Un beso de Dick, por Fernando Molano Vargas
A pesar de haber muerto hace 27 años, este autor sigue siendo una llamativa joya en el panorama literario nacional. Las razones que sustentan esta afirmación podrían ser muchas o pocas; no obstante, ha de decirse que la lectura de su obra, que nunca han dejado de animar Héctor Abad Faciolince y David Jiménez Panesso, nos revela una fina sensibilidad autobiográfica, una de las más sugerentes de las letras colombianas contemporáneas. Lo cotidiano de lo narrado, la potencia de la anécdota y lo escueto pero efectivo del lenguaje, ponen sobre la mesa a un escritor inteligente y auténtico, a uno que quiso compartir sus sentimientos para reivindicar el derecho a la ternura.
Por: Alejandro Alzate

Fernando Molano nació en Bogotá en 1961, en plena emergencia del hipismo norteamericano, y murió en 1998 en la misma ciudad, cuando se hablaba de “espaldas” y “elefantes” en la política colombiana. A pesar del VIH, la pobreza, la melancolía y la marginalidad, este autor tuvo tiempo de sumar su trabajo creativo al de una innegable y talentosa pléyade de escritores homosexuales. Nombres como los de Porfirio Barba Jacob, Bernardo Arias Trujillo, Raúl Gómez Jattin, Fernando Vallejo o Gustavo Álvarez Gardeazábal, se mezclan, junto con el suyo, en la configuración de una forma de entender la escritura, la literatura y la vida misma. También el erotismo y la idolatría hacia el ser que se ama.
Si bien la obra de Molano Vargas es corta, cuantitativamente hablando, tiene el mérito de la consistencia temática y la fidelidad que no pretendía ni los guiños ni los amiguismos. Un libro suyo es todos sus libros, lo cual lejos de ser una imperdonable falta de “perspectiva literaria” es una virtud, una suerte de necesaria reiteración de los hechos y reflexiones que le fueron significativas. Consciente de que la vida se le escurría, como se le escurrían las babas a Felipe por Leonardo en la novela que nos convoca, Molano Vargas se apresuró a hablar consigo mismo para revisar en público, y con el público, sus heridas, miedos e ilusiones; sus apasionamientos vitales y su amor por Diego, su compañero y gran amor en la vida real.
Desde esa perspectiva, que enmarca todo lo que escribió, Un beso de Dick plantea un amor adolescente que se desenvuelve sin manierismos ni clichés. Pero tampoco con inocente ingenuidad, como alguna vez quiso decirse por aquello de que la novela era de “formación” del escritor. Felipe y Leonardo son escolares de clase media, muchachos que juegan fútbol, como los machos, y asisten a un colegio regular donde nadie sospecha de su amorío. Interesante es el hecho de que el autor, escribiendo desde un claro posicionamiento homoerótico, haya querido desmarcarse de las militancias sexuales que daban “ingreso” a un “canon” como tal, a un movimiento o tendencia.

Líneas arriba mencionamos, en efecto, que su voz se mezcló con otras para dar cuenta, para explicar y elaborar una suerte de bitácora sentimental juvenil. Y así, sin más, debe entenderse la comunión de Molano con otros escritores queer nacionales. Su proyecto no fue ser parte de ningún ismo ni cofradía o tradición. Compartir temáticas no implicó nunca acuartelarse en las barricadas de los escritores maricas o disidentes para crear un autor-personaje, un adalid de la causa gay, una suerte de activista fantoche.
De esto da cuenta el mismo escritor, como puede colegirse a continuación: “Cuando yo estaba en el colegio buscaba literatura en que existieran historias de amor gay (…) el primer texto colombiano que encontré es una novela que se llama Te quiero mucho poquito nada, de Félix Ángel, un autor antioqueño. Después de eso he vuelto a encontrar las novelas de Fernando Vallejo, El fuego secreto. A parte de eso, poemas… he leído los poemas de Gómez Jattin. Creo que tradición no es…se tiende a pensar que un relato porque hable de un amor homosexual deba fundar un género específico de novela. Yo más bien pienso que existe una tradición de novelas que tratan de amor. Personalmente me parece intrascendente que sea un amor homosexual o heterosexual”.
Su proyecto no fue ser parte de ningún ismo ni cofradía o tradición. Compartir temáticas no implicó nunca acuartelarse en las barricadas de los escritores maricas o disidentes para crear un autor-personaje, un adalid de la causa gay, una suerte de activista fantoche.
Lo anterior se reafirma cuando, en una entrevista que le hiciera su mentor, el sociólogo, escritor y profesor David Jiménez Panesso, Molano Vargas señala: [cuando leí a estos escritores] “sentí algo que no me gustó, y es que sus obras trataban de una especie de militancia con lo gay. A mí esa idea me parece estúpida. Nunca he pensado que yo deba militar en una causa a favor de los gais. Simplemente a lo que aspiro es a vivir mi vida. Más nada. Pero no deseo convencer a nadie de asumir un tipo de vida o un tipo de amor mediante el que yo vivo”.
Así, pues, Felipe y Leonardo, y el mismo Molano Vargas, elaboran una cartografía sentimental sin pretensiones biopolíticas, es decir, deambulan por la Bogotá de los años 90 con el afán de ganar espacio y no consignas o proclamas: amar es permitido, pero no lo es amarse entre hombres. Ahí radica el eje de búsqueda, que no lo es necesariamente de lucha o batalla. Desde este presupuesto, lo que establece Un beso de Dick es el pulso constante que enfrenta el querer a la norma y la moral a la cultura y al deseo. Tanto Felipe como Leonardo evitan el discurso apologético porque no les interesa ganar adeptos o causas sino amarse como lo hacen los amantes de las novelas de la tradición romántica. El espacio de lo vetado, de lo prohibido, es desafiante pero observado con tranquilidad por parte del escritor. Las relaciones familiares, por ejemplo, no se prefabrican, no se vuelven eje de pugna, ataque o crítica, sino una presencia que acecha, una carga moral en la que la noción de lo pecaminoso es fuerte.

Una lectura atenta de Un beso de Dick permitirá al lector reconocer que el mundo que importa es el que subyace al interior de la trama y no afuera. Molano Vargas, muy a la manera de Manuel Puig, elabora mediante los diálogos un mundo complejo en el que la conquista del deseo es el gran predicado de base. Lo de afuera (la figura del padre, el señalamiento de los amigos, el final descubrimiento que del amor entre Felipe y Leonardo hace accidentalmente un vigilante del colegio, el temor, la duda y todo lo demás) es menor a la poética del amor, a la reivindicación de la ternura. Finalmente, habrá de señalarse que el querer a destajo y sin ataduras se impone porque, aunque sea en la ficción, Fernando Molano Vargas quiso construir un espacio seguro, uno donde el amor durara para siempre en las páginas de papel que hoy sobreviven a su propia muerte física.



