Teatro

Teatro – “Me gustaría que los espectadores salgan conmovidos con la obra” Dalia Velasco

“Me gustaría que los espectadores salgan conmovidos con la obra” Dalia Velasco
Directora de La luz sobre nosotras

El 9, 10, 11 y 12 de diciembre del presente año se presenta la obra de teatro La luz sobre nosotras, escrita y dirigida por Dalia Velasco, egresada de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle y ganadora de una beca de creación teatral del Ministerio de Cultura, con quien hablamos para que nos contara sobre el proceso de creación y montaje de una obra con la que busca replantear y resignificar su concepto de hogar.



Por: Julio César Pino Agudelo
Estudiante de Lic. en Literatura, Univalle




Flyer oficial de la obra La luz sobre nosotras, dirigida por Dalia Velasco, egresada de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle.
Foto: Cortesía Dalia Velasco.


Julio César Pino Agudelo (J.C.P.A.): Para empezar, háblanos un poco acerca de tu trayectoria profesional.

Dalia Velasco (D.V.): Soy licenciada en literatura de la Universidad del Valle, pero casi toda mi formación está orientada hacia el teatro. Hago teatro desde que tengo 14 años de edad. Inicié en un grupo base en el teatro Esquina Latina, en el barrio El Vallado, como parte del programa que ellos tienen de grupos de base y de teatro comunitario en Cali. Después de estar dos años allí, me vinculé al Teatro Experimental de Cali Enrique Buenaventura (TEC), donde también estuve dos años mientras estudiaba literatura. Después de esa experiencia, por razones personales y por muchos conflictos también en relación con lo que quería hacer, decidí no hacer más teatro, no volver a actuar, así que me dediqué de lleno a estudiar literatura, pero nunca abandoné el teatro, siempre fui una espectadora constante y me empecé a interesar más por la teoría teatral. De hecho, mi trabajo de grado es un análisis dramatúrgico de tres obras de Enrique Buenaventura que son conocidas como la Trilogía del Caribe. Me gradué hace más o menos tres años y desde entonces he tratado de explorar la creación. Aunque me distinguen más por mi trabajo teórico y académico, lo cierto es que desde siempre he creado, lo que pasa es que nunca he compartido lo que hago. Cuando me gradué dije que quería volver a vincularme al teatro, pero como ya no podía hacerlo siendo actriz porque sentía que no tenía la formación para serlo, encontré en la creación, desde la dirección, la posibilidad de vincularme, porque además yo no pertenezco al medio teatral caleño, he tenido que abrirme un camino muy lentamente para que la gente también me reconozca y, de esa manera, poder hacer teatro, y para encontrar un espacio donde pueda hacer teatro me tocó crearme mis propios espacios, pues sabía que nadie me iba a invitar, evidentemente, porque no me conocían en el medio. Entonces hace dos años me gané mi primera beca de creación teatral con El hombre de paja, una obra escrita por Fanny Buitrago, novelista, cuentista y dramaturga colombiana, y el año pasado me gané la beca de creación e investigación dramatúrgica con la obra La luz sobre nosotras, la cual pude montar gracias a la beca de creación teatral de Ministerio de Cultura.

J.C.P.A.: Cuéntanos un poco acerca de la obra La luz sobre nosotras, que se estrenará este jueves 9 de diciembre.

D.V.: Esta obra la empecé a escribir el año pasado, durante la pandemia. Surgió a partir de una experiencia personal: el fallecimiento de mi padre. Durante su proceso de muerte ocurrieron una serie de cosas en mi casa que me empezaron a generar unas reflexiones que luego, articulándolas con referentes teatrales y literarios, dieron como resultado la obra, que si bien no es autobiográfica, evidentemente parte de un suceso de mi vida.

La obra trata sobre el regreso de dos hijas al lugar en el que han crecido durante su infancia y adolescencia porque su padre se encuentra agonizando. Al llegar a esta casa se encuentran con todo este pasado del cual han huido y que tiene una relación directa con el cúmulo de cajas que invaden la casa. Es una casa que está tan repleta de cajas y de objetos inservibles, que en ella no entra la luz. Entonces todo lo que hacen estas mujeres a lo largo de la obra y a lo largo de la estadía en esa casa es retirar las cajas y los objetos para que pueda entrar la luz, para que el padre pueda morir tranquilo y para, teniendo espacio y teniendo luz, poder construir el hogar anhelado a través de la palabra y de la imaginación, y ya no a través de la materialidad infructuosa por medio de la cual no pudieron conseguir un hogar.




Dalia Velasco, escritora y directora de la obra La luz sobre nosotras.
Foto: Cortesía Dalia Velasco.


J.C.P.A.: ¿Cuáles son los temas que exploras en La luz sobre nosotras?

D.V.: Creo que el tema es algo que uno a veces se encuentra después de mucho escudriñar. Sin embargo, desde que empecé a escribir la obra siempre he tenido algo claro, y es que quería resignificar y replantear mi concepto de hogar, entonces al momento de escribir la obra partí de la etimología de la palabra, que viene de fogar, y que tiene toda una relación con el fuego. Así pues, la palabra proviene de esa relación muy antigua que han tenido los humanos siempre con el fuego, que ha sido el centro de la casa y que les ha permitido congregarse, estar juntos por una cuestión climática para poder estar calientes, pero también para poder compartir y crear relaciones.

J.C.P.A.: Háblanos un poco acerca del montaje, la puesta en escena, la escenografía y la apuesta estética que propones en la obra.

D.V.: Hay una apuesta muy evidente a nivel de dirección, y es haber decido montar la obra en una casa. Inicialmente no quería porque me parecía que era muy difícil y también porque implicaba muchas decisiones que yo no me sentía preparada para tomar, por lo que, en principio, había decidido presentar la obra en un teatro. Pero cuando nos ganamos la convocatoria, nos dimos cuenta de que el teatro donde queríamos presentarla, el más grande a nivel de salas independientes de Cali, no tenía espacio. Así que finalmente tomé la decisión de presentar la obra en una casa, lo cual evidentemente ha conllevado muchos retos a nivel teatral porque ya no estamos en un espacio bidimensional en donde el espectador se sienta y solo puede tener una visión del teatro, si no que el espectador va a poder ingresar a la obra, tener una dimensión tridimensional y escoger desde qué lugar verla, pues no va a estar sentado en una butaca sino que va a estar adentro de la casa participando de alguna manera. Entonces creo que esa es una de las primeras decisiones a nivel de dirección y a nivel de montaje que, evidentemente, nos ha condicionado mucho y también nos ha abierto la posibilidad de explorar la casa. En un inicio, por ejemplo, cuando empecé a montar la obra, venía con esta idea de hacerlo en un teatro, así que encontrarme con la casa fue muy chocante porque me confrontó mucho y también me obligó a mover muchos paradigmas teatrales que tenía. Nunca en mi vida había pensado hacer una obra en una casa; de hecho, nunca he estado en una obra de teatro en un espacio no convencional. Esto ha permitido también que nos planteemos toda la apuesta teatral ya no solamente desde un lugar, sino que toda la casa misma va a estar habitada por todas las situaciones y por todas las construcciones teatrales que hemos hecho.

A nivel de escenografía proponemos algo muy naturalista porque vamos a estar en una casa, a excepción el espacio del padre, que es un cuarto que funciona en unos códigos un poco diferentes, no tanto a nivel visual o estético, pero sí a nivel teatral. Dentro de la dramaturgia se plantea que toda la casa quedó invadida de cajas y de objetos, excepto el cuarto del padre, que es el único cuarto de la casa que ha permanecido intacto. Es el cuarto en el que toda la familia ha vivido durante muchos años. Entonces, en esa medida, el cuarto del padre es un cuarto que funciona en unos términos distintos, desde unos códigos teatrales diferentes.

En cuanto al trabajo actoral, cuando empezamos el montaje estábamos proponiendo una apuesta muy naturalista, pero teníamos la sensación de que algo no estaba funcionando, porque desde el mundo dramatúrgico esta casa, donde transcurren los sucesos, es un lugar un poco extraño, entonces nos faltaba transmitir el extrañamiento. A lo largo de estas semanas hemos tratado de incorporar a ese naturalismo que ya teníamos, unos elementos teatrales extraños, como por ejemplo explorar mucho más con el cuerpo, y trabajar con la disociación entre palabra-imagen y palabra-cuerpo, cosas que no teníamos antes.

J.C.P.A.: Háblanos acerca de los personajes.

D.V.: La obra está compuesta por cuatro personajes: la madre, María; las dos hijas, Ana y Marcela, y el padre, que no aparece durante toda la obra, aunque es un personaje que está presente porque prácticamente todo lo que ocurre está relacionado con la muerte del él. El padre es un personaje que aparece a través de objetos y a través de la relación teatral que las actrices construyen con ese espacio determinado, que es el espacio del cuarto, pero es un personaje que no se ve de manera, digamos, presencial, con un cuerpo, con una cara, con una voz; es un personaje que aparece a través de otros elementos y que no tiene nombre. A nivel de la dramaturgia me interesa mucho poder construir la presencia de un personaje que no aparece. No sé si alguna viste Adiós entusiasmo, una película chilena qué salió hace más o menos unos tres años, la cual me resulta muy interesante porque toda la película gira en torno a una relación bastante tensa entre las hijas y su madre, y ésta última es un personaje que nunca sale. O sea, ella vive en un cuarto y se escucha su voz, pero es un personaje que nunca se ve y eso me pareció muy interesante, además de que me parecía muy difícil poner en escena a un personaje agónico y convaleciente. ¿Cómo hacer eso sin caer en el ridículo, en un lugar común? Me parecía muy difícil. Entonces la decisión que tome a nivel dramatúrgico fue no hacer aparecer al personaje, aunque siempre está y atraviesa toda la obra. Entonces el personaje del padre es muy importante, aunque no se vea, y a mí me interesaba mucho crear eso a nivel dramatúrgico porque me parece que podría ser muy interesante, a nivel teatral, darle vida, darle presencia a un personaje que no se ve.




Foto: Cortesía Dalia Velasco.


J.C.P.A.: ¿Cuál es el género de la obra?

D.V.: Es una pregunta difícil porque con todo lo que he hecho a través de mi vida, me ha costado mucho entrar en los géneros, en los formatos, y no es un asunto de rebeldía, de querer ser distinta o parecer innovadora, sino que me cuesta mucho. Es una pregunta que nos hemos hecho con las actrices porque a veces definir el género nos permite montar con mucha más facilidad una obra. A una de las actrices, por ejemplo, le parecía que esto era realismo mágico. No creo que lo sea porque cuando se habla de realismo mágico nos remitimos irremediablemente a Gabriel García Márquez y hay que hablar de muchas cosas más; pero digamos que la obra sí tiene este elemento del que te hablaba anteriormente, y es que hay un realismo y un naturalismo que se fusiona con el extrañamiento desde lo poético. Entonces la obra, en términos dramatúrgicos, es curiosa porque tiene muchos elementos convencionales, pues tiene un conflicto, personajes que se transforman a lo largo de la obra gracias a un detonador, y al final se termina resolviendo el conflicto, terminan cumpliendo con un objetivo, y en esa medida es una obra muy clásica; pero al mismo tiempo, dramatúrgicamente, tiene varios elementos que rompen con esa lógica. El conflicto, por ejemplo, se nota, pero no se desarrolla de manera explícita. La obra misma tampoco es muy ordenada a nivel cronológico, tiene muchos huecos, es como un rompecabezas. Dramatúrgicamente hablando, el final de la obra es muy raro; el primer acto es el más dramático, pero de ahí en adelante la obra tiene unos giros muy extraños. El último acto nos ha resultado muy difícil de montar porque rompe, de alguna manera, con todo lo que se ha venido construyendo. Entonces la obra tiene eso, un conflicto que siento que es mío con todo lo que hago y que se manifiesta allí. Partir de lo tradicional, de una estructura ya establecida, pero transformarlo en algo que me guste a mí. Ese fue un poco el conflicto que tuve al escribir la obra y que se ve reflejado en la dramaturgia y en la puesta en escena.

J.C.P.A.: En ese sentido, ¿consideras que esta obra es exigente con el espectador?

D.V.: Probablemente sí, pero no porque haya buscado eso, sino porque tengo un problema con lo evidente. No me gusta lo evidente. Constantemente me estoy peleando con lo evidente. Cuando escribí la obra no quería hacer muchas cosas evidentes y tampoco quería condicionar dramáticamente las posibilidades teatrales. Por eso en el último acto prácticamente no hay diálogo, todo es una narración fragmentada porque me interesaba pensar los retos teatrales que implica montar un texto así, que son bastantes por lo general. El mismo texto condicionaba mucho la puesta en escena y me interesaba mucho pensar esos vacíos que también el texto puede dejar, precisamente para que sean los actores quienes los llenen de significado. Entonces, en esa medida, pienso que sí es exigente. Si a nosotros mismos, que somos los creadores de la obra, nos toca llenar de significado el mismo texto, pues al espectador también le va tocar hacerlo, pero no nace de un interés mío porque el espectador se interpele o se exija a sí mismo, sino por un interés creativo que obligatoriamente también repercute en el espectador.

J.C.P.A.: Si hay algo que te gustaría que el espectador se llevara cuando termine de ver la obra, ¿qué sería?

D.V.: Cuando voy como espectadora a una obra de teatro no me interesa mucho entenderla; lo que me interesa es la repercusión que esa puesta en escena y que los actores y actrices dejaron en mí. Las obras de teatro que recuerdo son aquellas que me han conmovido, que me han movido, pero no porque yo las entienda. Me ha pasado que a veces salgo de obras que no entiendo nada y de las cuales no sé qué decir, pero aun así me parecen increíbles. Entonces creo que a mí me interesa eso. No sé si lo vamos a lograr con esta puesta en escena, pero creo que es algo que me interesaría generar con mi trabajo: que el espectador salga conmovido y que no sienta la necesidad de entenderla. Probablemente es una contradicción mía porque desde la dramaturgia esta obra tiene un montón de texto y montón de cosas que se tienen que entender, pero lo que me interesa con este montaje es poder generar la sensación de la casa, que el espectador pueda sentir qué es estar en esta casa, y cuando salgan de la obra, digan que pudieron sentir la experiencia de la casa, así no hayan entendido muchas cosas.




Foto: Cortesía Dalia Velasco.


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