Crónica

Ya no hay forma de comenzar de nuevo

Ya no hay forma de comenzar de nuevo

Esta crónica fue escrita en el marco del proyecto “Allende el mar: crónicas migrantes”, desarrollado en Estados Unidos gracias a la beca Fulbright Investigador Visitante Colombiano y al año sabático otorgado por la Universidad del Valle a Osorio, profesor de la Escuela de Estudios Literarios.



Por: Óscar Osorio
Profesor de la Escuela de Estudios Literarios, Univalle




Foto: https://bit.ly/3nSg6Or


Mi papá era mayor que mi mamá, diecisiete años. Él habitaba nuestra casa los sábados, desde las cinco de la tarde hasta esa misma hora del domingo. A veces, también nos visitaba los jueves. Los demás días permanecía con sus otras familias. Éramos como trece hermanos, en total; todos con su apellido. El hogar legítimo lo tenía en el barrio El Guabal. Nosotros vivíamos en Gaitán. Él únicamente aportaba la plata para la comida. Mi mamá tenía que fajarse trabajando para responder por lo demás, para que pudiéramos estudiar.

Con los hijos legítimos no nos llevábamos bien. Con los del segundo hogar, sí. Especialmente, con mi hermano Orlando. Él era un amor. Nos visitaba seguido y siempre se aparecía con algo. Llegaba en una bicicleta, nos montaba en la parrilla y nos daba vueltas y vueltas. Eran nuestros paseos. En la casa, todos lo queríamos. Murió ahogado en el Lago Calima. Le dio un calambre y no pudo salir. Lo lloramos mucho.

Después murió papá, el 11 de julio de 1995. Lo mató el cigarrillo. Cuando estaba muy enfermo y no se podía valer por sí mismo, lo echaron a la calle como a un perro. Mamá lo recibió en la casa. Se le dificultaba mucho respirar. No podía dormir. Se puso muy malito y lo llevamos a la clínica Centenario. Nosotros lo cuidábamos en el día; los otros hijos, en la noche. Mamá lo atendía, lo aseaba. Allá estuvo dos semanas. Un día, solo encontramos la cobija y el piyama. Se lo habían llevado para la funeraria Los Olivos.

Yo no me acuerdo, pero mis hermanos mayores dicen que él le daba muy mala vida a mi mamá; que la maltrataba, la golpeaba. A mis hermanos dizque también les pegaba. A mí, no. Nunca me tocó un pelo. Seguro tenía una buena relación con él. Al menos, no fue mala. Yo solo recuerdo que lo veía jugando dominó y fumando sus pielrojas.

Gaitán era un barrio tranquilo. Yo iba a estudiar y, luego, me divertía en la calle, con los amigos de la cuadra. Cuando crecí, me volví fue rumbera. Juepúchica si me encantaba bailar. Era lo más rico, lo mejor. Y me gustaba mi calle, mi parche. Tuve buenas y malas compañías, desde cirujanos hasta marihuaneros, personas preparadas y no preparadas, viciosos y gente prácticamente de la calle. Me la llevaba bien con todos, me la gozaba.




La enfermera caleña, su hija Isabella y su hijo Sebastián, llegaron a New Jersey el 30 de marzo del 2010 y se acomodaron en la sala del apartamento de su hermana.
Foto: https://www.cibercuba.com/noticias/2018-12-04-u1-e129488-s27061-presentan-new-jersey-proyecto-ley-permitiria-inmigrantes


Una hermana mía se vino a vivir a Estados Unidos a comienzos de los noventa. Tenía residencia. Pidió a mi mamá y se la trajo. En 1999, se vino otra hermana, como turista, y dejó a sus tres hijos al cuidado de las que estábamos en Colombia. Se demoró siete años en arreglar papeles. Los niños crecieron sin ella. Aunque los llamaba todos los días, por teléfono fijo, y les mandaba cosas, se distanciaron mucho.

La nena tenía tres añitos. Los varones eran mayores. Pasaban de una casa a la otra, de Gaitán a Floralia. Mucha inestabilidad. Aunque uno quiere a los sobrinos, nunca les da el mismo cariño que a los hijos propios. El papá iba cada ocho o cada quince días y los visitaba un rato, les llevaba un bombón y ya. Prácticamente, era un padre ausente. Ellos cogieron mal carácter y se volvieron un problema en la escuela.

Nosotros los criábamos como a nuestros hijos y los castigábamos como a ellos: una pela a veces, unos golpecitos con amor para que aprendieran. Mi hermana se enojaba y ponía problema. No entendía que era necesario porque ellos estaban rebeldes, todo lo dañaban. Se habían vuelto conflictivos, por la ausencia de los padres. También por el pasado.

Antes de separarse, mi hermana peleaba mucho con el marido. Él la ultrajaba, le pegaba. Recuerdo una vez que llegó con maletas. Yo estaba jugando al frente de la casa y la vi bajarse del carro. Tenía el ojo morado. Ella estaba en embarazo de la nena. A los días, volvió a vivir con él. Los niños sufrieron esa violencia hasta que se separaron y ella se vino para acá. Eso los tiene que haber afectado.
El mayor era un niño callado, reservado, parecía como ausente. Era el preferido de la mamá. Le contaba todo por teléfono, le decía a quién le servían más, a quién le daban la carne más grande. El del medio, el Gordo, tenía un comportamiento muy agresivo: golpeaba a los niños en la escuela, peleaba en el barrio, se agarraba a los golpes con el hermano.

La nena era la que más tristeza me daba porque sólo conocía a la mamá por fotos. Mi hermana se pintaba el cabello y la niña se confundía. Una vez se tiñó de rubio y utilizó lentes de contacto verdes. Se veía muy bonita. Ella tenía cinco añitos y veía esa foto. Yo fui a la casa con una compañera de trabajo, que tenía rayitos en el cabello y ojos claros, como miel. La niña se quedó mirándola y salió corriendo. “¿Ay, tía, esa es mi mamá?”, me preguntó. Me partió el corazón. Le dije que no, que era una compañera. “Ah, se parece a mi mamá”, me dijo.

Ahora todos viven por acá cerca, pero la relación no es bonita, es más bien como seca; incluso, se tratan mal, con groserías.

A los dieciséis años comencé a salir con el papá de mis hijos. Él me lleva casi dos años. A los diecinueve quedé embarazada y me fui a vivir con él, en la casa de una de mis hermanas. El esposo de ella era alcohólico y llegaba borracho a poner problema, a encender el equipo a todo volumen, a maltratarla. Horrible. Duramos mes y medio. Nos fuimos para la casa de la suegra. Peor. No hay nuera buena, nuera que sirva, y yo con esa señora nunca me llevé bien. Cogimos por nuestro lado.




MakeshopNcompany, Inc., compañía coreana dedicada al e-commerce a nivel global, en la que la protagonista de esta historia lleva trabajando siete años ganándose el mínimo
Foto: http://jp.malltail.com/jp_wp/ct/company/oversea/usa-nj/


Terminé mi carrera y nació el niño, Sebastián. Empecé a trabajar en mi profesión y la relación se dañó. Como yo era enfermera, tenía un buen salario. Hacía quincenas de un millón de pesos. Era el 2001. Él escasamente había terminado el bachillerato, en la nocturna y porque yo lo presioné. Ganaba poquito. No le gustó que hiciera más dinero que él. Pretendía que yo fuera ama de casa, que me quedara mantequeando y arreglando, como su mamá. Yo no lo iba a hacer.

Pasaron varios años y él se puso a trabajar con el hermano, desarrollando la televisión por cable en distintos pueblos. Les iba bien. El hombre dejaba la plata donde la mamá y no la llevaba a nuestro hogar. Sinvergüenza esa señora que le dejaba esconder el dinero allá. Nació la niña, Isabella. Él se consiguió una moza, una muchachita varios años menor que yo; la secretaria, supuestamente. Esa niñita era muy pobre, vivía en el Jarillón del río Cauca, en un rancho de invasión. Para ella, sí tenía plata. Hasta le regaló una moto. Él la pasaba bueno con su moza y este pechito tenía que encargarse de la renta, de cuidar a los niños, de la escuela, de todo.

Esa muchacha empezó a llamarme, a mandarme mensajes groseros, a insultarme. Como yo había quedado gorda después de Isabella (así como estoy ahora), ella me texteaba, me insultaba; me decía “gorda”, “vaca” y cosas así. Eso fue en octubre del 2008. Él lo negaba, me decía que yo era una celosa, que veía cosas que no eran. En diciembre, se fue a vivir con ella. Me dijo que si quería que volviera al hogar tenía que buscar ayuda psicológica. No quiso dejarla y regresar a casa. Terminó con una relación de una década por una moza. Es duro.

Recuerdo mucho el día en que se fue. Isabella tenía dos años. La niña se atravesó en la puerta, llorando. “Papá, no vaya; papá, no vaya”, le suplicaba. Él la hizo a un lado y se largó. Visitó a los niños por unos meses. Después ya no regresó. No volvió a ver a la niña. Se desentendió. Yo dije: “Listo, a responder sola”. Nunca les faltó nada. Ahora, él tiene plata, finca, casa, carros. A nosotros, nos puso a llevar del bulto; a la moza, la tiene con todo. Bueno, ya es la esposa, se casaron y tienen un hijo como de siete años.

Recién había cumplido los treinta años cuando me dieron la residencia. Yo tenía mi noviecito, trabajaba en lo que me gustaba, ganaba bueno. Estaba bien, estable; era independiente. No quería irme de Cali. Mi mamá y mis hermanas comenzaron a presionarme, que me viniera, que aquí había un futuro para los niños. “Yo estoy contenta ―les decía―. Tengo un buen trabajo. Los niños tienen una vivienda digna y una escuela privada”. Mi hermana, la mamá de mis sobrinos, me decía: “Ruby, véngase. Piense en el futuro de sus hijos. Usted ya vivió su vida, pero ellos aquí van a tener más oportunidades”. “Yo no sé inglés ―le contestaba―, voy a perder mi carrera”. “Yo la voy a ayudar, la voy a poner a estudiar inglés para que valide su enfermería”. Me llenó la cabeza, que aquí las enfermeras ganan no sé cuánto, que íbamos a estar súper bien.

También se fueron por la mala, que yo no venía porque tenía mi macho que me daba y prefería que me diera a pensar en el futuro de los niños. “Cuál macho —les decía—, yo acá vivo bien, tengo estabilidad, mi carrera. Entiendan. Me basto yo sola, no dependo de nadie”. No me decidía, hasta que mi mamá me puso ultimátum: “O se viene o se olvida de que tiene mamá”. Me dio remordimiento. Ella era una señora mayor. Yo decía: “Ay, dios mío, mi mamá se va a morir enojada conmigo”. Me tocó venirme. No se murió.

Los papeles salieron en septiembre del 2009 y yo esperé hasta el último mes que tenía permitido para viajar. El permiso de salida de mis hijos me tocó cambiárselo al papá por un lote que teníamos en Petecuy. Lo habíamos comprado cuando estábamos bien. Queríamos hacer una casita. Nunca construimos. Él me puso la condición de que le firmara el poder para las escrituras. Fue tan descarado que me dijo: “No creás que te estoy vendiendo el permiso de los niños”. “No, mentiras serán. Hágale, mijo; yo se lo compro por ese lote”, le dije. Le firmé. Nos vinimos. Mi familia y todas mis compañeras de la clínica me fueron a despedir. La llorada más verraca.




Foto: https://www.bbc.com/mundo/noticias-50258187


Llegué el 30 de marzo del 2010. Estaba cayendo un aguacero. Nos acomodamos en la sala del apartamento de mi hermana, aquí en New Jersey. Pusimos una cama doble para Isabella y yo, y una sencilla para Sebastián. No le vi problema porque éramos familia: mi hermana, mis tres sobrinos, mis hijos y yo.

Yo venía con la mentalidad de que iba a aprender inglés, iba a trabajar como enfermera y a ganar la replata. Mentiras. Lo primero que recibí fue la humillación de mi propia familia.

Aquí uno se acostumbra a comer pan, cereal, cosas de picar; a pedir domicilio; a ir a McDonald. Así era mi hermana con los hijos. No cocinaban. Yo venía bien montañera, acostumbrada a preparar cosas distintas para el desayuno, para el almuerzo, para la comida. A mí no me daba pereza y, como estaba todo el día en la casa, yo hacía los tres golpes. El mercado se acababa más rápido y mi hermana, que es tan servicial como grosera, arrancaba: “Vida hijueputa, qué es lo que está pasando que ya la comida se acabó”. Ella a alegar y yo a llorar. Me sacaba en cara todo.

El único consuelo que tenía era hablar con mi novio por teléfono, quejarme con él: “Puta, yo dejé mi vida para venir a esta mierda —le decía. Lloraba—. Tenía mi carrera y ahora solo es limpiar la casa, cocinar y recibir humillaciones”. Sentía un dolor en el pecho, una desilusión, una frustración. La gente no piensa en la situación de uno, sin conocer, sin inglés, sin ninguna idea de cómo buscar trabajo, sin contactos, sin saber moverse. Es una cosa increíble. La gente aquí piensa: “Como yo comí mierda, todos tienen que comer mierda”. No se vale, no todos tenemos que pasar por lo mismo. Además, ese mercado no era plata de su bolsillo, era de food stamps. Después, ella me llevó a hacer las vueltas y a mí también me dieron las food stamps. Era así de fácil.

Luego conseguí el medicare para mis hijos. Yo no calificaba. Ellos quedaron protegidos. Era lo que me importaba. Duré meses sin trabajar. Encerrada en la casa, haciendo oficio. Horrible. A mi hermana se le ponía el santo de cabeza a cada rato y me decía cosas que no debía decir. Yo me mantenía aburrida y ella más se enojaba: “Pues, si está tan aburrida, váyase a vivir a un shelter”.

Yo pensaba que ella me estaba mandando a vivir con los indigentes, los ladrones, los viciosos. No podía creerlo, mi propia hermana me mandaba a vivir con mis hijos a un lugar de esos. Me desesperaba esa actitud pedante. ¿Cómo no entendía que me daba pánico salir sola? Yo pensaba que si me llegaba a perder qué hacía, a quién le preguntaba algo si no tenía el inglés. “¿Cuánto tiempo hace que llegué? —le decía—. No seás de esa manera conmigo. Para vos es fácil porque ya llevás aquí metecientos años. Yo no”.
Me desahogaba con una prima. Ella y el esposo habían trabajado duro aquí, habían hecho un capital, se habían ido para Colombia y habían comprado una casa, un taxi. Los delincuentes los vieron bien y pensaron que estaban llenos de billetes. Les iban a secuestrar al hijo. Se devolvieron con la intención de no regresar. Se quedaron aquí, definitivamente, sin papeles. Ella cuidaba niños. Me llamaba para que fuéramos al parque, para que los niños jugaran. Le comenté que yo estaba muy aburrida por la forma como me trataba mi hermana, que necesitaba trabajar, que me daba miedo que me botara a la calle y yo sin para dónde coger con mis niños. Ella se molestó mucho y le dijo a mi hermana que no me tratara así, que me entendiera, que me ayudara. Mi hermana se emputó. “¿Usted por qué anda diciendo cosas afuera, poniendo quejas?”, me reclamó. Me llevó a un Subway y conseguí mi primer trabajo.




Óscar Osorio, escritor y profesor de la Escuela de Estudios Literarios, Universidad del Valle.


El dueño me dijo que estuviera tranquila, que no importaba si yo no sabía inglés, que él me necesitaba en la parte de atrás para hacer las preparaciones. “Ah, bueno, después de que yo no tenga que ponerle cara a nadie”, le dije. Mentira. Una salvadoreña y una mexicana me hicieron la vida a cuadritos. Apenas se fue el dueño, las asquerosas me jalaron y me pusieron adelante. Oh, my god. A la hora del lunch, ese sitio lleno y todo el mundo pidiendo. Tragame tierra. No entendía ni mierda y ponía en esos sándwiches cosas que el cliente no había pedido. Y uno azarado, con ese estrés tan hijuepúchica. La gente era como paciente, tranquila: “Is ok —me decían—, is ok”. Qué impotencia por ese maldito inglés. Horrible.

Lo hicieron por maldad, porque yo era colombiana y ellas tienen ese cliché de que nosotras somos putas, que les vamos a quitar los maridos. Mantienen muertas del susto porque somos más bonitas y a sus hombres les encantamos. Ellas son más bien feas y cuando ven a un colombiano se derriten. La verdad es que esos hombres le caen a uno encima como gavilanes. Aunque yo no andaba en eso, ellas se pusieron celosas y la montaron.

Yo estaba en la barra sufriendo con los clientes y me daba una rabia, unas ganas de putearlas, de meterles su golpe. Mi hermana me decía que no podía pelear, que yo iba a ser la perjudicada. Sentía un desespero por no poder hacer nada, una impotencia y unas ganas de llorar que no me aguantaba. Pensaba en mi vida en Colombia, en mi carrera, en mi bienestar. Lloraba. Duré cinco días. Me retiré. Mi hermana no me dio consuelo, no se puso en mis zapatos, no pensó en mis circunstancias: “Pues, si no quiere trabajar, no trabaje”. Como si yo fuera una perezosa. Yo sí quería trabajar. No aguanté.

Le conté a mi prima y ella habló con una amiga mexicana que trabajaba en Burger King. Petra, se llamaba. Era buena gente. Ella habló con el mánager, Mojamed. Me llamaron un domingo. Petra me traducía. Empecé el lunes, en el horario de la noche. Era bueno porque no tenía que dejar a los niños solos en el día. Estaba tranquila. Me tocó en la cocina y nadie molestaba. Sólo era leer una pantalla y preparar lo que decía ahí. Al cabo de un tiempo, entré al college a estudiar inglés. Me ilusioné. Podía aprender el idioma y, quizás, recuperar la carrera. Duré un semestre. Me quedaba muy duro: el trabajo, los niños, las clases. También me hacía falta dinero.

Dejé de estudiar y entré a una factoría, a dos bloques del Burger King. Con los dos trabajos, cogía buena plata. Mi hermana estaba contenta porque le pagaba renta, compraba la comida. Yo entraba a las siete y treinta de la mañana a la factoría y salía a las cuatro y treinta de la tarde. Era bien duro. Ya no podía estar en casa. Mi hijo Sebastián, con diez añitos, y mi hija Isabella, con cuatro, caminaban varios bloques para llevarme el uniforme de Burger King. Me cambiaba en el baño y les entregaba la maleta llena con lo del trabajo de la mañana. Trabajaba en ese otro turno hasta la una o dos de la madrugada. No dormía mucho y me puse flaca. Parecía como enferma.

Así estaba cuando llegó otra mexicana, como supervisora al Burger King. A la vieja se le metió que yo le iba a quitar al marido, un mexicano ahí, todo chiquito, flaquito. Los supervisores de esos trabajos son personas con nivel académico cero, pero con inglés. La mayoría llegaron ilegales. Cuando los ponen en el cargo, se les sube a la cabeza y se les olvida lo que ellos mismos sufrieron. Les encanta hacerte sentir como una mierda. Esa es la verdad, con un inglés aprendido a machetazos, son los que más te humillan porque no hablás el idioma; los que se burlan. Pues con la mexicana era así. Yo tenía más estudio. Ella sabía hablar inglés. Me trataba mal. Me echó.
Rápido conseguí trabajo en una compañía de zapatos ortopédicos y ahí trabajé año y medio. Después entré la MakeShopNcompany, una compañía coreana. Ahí llevo siete años y gano el mínimo. No me gusta brincar de un lado para el otro. Además, ya lo que hago me lo sé de memoria. Cuando hay mucho para empacar, empaco; cuando no, estoy en la computadora, inspecciono lo que llega, los costos, lo que hay que mandar para Corea, para china, para Japón.




Algunos libros del escritor Óscar Osorio, autor de esta crónica.


Yo viví en la sala de mi hermana ocho años. Hice unas divisiones y eso era como un cuarto. Ahí me quedé, con mis muchachos. Hace tres años larguitos, ella me dijo que iba a entregar el apartamento, que buscara. Me dio un mes. Hijuepúchica. ¿Dónde iba a conseguir con los niños? Me tocó meterme a una pieza, en una casa de hombres. Me daba susto por la niña. Gracias a dios, no pasó nada. Allá llegó también José, mi compañero actual. Estuvimos un año en ese sitio hasta que nos salió este apartamento, que está muy chévere. Tiene su salita, su cocina, su baño, sus dos cuartos. Aunque no tiene lujos, está bien organizadito y el sector es bueno.

Ahora están los hijos de José con nosotros, de vacaciones. Él se los quiere traer. Dice que ya no se ve otra vez viviendo en Puerto Rico. Lo único malo es que ahora los cuatro muchachos comparten ese cuarto y Sebastián e Isabella ya son grandes.

Recordando ese pasado, pienso: “Hijuepúchica si me gustaba mi trabajo en Colombia”. Yo era apasionada y la gente me trataba bien. Allá nadie me decía “enfermera”. No, la mayoría de las personas era “doctora”, que esto y que lo otro. Se sentía como tan rico. “Doctora”. Tan chévere. Yo trabajaba en el área de hemodinamia y atendía por lo menos diez pacientes y a veces alcanzaba a salir al mediodía. Otras veces, a las dos, tres, cuatro de la tarde. No había consistencia en los horarios. No importaba. Llamaban a la madrugada, que había llegado un pacientico infartándose. Uno salía. Llegaba a la casa a las nueve de la noche y a las doce me llamaban. Ahí mismo. Regresaba al amanecer. Me encantaba mi profesión, mi trabajo. Había buen dinero.

Aquí la carrera se fue pa´l carajo. Se perdió. Mi hermana me decía: “Buscá de aseadora en un hospital y así te vas metiendo. Seguro que los médicos te ayudan cuando sepan que tenés conocimiento”. Sí, claro. Fácil. No tenés el idioma, no tenés papeles que avalen tu profesión, pero vas y decís: “Yo soy aseadora. Deme trabajo de enfermera, que yo sé”. Ahí mismo.

Yo vivía súper frustrada. Yo decía: “Juepucha, yo soy una enfermera. A mí la gente en Colombia me miraba con respeto, me preguntaba por cosas que solo yo podía responder o solucionar. Ahora llegás aquí a armar hamburguesas, a que gente ignorante sea tu superior y te traten como a una mierda, y que tengás que aguantarte para mantener el trabajo”. Me dio duro. Sin el idioma, no se puede aspirar a un mejor trabajo acá. Esa es la verdad, sin el idioma no se puede aspirar a nada, ni a trabajar de mesera en un restaurante, que dan buenas propinas. Toca factoría.

Tengo cuarenta y dos años. Ya no hay forma de comenzar de nuevo. Ya no aprendí el inglés, ni validé mi carrera, ni hice la replata. Ya me resigné. Ya estoy tranquila. Para mí no hubo mucho aquí. Para mis hijos, sí.

Isabella está en High School y Sebastián ya se graduó como mecánico de autos. Yo hubiera querido que estudiara Ingeniería de Sistemas porque él es muy bueno con las computadoras. Escogió otra cosa. Él es inteligente por vocación, nació con esa capacidad. Es solo ver las cosas y ya las puede hacer. Isabella es inteligente por devoción, es juiciosa, desde pequeñita le gusta el arte, le gusta leer mucho, le gusta escribir; es buenísima para escribir. Algo relacionado con eso va a estudiar.

Yo les hablo mimado, los chocholeo; que bebé para acá, que bebé para allá. Yo los trato así y ellos a mí también. Así no se alejan. A ellos les queda lo que uno les enseñe y yo sé que he hecho un buen trabajo. Yo les digo que de ellos depende si van a vivir toda la vida en una factoría y ganándose un mínimo, como yo, o si van a echar para adelante. Lo que uno quiere es que estén mejor. De ellos depende. Acá hay más oportunidades.
Ellos dicen que a Colombia no vuelven. De vacaciones, sí; a vivir, no. Ya han ido dos veces. La primera, porque la niña deseaba conocer al papá. Yo no tenía ni fotos de él, las había eliminado. Ella no lo recordaba. No lo considera su papá, pero quería saber cómo era.

Yo tampoco volveré a vivir allá. Tengo once años en este país y apenas hace tres que acepté y asimilé que me tenía que quedar para siempre. Hablo con quienes fueron mis compañeras de trabajo en Cali y me dicen que todo ha cambiado, que la situación de la ciudad no es buena, que hay mucha inseguridad, que está muy maluco, que el trabajo no es igual, que la pandemia dejó hambre, que hay mucho desempleo. Mi hermano vive en unos apartamentos al frente de La 14 de Calima y me muestra por la ventana los incendios y las balaceras de estos días de protestas. Yo veo eso y pienso en qué hubiera ocurrido con mis hijos allá.

Extraño las reuniones familiares en diciembre, la cuadra llena de fiestas, las comidas. Juepucha si era rico. Ya pasó. Aquí no se da. Este país separa a las familias. Mis hermanas ya son personas totalmente diferentes. Entiendo que han tenido sus circunstancias, que para nadie ha sido fácil. El caso es que ya prácticamente no nos reunimos.

Recuerdo esa época de la rumba en Cali. Me encantaba joder, salir. Ya no. No me hace falta. Ya no tengo esa mentalidad y me gusta estar en casa. Entonces, si no es a rumbear, ¿a qué vuelve uno a Colombia?

(Ruby Tovar, Englewood, New Jersey, junio 26 de 2021)

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