Tema Central

¡Adiós Gualajo adiós!

“Para ser usted amigo de una persona mala, es mejor ser amigo de un espíritu…”
Gualajo


Por: Malicia Enjundia




Gualajo en acción.
Foto: http://vitela.javerianacali.edu.co


16 de mayo de 2018. Cali-Colombia. A las 2:50 de la tarde, uno de los cientos de posts que se publican cada minuto en Facebook aparece en la página del maestro Gualajo:

“Mi maestro, mi amigo, mi querido abuelo…hoy el río, el mar y la selva vibran de emoción y alegría como nunca, al saber que regresas para quedarte ahí para siempre”. El autor del post es Lucho Isá, quien con sus palabras anuncia que José Antonio Torres, el Rey de la marimba, acaba de morir. Entonces se estremecen las palmas de chonta, lo arboles de aguacatillo, los ríos, los mares, las selvas, las gentes y las entrañas del Litoral Pacífico Colombiano.

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Tres años atrás, exactamente el 19 de agosto del año 2015, a las 4:30 de la tarde, bajo un sol imperante, caminaba yo por la calle 61 del barrio 7 de agosto, y el sonido de una marimba se escapaba por la ventana de una casa esquinera. La acera estaba desierta, las notas mojadas del instrumento traían un poco de la frescura de la selva al gueto. Entonces llegué a esa esquina desde donde se avistaban las primeras calles des pavimentadas del barrio Ulpiano Lloreda, subí las trece escaleras en caracol hasta el segundo piso, y me encontré a Gualajo tocando la marimba de 20 tablillas de chonta que él mismo había construido 30 años atrás, y con la que hizo de las suyas tocando aguabajos, jotas, arrullos, alabaos, carambas, andareles, tamboritos, bordones, revueltas, berejús, caderonas, carambas, jugas, pangos, patacorés, rumbas y demás aires del piano de la selva. Le estaba dando una clase a uno de sus estudiantes e interrumpió la lección para contestarme una pregunta que le había hecho unos días atrás: Maestro Gualajo, ¿Cuáles son los espíritus a los que llama la marimba? Con los tacos en la mano se sentó junto a mí, sus ojos azulados miraron a un punto indeterminado del espacio, buscó entre sus recuerdos, se remontó a Guapi:

Lo que pasa es lo siguiente, la gente dice “espíritu”, “espíritu”, pero ¡vea!, la guitarra tiene su espíritu y la marimba tiene su espíritu. El músico de la guitarra es uno y el de la marimba es otro, así mismo son los espíritus. El de la marimba se llama Perlita y el de la guitarra se llama el Duende Sapo, tiene las piernas como la rana, es el más feo. Perlita es el más brillante, tiene sombrero grande y es pequeñito. Yo sé que existe porque cuando yo estaba aprendiendo a tocar marimba, mi papá siempre mantenía la marimba ahí colgada, como en un asta, y ponía una piola para los tacos, ahí los dejaba para que no se fueran a caer ni a perder. En la casa había un árbol grande que se llamaba Tangare, él lo cultivaba y lo rozaba para recoger las pepas y pescar sábalo que es un pescao´ muy rico. Entonces a veces íbamos a coger los tacos y ya no estaban, y mi papá decía: “bueno, ¿y qué se hicieron estos tacos? Vea esta guasca; los he puesto ahí guindados como la marimba para que el que llegue y la toque los vuelva a poner”. Cuando íbamos al árbol los encontrábamos recostados, mi papá los cogía y los ponía otra vez en la guasca.

Yo me ponía a tocar y jodía, y jodía, y jodía, no dejaba descansar a la marimba, pero había tiempos en que cuando yo iba a buscar los tacos no estaban ahí, entonces íbamos otra vez al árbol y estaban parados sobre el tronco con el caucho pa´arriba…

Mi papá era un tipo que le ponía mucho cuidado a las cosas, entonces yo le decía “¿Papá, pero quién dejó los tacos allá?”, y él me decía “Mijo, ojo vivo porque aquí nos está rondando un espíritu… gente no es, es un espíritu, yo muchas veces oigo la marimba sonar, pero no se sabe quién es…”

Hasta que un día mi papá estaba haciendo una marimba que fue la última que hizo, para el doctor Octavio Marulanda que vivía en Bogotá, ¡y le salió un espíritu que lo tiró al piso!, y mi mamá decía “¡Ay que a José le ha cogido un mareo!”. Los viejos siempre mantenían su botella ahí de agua florida por si a uno le cogía un mal aire, y con eso lo sobaban, entonces mi mamá sacó la botella y le rociaba a mi papá, y nosotros por los lados con lámparas alumbrando a ver si había alguna persona.

Nosotros vivíamos en su sitio aparte en el terreno que mi abuelo compró para tener su tierra, era un terreno grande y ahí no vivía si no el que nosotros queríamos… entonces nosotros alumbrábamos pero no había nadie “absolutamente”. Al otro día mi papá nos contó que él estaba haciendo la marimba, estaba agachado y le salió un espíritu por la espalda, cuando él volteó alcanzó a verlo y ¡ran!, el espíritu lo tumbó. Entonces le contamos a mi abuelo y él dijo “lo que pasa es que a José lo persiguen porque sabe mucho de marimbas, él tiene el pensamiento…”

Perlita busca al músico siempre… Un día me fui a la selva, yo quería hacer una casita en Guapi, le dije a un tipo que me fuera a trabajar el día sacando una viga, pero después que me dijo que sí, no fue… entonces agarré, cogí mi hacha, mi machete, ya tenía vistos los palos y me fui sólo. Y me dijo la negra que era la mamá de mis hijos: “¿Y usted se va a ir sólo?… Usted sólo no puede con una viga…”, pero me fui, llegué allá, corté las vigas fácil, y cuando las fui a sacar pesaban mucho, cuando ¡rá!, las vigas se levantaron y cuando vi estaba Perlita atrás. Yo llegué y me metí la una en un lado y la otra en el otro, ¡vea!, parecían un palo de fósforo, ¡y al agua!

¡Es que el duende es amigo de los marimberos!


Homenaje a “Gualajo”, el pianista de la selva, Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, agosto de 2009.
Foto: http://vitela.javerianacali.edu.co


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A las nueve en punto de la noche, afuera del teatro Jorge Isaacs, siete mujeres negras esperan a que abran las puertas, han viajado desde Buenaventura para despedir a su padre, a su tío, a su abuelo. Al borde de la calle, junto a la acera de en frente, está estacionado un automóvil gris KIA CARNIVAL con placas BOL 466 de Bogotá DC, es el coche fúnebre dentro del cual reposa el cuerpo de Gualajo, está a la espera de que terminen de limpiar el teatro para ingresarlo y darle inicio al último encuentro con sus familiares y escuchas. Al voltear la esquina, por la otra entrada hacia el teatro, exactamente treinta personas esperan a que abran las puertas. Poco a poco van llegando artistas, familiares, amigos, gentes de las industrias culturales de la ciudad. Cuando al fin dan la señal de entrada, una marejada de personas ingresan a la zona VIP del teatro, se sientan, observan a las mujeres de la familia Torres que lentamente, en fila, se dirigen hacia la tarima donde reposa, con dos coronas de flores blancas y amarillas a los lados, el féretro. Las lágrimas colectivas no se hacen esperar, la hija se recuesta sobre el ataúd, luego se incorpora, lo abre, toca los pies de su padre, la nieta, desconsolada, cae de rodillas, “mi abuelo no puede ser”, exclama.

En uno y otro punto cunden los comentarios sobre el maestro. Marcelo Martínez, músico argentino, chef, ex intengrante del grupo Africali, amigo entrañable de Gualajo, recuerda con emoción:

“¡El legado más significativo que me dejó el maestro Gualajo, fue una clase que tuve con él en el Pacífico escuchando la lluvia en las hojas de plátano. Me enseñó un ritmo de 6×8 que estaba en las hojas, “escuchá escuchá”, me dijo, y ese día aprendí a mirar la lluvia de otra manera”

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José Antonio Torres nació el 31 de diciembre de 1939 en Sansón, una vereda de Guapi. Cuando nació, lo colocaron sobre una marimba y le cortaron el ombligo, desde entonces decía él, había aprendido a tocar. El padre de Gualajo también se llamaba José Antonio Torres, era un experto constructor de marimbas, bombos, cununos y guasás, y le enseñó a todos sus hijos a ser Luthers, crecieron escuchando las historias místicas alrededor de la marimba: que la primera la habían creado los espíritus malignos, dueños de los bosques, que los marimberos debían saber construir, y tocar el instrumento, pero también dominar con un Pango a los espíritus que esta atraía. Fue así como el conocimiento que Eliseo Valentierra, Marciano Yaserí, Eulogio Castillo, Nazario Vergara y otros antiguos maestros de la marimba le transmitieron a José Antonio Torres Padre, en medio de duelos de marimba que terminaban a veces con la muerte, lo heredó después Gualajo, pues un día su padre dejó de construir e interpretar marimbas porque empezaron a asediarlo las sirenas, y su hijo se convirtió en el principal intérprete de este instrumento. Gualajo fue profesor en los colegios de Guapi, en la Universidad de Nueva York, en el conversatorio Antonio María Valencia en Cali. Recorrió Francia, Rusia, Estados Unidos y México. Le otorgaron el premio Vida y Obra del Ministerio de Cultura en el año 2013.

“Gualajo” tocando junto a Hugo Candelario González Sevillano, del Grupo Bahía, ambos oriundos de Guapi, Cauca.
Foto: http://vitela.javerianacali.edu.co


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El Rey de la marimba se va vestido de blanco, con un gesto apacible, casi sonriente. Bajo su ataúd hay un vaso con agua. Dicen que entre las comunidades afrodescendientes, cuando se vela a un muerto, se canta para que las voces abran el camino al espíritu que va rumbo al mundo de los ancestros, y mientras Jayer Torres, el hijo querido del maestro Gualajo, el que lo acompañaba siempre, de repente irrumpe trayendo entre las manos la marimba pensatónica de su padre, recuerdo otra historia que me contó Gualajo sobre Perlita, y me pregunto dónde se hallará ahora ese espíritu que se aparece como un hombre gigante cuando tocan la marimba y se va haciendo pequeño a medida que escucha un Pango, el único ritmo capaz de dominarlo:

Una vez se cayó una casa, nosotros estábamos celebrando los cumpleaños de un tío mío, él llegó, apuntaló la casa y compró como diez galones de viche y pa´su fiesta. ¡Oiga! Y estábamos nosotros tocando un currulao y llegó un señor y subió ahí, cuando comenzó a bailar, ¡dios mío!, nosotros quedamos maliciosos, entonces tocamos una caramba, porque cuando se dice las once o doce de la noche usted llega y ¡ra!, voltea un currulao a caramba que es un ritmo del Pacífico… lo que pasa es que acá no se ha oído nada todavía, el Pacífico está enterito… entonces el tipo salió a bailar la primera mano y yo vi que era el duende porque se puso pequeñito, entonces pasó esa mano y yo me quedé pensando, cuando de un momento a otro, ¡ra!, se perdió… Cuando salió a la otra mano de caramba yo le estaba llevando la pista, él daba un paso adelante, otro atrás y se desaparecía… “¡se metió el hombre!” dije yo. Cuando fui allá y le dije a mi tío Demetrio Torres, mi padrino de bautizo: “padrino acá hay un tipo raro, espere y verá, él está ahí encima y no es gente”. Y como es la vida, tocaron otra caramba, salió a bailar el tipo, y le dije: “¡vea padrino vea, camina pa´ de lante, después se va pa´ atrás y desaparece”, mi padrino se quedó mirando… y ha ido a acercársele… cuando dio un paso, ¡pam!, se partió la viga de donde estaban bailando y todo el mundo brincó. La partió el poder de él. De ahí saqué yo un pango en un cd que llama Tumba rancho. Como a Perlita no le gusta que se le acerquen, cuando ya lo iban a descubrir partió la viga…

Acá en la ciudad Perlita se mantiene dando vueltas, y le digo una cosa, para ser usted amigo de una persona mala, es mejor ser amigo de un espíritu, si no que uno debe buscar el espíritu que le trae bienestar.

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Jayer irgue los parales en la parte delantera de la tarima, acomoda el teclado y la conduce junto al féretro con un par de tambores. Unos minutos después, toda la concurrencia sube al escenario, rezan una oración colectiva y después de un corto silencio, la voz penetrante y aguda de un hombre irrumpe con un canto fúnebre que es secundado por varias de las mujeres negras que se encuentran en el lugar:

¡Anima no me de sueeeeeño!
¡Anima no me de sueeeeño!
¡Que te estoy acompañando
¡a las 4 de la mañana!
¡solito me vas dejando!
¡ A las dos de la mañana!
¡Anima no me de sueeeeño!


Entonces termina aquél sentido canto a capella, y el intérprete se dirige hacia donde está la marimba, en pocos instantes, toda la multitud de seguidores del maestro Gualajo, entre lágrimas y profundas entonaciones, con los sonidos de la marimba interpretada por Esteban Copete, los tambores y el guasá, se despiden a ritmo de currulao:

¡Adios Gualajo!
¡Adios Gualajo Adios!
¡Gracias por ese legado
¡Adios Gualajo Adios!
¡Te lo agradecemos siempre!
¡Adios Gualajo!
¡Adios Gualajo Adios!


¡Adios maestro! Te extrañaremos profundamente los hijos del mestizaje sonoro del Pacífico encantado.
¡Adios Gualajo Adios!

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