Crítica – La mirada de los condenados

“La mirada de los condenados”

Una apuesta audiovisual por la memoria


Director: Fernando López Cardona
Año: 2019
Duración: 6 episodios
País: Colombia

Por: Ricardo Bolaños
Licenciado en Literatura





Escena de “La mirada de los condenados”, 2019.
Foto: https://www.semana.com/cultura/multimedia/telpacifico-estrena-la-mirada-de-los-condenados-sobre-la-masacre-en-la-oficina-del-diners-club-en-cali/642976


¿Construir memoria implica palpar la cicatriz olvidada, o deslizarse sobre la herida abierta? La que dejó la masacre de Diners Club en la epidermis moral de Cali es, no cabe duda, larga y profunda. El riesgo de caminar esa cornisa lo ha asumido el realizador Fernando López Cardona con “La mirada de los condenados” (2019), miniserie de seis episodios coproducida por el canal Telepacífico y Fidelio Films, la cual adapta el trabajo periodístico homónimo de Óscar Osorio y James Valderrama, este último incorporado al proyecto audiovisual en calidad de guionista.

“La mirada de los condenados” desempolva el asalto que el 3 de diciembre 1984 realizaron tres hombres a las oficinas del Diners Club, en pleno centro de Cali, para desvalijar la caja fuerte de la empresa, y por cuatro angustiosas horas tomaron como rehenes a los pocos empleados y visitantes que hacían las decoraciones navideñas, al cabo de las cuales todo se trocó en una horrenda carnicería que dejó 9 muertos y 5 heridos.

Un detalle a destacar de esta producción fue la elección y reacondicionamiento del Edificio Otero, el mismo lugar del suceso, como locación del rodaje. Las desoladas estancias de esta gloria de la arquitectura caleña, que se resiste a su ruina presente, vuelven a poblarse con los fantasmas, plañidos y estertores de aquella fatídica noche. Mediante una narrativa disruptiva, la miniserie reconstruye los hechos desde sus entrañas, enfocando las acciones y los móviles más hondos de sus protagonistas. Los sucesos de ese 3 de diciembre, que desde la lejanía del siglo XXI percibimos frenéticos, se van desgranando a lo largo de los seis episodios con un ritmo pausado pero resuelto, y el desafío que se impone de arranque al espectador de encajar todo el rompecabezas de relaciones e intereses contribuye a intensificar el suspenso, sin dejar de lado los signos de la fatalidad que se van anunciando a cuentagotas (¿o qué otra cosa es esa caja fuerte en la oficina del gerente, abierta y repleta de fajos de dinero, que inquieta a Charo como las fauces de una fiera a punto de saltarle encima?). En esta línea, es pertinente resaltar el papel de la factura técnica de “La mirada de los condenados”, cuyo montaje y fotografía han sido cuidadosamente trabajados para brindar un soporte narrativo, como lo constata también la penumbra biliosa que invade las oficinas durante los asesinatos, que comunica una atmósfera de aplastante desesperanza, y en la cual se ahoga la alegría de las luces navideñas.

Mientras Jairo, Germán y Raúl trazan y discuten el plan para el robo, en las oficinas del “One Club” transcurre un día más de trabajo, y sus empleados trajinan bajo la tensión de un eventual despido y la expectativa de la navidad, inocentes de que un destino peor que el desempleo decembrino aguarda a escasos toques de las manecillas del reloj. Aquello que en su momento fue un frío guarismo de las notas judiciales y un botín de la crónica roja, aquí se despliega como todo un universo de sueños, ilusiones y frustraciones: la alegría de Charo por su ascenso, la desazón de Yolanda por perder su empleo tan cerca de navidad, los preparativos de Duván para pedirle matrimonio a Elisa, el embarazo apenas aceptado de Aida, los problemas maritales de Fabio, los escrúpulos de Germán en la ejecución del asalto, y por supuesto, la furia contenida de Jairo.

Si la estampa que los medios dieron de su referente real, Jaime Serrano, fue la de un insensible sin el menor atisbo de remordimiento, Jairo Solano es en cambio un manojo de tensiones. Como cerebro del robo, Jairo se muestra en principio cauto, aparente polo a tierra del grupo de asaltantes, y podría decirse que hasta con cierta inclinación compasiva hacia los rehenes; pero los sucesivos flashbacks que se alternan con los sucesos del asalto develan a un hombre incapaz de lidiar con el sentimiento de derrota que le imponen su entorno social y familiar, su despido como vigilante de One Club y el rechazo por parte de Rosa, una de las trabajadoras de la empresa. Fracasos en retrospectiva que van apuntalando la aparición de una crueldad rencorosa, la cual se confunde en una fría lógica criminal de no dejar testigos en la escena del crimen.

Pero a la hora de determinar quiénes son los condenados y derrotados, sin duda uno de ellos es la propia Cali. La miniserie recupera también la consternación y decepción que dejó este crimen en una ciudad que aún ostentaba a principios de los 80 el rótulo de “la ciudad cívica de Colombia”. La masacre fue una bofetada al orgullo de Cali, no tanto como causa sino indicio de un desmoronamiento social que ya venía en curso, pues desde el primer episodio la serie refuerza esta idea con la visita al One Club de “Don Miguel” y su “escolta”, ejemplares de esa generación de “mágicos” que ya empezaba a campear a sus anchas por la ciudad y el país.

De manera que en “La mirada de los condenados” encontramos no solo una esmerada elaboración artística, también una mirada dignificante de las víctimas que entronca con un esfuerzo periodístico riguroso, que aprovecha las nuevas posibilidades narrativas para evitar que aquellas se desvanezcan en el olvido colectivo. Una nueva apuesta, además, por mirar reflexivamente la deriva de la que nuestra sociedad no acaba de enderezarse.




Portada del libro “La mirada de los condenados” (Botella y Luna, 2003), trabajo periodístico homónimo de Óscar Osorio y James Valderrama, en el cual se basó la miniserie.
Foto: https://www.libreriapensar.com/tienda/la-mirada-de-los-condenados-james-valderrama/

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