Crónica

Crónica – Mis destacados vecinos

Mis destacados vecinos

Una mirada que ausculta el trasegar de los habitantes de calle y otros fantasmas del Barrio San Fernando durante la cuarentena.


Por: Nadia Freire
Redactora de La Palabra




Sí hay cama.
Foto: Nadia Freire


“¡No amiga por favor no defeques ahí!, esos olores suben hasta el 4º piso en donde vivo, y tengo una niña chiquita, no hagas eso”. Se incorporó, se subió el pantalón y me dijo: “tranquila que no lo hago, con la decencia nadie pelea”, no tuve más que darle las gracias.

Sobre el número de habitantes de calle (HC) en la ciudad de Cali, la cifra publicada por la Alcaldía (marzo 2019) fue de 5.600. Mientras que en el reporte del DANE (febrero 2020), se censaron 4.749 habitantes de calle. Según los números, novecientos menos que el año pasado, ¿acaso salieron de las calles?, soñar no cuesta nada.

“Si por la quinta vas pasando, es por mi casa que vas atravesando”. Me mudé a comienzo del año sobre la Calle 5 con Cra. 35. Sí, ahí, al frente del estadio, del CAI de la policía, al frente de la estación del MIO, diagonal al Parque de las banderas, justo llegando al Hospital Universitario del Valle. Estoy en medio de mucha acción en esta parte del barrio San Fernando. Ha sido un cambio abrupto si tenemos en cuenta que vivía en un sector “muy tranquilo” y extremadamente silencioso, con calles tan solitarias que asustaba ver de vez en cuando a alguna moto “extraviada” buscando algún incauto transeúnte para “preguntarle la hora”.

Las cifras revelan que el 87,9% de los HC son hombres y el 12.1% son mujeres. Una de ellas es la señora que me escuchó y apretó sus esfínteres. Ella, con su caminar cadencioso se pasea por donde vivo, presumiendo su extrema delgadez y un rostro que, aunque vanidoso, evidencia el consumo de drogas desde hace mucho tiempo. Ella es “cumplidora de las normas de bioseguridad”, porta siempre su tapabocas, aunque esté raído y poco limpio. A mitad de una tarde soleada, tuvo una fuerte riña con otra habitante de calle. Mientras los policías trataban de controlarla, en medio de la trifulca, se defendió con las uñas, de manera literal. No hubo tapabocas que creara alguna barrera entre ella y los cuatro policías que la redujeron para subirla a la radio patrulla. Los policías se lavaron prontamente las manos con gel antibacterial, esta preciada sustancia que se ha convertido en una prolongación de nuestro cuerpo dentro de “la nueva normalidad”. Allí frente a la mirada atónita de algunos transeúntes y de los pasajeros en los vehículos que se detuvieron a ver el deprimente espectáculo, los policías se lavaban las manos en repetidas ocasiones y organizaban sus uniformes descolocados.

En este punto de la ciudad, la contaminación auditiva ocasionada por el tráfico vehicular, las sirenas de las ambulancias y el sistema MIO, es muy intensa. Gracias a las medidas de aislamiento por el Covid19, este ruido se redujo drásticamente por varios meses, e incluso se logró un silencio casi sepulcral los sábados en la noche. La discoteca que funciona en el segundo piso y que ha permanecido debidamente cerrada, representaba un serio problema los sábados por la noche. Dentro de casa, las ventanas, la alacena entera y la nevera, se bamboleaban; las ultimas amenazaban con vaciarse debido al estruendo, lanzando contra el piso alimentos, platos y cristalería.

Sin embargo, las cosas no han cambiado respecto a los habitantes de calle, todo siguió igual durante estos ralentizados meses de aislamiento social. ¿Qué podría suceder?, no mucho, el barrio es su casa. Las riñas son constantes, pelean por la basura, por defenderse de los que “se apropian de lo ajeno” mientras duermen, por botellas y cartones recolectados como material de reciclaje. Pelean y reparten puños, se arrancan los tapabocas en medio de las agitadas disputas, para gritarle improperios a sus contrincantes, sean reales o sean agentes imaginarios; esos que los perturban en medio de las constantes alucinaciones producto de las sustancias psicoactivas. He presenciado muchas de esas peleas a altas horas de la noche, estos vecinos se apoderan de la vía y mientras se pavonean, vociferan mil palabras soeces, sacando a relucir su nutrido lenguaje barriobajero. Cuando va culminando el estruendo y la gritería, finalmente ni se tocan. Como el CAI está cruzando la calle 5ª, los agentes de policía llegan con prontitud; delante de ellos repiten cosas como: “no pasa nada”, pero al girarse el policía mediador, le dicen a su enemigo: “cuídate que te mato” o “atenete atenete”.


Sonrisa y mango.
Foto: Nadia Freire


Mis vecinos los habitantes de calle, se instalan durante el día a en el local de enseguida, y llegan a pernoctar cada noche. Son dueños de la calle, cuando muchos permanecen en el “yo me quedo en casa”. Se reúnen a tertuliar, o a fumar cigarrillos, marihuana y hasta bazuco. La policía está justo al frente, pero su presencia resulta infructuosa, parece no dar abasto para controlar los episodios permanentes. Algunos de mis vecinos ya me resultan “conocidos”, fui cediendo. Ha menguando mi resistencia ante la imposibilidad de moverlos de su lugar: el local vecino y desocupado, que no supervisa ni limpia el propietario. Tras una serie de ejercicios de apnea absolutamente infructuosos, cedí ante ese almizcle marcado por un fuerte olor a orina y otros olores de alta complejidad. No hay nariz que soporte esos efluvios amoniacales.
En dos ocasiones he visto junto a la puerta del edificio a un habitante de calle envuelto en una enorme bandera de Colombia. Cuando he intentado tomarle una fotografía se ha diluido como una alucinación, se ha evaporado literalmente. Como una epifanía, vi la representación de “los sin hogar y sin casa” en este país. Estos son mis destacados vecinos a quienes la pandemia no les ha modificado su “normalidad”. Ellos son los habitantes de mis calles, o mejor: yo soy habitante de las suyas.

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