Crítica Cine

Memoria (2021)

Memoria (2021),
De Apichatpong Weerasethakull:
Pesquisas Sobre Un Sonido Inquietante



Por: Álvaro Bautista-Cabrera
Profesor de la Escuela de Estudios Literarios, Universidad del Valle





Ante un evento inesperado que irrumpe en nuestra conciencia desde una fuente desconocida, algo conjeturamos si viene desde afuera o desde los recónditos abismos de nuestra alma. Si viene desde afuera, nuestro cerebro conjuga la información y arriesga una hipótesis, sea el evento un objeto, una persona o un suceso. Si viene desde uno, como una fantasía, un sueño, una ocurrencia, una alucinación, nos preguntamos si es familiar al ámbito de nuestro interior. La sorpresa procedente desde afuera invoca nuestra comprensión con una descripción y con una pregunta sobre lo que es; la sorpresa procedente desde nuestro interior, si no es familiar, es difícil de comprenderla, de verbalizarla con una descripción; inaprehensible, solo podemos abordarla con las preguntas ¿qué? y ¿por qué?

En Memoria de Apichatpong Weerasethakull (Bangkok, 1970), filme ganador del premio del Jurado en el festival de Cannes (2021), el personaje de Jessica siente que la continuidad de su estancia en Colombia es invadida por un hecho insólito: un sonido, un bang contundente, quizá una explosión –no de un arma de fuego–, de un motor desconocido que arranca y se apaga, y se repite en ocasiones, metálico, perturbador.

¿De qué trata el filme del director tailandés? Memoria, rodada en Colombia con la actriz inglesa de origen escocés, Tilda Swinton, y un elenco entre los cuales participan actores colombianos como Juan Pablo Urrego y Elkin Díaz, es una interrogación sobre la capacidad de control, sobre el acicate para pensar sobre sí mismo, ante una perturbación vivida por una extranjera en Colombia, cuya causa y solución le producen incertidumbre y desasosiego.

La estatura de la actriz, el dominio de sus actos, la flema inglesa, su temeridad escocesa, el blanco desabrido de su piel, conforman una Jessica paradójica. Estando en Colombia, no la mortifican los acostumbrados desafueros de la violencia –el único tiro del filme es un equívoco risible–. El espectador asiste al contraste de un ser en apariencia fuerte y que padece una dolencia en su cabeza. Incluso, en una escena de humor, de pícara irreverencia, la protagonista visita a una médica para que le formule calmantes. La doctora –actuada por la magnífica actriz Constanza Gutiérrez– le dice: “para qué se va a perder la belleza y la tristeza del mundo” y agrega, “le tengo el remedio: Jesús”. La médica le pasa una imagen o una revista… Apichatpong muestra gran talento para permear su filme de algo que encarnan los colombianos: la religiosidad de papel.

Al inicio del filme es Karen, la hermana, quien está enferma de una afección respiratoria; Jessica cuida de ella en el hospital. Enferma, ¿de qué? ¿Será el hechizo, como plantea su cuñado Juan –encarnado por el actor hispano-mexicano Daniel Giménez Cacho–, de un mito amazónico trabajado en el grupo teatral donde labora la hermana de la protagonista? ¿O un perro de un sueño de la hermana u otro que acompaña a veces a Jessica en su deambular por Bogotá y Pijao? Mientras Jessica atiende a su hermana, oye los poemas de su cuñado, estudia las flores –las flores son su ocupación profesional–, observa las enigmáticas pinturas de Ever Astudillo, se presentan sucesos raros. En un parqueadero estalla un alborotado concierto de pitos de carros que se intensifica y decrece hasta el silencio. La explosión de un exosto de un bus viejo, asusta en un mundo donde los disparos son frecuentes. Los sonidos son pues menos el fondo de la película que protagonistas de la memoria misma. Son ellos quienes conducen el vagabundeo y el camino de la extranjera.

La estética del sonido –notable trabajo de este filme–, recuerda a Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s’est échappé, 1956) de Robert Bresson. Lo visual baila en torno a los sonidos de las calles, los carros, el correr rápido de las gentes, el vocerío de los andenes. Son los sonidos los que participan y se silencian en la intimidad de las habitaciones, para ser interrumpidos por el boom escuchado por Jessica. Pues hay silencios, sonoridad del mundo y el rotundo sonido que atormenta a la inglesa.

Ahora bien, ¿es ese boom metálico una afección causada por “el síndrome de la cabeza explosiva”? ¿Es el resultado de un mundo en el que suceden hechos extraordinarios? El sonido sorprende primero a la protagonista en el sueño y la penumbra; luego se repite tres veces en un restaurante, mientras Jessica intenta escoger un plato fuerte para cenar con la ya recuperada hermana y su familia. Después en su periplo por fuera de Bogotá, ante un pescador. Y al final, cuando la serie de explosiones se acelera, la historia de la afección de Jessica se reconfigura en el filme con una ficción sorprendente…
En medio de las escuchas torturantes de Jessica, se produce el encuentro con una arqueóloga –representada por actriz francesa Jeanne Balibar–, quien la lleva a la memoria estampada en los huesos de seres humanos descubiertos en un túnel en construcción en el municipio de Pijao. Esta arqueóloga lleva a la extranjera al fondo de la tierra, entre máquinas excavadoras, como si el mensaje de una osamenta de hace unos 6000 años fuese a explicar el sonido. Jessica deambula por Colombia, sale de Bogotá para apreciar los huesos de un pasado lejano, aunque más para buscarse a sí misma. Esa búsqueda encuentra interlocutor cuando, hacia el final, junto a un riachuelo, Jessica dialoga con un pescador, actuado con sobriedad por Elkin Díaz.

Antes del diálogo con el pescador, consulta a un músico. Asistimos a la escena ilustradora de los límites del compartir con los otros una singular dolencia padecida por una persona. Se trata de describir con palabras el bang y que el músico, apoyado en una consola de sonidos y música, traduzca la descripción de Jessica del sonido de su cabeza. El músico –actuado por Urrego–, una especie de bibliotecario de sonidos, le presenta distintos ejemplos de la sonoteca de la consola. Entonces sobresale el tema articulador de este filme: los sonidos insólitos de nuestras cabezas y las limitaciones para compartirlos con los otros. Si el doblaje no nos engaña –la película se filmó en inglés–, aunque con intervenciones en español, ante los ejemplos presentados por el músico, Jessica explica su boom con esta descripción: “es como una bola enorme de concreto que cae en un fondo de metal, rodeada de agua de mar”. No se trata de un disparo ni de una explosión. El músico ensaya diversos sonidos y logra acercarse al que Jessica escucha en su interior. Pero, curiosamente, cuando lo vuelve a buscar, el músico y mago de los sonidos no solo ha desaparecido: nadie lo ha visto antes.





El centro de la fábula de esta película, el drama de una mujer perturbada y su experiencia iniciática en un paraje selvático y rural, se da en las escenas previas al final. Al lado de la musiquilla natural de las aguas que producen a la vez sosiego y el asedio a la tranquilidad, por ser un sonido monótono, un pescador, mientras quita las escamas de los pescados, establece un diálogo sobre los sueños, la muerte, la memoria. En el fondo, los chillidos de los micos, la algarabía producida por estos primos hermanos introduce el cuento del pescador.

La escena es plácida y reveladora, entre pescados y licores de botellas curadas del campo colombiano, el pescador le cuenta a Jessica una versión de la memoria escrita en el mundo. Escrita en los huesos, con sus medidas y las trepanaciones de los cráneos; labrada también en las piedras, testigos mudos y reveladores de lo ocurrido junto a ellas. La mujer con dificultades para hablar con claridad de lo que golpea en su cerebro, escucha como las cosas cuentan sin voz los eventos sufridos por ellas. El pescador entrega la misteriosa fábula sobre las respuestas cifradas. Su cuento se asemeja al delirio de un loco, de un ebrio de licor curado, pero ese cuento interpela a Jessica, porque quizá le habla del origen del boom que la atormenta.

“Vi una pareja y entonces nací”, relata el pescador. Jessica recuerda cuando era un bebé. Es un viaje memorioso hacia su origen, su infancia. El pescador se acuesta y Jessica se convierte en espectadora del sueño-muerte del hombre. La extranjera se dirige a continuación a un desprendimiento del hermoso paisaje –que me recuerda los poemas de Álvaro Mutis–, de una pieza camuflada, de una especie de enorme abdomen luminoso, de una entidad productora con su exosto estelar de un estallido semejante al de Jessica.

“Usted está diciendo mis memorias. Yo soy como un disco duro y usted es una antena”, dice el pescador. Jessica es una antena. Memoria es un filme sobre el viaje de una mujer hacia sí misma en un país de hombres desaparecidos, de huesos y piedras testigos, del gran bang –el big bang– de una bola cuyo golpe despierta la memoria.

Siguiendo al pescador, el espectador podrá preguntarse: ¿quién es el disco duro y quién la antena? Nuestra memoria quizá alcance para encontrar la respuesta.

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