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Una saga del monte
Juan Manuel Roca

La epopeya de la colonización antioqueña, con sus
miserias y grandezas, ha sido muchas veces contada
desde el ámbito de la historia, de la sociología o
la economía, una y más veces. Así que el que desee
rastrearla para volverla materia literaria, quiéralo
o no se encontrará con un acervo de datos, de
debates, de discusiones y puntos de vista cuya
cantera, como las vetas de oro del pasado minero del
país, pueden apabullar al narrador y volverlo
subsidiario de esa casi unívoca manera de ver la
realidad pasada que es la que impone el
historicismo.
El exceso de materia prima que entrega esa epopeya,
que alguien recordaba, para bien y para mal, como de
la misma estirpe de la de los
bandeirantes
de Brasil, podría volverse, antes que un
soplo para la creación literaria, un verdadero
lastre. En manos de alguien que guardara excesiva
servidumbre a la historia, bien podría asediarlo la
novela de tesis o la novela que de manera discutida
y discutible se ha dado en llamar histórica.
Señalo esta posible talanquera, pero hay otros
precipicios que resultan difíciles de sortear a la
hora de emprender una obra ambiciosa como esta. Uno
de ellos es el costumbrismo. Otro es la repetición
de usos y maneras del lenguaje que, no obstante
haberse cerrado de manera lúcida con don Tomás
Carrasquilla, pervivió en algunas novelas de Manuel
Mejía Vallejo y en algunos seguidores de una
literatura regional hecha para la teja y la lágrima,
para la nostalgia y una mirada pasadista que pensaba
que por fortuna se murieron los abuelos. No tanto
porque estos abuelos fueran un legado de un
pretérito aferrado a camándulas y visiones
agiotistas a la vez, como porque con su extinción
supuestamente se relajaron las costumbres, según lo
anunciaban los versos maniqueos de un poeta de la
montaña celebrado con el absurdo epíteto de “poeta
de la raza”.
Parecía pues, entre tanto, que el camino a la novela
de la colonización antioqueña estaba de entrada
viciado. Pero así como Guimaraes Rosa no hace
costumbrismo cuando habla del sertao brasilero, o
Rulfo no hace folclorismo cuando traza las
costumbres y el habla popular mexicana desde unas
estructuras y una visión moderna y expresionista, el
tema esperaba en Colombia quien lo llevara más allá
de los linderos anacrónicos de la novela vernácula,
quien le diera un segundo aire.
Creo que ese alguien es Octavio Escobar Giraldo y
que la novela es
1851, folletín de
cabo roto. El país conoce muy bien esa
gesta antioqueña del siglo XIX que, arrancando desde
las laderas y las tierras poco benignas de la
región, obligó a los insatisfechos, a los
aventureros a los que les hormigueaban los pies, a
iniciar la colonización del occidente colombiano en
Antioquia, en Caldas y en lo que hoy son Risaralda,
el Quindío, el norte del Tolima y el norte del Valle
del Cauca.
Visto de nuevo ese hecho de tan gran trascendencia
para el país, de la mano de uno de los más notables
narradores colombianos, se agradece que no haya
querido hacerlo de manera privativamente
historicista.
No es una novela histórica, aunque siembre sus
raíces en esa lonja, en esa parcela de nuestra
historia. No es una novela costumbrista, aunque se
haya volcado de manera tan rigurosa en el
conocimiento de la cultura del desarraigo y en sus
costumbres. No es una novela política aunque rastree
tantos hechos de violencia, tantas confrontaciones
ocurridas entre colonos y terratenientes que
aprovecharon la llamada “ley de vagancia” cuando no
el despojo forzado de tierras, en algo que es aún
nuestro gran problema insoluble: la tenencia de
ellas. Desde esos tiempos, hasta estos días del
paramilitarismo, el país, casi sin darse cuenta o
sin querer hacerlo, ha ido comprobando que se ha
hecho una contrarreforma agraria sin que haya
existido antes una reforma.
Sortea muchas tentaciones esta novela. El paisajismo
excesivo o el regodeo en exteriores, pues cuando
describe esas montañas despeñacabras o ciertos
parajes idílicos, lo hace por la necesidad de
ubicación del hombre en una geografía, y no como un
simple escenario exotista.
La novela trata del año de penurias, dolores y
amores dolorosos de Juan Escobar, uno de tantos
olfateadores de oro de la Antioquia profunda que
hace el tránsito de Medellín a Salamina en busca,
diría Barbajacob, de mejores aires. Todo es ajeno
para Juan: la tierra, la mujer que ama y que vive
con su primo José Alonso Escobar, y hasta ajeno es
su propio destino. Juan Escobar es el prototipo del
transterrado, del que merodea inclusive en sí mismo.
Y es una suerte de triángulo de amor y soledades lo
que comparte con Serafina Jaramillo y con su primo.
Resultan, con el telón de fondo de una gesta,
personajes de carnadura humana, creíbles y descritos
de manera un tanto elusiva, a través de un gran
virtuosismo en los diálogos.
Así ocurre con Pablo Arango, una mezcla de lo que
después se llamaría pájaro y que hoy se llama
sicario, un mercenario a merced de un gran señor de
destinos y caminos, Elías González, enemigo rastrero
de los colonos.
Las pequeñas y grandes historias que germinan en
medio de la gran historia, la mirada atenta a una
legión de seres sin heráldica, sus amores y sus
fobias, tienen bajo la mirada amorosa pero no pocas
veces pérfida del narrador, un soporte, una suerte
de distanciamiento, en ciertos ramalazos de humor en
medio de su controlado lirismo.
Escrita a la manera de un folletín, por entregas
mensuales, la novela de Octavio Escobar Giraldo nos
atrapa, esta vez sin entregas. En cada uno de los
meses resuenan voces y guiños literarios que van
desde Cervantes y Cordobés Moure hasta Gregorio
Gutiérrez González, un poeta sado-mazorquista que
nos endilgó sus largos versos sobre el maíz, y que
acá recupera el novelista de manera ejemplar.
Escobar Giraldo se sirve, a manera de epígrafe en
cada capítulo del folletín, de algunas imágenes
tomadas de la celebrada
Memoria científica
sobre el cultivo del maíz en los climas cálidos del
Estado de Antioquia por uno de los miembros de la
Escuela de Ciencias i Artes i dedicado a la misma
Escuela. Un título que logró que en los
colegios fuera más difícil aprenderse el kilométrico
y andariego título que todo el resto del virgiliano
escrito de don Gregorio.
No se afilia tampoco esta novela a un trasunto
puramente político. Aunque hay espigadas y bien
calibradas observaciones desde ese ámbito. Juan
Escobar, por ejemplo, es alguien que “si fuera un
hombre más reflexivo se preguntaría por qué un país
tan joven pertenece a unos cuantos ricos de siempre,
pero no acostumbra tales pensamientos”, afirma el
creador del personaje, con lo cual, por vías de la
negación de lo político lo pone de relieve en un
sesgo malicioso e inteligente.
La botánica, las plantas que acompañan el viaje de
los arrieros y de los colonos. La arquitectura, ese
reino de la guadua que fue todo: ducto y viga,
pared, canoa para el agua. La comida, una bronca
comida hecha para hombres sin reposo, para
jornaleros sin tregua. Los juegos, como el tute al
que se jugaban caballos y mulas e imposibles. Los 33
lances con machete en la contienda. El mapa minero
de mister Parsons. Los artilugios de todo realengo.
Unos trozos de panela que por momentos resultaban
tan apreciables como el oro, esa suerte de vellocino
tras el que van los hombres enfebrecidos.
Por el oro, por la lucha en pos de las minas, se
abandonaba todo. Ese oro que según las palabras de
Escobar devino en alhajas para los políticos, los
militares y los terratenientes, un oro que servía lo
mismo para hacer copones y custodias que cinturones
de castidad. Como telón de fondo, siempre, los pasos
lentos y tercos de la arriería. Es como si los
arrieros hubieran llegado a pensar que no hay patria
más deseable que la lejanía. Todo esto es visto por
Octavio Escobar Giraldo desde una larga y rigurosa
investigación de tiempos y usos del lenguaje.
El pasado clerical, la fe del carbonero o la doble
moral cristiana asisten muchas de las páginas de
esta novela. Es un retrato colectivo de una suerte
de naturaleza dividida. Esa naturaleza hondamente
humana que pecaba en un español procaz, como el de
Sara la boquisucia, pero que recibía la absolución
del cura en un sacralizado latín de sacristía.
Creo que 1851,
folletín de cabo roto es una narración
en la que el lenguaje también es un gran
protagonista, por su mesura y ductilidad, porque es
un lenguaje bien habitado.
Se trata de una novela de la que se hablará no
solamente como de la más lograda de las obras hasta
ahora escritas por Octavio Escobar Giraldo, sino,
muy seguramente, como uno de los nuevos y escasos
hitos de la actual narrativa colombiana. |