Crítica Literaria

Del ensayo al trino. Notas sobre la inteligencia latinoamericana

Por: Juan Guillermo Gómez García
Profesor de la Facultad de Comunicaciones y Filología
Universidad de Antioquia


Foto: ororadio.com.mx

I

La vieja y rica tradición ensayística del siglo XIX latinoamericana se nutrió de la polémica y crítica como sus notas más distintivas. Tratar de darle una fisonomía propia a nuestras repúblicas adolescentes, fue tarea de Bolívar, Sarmiento, Bello, González Prada, Montalvo, Martí, entre otros muchos más. El medio que dio vida a esa disputa continua de ideas fue la prensa, principalmente. Los folletos, la propaganda parlamentaria, las conferencias abiertas y los partidos fueron los estimulantes complementarios de las guerras civiles, de las disputas por el poder público y los saqueos del erario nacional. Los intelectuales también hicieron parte de ese convulsionado siglo. González Prada habló así de los intelectuales del Perú, como murciélagos, “mitad ave, mitad ratón”.

Bajo el signo ilustrado de la “Utopía de América” quiso el elegante humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña, comprender el paso de un siglo de Independencia y saludar a la nueva era con un estímulo magistral hasta ahora no superado. Sus lecciones fructificaron y se avivaron en la generación que le siguió y que se condujo entre las calamidades públicas y los severos cambios sociales (sociedad masificada y medios de comunicación: la radio, el cine). Sus discípulos fueron Alfonso Reyes, Mariano Picón Salas, José Luis Romero y, quizá, el último de ellos, Rafael Gutiérrez Girardot. La reforma de Córdoba, luego juzgada con cierta severidad por José Carlos Mariátegui, está entre esos grandes logros aurorales del siglo XX.

El mexicano Alfonso Reyes pretendió sintetizar las nuevas tareas y nuevos desafíos en su intervención “Notas sobre la inteligencia americana” (1935). Esta intervención suscitó, pese a su intencionalidad analítica, una incomprensión, sobre todo en los europeos que la escucharon en ocasión de un seminario internacional. En efecto, el ensayo sereno también invitaba al debate, sugería mil caminos no del todo clarificados. La misma contextura ensayística, síntesis, creatividad expresiva, serenidad humanística y proto-sociología, tanteo inusitado, sigue siendo su signo distintivo y por ello habla de su actualidad.

Para las décadas siguientes, el populismo, el desmesurado crecimiento urbanístico, la miseria rampante de los centros urbanos, la compulsión por el consumismo, las revoluciones, empezando por la mexicana, y las que inspiró la Revolución de Octubre, sembraron de dudas sobre el papel y alcanza efectivo de la vida intelectual. Algo sonaba anacrónico, algo que no podía ser comprendido de forma oportuna y correctiva.

A su auxilio llegaron las ciencias sociales, de mano de esas múltiples amenazas sobrecogedoras. Fueron hombres muy virtuosos procedentes de Europa, que huían del fascismo, quienes se integraron a la tarea de dar una luz nueva a los debates intelectuales en nuestra América. Fueron el español José Medina Echavarría, quien arribó a México, y el italiano Gino Germani, quien desembarcó en el Río de la Plata, figuras de primer orden en esta vasta y compleja búsqueda por redefinir los rumbos de nuestras naciones azoradas. Ellos también venían de realidades traumáticas (el gran trauma del siglo XX: la Guerra Mundial, la Revolución rusa, las entreguerras, el nazi-fascismo-franquismo, la Guerra fría) que golpeaba a su vez las costas, valles y montañas de la ancha geografía continental. Gilberto Freyre en el Brasil, Fernando Ortiz en Cuba o Virginia Gutiérrez de Pineda en Colombia abrieron una increíblemente rica perspectiva sobre nuestro multiculturalismo constitutivo. Para nosotros, Familia y cultura en Colombia (cuesta trabajo pensar que Ángel Rama no la incluyó en Biblioteca Ayacucho) es de una deslumbrante riqueza comparable a Cien años de soledad.

Alfonso Reyes (1889 – 1959), poeta, ensayista, narrador, traductor, humanista, diplomático y pensador mexicano.
Foto: elmundo.es

II

Colombia padeció de una realidad nueva, inédita luego de la muerte de Gaitán. Los intentos de formar una Universidad Nacional vigorosa, de la mano de la Escuela Normal Superior, que fueron tareas de la Revolución en marcha lopista, sucumbieron a los fanatismos delirantes de Ospina Pérez y Laureano Gómez. Liquidada por este maniático católico y feroz anti-comunista (criado bajo las sotanas de los jesuitas), la ENS se garantizó un atraso en nuestra vida intelectual y sus empresas científicas. Este trauma hondo lo acusó el libro del poeta Jorge Gaitán Durán, La revolución invisible. Es decir, correspondía a un poeta que animaba una empresa editorial de excepción como Mito descifrar una realidad tan compleja y anacrónica como la realidad colombiana. Era un limbo sin orillas: “Colombia es ya una cosa impenetrable”, sentenció.

Para las décadas siguientes, Colombia se aventuró a resistir los efectos de la Revolución cubana. Los jerarcas del Frente Nacional se agarraron al clavo hirviente de la Alianza para el Progreso para salvar la patria de ese peligro rojo. Los gestores de este programa, llamado localmente Plan Básico, fueron Jaime Posada, Jaime Sanín Echeverri y Mario Carvajal, tres bastiones del conservadurismo de provincia. En un clima caldeado por una masificación urbana incontenible, por una masificación universitaria inducida (en el Plan Atcon), por las agrias disputas marxista-leninistas (en sindicatos, movimientos campesinos, estudiantiles, partidistas), las empresas científicas se fueron aplazando. La universidad (sobre todo la pública) fue campo de batalla, campo de misiones redentoristas de izquierda. La prédica liberadora, la lucha guerrillera, impuso sus argumentos, sus credos, sus lecturas y sus propósitos. El punto de encuentro entre los dueños del poder político, el capital, las directivas universitarias y los jóvenes fue anulado. No existió. La represión estatal hizo su tarea de limpieza; su carnaval de asesinatos selectivos, secuestros y amenazas estatales y para-estatales.

Solo hasta la caída del Muro de Berlín, al calor del desmantelamiento de la Unión Soviética (María Fernanda Cabal debe tener mucho que enseñarnos de estos episodios de la historia universal), vino la nueva Constitución del 91 y con ella una posibilidad de rehabilitar la universidad como empresa científica. El modelo de una economía neoliberal se quiso compatibilizar con la institucionalización de la ciencia en la universidad. Colciencias, financiada por el BID, trazó normas muy convenientes, oportunas, pero dictadas bajo el positivismo cientifista norteamericanoide. La ciencia fue asociada a los grupos de investigación, a los posgrados, a las publicaciones científicas. El rector Antanas Mockus fue gestor cabeza de esta nueva readecuación universitaria. Treinta años después la pregunta es si ello ha garantizado la estabilidad institucional y política de la universidad pública, si este modelo ha logrado despegar realmente como competente (mundialmente hablando), si se ha garantizado la financiación del sistema científico y de paso de la universidad pública por sus propios medios. La respuesta es NO.

Sin haber sepultado convenientemente la tradición ensayística, de los grandes modelos colombianos (Hernando Téllez, Ernesto Volkening, Rafael Maya, Marta Traba y el citado Gutiérrez Girardot) se pasó a este cientificismo norteamericano, a este sistema de competencia del conocimiento con estándares internacionales medibles, sin mediación ni discusión alguna. Se quiso o se logró liquidar el pasado sin conocerlo y generar una anomia, un desconcertante clima de incertidumbres y resistencias sin mejor provecho para las comunidades intelectuales y profesorales.

Hoy imperan o reinan los influencers. El siglo XXI promete así mucha movida, mucha confusión, mucha incomprensión, rentable para unos pocos y desoladora para la mayoría. Hoy se habla del panóptico virtual. Es decir, del dominio de la explotación y alienación multiplicada por vía de las redes sociales, que diagnóstico a su modo y con sus recursos críticos un Walter Benjamin, Adorno, Marcuse, Horkheimer o Leo Löwenthal, en la Alemania en vísperas del ascenso de Hitler.

Rafael Gutiérrez Girardot (1928 – 2005), filósofo, ensayista y editor colombiano.
Foto: panoramacultural.com.co

Los influencers se valen de medios que son eso, medios de comunicación masivos multiplicadores de mensajes de todo tipo. Ellos viven de los medios y los medios de ellos. Son una rueda suelta y a la vez amarrada al sistema de dominación mundial, pendientes de la última tecnología de difusión de imágenes, sonidos, sensaciones… Es pleno siglo XXI. Hay de todo, y los influencers, desde el youtuber al tuitero, mandan y gobiernan conforme sus seguidores; son los seguidores de sus propios clientes y clientes virtuales, intangibles versátiles, vigorosos.

Con una frase, un giro lingüístico, un sonido raro, una desfachatez, una insinuación genial o imbécil (son términos perfectamente intercambiables) inundan el tiempo del otro, los miles y millones de otros y otras. Crean sus símbolos y prestigios llenos de contenidos evasivos; de aire artificial que se hace permanentemente aire. Una vocación, se dirá. Una vocación solemne, arbitraria, justa. En ellos, el intelectual, el sabio, el grosero, la prostituta, el político corrupto, el genocida y el Premio Nobel de la Paz se igualan por el medio, por la brevedad de un mensaje, que dice y no dice; que no explica, sino que señala ese rumbo de equívocos en todas las direcciones. Son mandatarios de teclas, de una habilidad sin mayores riesgos y de una impunidad sin contrariedades mayores.

Ante un trino soez cae la reputación de un intelectual, se deshacen los resultados de un siglo de trabajos laboriosos de laboratorio. Se enciende la primera guerra nuclear global, poco a poco. ¿Son los influencers como plaga en metástasis? Quién lo sabe, quizá… Más bien.

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