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Crónicas de América Latina:
matanza en tlatelolco

La corrupción y el autoritarismo desencadenaron
México 68. Quienes participaron en los 146 días que
duró el movimiento estudiantil jamás lo olvidarán.
El 2 de octubre sobrevino la masacre. La escritora
mexicana Elena Poniatowska recuerda cómo la matanza
de Tlatelolco encendió la llama de futuras luchas
sociales
Elena Poniatowska
En 1968, mientras los jóvenes del mundo entero
alzaban la mano, algunos con el puño cerrado, otros
haciendo la V de la victoria, en México vivíamos en
un paraíso no sólo fiscal sino social. Habitábamos
el mejor de los mundos posibles. No había crítica ni
censura. Por eso Carlos Monsiváis pudo escribir: "En
1968, el sistema presidencialista conoce su
apogeo... Todo es gobierno y casi nada oposición".
Demetrio Vallejo y Valentín Campa, los dos líderes
obreros contestatarios, aguardaban en la cárcel y la
sociedad parecía no tener capacidad para combatir el
autoritarismo. De pronto, un pleito callejero de dos
pandillas, Los Araños y Los Ciudadelos, contra
estudiantes hizo que estallara el movimiento de 1968
cuyas únicas armas fueron las brigadas de
información, las manifestaciones y las asambleas en
los dos grandes centros de estudio de nuestro país,
la Universidad y el Politécnico.
En 1968, los jóvenes de Europa, los de Estados
Unidos, los de América Latina tenían mucho que
reclamarle a la sociedad. ¿Qué mundo les legaban sus
padres? ¿Qué harían al graduarse? ¿Qué les ofrecía
la sociedad de consumo? ¿Qué les brindaba su país?
¿Deseaban realmente ser parte de un engranaje de
producción masiva? En Europa, las perspectivas de la
juventud eran desoladoras. No había trabajo para los
egresados de las universidades: ¿en dónde se
emplearían? El Mayo Francés de 1968 resultó
aleccionador. Charles de Gaulle declaró que no
entendía por qué los jóvenes seguían al líder judío
alemán Daniel Cohn-Bendit, apodado Danny el Rojo, y
al día siguiente los muchachos salieron a la calle
repitiendo mientras marchaban: "Nous sommes tous des
juifs allemands, nous sommes tous des juifs
allemands".
También en México, aunque solapado, se gestaba, en
la Universidad y el Politécnico, un rechazo al orden
establecido, al status quo, al PRI (Partido
Revolucionario Institucional) y al Gobierno emanado
de él. Si en Francia la falta de oportunidades fue
el objetivo estudiantil, en México, los factores que
detonaron las movilizaciones del 68 fueron la
corrupción del poder y el autoritarismo. Los
muchachos pidieron la disolución del cuerpo
policiaco de los granaderos así como la de los
absurdos delitos de "disolución social" y "ataques a
las vías públicas" (por lo cual varios estudiantes
habían caído presos en julio y agosto de 1968).
Durante más de un año vivimos el fervor de los
preparativos a los Juegos Olímpicos, la construcción
de estadios, las villas olímpicas, la olimpiada
cultural a la que asistirían los grandes poetas del
mundo, entre otros, nuestro embajador en la India,
Octavio Paz. ¡Deslumbraríamos al mundo entero!
México era el primer país de América Latina
seleccionado para los Olímpicos. Gracias a ese
reconocimiento, accedíamos al primer mundo, pero los
estudiantes "antipatriotas" gritaban: "No queremos
olimpiadas, queremos revolución". Por su parte, los
estudiantes forjaban un movimiento festivo cada vez
más popular ya que 300.000 personas acudieron por
primera vez desde la Revolución Mexicana a una
marcha sin precedente: la manifestación del
silencio.
Quienes participaron en los 146 días que duró el
movimiento estudiantil jamás lo olvidarán. El gran
novelista José Revueltas lo llamó con mucha razón
"enloquecido movimiento de pureza" y Guillermo Haro,
el fundador de la astronomía moderna en México,
sonreía al oír a algún estudiante gritar por un
magnavoz: "UNAM, territorio libre de América". La
Universidad actuó como la gran protectora de sus
estudiantes, muchos de ellos se guarecieron en sus
aulas y hasta durmieron en los corredores para no
perderse una sola de las asambleas. Vivían los
mejores días de su vida, hasta que el 2 de octubre
de 1968 sobrevino la masacre. El ejército tomó la
plaza y hombres vestidos de civil que llevaban un
guante blanco o un pañuelo para identificarse
desataron la balacera. La desbandada fue general y
el fuego cerrado y el tableteo de las ametralladoras
convirtieron el lugar en un infierno. Según el
periódico inglés The Guardian, murieron más
de trescientas personas y las que llegaron a los
hospitales tenían heridas en la espalda, en los
glúteos, en las piernas, porque les dispararon por
detrás, mientras huían.
El único movimiento estudiantil en el mundo que
terminó en una matanza fue el de México, en 1968.
Esta tragedia resultó un parte aguas en la vida de
muchos mexicanos. 1968 fue un año que nos marcó a
sangre y fuego y tuvo el don de encender la llama de
futuras luchas sociales. Todavía hoy, 1968 es un
punto de partida.
Han pasado 40 años de la masacre del 2 octubre en
Tlatelolco, pero los mexicanos no olvidamos el
acontecimiento más trascendente de México en la
segunda mitad del siglo XX. La frase "2 de octubre
no se olvida" recuerda a una generación que luchó
contra el autoritarismo y cada año convoca a una
marcha que sigue exigiendo el esclarecimiento de los
hechos, a pesar de haber llevado al ex presidente
Echeverría al banquillo de los acusados. A 40 años
del movimiento estudiantil, en México han surgido
nuevos grupos que se inspiran en el 68, entre ellos
el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)
con su vocero, el subcomandante Marcos, quien
reconoció que 1968 fue la punta de flecha de otros
"enloquecidos movimientos de pureza" en nuestro
país. También la resistencia civil que encabeza el
ex candidato de izquierda y hoy "presidente
legítimo", Andrés Manuel López Obrador, es otro
resultado del 68. ¡Y no se diga la prensa de
izquierda! Hoy por hoy México cuenta con una
oposición, una crítica, una rebeldía que le debe
todo a la lucha estudiantil de 1968. Un pueblo
heroico se responsabiliza de su vida y construye su
propia historia, una historia en la que la memoria
sea patrimonio de todos los mexicanos. -
Elena Poniatowska
(París, Francia, 1932) es autora de La noche de
Tlatelolco: Testimonios de historia oral, De noche
vienes, Fuente es el silencio, El tren pasa primero
y La piel del cielo.
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