunto ladrón pensara «mierda, cambiaron de andén, ya ni modo, ta’ muy lejos».

Mi compañero lo volteaba a ver cada segundo, y yo pensaba «egh, dejá la murga», como si no hacer contacto visual redujera su interés de apropiarse de lo nuestro. Un señor que paseaba a sus perros los jalaba fuerte y apuraba el paso mientras nos miraba con la misma frecuencia que mi compañero al presunto ladrón. En Cali nadie se salva del miedo… y todos carecen de presunción de inocencia.

—Si el man se viene por acá yo corro —dijo mi compañero. Y yo, que no me gusta correr, rezaba por que no fuera el caso.

Cuando ya íbamos por la mitad del camino, divisamos a lo lejos al tipo, pero no nos dimos cuenta si descendió a la orilla del rio o subió por las escaleras. Solo ahí nos dimos cuenta de que habíamos corrido con suerte, suerte que se hace de oídos sordos a los transeúntes que, como nosotros, logran cambiar de anden, pero se enfrentan en un mal día, de esos 300 al año, con la imposibilidad de cruzar la calle por donde los conductores, ya carentes de civismo, pasan como alma que lleva el diablo, sin dar chico a la víctima, esté esta al inicio, mitad o al final del camino de la vida. 

Foto: Iarley Rodríguez
Foto: Iarley Rodríguez

***

—Próxima parada, estación Lleras Restrepo.

Por una esquina de Villa del Lago lo vi pasar, con el tumbao’ que tienen los borrachos al caminar, lentes de aviador, boina beige, un pantalón cargo negro y un maletín a medio poner del mismo color. Y de repente frente a Casa Grande vio estacionado un camión. SIJIN, eran las letras que yacían en un costado. “Jum, a quién habrán matado”, pensó. Cruzó la calle, casi por memoria, sin quitar la mirada del camión. Impidiendo el acceso estaba la trágica cinta amarilla al inicio del callejón.  Quizá por los efectos del alcohol no se dio cuenta que el estanco estaba sin borrachos, difícil de creer porque aquellos acuden sin falta todos los días para comprar el jarabe que les alivie la fiebre, y más un viernes, el día en que aquella se hace más insoportable.

—¿Mataron a alguien? —le preguntó a dos transeúntes que caminaban a pasos agigantados tanteando la escena con la mirada. 

—Sí, a un muchacho —uno de ellos le respondió. 

—Y desde ahí se puede ver el muerto?  

—Ahí está cerrado, hay que dar la vuelta —dijo aquel señor. 

No comprendió muy bien estas ultimas palabras, pero la curiosidad era tal que se acercó al camión, y efectivamente, la cinta amarilla impedía el paso hacia aquel callejón que por sus luces titilantes y el aire frío saliendo por una de las ventanillas del primer piso del edificio, cobraba un aspecto fantasmal. Al final del callejón, sumidos en una oscuridad que era contrarrestada por el disparo fugas de las cámaras, yacían los ecos de la ley junto con los trágicos fantasmas de blancas batas.

Decidido a no quedarse sin la oportunidad de invocar a las musas, les marcó los pasos a los transeúntes. Miró pa’ un lado, miró pal otro y en la calle ni un alma encontró. «Ya están los tombos, no creo que algo me vaya a pasar», pensó antes de entrar por el callejón contiguo, de dudosa reputación. Con toda confianza se dirigió hacia la escena del crimen. Ya a esas horas, la calle era iluminada someramente por los faros viejos, pero en las casas no se veía ni una luz, ni se escuchaba ni un ruido: ni el televisor de algún insomne, ni las ollas pitadoras de las madres que madrugarían al día siguiente, nada. Miró su muñeca, 11:40, marcaban las dos manecillas, pero la tercera, que siempre veía por dos segundos para corroborar que aún tenía pilas, no estaba. Han de ser los efectos del alcohol, se consoló con una sonrisa triste. Al llegar, vio a un hatajo de personas al otro lado, el cadáver aún escuchaba música mientras su alma desaparecía en la bruma hacia la tierra del olvido.

—Venía escuchando música —dijo uno de los transeúntes. 

Los demás vecinos bajaban de sus balcones, sus rostros mostraban una inusitada mezcla entre la emoción que les suscita un evento que los saca de su monotonía, y la tristeza de ver partir a un alma joven. En ese momento se acercó uno de ellos, de atuendo negro, para la ocasión. Por azar o por causalidad, la vida se encargó de disponer el escenario para el espectáculo atroz. 

—¿Usted escuchó los tiros? —le preguntó el borracho. 

—Sí, yo vivo aquí. —respondió. 

—¿Y cuántos fueron? 

—Jum, como siete. 

—Jum, pero lo querían bien muerto.

—Jum —con acongojado diapasón se alejó. 

En ese momento, un guapo nos acompañó. Llevaba una chaqueta negra, un pantalón entubado y una gorra negra cuya visera que se inclinaba hacia el averno impedía distinguir su rostro. Miró el cadáver, a los tombos, a los fantasmas, y por el callejón, levantando la trágica cinta se marchó. Uno de los policías le dedicó una mirada inexpresiva y luego cambió de objetivo.

«¿No que no dejan pasar a nadie?», sospechó. 

Después de un rato, en los que tomó fotos por si su memoria decidía cobrarle los excesos de esa noche, se marchó con un coro que desde sus audífonos repetía «La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida»; y la idea de que si hubiera pasado quince minutos antes por ese callejón la historia sería distinta, y quien sabe si relato.

Al llegar a casa le contó a su madre lo que había visto y su madre sorprendida dijo: 

—Tan raro que hayan llegado tan rápido, ¿Quince minutos no más? Jum, antes la SIJIN solo llegaba rápido cuando ya todo estaba acordado. 

Foto: Iarley Rodríguez
Foto: Iarley Rodríguez

***

—Próxima parada, estación la Ermita.

Desde aquí, se divisa a lo lejos la imponente loma donde Buziraco sonríe en su prisión, ve como desde ahí se desprende el sabor de su son. Su son suena y resuena en cada taciturno. Si ponemos en un parlante el latido de todos los caleños, se escucha el compás endiablado en que Alfredito Linares seguramente se inspiró para crear Tiahuanaco. Aquí no se salva ni el mocho.

Hace tres años, Delicias Ángel ha tomado la batuta de la Rumba-culto. Cada ocho días su cocina se cierra y se abren las neveras de cerveza. Antes, la ruma la iniciaba Arnober, ahora vende decenas de cervezas por minuto a caleños, y a rubios cuya nacionalidad, casi siempre francesa o yanki, se resume en turistas, estos últimos vienen a imbuirse en el son que en su país es inexistente. Los anglosajones jamás podrán tener un Quijote, dicen, y el son de Buziraco tampoco, sino es importado. Los guardas, vestidos de negro, se las ingenian para que este sea el único lugar de Cali donde no se hace efectivo el dicho «rumba sin bala no es rumba».

—Solo tenemos problemas con los indigentes que viene por las latas de cerveza, ellos hacen lo que sea por esas latas, y a veces toca como correrlos pa un lado… Pero la gente acá se viene a parchar, nunca se ven peleas, y cuando quiere como haber pues nosotros llegamos a mediar la situación y no pasa nada —me dice uno de los guardas de Delicias Ángel.

«Más timbal, para los rumberos», gritan los bailarines, símbolos de la ciudad de Buziraco. Se mueven por la energía que les confiere el ron, el guaro y un amor ágape a aquel son que les da de comer. Contrario a la motivación de un proletario cada mañana, la de aguantarse a un jefe abusivo por el sueldo a fin de mes —que a veces no llega sino a mediados del siguiente, condenándolo a la deuda perenne—, estos lugartenientes del ídolo fatal solo se ven persuadidos por la mucha fe de que mañana, con la buena voluntad de sus espectadores, todo cambiará. Y así, llegan con una sonrisa paciente, sin importar la congoja constante de la vida, a rendir tributo a su dios con pasos endiablados. Para ellos, la idea de una institución que los respalde por su trabajo artístico es solo eso, una idea abandonada hace mucho, una ilusión en la que no creen. El ademán de frustración de algunos de estos monaguillos es notorio cuando de los muchos feligreses que acuden al templo, de cielo adornado con banderines rojo, amarillo, rojo, amarillo, en pocos ven reflejada la gratitud en las talegas sagradas…

La salsa es la expresión festiva del provinciano de la gran ciudad, escuché una vez en una serie. Pero la salsa aquí también es el mecanismo de enajenación de generaciones que van, como diría Miguel Hernández, «entre pena y pena sonriendo», soportando los ignominias de la vida con la esperanza, nunca perdida, de los tinterillos que detrás de la iglesia llegan cada día a trabajar en sus máquinas anacrónicas resistiéndose al torbellino de los años; o de los vendedores informales que antes suministraban minutos y ahora solo cigarrillos, mentas, entre otras mil y un cosas; o con la constancia de cada paloma que acude a la gobernación, sin que nadie pueda desplazarlas de una plaza que gobiernan prácticamente sin oposición, como quienes se pasean por el gran edificio.

Dentro de lo que para muchos es un nido de guerrillos, para otros el motor del progreso social y para mí un oxímoron del potencial y el fracaso, veo a Cali, sobrevivo a Cali, sufro a Cali, y disfruto a Cali; porque hasta un melancólico, sabe que no hay mejor lugar para sumirse en la melancolía que en el Valle del Ídolo fatal.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba