Crítica – William Ospina Guayacanal

William Ospina
Guayacanal

Por: Edgard Collazos C.
Escritor




Foto: http://zonacero.com/cultura/william-ospina-emprende-un-viaje-su-memoria-en-guayacanal-129229


Porque los muchachos aman la aventura.
Guayacanal. William Ospina

No sé si fue en la navidad, o en el año nuevo de 1982 cuando viajé con William Ospina a su casa de Fresno, en el Tolima. Por aquella época trabajábamos en Ted Bates Publicidad y en vista de que ese fin de año no conseguimos tiquete aéreo para ir a Cali, donde Bernardo Gómez y el poeta Gerardo Rivera nos estaban esperando, y como en Bogotá también estaban agotados los cupos por tierra, William tuvo la buena idea de ir a Fresno a visitar a su familia. Ya en el viaje y a medida que avanzábamos entre los cañones cordilleranos, y nos asomábamos a las pendientes y ríos de la feraz geografía de nuestro país, me empezó a sorprender el conocimiento y la pasión con la que William me hablaba de la historia de cada pueblo por donde pasábamos. Era sorprendente, conocía cada rincón; en cada aldea había un poema, una canción, un recuerdo, un suceso histórico que le era familiar y digno de narrar, y ante la avalancha de ríos y altísimas montañas que aparecían y desaparecían a nuestro paso, me empezó a dar la impresión de que él había vivido en toda esa región y más aún cuando arribamos a las orillas del Magdalena y nos dirigimos a Fresno, donde en noches de canciones, interpretadas por don Luis Ospina y su guitarra, conocí a los descendientes de Benedicto y Rafaela; la familia más amorosa que jamás haya conocido. Entonces tuve la certeza de que algún día, la historia de sus mayores sería tema de su escritura.

Guayacanal es un título insólito para un libro de William Ospina, quien siempre nos ha sorprendido con títulos derivados de poemas ingleses o de novelas europeas. Más que en la tierra, Guayacanal es una palabra inspirada en los árboles. La narración tiene como eje central la historia de Benedicto y Rafaela, sus bisabuelos, dos jóvenes primos que, entre una diáspora de colonos, iniciada a mediados del siglo XIX, partieron desde Sonsón hacia el inmenso sur en busca de una tierra prometida, porque Rafaela, de tan solo catorce años, “solo quería una casa y ver crecer a sus hijos en tierra propia”.

Tras la lectura de las primeras páginas, el lector podrá engañarse y pensar que se encuentra frente a la autobiografía del escritor, pero no, magistralmente William entiende que los hechos valen como revelación del carácter y logra que ellos hablen e interviene solo lo necesario; no tiene protagonismo, parece decirnos que la vanidad no es más que la más estéril de las limitaciones del arte, y es por eso que solo sentimos su voz narrando la manera cómo investigó la historia; cómo nacen y mueren, y cómo avanzan las generaciones de primos y tíos, así como avanza la colonización de una de las regiones más importantes de Colombia bajo la presencia de la injusticia y la violencia. Y es así como a partir del primer capítulo, asistimos al escenario de maravillosas aventuras; de fantasmas, villanos, gentiles hombres, curas, políticos, terratenientes, músicos y poetas, y todo en función de fundaciones de pueblos y ciudades que esa diáspora en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX y del XX depararía.
Aun así, en cada página hay mucho de su vida. Borges entendía que cualquier autobiografía es de orden psicológico, y que el hecho de omitir ciertos rasgos no es menos típico de un hombre que el de abundar en ellos. William Ospina no omite nada que sea esencial para conformar la historia. Desde el inicio se debate con un problema de orden estético: ¿cómo alternar el bello lenguaje que narra la historia de sus parientes, las palabras que hablan de la belleza del campo, y saludan la vida, con el lenguaje áspero que asiste a los actos de la violencia?

Desde la primera página percibimos que el libro trabaja sobre una vasta dimensión geográfica que conduce a la técnica utilizada por el escritor. Es verdad que para cada tema el escritor tiene la obligación de encontrar el lenguaje apropiado. En Guayacanal, como en la novela rusa, la enorme extensión de la geografía permite la exuberante prosa.

Si es verdad que un poema extenso carece de la persistente intensidad de un poema breve, y si como pensaba Poe, los poemas extensos siempre tienen digresiones, no es esa una objeción para la salud literaria de Guayacanal, donde las digresiones son un recurso literario y nunca moralizante. La narración va y viene, entra en los médanos del tiempo sin enajenar el hilo conductor, porque la preocupación por tomar posesión de un mundo que se está deshaciendo es lo esencial, por eso en esta bella obra, como él mismo lo dice: “la música y el canto hacen cruzar otros tiempos y otros recuerdos”.

Alguien me dijo que Guayacanal le parecía un hermoso relato, que le había evocado la historia de sus antepasados que también salieron de Sonsón, que la lectura del libro le había removido los recuerdos y la historia de sus ancestros, pero que él creía que no estaba dentro de los cánones del género novela. Es lícito recordar que todo género literario vive de la continua y delicada infracción de sus leyes y que basta el hechizo de los sucesos, la continua presencia de lo poético, la evocación, para que una historia sea justificada en la literatura.

Recomendamos la lectura de este libro entrañable para el entendimiento de nuestra historia. En sus páginas hay personajes inverosímiles para agregar al catálogo de la buena literatura colombiana. Allí está el hombre que andaba con un gallinazo como mascota; el Indio Alejandrino, quien murió dos veces; la mujer que dormía con el cadáver de su esposo debajo de la cama para que los niños no jugaran con él; Josefina, quien “chupó por metida”; Liborio, el contador de cuentos; La Santa, una predicadora a la imagen de Savonarola, y que terminó siendo hombre; Genoveva, una anciana con alma de muchacha a la que no le afecta el tiempo; el padre Faustino, quien le cambió el nombre al pueblo Guarumo y lo bautizó con el de Padua. Están Sangre Negra, Desquite, Darío Jaramillo, el poeta Diego Fallon y su poema a la luna; personajes dignos de agregar a la gran lista de los personajes de la mejor literatura americana.

Tengo para mí, que en el capítulo diecinueve es donde se destaca la destreza alcanzada por William en el relato. En estas páginas se narra con maestría el asesinato de Santiago, aquí la intensidad dramática que alcanza el ritmo de las palabras es insuperable, hacen pensar que el escritor estaba ahí, que él, quien reprueba tanto a la violencia, fue testigo de ese hecho atroz; me hace recordar a Franz Werfel, amigo de Max Brod, de Kafka y de Gustav Meyrink, quien a pesar de su odio a las guerras, participó en ellas batiéndose en el frente de Rusia y luego declaró: “quiero conquistar mi derecho a maldecir las guerras”, y como él, William Ospina parece decirnos en este libro venturoso: sigo empeñado en la desesperada tarea de que los hombres desaprendan el odio.

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