Crónica – Adriano Ríos Sossa

Adriano Ríos Sossa

Bruca Maniguá


Por: Juan Sebastián Mina
Licenciado en Literatura. Escuela de Estudios Literarios




En el taller del maestro. Adriano Ríos Sossa, Artista plástico loriquero.
Foto: Yaír André Cuenú Mosquera


Afuera, la ciudad de Bogotá se desembarazaba del letargo mañanero; adentro, manos blancas acentuaban la orfandad de alguna negra en el pasamanos del bus. Desinterés, pobreza e ilusiones arrullaban a los pasajeros. Pintor nacido en mi tierra/Con el pincel extranjero/Pintor que sigues el rumbo/ De tantos pintores viejos…Eran los acostumbrados versos recitados por Manuel Zapata Olivella que rompían con el mutismo del bus y se tatuaban en la mente de un “pelaito” que acababa de iniciar el primer semestre de Bellas Artes en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Corría la década de los 80. “Ñaño”, como cariñosamente le llaman a Adriano Ríos Sossa, pasa revista por la accidentada geografía emocional, política y ancestral que galopó en esos años y concluye diciendo: “Avece, cuando uno ejtá fuera, obedece má a sentimiento que a conocimiento”.

Adriano profesa que el conocimiento no viene de la mera acumulación de saberes, sino de la resignificación constante de los mismos. De su estancia en Bellas Artes entendió que no bastaba con incluir tinajas o sombreros vueltiaos en sus bodegones, si no establecía una relación orgánica entre el saber, su terruño y su persona misma. Hay un momento en el que todas las experiencias se ubican y se repliegan para dar un nuevo salto, y fueron los cariñosos “bofetones” que sintió por parte de sus profesores los que le confirmaron la sentencia que ahora sigue como dogma en su vida: la originalidad es volver al origen. Así, agarró una cámara y durante un año errabundeó con ganas de cazar lo extraño en el bajo Sinú. Luego se tropezaría con su mayor descubrimiento: consigo mismo. El fruto de la investigación se convirtió en su tesis de grado. A veces se pregunta si fue más complicado convencer a los profesores de la validez de su trabajo, o la investigación misma. Adriano se graduó solo.



Escultura de Manuel Zapata Olivella en cerámica. Autor: Adriano Ríos Sossa.
Foto: https://www.instagram.com/p/Blu_0O3hYlc/?taken-by=adriano_rios_sossa


La negativa de sus profesores reveló lo que “Ñaño” llama “una traición”: volverle la espalda al origen. Adriano ya no era el mismo niño que a los cinco años hería la superficie de los tableros con impresionantes dibujos de caballos, mientras los demás se revolcaban bajo la atenta mirada del bochorno y su beso húmedo en el patio del colegio; ahora sus murales y monumentos embellecen el boulevard de la antigua y señorial Santa Cruz de Lorica, cuna del Champion of the world, bar donde surca los rincones de la salsa, el son y el bolero con “Toño” Dumetz y el resto de los muchachos. Cada tanto le pega a las maracas. Y entre una descarga de Mongo Santamaría, el soneo de Joe Quijano y la africanía de Pépé Kallé, sus ideas van tomando otras texturas, ora en arcilla, ora en aluminio, hasta convertirse en ecos de la herencia libanesa, africana, española e indígena.

Su investigación sobre la cerámica por San Sebastián, San Andrés de Sotavento, Chimá y el resguardo, lo llevó a desaprender desde los procesos filosóficos, políticos y ancestrales, hasta las nociones de arte y belleza, pasando por la misma fundación del Departamento de Córdoba. Y ahora, comenta Adriano, “tengo un lenguaje que ej el mural. El mural noe una pintura grande en una paré. Ej un lenguaje porque el mural ejtá en un ejpacio público. Tú, como artista, tienes que tenén cuenta el ejpacio que rodea la obra, ¿ià? La obra tiene que entablar un diálogo conel transeúnte; tiene que entablar un diálogo conel paisaje. Tiene que ejtáintegrao”. Ésta integración se materializa en el corredor de Lorica. La obra inicia con un mural que ahora sirve de telón de fondo para el descargue de mercancía, y cuyos personajes representados vigilan atentamente cómo la basura amenaza con franquear los lindes de su belleza. Unos metros después, se alza el Monumento a la lengua árabe.



Mural en homenaje a Manuel Zapata Olivella ubicado en el Malecón del Lorica. Autor: Adriano Ríos Sossa.
Foto: https://www.instagram.com/p/Blu_0O3hYlc/?taken-by=adriano_rios_sossa


La caligrafía islámica es un arte. “A mis manos llegó desde muy pelao un libro too descuadernaito y viejo. Era de mi abuelo. Yo siempre decía que no quería que maj nadie me lo leiera, quería leerlo io mijmo”. El municipio de Santa Cruz de Lorica es también conocido como “Lorica saudita”, porque la presencia árabe trepa por las calles, hace vibrar la lengua con su maneras caóticas y va a parar a los platos que se venden en la Plaza de Mercado, la concretización más notable de su aporte a esta región. Adriano tuvo la suerte de aprender árabe con uno de los pocos inmigrantes con educación que llegó al pueblo, y pudo darse cuenta de que el librito era un fragmento del nuevo testamento. Ese fue uno de los detonantes para que escogiera bucear por la línea ascendente árabe y no en los pendencieros caminos del sur italiano.

El olvido come más rápido que la historia, comenta Adriano, por eso ilumina sobre la herencia que mucho se ha estudiado pero poco conmemorado: la lengua. Con más de 30 metros de altura y formado con letras del alfabeto árabe en aluminio, y a la manera egipcia donde sus obeliscos representaban los rayos solares del dios Re, este recoge la historia no sólo de los de 200 años de influencia árabe en Colombia, sino los 8 siglos de influencia mora en la lengua española. Con casi 300 palabras, el monumento estaba listo en 2001 para ser instalado en Cartagena, pero la tragedia en el norte tuvo resonancia en el sur. Ahora el monumento se erige frente a un brazo del Sinú que, con su sosegada corriente, parece llevarse las palabras y continúa fertilizando esas tierras.



Obelisco tejido de palabras árabes, en homenaje a la lengua árabe. Autor: Adriano Ríos Sossa.
Foto: Julio César Pino Agudelo


Luego de pasar por el Mercado bajo el constante susurro del río, se encuentra el mural representativo del municipio. Adriano fue capaz de capturar en el tiempo un pedacito de lo que fue y es Lorica: un enclave económico e intelectual reflejo de la confluencia del ingenio aborigen, la tecnología española, la perspicacia árabe y la profunda sabiduría y ancestralidad africana. Este mural nace de la cotidianidad loriquera, de la conversación del boga, de la letra deforme del comerciante que no tuvo escolaridad, de la copla del tiplero, de la prédica del cura, de la tostadora de café de Juan H. y de los productos italianos que bajaban por el Magdalena hasta el Sinú. La arcilla es solo la excusa para recuperar la memoria de personajes como Delia Zapata, David Sánchez Juliao y Manuel Zapata Olivella, de quien aprendió algunas posibilidades dentro de su quehacer artístico.

“Bueno, y ajà, y ¿pa`qué es la memoria?”, pregunta siempre Adriano. Y casi de inmediato responde con un deje de ironía: “la memoria es pa`recordà… ¡No señor! La memoria no puede ser pa` recordar; la memoria es pa’ sabé qué hacemo con lo que recordamo”. El olvido macondiano enseña que la memoria nos hace seres inteligentes, y los trabajos de Adriano apuntan a la reflexión: pone en la palestra el pasado y lo contrasta con su presente para entenderlo y resignificarlo. Así, cuando “Ñaño” ve los niños en uniforme de colegio, con un cuadernito en la mano y el lápiz en la faltriquera, parados frente al mural de 9 metros en la alcaldía vieja, se hincha de gratificación, pues ahí está la historia de Lorica; esa es la muestra de que ya se firmó un diálogo con el transeúnte que consume su arte. La historia está en la calle y “el patrimonio lo valida el señó que ejtá en la caie”.

Adriano nació bajo el signo de la daga un 28 de octubre de 1962. Apartado por la selección natural del arte, y con el filo sinuoso que caracteriza su destino, Adriano se ha arrojado al mundo en una misión filantrópica: “nadie me ha llamao pa io hacé lo que hago. Todo lo que he hecho ha sido inquietud mía. El arte como pa exorcizá toda esta cantidá de demonio que io tengo”. Esta purga la ha hecho en la intimidad de la memoria y bajo la necesidad imperiosa del arte. “Ñaño” ha encontrado la libertad. Como una de sus canciones favoritas, tanto él como como Arsenio Rodríguez, Brucan manigua. Ambos, buscando la originalidad, volvieron al origen, uno para vivir desde el monte, carabalí y negro de nación, otro desde su taller donde da formas a sus versos de arcilla, árabe, sonero y loriquero. En últimas, el arte de Adriano brota de un afán de su espíritu contra la muerte, de la esperanza de sobreponerse al tiempo con la fuerza de la creación.



Foto: Yaír André Cuenú Mosquera


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