Perfil

Mario Escobar Velázquez: tras las huellas de un escritor polifacético

La literatura colombiana ha analizado e interrogado la realidad nacional con ojo crítico. Una importante pléyade de autores que va desde Gustavo Álvarez Gardeazábal, hasta Manuel Zapata Olivella, ha escudriñado la naturaleza de nuestra vida, historia e interacciones para alumbrar los caminos que nos permiten re-conocernos en nuestras debilidades y virtudes. En ese sentido, y fiel al propósito de construir una memoria pública y artística, Mario Escobar Velázquez narró la cotidianidad de la vida y ponderó el poder de la fantasía a través de obras como Juan sin tierra, Con sabor a fierro y otros cuentos y Lanzadera: antología Facsimilar.

Por: Alejandro Alzate

Mario Escobar Velásquez (1928 – 2007), cuentista y novelista colombiano. Foto: Sílaba Editores.
Mario Escobar Velásquez (1928 – 2007), cuentista y novelista colombiano.
Foto: Sílaba Editores.

Importante ha sido el aporte temático y estético que la literatura antioqueña ha hecho a la colombiana. Desde Tomás Carrasquilla, hasta Manuel Mejía Vallejo, pasando por un largo etcétera, las letras de esta región han puesto en circulación lecturas muy críticas de la historia y la realidad nacional. En ese sentido, Mario Escobar Velásquez (1928-2007) abordó asuntos que van desde lo urbano, personal y anecdótico, hasta la nueva novela histórica, tal como lo señala el investigador Wilson Cano Gallego.

Volver la mirada sobre Escobar Velásquez es un ejercicio retador y a la vez necesario. Y lo es en la medida en que la relectura de su obra obliga a abrir espacio dentro de un canon literario más excluyente que incluyente. Si bien en vida este escritor obtuvo un reconocimiento discreto, la sensibilidad de su trabajo con el lenguaje, sumado a su capacidad para la revisión/resignificación del pasado, le han ido confiriendo un lugar justiciero en el concierto de la literatura nacional. Una obra como Muy Caribe está, por ejemplo, goza de un reconocimiento especial dentro de la novelística que regresa al periodo de la Conquista. Conforme lo señala el investigador Pablo Montoya, esta obra es una “excelente recreación novelística de las primeras jornadas de la Conquista”. Cabe destacar que la pericia con la que el escritor lee y reinterpreta el encuentro del mundo indígena con el español, a todas luces diferente, es el que dinamiza la trama a partir del contrapunto de costumbres, tradiciones culturales e intereses de orden territorial, económico y simbólico. Un aspecto importante en esta novela es el reconocimiento de los saberes indígenas que posibilitan la preparación de brebajes y venenos usados para la guerra, principalmente.

Ahora bien, desde otra perspectiva muy diferente, aunque con ciertos vasos comunicantes, una novela como Toda esa gente también ocupa un lugar importante dentro de la obra de este escritor. Lo planteado en la tramada cuenta, básicamente, del complejo proceso de conformación de una familia. En ese sentido, La Ñata, personaje en el que Escobar Velásquez estructura el centro de las acciones que sostienen lo narrado, deviene como “una mujer sorprendente por su sabiduría; por sus dotes y conocimientos médicos –cuyas recetas y preparaciones provienen de un saber ancestral y del uso de hierbas medicinales–; por su capacidad de leer en los pacientes más allá de sus síntomas, su carácter y hasta sus circunstancias. Fue una yerbatera por los tiempos en que todavía Antioquia era grande, cuando aún no se había dividido, y lo fue de leyenda, porque sus pacientes recorrían grandes distancias para obtener los remedios y lograr la cura de sus dolencias.”

Volver la mirada sobre Escobar Velásquez es un ejercicio retador y a la vez necesario. Y lo es en la medida en que la relectura de su obra obliga a abrir espacio dentro de un canon literario más excluyente que incluyente.

Es importante destacar la presencia del indígena embera que asiste a la mujer en las preparaciones que hace, esto en la medida en que permite entender tanto el valor que el escritor concedía a los conocimientos ancestrales, como a la recuperación de saberes, siempre útiles para la reconstrucción de la memoria histórica y personal; instancias revestidas siempre por cierta melancolía, como puede colegirse a continuación:

Los cincuenta años de vida hacen una edad gris. Cuando se llega a ellos, cuando “se arriba” como mal dicen las retóricas, quien los cumple sabe que no ha sido ninguna subida y sí un descenso, y que, sencillamente, uno ha ido gastado la vista, que sirve para de lejos y no para cercanías. Y se ha gastado el oído, que no capta ahora sutilezas, y la memoria se ha vuelto lenta y tortuosa, y prefiere las conexiones largas y enredadas a las inmediatas. Una memoria curiosa que recuerda a la perfección sucesos de hace cuarenta años, pero que olvida lo acaecido anteayer. Una memoria distraída que hace que uno se pare, a veces, en el cuarto a donde ha llegado, a inquirirse largos ratos a qué ha venido allí, porque en los pasos de venida lo ha olvidado. Y la piel ha perdido elasticidades, y ha recolectado –no se sabe en dónde– pecas. Unas pecas como de mantequilla rancia, que afean: van por el dorso de la mano, y suben: son la marca de los viejos. (23)

A modo de coda, es preciso decir que una obra como Historia de animales da cuenta de una sensibilidad no exenta, también, de cierta carga melancólica a través de la remembranza del padre y del paso inexorable del tiempo: “No es mi padre. Eso lo sabía desde antes, desde que el olor me entró por las narices y se fue tan hondo que se fue hasta los primeros días de mi infancia.” (124). En relación con este texto, vale la pena acotar que su poder de evocación es conmovedor porque está hecho con las fibras más íntimas de quien quiere retener la vida, sus instantes y la lucidez para poder observar los fenómenos del mundo, aquellos en los que los animales también juegan un papel decisivo.

Como testimonio de la concepción que de la literatura tuvo este escritor, queda su obra, su mirada del entorno que lo rodeó y los temas que lo apasionaron. Sin lugar a dudas, la Biblioteca Mario Escobar Velásquez, iniciativa que ha hecho posible la unión de Eafit con otras entidades, constituye un paso en firme para entender nuestra literatura; una literatura evidentemente regional.

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