Crónica – Paso del Aguante

Paso del Aguante

Antes conocido como Paso del Comercio, el hoy rebautizado Paso del Aguante nació con el paro nacional del 28, en una ciudad como Cali que ha sido la que más ha sufrido todos sus estragos. Algunos de sus manifestantes han estado desde el día cero en varios subpuntos que cubren ese sector, siendo testigos de las álgidas noches y enfrentamientos que han arrojado un saldo de muertes y desapariciones sin resolver.


Por: John Alexander López
Estudiante de Filosofía – Univalle





Comienza en la primera con 62, lejos de todo tráfico y pitos estridentes. Sorteando los fragmentos de piedras y restos de metales se encuentra la estación del Mio de Chiminangos, que está mudando su color de hierros tristes por unos dibujos que algunos muchachos pintan y rediseñan. Al lado, en las paredes de una estación de gasolina se encuentran consignados mensajes de una juventud que reta al olvido en nombre de sus hermanos caídos y los que todavía no han aparecido. Esa es la entrada al nuevo espacio que a fuerza de gritos sin descanso rebautizarían al popular sector de Paso del Comercio como “Paso del Aguante”. Tiene varios subpuntos que convergen desde la calle 62 extendiéndose sobre la 70 hasta la 73 cubriendo la glorieta de la Avenida Ciudad de Cali, San Luisito y la zona limítrofe de la ciudad en la recta Cali-Palmira, por donde pasan los buses intermunicipales que desde el 28 de abril pausaron sus operaciones.

Paso resistencia

Deissy, quien vive en el punto inicial de Chiminangos, ha sido testigo de las turbulentas noches de disparos, gases lacrimógenos y gritos de auxilio de chicos que intentaban refugiarse en las cuadras y los conjuntos residenciales. Uno de ellos llegó con herida de arma traumática y lo atendieron con lo poco que había a la mano; alcohol gaza y cinta transparente. Poco a poco los vecinos que vieron con pasmo la crudeza de esa noche, se fueron acercando hacia el conjunto de ella y en cuestión de minutos llegaron varios insumos para brindar los cuidados adecuados. Esa noche del 29 de abril fue la primera de muchas noches que se repetirían, con un saldo creciente de muertes y desapariciones en la que llegarían heridos que huían de lo que muchos atestiguan como brutalidad policiaca por parte del Esmad. Ella recuerda a uno de ellos herido gravemente en la cabeza al que no se le pudo prestar primeros auxilios debido a la hostilidad de la Policía, que estaba persiguiendo y capturando a cualquiera que se encontrara en ese sitio y que inspirara infundadas sospechas. Al final el chico huyó por rumbos desconocidos sin volver a saber nada de él. Aunque Deisy ya conoce los excesos de la fuerza pública debido a su crianza en el distrito de Aguablanca y a su cercanía con las barras bravas de futbol, aún no asimila los excesos con que la fuerza pública irrumpe cada noche.

— Ya lo he vivido y ya lo conozco, pero lo hacen de una manera tan descarada, se pasan por la faja cualquier derecho humano que exista, es una impotencia porque uno siente que no hay quién te proteja — lo dice mientras comenta entre chascarrillos de charlas vecinales sobre cualquier situación ajena que pueda ocurrir sin saber a quién acudir.
— ¿Pero a quién le decimos? ¿A la Policía? — se pregunta con la risa de una dolorosa ironía — No hay quién nos proteja, se supone que la institución que debería protegernos es la que nos están asesinando.

Un día, un amigo de ella le comentó sobre una iniciativa de recoger fondos para la compra de insumos médicos, pero su desconfianza no sabía cómo difundirla, así que ella empezó a hacer campaña por las redes sociales y poco a poco su pequeño apartamento se convirtió en un centro de acopio para las ayudas con el que no solamente cubría a los jóvenes del sector. La generosidad de propios y extraños hizo que un día se recogieran 700 mil pesos, que servirían para comprar insumos y ayudar a varios puntos de concentración de la ciudad y a municipios como Yumbo. También llegaban mercados con los que podían alimentar a los chicos que cuidaban día y noche los puntos de bloqueo, preparándoles almuerzos y chocolatadas calientes para el frio y la fatiga. Una generosidad en la que los insumos médicos seguían llegando para atender al sector de Paso de Comercio y a Comfenalco, un barrio aledaño que en el primero de mayo fue inundado por una nube de lacrimógenos y el sonido de balas que retumbaron por todo el sector. Esa noche los habitantes improvisaron en la caseta comunal un pequeño puesto de ayuda humanitaria para atender a los manifestantes que resultaron heridos luego de concentrase en un plantón bajo el puente de la carrera primera sobre la calle 70.



Primero de Mayo

Carlos recuerda lo que pasó horas antes, con la suerte de salir ileso y un miedo que todavía no puede explicar.

“Ese día todo transcurrió en la normalidad de lo que es un plantón. En horas de la tarde, tipo dos, estábamos primero en Sameco y después fuimos a la concentración que se llevó a cabo bajo el puente del comercio, en la parte que colinda con la 14 y la carrera primera al lado del barrio Metropolitano. En ese momento nos dirigíamos a acompañar a una parcera a Flora Industrial, cuando en medio del camino notamos que había la presencia de cincuenta o sesenta motorizadas, con gente armada, y decidimos tomar una ruta alterna, subir y dejar a la parcera en Chiminangos para que ella fuera hacia su casa. Nosotros nos devolvimos por toda la carrera primera para volver a la concentración, pero en ese momento empieza un enfrentamiento entre hombres del ESMAD y los chicos que estaban allí protestando. Nosotros pasamos dando aviso de que los iban a cercar las motorizadas, pero al parecer un persona que estaba encargada del operativo con unos policías que estaban relegados al lado derecho de la vía, sentido sur norte, le expresa a la gente que está allí que no los van a cercar. Nosotros pasamos corriendo porque sabemos que las motorizadas venían por una antigua fabrica de chicles, estaban allí estacionadas cuando veníamos atravesando el parque que colinda con la 14 de Calima y la carrera primera, se empezaron a escuchar los disparos, cerca de unos doce o trece de diferente calibre”.

Después todo fue caótico para él. Corrieron sobre la carrera primera mientras que la Policía empezó a desplazar a toda la gente que se encontraba allí. Carlos y sus amigos se refugiaron en el barrio Oasis de Comfandi, en donde la misma fuerza publica intentó ingresar aun con la oposición de la comunidad. En horas de la noche de esa misma fecha, un chico de Floralia fue asesinado en medio de disparos y granadas aturdidoras, y una mujer de 73 años murió sofocada por uno de los cartuchos de gas lacrimógeno que irrumpió en el patio de su casa mientras trataba de conciliar el sueño en medio de la convulsionada noche. Pocos días siguientes la comunidad se reunió pacíficamente para hacer una velatón en homenaje a las personas muertas, evento que terminó en otro brutal ataque por parte de la autoridad que dejó como resultado el asesinato de un chico que se fue convirtiendo en símbolo e inspiración para los habitantes del Paso del Aguante.

Un símbolo llamado Nicolás Guerrero

El ultimo recuerdo que Laura tuvo de su hijo Nicolas, fue un almuerzo que tuvo con él después que muy temprano le escribiera que necesitaba la mayor cantidad de insumos posibles para llevarlos a los puntos de concentración. Veía con preocupación cómo les estaban “tirando duro” y la agresividad con la que últimamente venía la fuerza pública y el riesgo que corrían los chicos de salir heridos y terminar en un hospital. Laura siempre consideró a su hijo como un artista, de niño le gustaba armar rompecabezas y leer juntos, esa cercanía con ella lo empujó a convertirse en lo que es y a impactar en el resto de su gente. Y en ese domingo dos de mayo, luego de una extensa jornada de recolección de insumos por varios sectores de la ciudad y puntos de concentración, Nicolás fue almorzar a su casa para recargar energías y seguir con el resto del día. Hablaron de cosas varias, de las expectativas, de la resistencia, de la reforma tributaria que debía caerse y que desató en Cali como en el resto del país centenares de marchas. Un día que para cualquier mamá nunca pasaría por su mente que fuera el último y el amor de una despedida que luego de su muerte conmovió a toda una ciudad.

Para Laura ha sido todo un peregrinaje el luchar por la defensa de su hijo en un país donde la justicia camina a paso de tortuga. “El conseguir las pruebas, el caminar, el buscar, el hablar con la gente para que venza un poco el temor, hay mucho temor. De hecho una jovencita que estuvo con él fue amenazada por, textualmente, ‘haber auxiliado al guerrillero Nicolás Guerrero’, así que hay mucho temor en los muchachos. Algunos a partir de ese día no salieron, y al día siguiente vino el tema del entierro que siempre movió mucho estrés alrededor de la muerte de Nico.”

Hoy su cara aparece en el CAI del barrio Metropolitano que, junto con la comunidad, artistas y amigos cercanos a Nicolás, fueron convirtiéndolo en una biblioteca. Ya llevan una semana interviniéndolo y el propósito es convertirlo en una Maloca comunitaria, según cuenta uno de los chicos que ha colaborado en la limpieza y adecuación del viejo CAI que fue bautizado como la Nueva Biblioteca Nicolás Guerrero.

“Inicialmente estaba en mi casa y salía a las manifestaciones, pero sentía que era muy poco lo que estaba haciendo, y pues, yo no tengo las guevas para pararme en primea línea a pelear como lo hacen estos chicos, pero desde otro lado puedo aportar, y no quería seguir en mi casa viendo más noticias sin hacer nada, la manera es involucrarse con la comunidad, con las personas que de alguna manera han sido afectadas por esto y tratar de resignificar estos espacios que fueron construidos para la violencia, dejarlos como espacios de paz, de cultura, de tranquilidad, un espacio donde la comunidad vuelva a encontrarse”.

El ingenioso talento de los chicos ha ido resignificando aquel frio y esquelético espacio. Inspirados en una metodología de los sueños, pintan sus paredes con imágenes asertivas y seres sintientes, y en sus interiores decorados con un entorno marino que acompaña el anaquel de libros que la comunidad ha ido donando. A esa biblioteca llegan visitantes de paso, que miran curiosos la selección de textos puestos sobre el césped; madres y niños que buscan momentos de esparcimiento, una puesta cultural variada que va desde alfabetizaciones políticas sobre la importancia de la Constitución Política del 91, hasta audiciones de música al aire libre.



Primera línea

En medio de la calle 70, un grupo reducido de jóvenes se encuentran hablando de la situación de los demás puntos y los rumores que les llegan como campanazo. Una mujer mayor les prepara en un fogón algo de comer mientras disimulan el hambre a punta de gaseosa. Una chica con un pasamontañas negro, y que ha estado desde el día cero del paro, me cuenta su experiencia en medio del bullicio y la música punk que trajo otra chica en su parlante. Me dice que le gusta la filosofía y que terminó su carrera de administración de empresas

“La verdad eso es algo nuevo para mí, nunca pensé estar aquí, a mí nunca me ha tocado aguantar hambre, siempre lo he tenido todo: universidad, comida, techo, dinero, no de sobra, pero me he dado mis gustos, yo nunca me vi en esto. ¿Por qué sigo aquí? Por los muchachos, realmente, todos son una realidad distinta”.

Ella, al igual que sus compañeros, ha vivido la incertidumbre de las noches en guardia, las fatigas, el cansancio que se ha ido adaptando y perdiendo la noción del temor.“Al principio da miedo, pero después uno lo pierde, ya pueden sonar las balas y es normal (…). El día que no haya nada es algo que uno se le hace super raro, como el día que no den bala o algo así”.

En medio de la conversación, otro chico comenta de un amigo que tiene un tío en el Ejército. Le comentó que los militares tienen luz verde en la noche para “legalizar más de uno”. Mientras tanto un camión de gasolina escoltado por soldados atraviesa el punto de concentración, nos pide calma mientras les cedemos el paso, que nos preocupáramos más bien en no ser groseros con ellos, pero ya en la noche, si vemos a un soldado, que corriéramos.

— Pues ojalá que Colombia cambie. Ya estoy es cansado de tanta pelea. Que nos sentemos a dialogar — sentencia aquel chico con un deseo que surge en medio de los desgastes y de los ánimos que intentan seguir de pie.

Más adelante, al final del punto de concentración ubicado sobre la recta Cali-Palmira, sobre barricas de latas y aluminio, un grupo de chicos cuida ese pedazo de extremo limítrofe y resguardándose en un cambuche improvisado. Don Fabio, quien según personas de derechos humanos que han recorrido toda la ciudad es la única persona que han visto meterse de lleno en un punto de concentración, llegó desde Tenerife, un pueblo ubicado en la cordillera a dos horas de Palmira. Trabajó en varios departamentos del país como recolector de café y se ha convertido en una suerte de ángel y custodio para esos jóvenes.

— Yo por estos niños doy la vida. Aquí encontré comida, aquí encontré dormida, aquí encontré cariño y el amor de ellos. No son malos porque he tocado los corazones individualmente casi de todos, y en el fondo de ellos quieren superarse, quieren ser algo —lo dice mientras me cuenta lo que ocurrió en la noche del veinte de mayo cuando los policías los atacaron y les pisotearon la comida que no alcanzaron a probar. — Había un dialogo con los del Ejército, pero atrás venía la Policía y hasta la Sijín vino. Eso dieron bala a diestra y siniestra, no respetaron nada, no respetaron la comida de la gente. Que Dios los perdone por haber ultrajado la comida, no habían almorzado, todo lo tiraron al suelo, entonces eso para mí es inhumano lo que hicieron ayer.

Don Fabio me confiesa que por estos chicos daría la vida, mientras se le quiebra la voz al recordar cómo un joven de veinte años, con el rostro limpio de un niño, se defendía con lo que podía de los disparos de la autoridad mientras los demás se escudaban en una trinchera que han ido construyendo con sacos de tierra y arena, incluso a él le trajeron una pala para defenderse porque ellos saben que no los va a dejar.

— Yo quiero hacer algo y llamarle la atención a los viejos que vengamos, nos unamos y pidamos perdón por no haber hecho nada. Estos muchachos nos están abriendo los ojos. A nosotros nos mataban estudiantes, nos subían las cosas, todo nos lo subían y nosotros manicruzados, subían los impuestos, subía el transporte y nosotros manicruzados Esto que está sucediendo, joven, es por culpa de nosotros los viejos, porque nos hemos aguantado todo. Ojalá los viejos todos se unieran y pidieran perdón, porque creo que según los derechos humanos que han venido por aquí y que han recorrido todos los puestos de Cali, al único que han visto es a mí, frentiando y apoyando.





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