John Searle: adiós al polémico filósofo de la mente
Fallecido el pasado 17 de septiembre a los 93 años, John Searle construyó una carrera desafiando las ortodoxias de su tiempo: negó que las máquinas pudieran pensar cuando todos creían en la inteligencia artificial, defendió la realidad de la conciencia cuando el materialismo eliminativo estaba de moda, y propuso que los cerebros “causan” las mentes. A continuación, un vistazo al legado intelectual de este pensador.
Por: Miguel Ángel Arcila Pérez
Estudiante de Profesional en Filosofía, Univalle

Foto: Tomada de philosophica.info
Imagínese encerrado en una habitación con cestas llenas de símbolos chinos, un extenso libro de reglas en español que especifica qué símbolos enviar como respuesta a otros símbolos, y ranuras por las cuales recibe y envía papeles. Desde el exterior, personas hablantes del mandarín le envían símbolos —lo que ellos llaman “preguntas”— y usted, consultando meticulosamente las reglas, les devuelve otros símbolos —lo que ellos interpretan como “respuestas”. Para los hablantes nativos, sus respuestas son perfectamente coherentes y demuestran comprensión profunda del idioma. Sin embargo, usted no comprende ni un solo caracter: simplemente manipula símbolos formales siguiendo instrucciones sintácticas.
Este experimento mental, conocido como “la habitación china”, se convirtió en una de las críticas más influyentes y debatidas contra la Inteligencia Artificial Fuerte (Strong AI) en la historia de la filosofía. Su creador, John Searle, lo propuso en 1980 como la demostración definitiva de que la sintaxis computacional nunca podrá generar semántica genuina. Sin embargo, cuatro décadas después, muchos filósofos siguen cuestionando si el experimento demuestra lo que Searle pretendía.
“La comprensión requiere algo más que manipular símbolos”, argumentaba Searle con la convicción de quien parece haber encontrado una verdad fundamental sobre la naturaleza de la mente. Pero sus críticos señalaban una pregunta incómoda: ¿cómo sabemos que la comprensión genuina requiere precisamente lo que los cerebros biológicos poseen y las máquinas no?
Esta tensión entre intuición y demostración caracterizó toda la obra de John Searle. Durante más de sesenta años de carrera académica, el filósofo estadounidense construyó lo que llamó “naturalismo biológico”: una teoría que sostiene que la mente es un fenómeno biológico emergente del cerebro, tan real como la digestión, pero irreducible a programas computacionales o a sustancias inmateriales.
John Rogers Searle nació en Denver, Colorado, en 1932, y llegó a la Universidad de California en Berkeley en 1959 como un joven profesor asistente. Allí permanecería los siguientes sesenta años, construyendo una reputación tanto por la originalidad de sus ideas como por su disposición a defender posiciones impopulares. Berkeley no fue simplemente su lugar de trabajo; fue el escenario donde desarrolló una filosofía que sus admiradores consideran revolucionaria y sus detractores califican de conservadora.
En aquellos primeros años en Berkeley, Searle se dedicó a un problema aparentemente técnico: ¿cómo es posible que al pronunciar ciertas palabras no solo describamos el mundo, sino que lo transformemos? Su respuesta, desarrollada en Actos de habla (1969), estableció que el lenguaje no es únicamente descriptivo. Cuando un juez dice “los declaro marido y mujer” o cuando alguien promete “estaré ahí mañana”, está realizando acciones que modifican la realidad social.
Esta teoría de los actos de habla ya contenía el germen de lo que se convertiría en el naturalismo biológico. Para Searle, el lenguaje era una institución social emergente de cerebros biológicos concretos, no de entidades místicas ni de programas abstractos. Era una intuición poderosa, aunque algunos lingüistas cuestionaron si realmente capturaba la naturaleza del significado.
Durante más de sesenta años de carrera académica, el filósofo estadounidense construyó lo que llamó “naturalismo biológico”: una teoría que sostiene que la mente es un fenómeno biológico emergente del cerebro, tan real como la digestión, pero irreducible a programas computacionales o a sustancias inmateriales.
“La filosofía de Searle siempre partió de una intuición básica”, observa David Chalmers, filósofo de la mente y crítico frecuente de sus posiciones. “Los fenómenos mentales son reales y son fenómenos naturales. El problema es que nunca ofreció una explicación convincente de cómo emerge exactamente la conciencia de la biología.”
Esta limitación se volvió más evidente cuando Searle se enfrentó al funcionalismo computacional, la corriente dominante en filosofía de la mente durante los años setenta y ochenta. Su argumento de la habitación china era elegante, pero generó más preguntas que respuestas. ¿Por qué la implementación biológica sería especial? ¿No podría una habitación china suficientemente compleja desarrollar comprensión genuina? Los defensores de la IA fuerte nunca se dieron por vencidos.
“Los cerebros causan mentes”, escribió Searle en Mentes, cerebros y ciencia (1984), resumiendo en cuatro palabras décadas de reflexión filosófica. Para él, la conciencia era un fenómeno biológico de nivel superior, emergente pero causalmente irreducible a la actividad neuronal. Sin embargo, muchos neurocientíficos y filósofos señalaron que esta posición era más bien una promesa que una explicación: ¿cómo exactamente los cerebros “causan” las mentes?
El naturalismo biológico situó a Searle en una zona incómoda del debate filosófico. Los dualistas lo consideraban demasiado materialista; los materialistas eliminativistas lo veían como demasiado comprometido con la realidad de la experiencia consciente; los funcionalistas lo acusaban de chovinismo biológico injustificado. Searle parecía disfrutar de esta soledad intelectual, pero el precio fue una influencia más limitada de la que su talento argumentativo merecía.
En El redescubrimiento de la mente (1992), Searle ofreció su respuesta más sistemática al problema mente-cuerpo. Argumentó que siglos de filosofía habían creado una falsa dicotomía: o bien la mente es una sustancia inmaterial (dualismo) o bien no existe realmente (materialismo eliminativo). Su “naturalismo biológico” prometía una tercera vía. Pero críticos como Patricia Churchland señalaron que Searle simplemente rebautizaba el problema sin resolverlo: decir que la conciencia “emerge” del cerebro no explicaba el mecanismo de esa emergencia.
El naturalismo biológico situó a Searle en una zona incómoda del debate filosófico. Los dualistas lo consideraban demasiado materialista; los materialistas eliminativistas lo veían como demasiado comprometido con la realidad de la experiencia consciente; los funcionalistas lo acusaban de chovinismo biológico injustificado.
La producción literaria de Searle fue extraordinaria: más de veinte libros y cientos de artículos que abordaban temas desde la filosofía política hasta la fenomenología. Pero esta amplitud también fue una debilidad. Sus incursiones en otros campos frecuentemente generaron controversias que opacaron sus contribuciones más sólidas. Sus posiciones sobre género, política y literatura revelaron un pensador menos sofisticado que el filósofo de la mente que había conquistado la academia.
Los últimos años de su carrera estuvieron marcados por polémicas que trascendieron lo académico. Acusaciones de acoso sexual, comentarios controvertidos sobre diversidad, y posiciones políticas polarizantes complicaron su legado intelectual. Para algunos, estos episodios confirmaron las limitaciones de un pensador que nunca logró articular completamente su intuición filosófica central.
“Searle nos planteó preguntas cruciales sobre la naturaleza de la mente”, reflexiona Daniel Dennett, su más persistente crítico intelectual. “Pero sus respuestas fueron menos convincentes que sus objeciones. El naturalismo biológico queda como una posición atractiva pero subdesarrollada.”
Hoy, cuando los modelos de lenguaje de gran escala (LLMs) han reavivado debates sobre la posibilidad de mentes artificiales, el legado de Searle adquiere nueva complejidad. Sus argumentos sobre la diferencia entre sintaxis y semántica siguen siendo influyentes, pero muchos se preguntan si ChatGPT y sus sucesores no están haciendo precisamente lo que Searle consideraba imposible: generar comportamiento inteligente genuino a partir de manipulación simbólica.
John Searle falleció el 17 de septiembre de 2025, dejando una obra que planteó preguntas fundamentales sin ofrecer respuestas definitivas. Su naturalismo biológico permanece como una alternativa intrigante tanto al dualismo como al reduccionismo computacional, pero una alternativa que nunca desarrolló completamente sus promesas explicativas.
Para Searle, reconocer que somos máquinas biológicas no significaba negar la realidad de la conciencia. Su tragedia intelectual fue no haber logrado explicar cómo esa realidad emerge de la biología. Su contribución duradera es habernos recordado que el problema de la conciencia sigue siendo uno de los misterios más profundos de la filosofía, resistente tanto a las soluciones fáciles como a las eliminaciones apresuradas. Una perspectiva que, paradójicamente, mantiene vivo el debate que él esperaba resolver.



