Tema Central – Una visión más sistémica y social es necesaria para entender e intervenir esta pandemia

Una visión más sistémica y social es necesaria para entender e intervenir esta pandemia



Por: Fabián Méndez, profesor Escuela de Salud Pública y Pablo Miguel Méndez, músico




Tal vez la mejor estrategia frente a esta pandemia, y las que han de venir, sea luchar por la soberanía alimentaria.
Foto: https://www.wradio.com.co/noticias/regionales/se-requiere-de-un-plan-claro-de-seguridad-alimentaria-por-covid–19-cesar-pachon/20200401/nota/4027671.aspx


Más que discutir sobre cuál pandemia es peor, si el hambre (diariamente mueren en el mundo 24.000 personas, la mayoría de ellos – unos 18.000 – menores de 5 años en países pobres), la tuberculosis (1,5 millones en 2018) o el COVID19, deberíamos procurar reconocer en los contextos locales cómo ocurrirán sinergias entre ellas. Nos referimos aquí a un concepto poco conocido en epidemiología (aunque trabajado desde otras aproximaciones), que fue desarrollado por antropólogos médicos, y que como marco de trabajo nos parece interesante: sindemia o epidemia sinergista. El término “sindemia”[1] fue propuesto en la década de 1990 por Merril Singer, y se refiere a cómo múltiples problemas de salud (i.e.; hambre, tuberculosis, dengue, COVID19 y otros) interactúan entre sí y afectan las poblaciones en sus contextos sociales y económicos. El énfasis en los derechos humanos, en la salud pública y en las inequidades sociales lleva a que con el propósito de “proteger del sufrimiento sindémico” se haga un llamado a cuidar a los más vulnerables como un asunto fundamental de justicia social. En ese sentido, es imprescindible identificar aquellas comunidades que son simultáneamente vulnerables a múltiples condiciones y caracterizar cómo en sus contextos sociales y económicos se puede intervenir la sinergia negativa de esas pandemias. No es poner a competir el dengue con el COVID19, es estudiar sus sinergias y construir estrategias integrales y participativas de intervención.

Esa visión integral que trascienda el control de un virus, debería llevarnos a procesos de promoción de la salud desde sus determinantes sociales y ambientales. En consecuencia, tenemos que proteger nuestra biodiversidad para protegernos de las pandemias. Lo que le hacemos al planeta retorna y nos afecta. No es necesario llamar a esta una “revancha de la tierra”, aunque debemos reconocer que se han violado los límites a la afectación de la biodiversidad, y que nuestra relación sincrética con los ecosistemas requiere cambiar nuestros patrones de producción y consumo. Es urgente, por ejemplo, implementar ya normas efectivas de control del comercio de animales silvestres y definir medidas efectivas para proteger las cuencas de los ríos. Será necesario, además, tomar medidas para que después del frenazo económico no se compense con una arremetida de extractivismo salvaje. Si no lo hacemos es probable que esta pandemia termine impulsando más daño a la naturaleza.

Nuestro mundo está interconectado y lo que pasa en un sitio nos afecta a todos. Esta pandemia ha mostrado la posibilidad de actuar globalmente frente a grandes amenazas. Algunos quisiéramos que una respuesta similar se diera frente al cambio ambiental global, incluido el cambio y variabilidad climáticos. ¿Por qué estamos más atemorizados del coronavirus que del cambio climático o de la pérdida de biodiversidad? El cambio climático no es una crisis de la cual retornaremos después de una cuarentena, algunos daños ambientales a nuestros ríos son irreversibles, el nivel del mar no volverá a bajar, no hay una vacuna para el cambio climático. A pesar de la severidad de los efectos ambientales, mientras que las acciones para protegernos del nuevo coronavirus son directas y es posible ver en algunas semanas cómo se va impactando la curva de la transmisión, las acciones para el cambio ambiental global y el cambio climático son de mediano y largo plazo para el beneficio de las generaciones futuras, que muchos quizás no conoceremos.

La pandemia del COVID19 nos ha mostrado además que podemos vivir diferente, que podemos consumir menos y que es posible disfrutar de otras actividades que no involucren consumo. Pero si la respuesta mundial no pone en el centro las causas y es diferencial, seguramente creará más desigualdades entre el norte y el sur global. Manteniendo un espacio para la esperanza, ¿será posible construir con lo aprendido una agenda común? ¿Qué se va a priorizar con los recursos disponibles? ¿Qué tipo de empleo debería estimularse? ¿No es tiempo ya de priorizar la agricultura campesina y la agroecología que no contaminan, crean más trabajo, más equidad y seguridad alimentaria en comparación con la agricultura industrial, que depende del petróleo, contamina con agrotóxicos y concentra riqueza en manos de pocos? Tal vez la mejor estrategia frente a esta pandemia, y las que han de venir, sea luchar por la soberanía alimentaria.

La desesperación puede ser un poderoso catalizador del cambio. La pregunta es: ¿qué tipo de cambio? Necesitamos un cambio civilizatorio que parta de reconocer que los problemas de salud y ambientales son problemas sociales. Tal como el ecologista Murray Bookchin sostuvo, los problemas ecológicos, y por extensión la pandemia actual, requieren soluciones sociales. No es solamente un problema de favorecer economías que no dependan de combustibles fósiles sino de favorecer economías inclusivas, pues como Piketty lo ha demostrado, el crecimiento económico no es un predictor confiable de justicia y equidad, y la razón no es económica, es política.[2]


[1] Lancet. Mar 04, 2017. Volume 389 Number 10072 p881-982, e3. https://www.thelancet.com/journals/lancet/issue/vol389no10072/PIIS0140-6736(17)X0010-X#
[2] Piketty citado por Adrian Parr en “The Birth of a New Earth” 2018

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