De nuevo con Carmiña Navia
Por: Darío Henao Restrepo
Director del doctorado en Humanidades, Univalle

Foto: Cortesía de Darío Henao Restrepo.
Siempre experimento una pequeña felicidad inolvidable cuando escucho a Carmiña hablar con esa envidiable pasión con la que habla de la literatura y los mundos recreados. De esos mundos, de sus voces, de las alegrías y miserias de la condición humana, en especial de los escritos por mujeres, la que por más de cinco décadas viene estudiando como pocas investigadoras en Colombia.
La escuché en el curso del doctorado en Historiografía de la Literatura Colombiana de la Facultad de Humanidades, el jueves 25 y viernes 26 de septiembre, fascinado con su sabiduría y la claridad como expone sus ideas y valoraciones de las escritoras colombianas, desde las madre Josefa del Castillo, pasando por Soledad Acosta de Samper, las poetas Maruja Viera, Meira del Mar (a quien tuve la fortuna de traer a la Feria del Libro Pacifico y visitar en su casa en Barranquilla, departiendo con el médico y escritor caleño Daniel Caicedo), María Mercedes Carranza y Piedad Bonet, y las novelistas del siglo XX: Helena Araújo, Elisa Mújica, Fanny Buitrago, Marvel Moreno, Alba Lucía Ángel y Laura Restrepo.
A Albalú la conocí en Pereira en un seminario sobre su obra al que asistí con Óscar Osorio, cuya tesis de maestría fue sobre Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, premio de novela Vivencias en 1975. Yo hablé sobre Dos veces Alicia. Y volví a ver a Albalú, quince años después ahora que vino a hablar con Carmiña en Viernes de Letras y en Oiga, mire, lea. A Laura Restrepo la conozco hace más de veinte años. Cuando era director de la Escuela de Estudios Literarios la invitamos al seminario sobre nuevas voces de la narrativa colombiana, la que Orlando Mejía llamó la generación mutante. Recuerdo a Juan Diego Mejía, Octavio Arbeláez, Boris Salazar, quienes junto a Laura reflexionaron sobre sus obras y preocupaciones como generación.
Siempre experimento una pequeña felicidad inolvidable cuando escucho a Carmiña hablar con esa envidiable pasión con la que habla de la literatura y los mundos recreados. De esos mundos, de sus voces, de las alegrías y miserias de la condición humana, en especial de los escritos por mujeres, la que por más de cinco décadas viene estudiando como pocas investigadoras en Colombia.
Estos recuerdos volvieron a mi memoria escuchando a Carmiña. Su breve análisis sobre la novela Leopardo al sol de Laura, me llevó de nuevo a los años vividos en Santa Marta, ejerciendo mi primer trabajo como docente de Literatura. Volvieron a mi memoria la comidilla diaria de los samarios alimentada por el enfrentamiento a muerte, un infierno en la tierra, entre los clanes de dos familias guajiras, en pleno auge de la bonanza marimbera, los Cárdenas y los Valdeblanquez. Volví a mi casa, acicateado por la visión de Carmiña, a releerme la novela de Laura, y confieso que esta segunda lectura la disfruté con tal intensidad, digo ahora, quizás más que la primera, no recuerdo mucho, hace 32 años la leí, por tanto, los efectos de lectura de otrora, sin duda, ahora se mezclan y alimentan el placer de la relectura. En este caso, algo muy profundo emerge en mi memoria ligado a mi paso por la Samaría de esos tiempos, enrarecidos por la violencia protagonizada por estos dos clanes guajiros. No siempre me pasa con la relectura lo experimentado con esta dura y bella novela de Laura. Sin duda, como lo sostiene Carmiña, una de las grandes de la literatura colombiana.
Me queda de tarea para mis rutinarias madrugadas, llegado a los 70, tomando café bajo los Farallones de Cali, volver al tomo de la poesía completa que me regaló Meira del Mar cuando vino a la Feria del Libro Pacífico en Univalle, y a otros libros que no conozco, o que quiero releer como El hostigante verano de los dioses de Fanny Buitrago o En noviembre llegan las brisas de Marvel Moreno. O leer la poesía de Matilde Espinosa, María Mercedes Carranza y Piedad Bonet, por supuesto la de Carmiña.
Finalmente, con esta nota escrita al vuelo, cierro con esta breve reflexión. El diccionario de la Real Academia ofrece siete acepciones para la voz “efecto” (entre ellas la muy sugerente de “impresión hecha en el ánimo”), por tanto, podríamos afirmar, y lo confirma mi larga experiencia de lector, que los ensayos y reseñas escritas en diversos momentos se los debo a los libros que han producido gratas impresiones en mi ánimo y me han servido en la dedicada labor de compartir en el aula con mis estudiantes. Lo más satisfactorio en esta comunicación, siempre de doble vía, resulta cuando conseguimos impresionar el ánimo de los alumnos, o de los amigos o contertulios, alrededor de un libro o un autor. Con felicidad he vivido ese grato efecto de lectura en la clase magistral que ha dado Carmiña. Esa es la maravillosa delicia de nuestro oficio, a veces medido en las cosas más íntimas y extrañas que nos deparan esas lecturas compartidas cuando menos lo esperamos.
Como un alumno más, entre los 17 estudiantes de este doctorado, cuando Carmiña nos ha dejado, todos expresamos el efecto cautivador de su claridad y brillantez para exponer sus reflexiones sobre las escritoras colombianas. Y como reconocimiento, en la intimidad del aula de clases, leímos los poemas de Carmiña en la revista Poligramas #1, del ejemplar que encontró un alumno en una librería de viejo en Santa Rosa. ¡Que poeta! La queremos leer más. Afortunadamente, ahora que ordeno mi biblioteca, en un par de cuartos que acabo de construir frente a las montañas de los Farallones de Cali, acá en La Buitrera, junto los libros de Carmiña para volver a ellos.
Cali, La Buitrera, 27/09/2025



