Tema Central – “Mi historia de vida es el reflejo de muchísimos profesionales formados por la Universidad del Valle, un gran mecanismo de movilidad social de esta región.” Edgar Varela Barrios

“Mi historia de vida es el reflejo de muchísimos profesionales formados por la Universidad del Valle, un gran mecanismo de movilidad social de esta región.” Edgar Varela Barrios

El rector de la Universidad del Valle, Edgar Varela Barrios, a propósito de la celebración de los 75 años de la Universidad este próximo 11 de junio, comparte en esta entrevista con el director de La Palabra, su trayectoria como estudiante, profesor, investigador y directivo. Su vida académica e intelectual se erigen en homenaje al Alma mater, un faro que llena de orgullo a los ciudadanos del Valle del Cauca.



Por: Redacción La Palabra




Edgar Varela Barrios, rector de la Universidad del Valle.
Foto: Cortesía Univalle.


Darío Henao Restrepo (DHR): ¿Cuáles eran tus ideas previas con relación a la Universidad del Valle y cuándo te surge la idea de ingresar en ella?

Edgar Varela Barrios (EVB): Te agradezco, Darío, que hagamos este ejercicio de memoria retrospectiva de nuestra juventud. Ya desde cuando era estudiante del José Manuel Saavedra Galindo, un pequeño colegio público que aún existe en el barrio Industrial cerca de la octava, por la antigua fábrica de Bavaria, tenía pensado matricularme en la Universidad del Valle casi que de manera automática; no se me ocurría ingresar en otra universidad. En aquella época, años 70, en Cali solo existían dos universidades: la Universidad Santiago de Cali, en ese entonces una institución muy pequeña, politizada y bastante democrática a pesar de ser privada, y la Universidad del Valle, que ya era la gran universidad que es hoy. Eran las dos opciones que había. Ya desde cuarto o quinto de bachillerato, que equivale a lo que es hoy noveno y décimo, respectivamente, tenía en mente la idea de estudiar filosofía, carrera que solo la ofrecía la Universidad del Valle. Debo decir que no solo yo estudié ahí; todos mis hermanos también lo hicieron: mi hermana Ana Milena, que me seguía en edad, estudió biología; Marco Tulio, mi hermano mayor y quien actualmente vive en Alemania, estudió ingeniería sanitaria, aunque después cambió de carrera, y Carlos, quien estudió economía. En un periodo de dos o tres años coincidimos en los pasillos de Ciudad Universitaria. No hubiéramos podido estudiar si no fuese gracias a la universidad pública, cuyos costos de matrícula son muy bajos porque son subsidiados y cuya calidad académica es alta. Toda mi generación se debe a la Universidad porque sin ella no hubiéramos tenido dónde estudiar. Te cuento una anécdota: mi papá vivía en Tuluá, y en esa época él tomó la decisión de venirnos a vivir a Cali. Era dueño de un negocio de mecánica y montallantas, precisamente porque tenía en la cabeza la idea de que teníamos que estudiar en la Universidad del Valle. En esa época no había sedes regionales, por lo que la única manera de hacerlo era irnos a vivir a Cali. La migración de mi familia de Tuluá a Cali básicamente estuvo motivada por el deseo de mi papá de que mis hermanos y yo pudiéramos ingresar a la Universidad del Valle, y esto fue lo que hicimos. Finalmente nos graduamos de diferentes carreras.

DHR: En el ambiente de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, periodo que nos encontró cursando el final del bachillerato, había mucha agitación estudiantil y muchos movimientos, y entramos a la universidad, de hecho, por los coletazos del 71. ¿Qué recuerdas del joven Edgar Varela en ese periodo tan marcante en nuestras vidas?

EVB: Como muy bien lo sabes, desde muy temprano abracé la militancia política cuando estaba en el colegio, y no era solo un caso exclusivo del Saavedra Galindo; colegios públicos como el Santa Librada, el Politécnico, el Eustaquio Palacios, la Normal de Señoritas y el Liceo Departamental Femenino, fueron espacios de militancia política y de movilización estudiantil muy importantes. En mi caso concreto me vinculé a una organización que se llamaba Juventud Patriótica, que era el brazo estudiantil del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR), hoy integrado al partido Polo Democrático Alternativo, un movimiento marxista de corriente maoísta que, recuerdo mucho, se diferenciaba de las juventudes del Partido Comunista, pues éste último recusaba mucho la lucha armada y la utilización de la violencia como método político. Fue una época de gran efervescencia y militancia política que, diría yo, tenía una característica muy importante: era ideologizada culta, en el sentido de que estudiábamos, leíamos mucho, tratábamos de comprender el marxismo y sus diversas corrientes, y también nos interesamos mucho en la realidad nacional y latinoamericana, no solamente en temas como la educación, sino también en la situación del movimiento obrero, de las regiones agrarias y las ciudades. Recuerdo una militancia muy joven, culta, erudita, activista pero deliberativa, que me marcó para el resto mi vida como un lector sistemático y empedernido que fui desde niño. No solamente leía sobre política, sino también literatura. Una de mis grandes aficiones en esa época de nuestra juventud en la universidad, fue el llamado boom latinoamericano. Me gustaba mucho Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, José Lezama Lima, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Guillermo Cabrera Infante. Recuerdo que leíamos con familiares y amigos toda esa literatura, pero también leíamos a pensadores latinoamericanos, como el peruano José Carlos Mariatégui, el argentino José Ingenieros, los teóricos de la dependencia, el chileno Enzo Faletto, el brasileño Helio Jaguaribe y a Fernando Henrique Cardoso, quien fue presidente de Brasil. En el caso colombiano recuerdo las lecturas que hacíamos de Mario Arrubla, Antonio García, y en fin, a muchos intelectuales que nos ayudaron a entender lo que pasaba en América Latina en el plano social, político y económico. Eso fue muy marcante, y sé que tú, Darío, y muchos de nuestra generación, descubrimos que había una gran cultura en América Latina que era poderosa en literatura, música, pintura, teatro, entre otros campos, y que lejos de ser subdesarrollada, era una cultura que se podía codear con lo mejor de la cultura y el pensamiento universal. Eso lo recuerdo mucho, y desde entonces me ha marcado bastante porque me ha permitido no adoptar la minusvalía del colonialismo que nos ha hecho pensar que somos inferiores, y que los superiores son los europeos o los norteamericanos, sino más bien, mirar el pensamiento occidental desde la distancia y la autonomía del pensamiento latinoamericano, actitud que me ha marcado toda la vida. Aún trato de pensar y escribir desde América Latina los temas de política pública, de administración y de filosofía política, campos en los que hago elaboraciones teóricas desde cuando ingresé a la Universidad del Valle.


Ciudad Universitaria Meléndez.
Foto: Cortesía Univalle.


DHR: El contexto de la Cali de los años sesenta y setenta fue muy rico. Fue una ciudad pionera en el cine, en los festivales de arte, en las bienales que se hacían en la Tertulia; es decir, tuvimos un entorno cultural muy agitado, con mucha renovación. El teatro, por ejemplo, fue muy importante, al punto que casi todos hicimos teatro o asistimos a las funciones, a los cineclubs de la época, que me imagino también fuiste un visitante muy asiduo. Ese fue el contexto en el que ingresamos a la Universidad del Valle. ¿Qué significó para ti la Facultad de Humanidades, el Departamento de Filosofía y tus profesores? ¿Qué te quedó de esa época?

EVB: A nosotros nos tocó estrenar campus porque en 1973, cuando ingresé a primer semestre, la Universidad se acababa de trasladar a Ciudad Universitaria y para nosotros fue una revelación tener en una ciudad como Cali, que en esa época rondaba los 800 mil habitantes, semejante campus, biblioteca, laboratorios y semejantes espacios, porque era un modelo copiado de los grandes campus norteamericanos que, como tú sabes, fue una de las grandes apuestas del rector Ocampo Londoño, quien salió precisamente unos años antes en medio de una polarización política muy grande. Para mí, Ciudad Universitaria fue un gran descubrimiento y sigue siendo un gran campus, y ahora que soy rector, recuerdo mucho el pasado y la necesidad de conservarlo, preservarlo y fortalecerlo como patrimonio. En esa época no lo veíamos así, pero ahora sí lo vemos como un patrimonio ambiental y arquitectónico muy emblemático del Valle del Cauca y como uno de los mejores campus universitarios que tiene Colombia.

Cuando ingresé a la Universidad a recibir clases, me encontré con profesores como Oscar Gerardo Ramos, humanista y profesor de cultura griega; Norman Aljach, profesor egipcio-francés que nos enseñó los primeros cursos de lógica, teorías del pensamiento y de la argumentación, a quien recuerdo mucho y que hoy en día está un poco olvidado. A toda esta generación de profesores que se educaron en Europa y en los Estados Unidos, como el profesor Lelio Fernández, quien venía exiliado de Argentina, un gran intelectual experto en psicoanálisis; Jean Paul Margot, con quién tuve una relación muy cercana y me abrió las puertas de todo el pensamiento francés y europeo de la época; Danilo Guzmán, un profesor no muy recordado que trabajaba temas de filosofía analítica; Adolfo León Gómez, quien murió hace unos pocos años, gran profesor también de este mismo campo; Rodrigo Romero, quién venía de estudiar de Indiana una maestría y estaba al tanto de la filosofía política contemporánea de los Estados Unidos en los años sesenta y setenta; Angelo Papacchini, profesor italiano pionero en la fundamentación de los derechos humanos y autor de una obra erudita y memorable concerniente a una temática que, desafortunadamente, creo que hemos dejado un poco de lado, y la persona que más influyó en mi juventud: Augusto Díaz Saldaña, historiador y filósofo formado en Alemania, un maestro con quién tuve una relación muy entrañable. Fui discípulo de él y de su esposa Juliane Bambula, e íbamos a su casa conjuntamente con otros colegas que tú conoces muy bien, como el escritor Edgard Collazos, Orlando Almanza y Carlos Satizábal, quién ahora es profesor de la Universidad Nacional. Nosotros teníamos una suerte de grupo de estudio que trabajaba muy articulado con Augusto. Recuerdo mucho que nos íbamos para su casa y nos leía en alemán textos de Hegel, Marx y de los pensadores del siglo XVIII y XIX. Los discutíamos en la sala de su casa mientras nos atendía en su maravillosa biblioteca compuesta por miles de volúmenes, la mayoría publicados en otros idiomas. Cuando terminábamos las sesiones, nos quedábamos mirando maravillados sus libros. Él nos los prestaba y, por supuesto, se los devolvíamos. Yo leía en inglés y francés desde muchacho, aunque lamentablemente fracasé con el alemán. Si bien estuve un semestre aprendiéndolo y algunas palabras nunca se me han olvidado, es un idioma muy difícil y no tuve la persistencia de aprenderlo sistemáticamente, lo cual es una de las carencias que lamento. Fue una generación con un excelente nivel de formación. Incluso hoy, siendo rector, me pregunto retrospectivamente, asombrado, cómo la Universidad del Valle reclutó a ese grupo de profesores tan maravilloso. También recuerdo otros profesores muy valiosos, como Juan Manuel Jaramillo y el español Francisco Jarauta, quien dictaba los seminarios más densos a los que asistí en mi vida, y eso que he asistido a seminarios sobre Martin Heidegger y sobre fenomenología, los cuales pude digerir. Recuerdo que William Betancourt, a quien aprecio mucho, nos enseñaba a Heidegger y a Niezstche. Nunca he dejado de estudiar la filosofía; de hecho he estado releyendo la obra de Heidegger para identificar ciertas articulaciones entre su obra y el pensamiento contemporáneo. Recuerdo mucho los primeros seminarios que nos dio William y los profesores de la época. En fin, para mí fue un proceso formativo muy importante que contribuyó a solidificarme teóricamente, porque yo ya venía de las lecturas del marxismo y de la literatura política, pero esto me permitió tener una base mucho más sólida, rigurosa, de carácter académico, que ha marcado toda mi formación.


Biblioteca Mario Carvajal, año 1972.
Foto: Cortesía Univalle.


DHR: Háblanos de tu paso por la maestría en Historia, la cual fue fundada por Germán Colmenares, y de lo que significó intelectualmente para ti esta experiencia.

EVB: Yo hice la maestría porque fui muy influido, a través de Augusto, por la concepción hegeliana de la filosofía. Como bien sabes, Hegel fue un filósofo histórico, un pensador que analizaba la filosofía en contextos de época, y además también por mi formación desde el marxismo y de lo que los teóricos del siglo XX llamaron materialismo histórico, lo cual me hizo acudir a la historia como un complemento de la filosofía. Tuve la fortuna de aplicar para la maestría cuando ya era profesor nombrado de la Universidad, hacía unos pocos años, en la Facultad de Ciencias de la Administración. Pude matricularme en una cohorte que recuerdo con mucha nostalgia y orgullo porque hubo muchos profesores y estudiantes internacionales. Recuerdo a un colega argentino, José Luis Grosso, un antropólogo de enorme erudición y brillantez; a Simone Accorsi, la profesora brasileña que todavía está con nosotros; a un muchacho canadiense que venía de Toronto; a dos estudiantes indígenas, uno ecuatoriano y otro colombiano que habían recibido becas conseguidas por Germán Colmenares, quien había fallecido unos años antes, pero que había dejado instalado el programa. También recuerdo mucho que el programa lo dirigía Margarita Garrido, una gran colega que ahora vive en Bogotá, muy simpática y estricta. Recuerdo que me criticaba y me regañaba porque no le dedicaba todo el tiempo que se requería a la maestría, pues era profesor de la Universidad y en esa época ya estaba ayudando a la administración universitaria como integrante del staff de colaboradores del entonces rector Jaime Galarza, por lo que tenía que dividir mi tiempo entre apoyar a Galarza en la redacción de normas, y dar clases en la sede San Fernando. Entonces Margarita me criticaba con frecuencia porque no iba a todas las clases, pero ella sabía que yo seguía estudiando y que completaba mis estudios aun cuando no siempre asistiera a clases. Fue una generación maravillosa. En esa época el activismo que hacíamos no se contraponía al estudio de la política ni a la formación académica, y eso nos marcó mucho. No quiero compararnos con la generación actual, pues somos totalmente diferentes; la nuestra no tenía las conexiones digitales de ahora, nuestras herramientas eran únicamente los libros. Recuerdo que pasaba muchas horas estudiando en la biblioteca porque me gustaba no solo ir, prestar libros e irme para la casa, sino leer en la biblioteca, una cultura que mantuve durante muchos años y que hoy, lamentablemente, no puedo practicar por mi cargo. Cuando hice el doctorado en Canadá volví a recuperar esa costumbre; pasaba horas, a veces días enteros, en esas magníficas bibliotecas de Montreal.

DHR: Hay algo que quiero destacar, y es que desde cuando eras estudiante y luego pasaste a ser profesor, siempre te preocupaste por nuestra formación, por la suerte del país y por la situación mundial. Sé que en ese periodo de tu vida, a inicios de los años noventa, tuviste una actuación muy destacada en la administración de Galarza en lo concerniente al tema de la Ley 30. Cuéntanos sobre esa gestión tan importante.

EVB: Te agradezco la pregunta porque es una historia que casi nunca he contado. En esa época el ministro de educación era Carlos Holmes Trujillo, hoy ministro de defensa del gobierno Duque, muy cercano a Jaime Galarza, amigos y muy filiales ideológicamente, liberales de estirpe socialdemócrata en esa época, al igual que el papá de Carlos Holmes. Jaime me pidió que fuera su delegado en la redacción de los artículos de la Ley 30. Recuerdo que durante seis meses todas las semanas viajaba a Bogotá religiosamente para asistir a la comisión sexta del Senado, donde se estaba redactando el proyecto de ley. Muchas veces me reuní con el propio Carlos Holmes y trabajamos los artículos más importantes de la Ley 30. El derrotero que nos fijamos con Jaime Galarza fue el de preservar la autonomía universitaria, que quedara bien regulada para que las universidades no fueran a convertirse en apéndices del gobierno central y de los gobiernos territoriales, y reglamentar bien las tipologías y las modalidades de educación, que fue uno de los temas más importantes de esa ley, definidas desde ahí como Instituciones de Educación Superior (IES), y también el tema financiero. Recuerdo mucho que con Jaime y algunos colegas de otras universidades redactamos los famosos artículos 86 y 87. Yo nunca he contado esto porque no quiero aparecer como el papá de esos artículos, pero debo señalar que Jaime fue el de la idea de un sistema de indexación de los recursos para que no pudieran ser disminuidos por la Nación, que fue lo que se consignó en tales artículos, algo muy bueno en su momento, pues buscaba que un porcentaje importante de los ingresos corrientes de la Nación se volvieran en inversión para las universidades, lo cual, con el tiempo, no se interpretaría de esa misma manera. Cuando la ley entra en el Congreso se le resta importancia al tema, y el Artículo 87 no da los recursos que, en opinión de muchos de nosotros, deberían haberse dado; pero por lo menos se pudo mantener el Artículo 86, el cual garantizó que la educación superior no pudiera ser desfinanciada por el Estado. A mis colegas rectores y a la gente con la que hablo les cuento que en una pandemia como la que estamos viviendo, en países como Perú, Ecuador, México, Brasil, República Dominicana y Puerto Rico, los gobiernos le han echado mano a los presupuestos de las universidades públicas y los han disminuido entre un 25 y 30%, y en algunos países hasta en un 35%, al punto que hay algunas universidades que ya no tienen plata para llegar al segundo año, cosa que en Colombia no ha ocurrido, en buena medida, porque la Ley 30 garantizó la permanencia y estabilidad de los recursos de las universidades públicas. Fue una época muy bonita. Trabajamos arduamente y logramos que la Ley 30 fuera concertada entre las universidades, las asociaciones de profesores, los líderes estudiantiles más importantes y significativos de las universidades públicas y el gobierno, con una participación muy importante también de la Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN), que es el gremio de las universidades públicas y privadas, pero en esa época las públicas eran más grandes y tenían un peso más decisivo. Incluso todavía no existía el Sistema Universitario Estatal (SUE), el cual se creó con la Ley 30. Con el liderazgo del rector Jaime Galarza hicimos un gran trabajo que hoy permanece como un blindaje financiero y como un buen marco legal, aunque por supuesto, en algún momento el país tendrá que actualizarlo para consolidar más el carácter de la educación como un bien público y para cerrarle definitivamente la puerta a un modelo educativo de corte neoliberal, pues de lo contrario sería absolutamente fatal.


Edgar Varela Barrios en su época como profesor de la Facultad de Ciencias de la Administración.
Foto: Archivo personal Edgar Varela Barrios.


DHR: Yéndonos un poco más adelante en esta historia que queremos recorrer contigo, luego te vas a hacer tu doctorado a Montreal, algo clave y definitivo porque te orienta hacia la administración pública. Cuéntanos lo que significó en tu trayectoria intelectual el haber ido a Canadá a hacer ese doctorado.

EVB: Una de las experiencias más bellas de mi vida fue haber vivido un par de años largos Montreal y luego ir y volver durante otro año. Es una ciudad hermosa y muy fría, eso sí: llueve nueve o diez meses del año. Es un témpano. Cuando asistí a mi primera clase en la Universidad de Montreal, lo recuerdo vívidamente, la temperatura marcaba -35 grados centígrados bajo cero. Dentro de los edificios había calefacción, por supuesto, pero caminar varias cuadras para llegar hacia la Universidad bajo esa temperatura, o usar el metro, que era subterráneo y no tenía calefacción, fueron pruebas muy duras, pero es una ciudad muy bella, llena de lagos, con un inmenso y hermoso río, el San Lorenzo. Una ciudad muy cosmopolita, bilingüe, en donde el inglés y el español se alternaban. El doctorado que hice fue bilingüe; las clases se dictaban simultáneamente en una mezcla arbitraria que pasaba del inglés al francés. Todos teníamos el derecho de usar los dos idiomas, por lo que se hablaban simultáneamente. Fue una experiencia muy enriquecedora. Estudié con chinos, rusos, africanos, mexicanos, norteamericanos, europeos y orientales. Cada clase era una especie de mini reunión de las Naciones Unidas porque había estudiantes de prácticamente todo el mundo. Era una universidad muy cosmopolita, con un ambiente cultural espectacular y con librerías de primer nivel; la poca plata que tenía me la gastaba comprando libros, que era como una enfermedad para mí. Compré libros de filosofía, sociología, de pensamiento crítico, en inglés y en francés, los cuales todavía conservo en buena medida. Una universidad también con excelentes profesores, debo decirlo, muchos de ellos internacionales, y con dos de los cuales tuve una gran amistad y todavía la tengo: Alain Chanlat, quien ya está jubilado y fue una gran figura para mí en el campo de la administración y el pensamiento humanista, y Omar Aktouf, quién evolucionó un poco al revés de todos nosotros, pues primero fue un pensador liberal y terminó aterrizando en un marxismo bastante ortodoxo y muy erudito. Una parábola muy parecida a la de Noam Chomsky, por ejemplo, quién empezó siendo un científico de la lengua en los años cincuenta, y hoy es un faro del pensamiento marxista a nivel mundial. Lo de Omar es algo muy parecido, aunque no tan conocido como Chomsky, pero sí muy influyente sobre todo en África y en los círculos de la izquierda europea y canadiense por sus contribuciones en materia de análisis crítico del management dominante. Omar dirigió mi tesis doctoral y le estoy muy agradecido por su acompañamiento. Recuerdo mucho esa época y lamento también que volví por última vez al Canadá en el 2007, hace ya 13 años, cuando sustenté mi tesis doctoral, la cual escribí en francés. No he podido volver a pesar de que cada año lo intento, ahora en calidad de rector. Incluso me han invitado, en calidad de egresado ilustre, a la HEC, que fue la escuela de negocios donde estudié, porque dicen que soy el primer latinoamericano que logra ser rector de una gran universidad. Espero que cuando pase la pandemia pueda volver a recorrer los pasos de una época muy bonita de mi vida, que fue cuando estuve en Canadá, a ese crisol de culturas tan bello que es Quebec.

DHR: Hemos hecho un recorrido importante a través de tu etapa formativa. Luego viene una parte que es muy interesante que hablemos de ella, y es cuando ya como profesor entras a ser directivo, primero de tu facultad, y luego de la dirección central de la Universidad. Háblanos de cómo ha sido tu rol en la parte directiva de la Universidad y cómo llegaste ahí.

EVB: Te cuento una anécdota al respecto: cuando llego a la Facultad de Ciencias de la Administración en el año 1992 para reemplazar a Jaime Galarza, ese cupo me lo asignaron para enseñar los cursos de Administración Pública, Teoría del Estado y todos los temas que Galarza enseñaba. Lo primero que hice fue ponerme a estudiar de forma autodidacta la administración. Recuerdo mucho, Jaime te lo contará, que fui a su casa, en donde albergaba una enorme biblioteca, y le dije que yo sabía de filosofía y también de temas políticos, pero que yo no era administrador, por lo que le pedí que me recomendara autores importantes en la materia. Me pasó unos 12, 14 volúmenes en inglés de los clásicos de la public administration norteamericana, en su mayoría de finales del siglo XIX y de los años 20, 30 y 40 del siglo XX, que incluso hoy siguen siendo bastante desconocidos por el grueso de los profesores y académicos, como por ejemplo el autor alemán Fritz Morstein Marx, o el filósofo, humanista y pedagogo estadounidense John Dewey, quien también incursionó en los asuntos de la administración pública, entre otros. Me clavé, por así decirlo, a leer esos textos y a tratar de comprender qué era la administración pública y cómo había sido constituida en los Estados Unidos, en paralelo con las lecturas de los teóricos franceses y los autores que habían trabajado estos temas en Europa, y un poco en ese balance de la tradición gala y anglófona británica y alemana, versus la tradición americana. Hice un autoaprendizaje en toda la década del noventa sin tomar clases, pero muy preocupado por entender la administración y sus especificidades. Cuando empecé a desempeñar cargos directivos, el primero que ocupé fue el de director de la maestría en Ciencias de la Organización, y luego fundé la maestría en Políticas Públicas con el decano de la época, Fernando Barona, quien todavía da clases en distintas universidades, persona que recuerdo mucho por su rigurosidad académica y su formación. Él hizo su doctorado en Inglaterra y regresó impregnado del espíritu positivista-lógico de las personas que se han educado en Inglaterra. Con él fuimos a conectarnos con la Universidad de Nueva York y con la Universidad de Columbia. Yo viajé un par de veces a Estados Unidos y me entrevisté con profesores y directivos de estas universidades. En esa época, Francisco Kiko Lloreda, quien estaba en Estados Unidos haciendo la maestría en la Universidad de Columbia, nos ayudó a montar la maestría en Políticas Públicas y nos sirvió de puente para relacionarnos con académicos de primer nivel con quienes hicimos el diseño de este programa, el cual logramos abrir en el año 1998. Lo recuerdo mucho porque fue en medio de la crisis financiera de la Universidad. Luego de consolidar la maestría, por esos mismos años fui vicedecano con Carlos Franco, ingeniero y profesor experto en negocios y administración, ya jubilado y veterano, que venía de trabajar en Carvajal y tenía una vasta experiencia práctica. Yo fui su coequipero en la tarea de fortalecer el sistema de posgrados de la Facultad de Ciencias de la Administración. Allí tuve un aprendizaje muy importante porque Carlos es un muy buen gerente, un tipo supremamente avezado para conseguir recursos, administrar el tiempo y trabajar con la lógica empresarial. Él se formó en Estados Unidos, donde hizo su doctorado en ingeniería y luego trabajó por más de 20 años en Carvajal, de donde se jubiló. Debo decir que un grupo de amigos, entre ellos Álvaro Zapata, lo convencimos de presentarse como decano, y por primera vez, no sé si la única, un jubilado fue elegido decano. Nos ayudó mucho, a mí en particular. Ahí inicié un camino importante. Ya en la administración universitaria trabajé con el rector Iván Ramos por un semestre ayudándole a montar el plan de desarrollo de la Universidad, y posteriormente a mi regreso del doctorado, por sugerencia de Óscar López Pulecio, el rector me designó como vicerrector administrativo, puesto en el que estuve un poco más de cinco años y fue como la pasantía práctica del doctorado, pues pude ver cómo se pagan las cuentas y cómo se administran los sindicatos y los campus de la Universidad. Reconozco mucho el aprendizaje que tuve en esos cinco largos años en los que fui vicerrector administrativo, cargo que es casi una rectoría, pues tiene muchísimos empleos y actividades que generalmente en la Universidad la gente no ve porque son, digamos, subterráneas: la tecno-estructura de la gestión financiera, la tecno-estructura de la gestión de personas y de sindicatos, y el manejo de los campus, que hoy en día ya son bastantes. Por eso fue un curso muy importante. Siempre le digo a todos los vicerrectores administrativos que he tenido, que han sido muchos, que uno de los mejores cursos para ser rector, es ser vicerrector administrativo, pues ves la otra cara de la moneda, que son los temas más propios de la gestión, incluyendo los asuntos financieros y los asuntos laborales.


Augusto Díaz Saldaña (1947-1999), historiador y filósofo. Persona que más influyó en el joven Edgar Varela.
Foto: Cortesía de su esposa, la profesora Juliane Bambula.


DHR: Ahí ya te vas encaminando a tu cargo de rector, al que llegas después de una experiencia muy importante en el Instituto de Prospectiva, del que vale la pena que hables porque fuiste una pieza clave junto a otros profesores.

EVB: El Instituto de Prospectiva fue una idea de Javier Medina. Me acuerdo que el primer programa de prospectiva lo tenía Colciencias, quien le pidió a la Universidad del Valle que le prestara a Javier para que lo montara, así que se fue para Bogotá y duró dos años y medio montando el Programa Nacional de Prospectiva e Innovación y Gestión Tecnológica. En algún momento, cuando Medina tenía que regresar de su comisión, Colciencias decidió que era mejor que el programa estuviera en una universidad. En el Consejo de Facultad de Ciencias de la Administración, del que yo hacía parte, discutimos si nos hacíamos cargo del programa y nos pareció una oportunidad excelente. Finalmente tomamos la decisión con Javier Medina, Álvaro Zapata, Augusto Rodríguez, Juan David Leal, Carlos Cobo y otros profesores. Nos íbamos a Piedralinda a elaborar el esquema de cómo podría ser el Instituto, lo presentamos ante la Facultad, se creó y logramos que Colciencias, en la primera etapa, nos transfiriera recursos importantes, alrededor de 5000 millones, lo que le dio una base y unas capacidades para hacer asesoría y consultoría. Javier lo lideró unos cuatro o cinco años y medio. Cuando me aburrí de ser vicerrector, me hacía nostalgia la vida académica, así que le dije a Iván Ramos que yo me iba a dirigir el Instituto y así fue. Estuve tres años largos allí, y en esa época a Javier, que era mi coequipero, lo relevamos y yo quedé al mando. Con Álvaro Zapata y otros colegas nos dedicamos sobre todo a trabajar planes de desarrollo y planes estratégicos para los gobiernos. Hicimos planes estratégicos para Cali, el Valle del Cauca y para el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), cosa que casi nadie sabe, y cuyo modelo de gestión actual fue diseñado por Javier Medina, en el que tuve una participación activa. También acompañamos al Ministerio de Educación en muchos temas técnicos, como la formación para el trabajo y la estructura de la educación técnica y tecnológica. También lideré un equipo que fue decisivo en el Acuerdo por lo Superior, documento de política pública que el gobierno Santos contrató con nosotros, y que si bien el CESU, órgano colegiado que dirige la educación, lo aprobó, el segundo gobierno Santos, con la llegada de Gina Parody al Ministerio de Educación, se metió al cajón del archivador porque no se consideró prioritario, cosa que aún lamento profundamente por el esfuerzo tan importante que se hizo durante dos años. Diseñamos un plan estratégico a 20 años con los gobiernos territoriales, el sector privado y el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo. El profesor Leonardo Solarte sigue como director y lleva ya unos cinco años en esa función, y hemos mantenido las líneas de trabajo que diseñamos. Creo que el Instituto es uno de los referentes más reconocidos por los empresarios y por los gobiernos, pero a veces no tanto por la Universidad debido a críticas internas de las que, como sabes, me he cuidado, ya que he evitado darle trato privilegiado al Instituto, pues mal haría en hacerlo debido a la ecuanimidad que debo ejercer como rector. A veces he participado ad honorem en algunos proyectos, como por ejemplo en el plan estratégico para las Empresas Municipales de Cali (EMCALI). Siendo yo el rector, el alcalde Maurice Armitage me pidió que le diera apoyo e hicimos un trabajo muy interesante que la Alcaldía de Jorge Iván Ospina retomará una vez la pandemia pase. Creo que, al igual que otros institutos de la Universidad como Cinara, Cisalva y el mismo Centro Virtual Isaacs, que tú diriges, el Instituto de Prospectiva es un muy buen instrumento. Es decir, contamos con toda una serie de plataformas que nos han permitido relacionarnos con la sociedad, con las comunidades, con los gobiernos y con las empresas. Valoro mucho que Univalle sea reconocida por el hecho de resolver problemas, porque no somos una torre de marfil que está pensando los problemas de la sociedad aislada de esta, sino que la Universidad es un actor del desarrollo de la región en muchos campos, y ahora que soy rector, es un reconocimiento que recibo todos los días. Espero que la maestría en Prospectiva, Tecnología e Innovación, ya aprobada por el Ministerio de Educación, pueda abrir su primera cohorte el año que viene, porque sé que bajo el liderazgo de Javier Medina, quien es el gran intelectual detrás de todos estos temas de prospectiva, se generarán impactos positivos.


De pie de izquierda a derecha: Leonel Leal, Edgar Varela, Guillermo Murillo, Geovanny Villegas y Álvaro Zapata. Sentados de izquierda a derecha: Alain Chanlat, Omar Aktouf, Guillermo Camacho, Carlos Franco.
Foto: Archivo personal Edgar Varela Barrios.


DHR: La Universidad del Valle cumple 75 años y ya entras en el primer año de tu segundo periodo como rector. Creo que tienes una visión muy clara de lo que puede llegar a ser la Universidad con todos estos desarrollos que hemos señalado y que todos conocemos, sobre todo ahora que la situación actual nos va a exigir adoptar otros paradigmas que respondan a los retos que se nos están planteando. Háblanos un poco de lo que se viene de cara al futuro inmediato.

EVB: No me desvela la preocupación de que la pandemia vaya a desequilibrar gravemente a la Universidad del Valle. Sé que nos está causando y nos va a causar dificultades temporales e inevitables de tipo financiero, pero nada comparable con la difícil situación que tienen las universidades privadas, por ejemplo, que dependen de la matrícula, por lo que un desplome de la misma puede significar un golpe muy duro. Somos una universidad estatal y recibimos financiación pública por diferentes vías. Tenemos solidez porque hemos manejado muy bien las finanzas a lo largo de los años, particularmente en los últimos periodos, en los que hemos mantenido esa tradición, pues cuento con gente muy competente que me ayuda en la parte financiera, como por ejemplo Javier Fong, un gerente muy avezado, como dicen en el Consejo Superior. Si bien la Universidad podría tener algunas afugias financieras, estructuralmente está a salvo, y este es un mensaje muy importante que quiero transmitir. En esta pandemia, por ejemplo, hemos usado recursos de inversión para paliar la coyuntura, pero no hemos tocado los gastos de funcionamiento de la Universidad. Espero que podamos salir airosos de la época más crítica, que son estos meses y el segundo semestre del presente año. ¿Qué oportunidades tiene la Universidad del Valle una vez retornemos a la normalidad? Te menciono una que para mí es central: fortalecer la regionalización como un sistema grande que tiene 12000 estudiantes, más de 800 profesores hora cátedra y contratistas, y cerca de un centenar de profesores de tiempo completo. La Universidad del Valle ha ganado solidez y se puede consolidar mucho más en las ciudades que tienen una base industrial y de servicios importante como Buenaventura, Palmira, Buga, Tuluá, Cartago y el norte del Cauca. Creo que la Universidad tiene para dónde crecer, y te lo explico con un símil: la Universidad Nacional de Colombia ya creció a plenitud, mientras que la Universidad del Valle todavía no ha desarrollado todo su potencial, pues tiene un gran margen de crecimiento y consolidación en sus sedes regionales, las cuales hacen parte de un sistema de ciudades agroindustriales. Yo propuse, y se acordó en el Consejo Superior hace un par de años, que buscáramos llegar a una matrícula de 40000 estudiantes, y que dentro de esos, hiciéramos un salto importante en los posgrados para que pudiéramos llegar a 6000, 6500 estudiantes, y que aumentáramos el número de doctorados. Aspiro, por ejemplo, a que la Facultad de Humanidades, de la cual eres decano, tenga doctorado en Historia, en Literatura, en Trabajo Social y en cada una de las escuelas y departamentos que la integran, y así podamos llegar al top, que es tener formación doctoral. El doctorado en Artes, por ejemplo, ya está muy avanzado. Después de la experiencia con la Universidad de Granada, lideré recientemente el doctorado de Gobierno y Administración Pública, aprobado por el Consejo Superior. Así pues, Univalle puede seguir creciendo en su formación posgradual, tenemos margen para ello e incluso para duplicar la matrícula del posgrado y aumentar la masa crítica del doctorado. Imagino una Universidad que tenga mínimo 1000 estudiantes en el doctorado al final de mi rectoría. Hoy estamos en 580, 600; a veces baja un poquito, pero podemos dar un salto significativo. En la matrícula de pregrado, sobre todo en el Sistema de Regionalización, también creo que Univalle no va a crecer de manera indefinida; nos podemos estabilizar en una prospectiva de 40000 estudiantes en los próximos 10, 15 años, hacia el 2035, 2040, entre otras cosas por el cambio demográfico, pues este país se está pareciendo cada día más a los países europeos: hay más viejos que jóvenes y menos niños. La población se está ralentizando en su crecimiento, y hacia el 2050 empezará a decaer en términos demográficos y sucederá el fenómeno que ocurre en Europa y Canadá. Así que creo que Univalle puede crecer hasta unos 40000 estudiantes, pero lo más importante no es eso; lo más importante, creo yo, es que la Universidad se tiene que convertir en un centro de pensamiento estratégico en las 10 o 12 áreas estratégicas centrales que los desafíos de la posmodernidad plantean: la robótica, la informática, la inteligencia artificial, la biotecnología, la administración y políticas públicas, la arquitectura, el arte, las ciencias humanas, el pensamiento crítico y áreas que hoy no tenemos, como la antropología, que me parece importante incorporarlas en nuestra plataforma. Imagino una Universidad más compleja, con más capacidad científica, más creativa, de un nivel que nos vaya acercando a los estándares de las mejores universidades latinoamericanas, las cuales tú conoces muy bien, como las que hay en Brasil, Chile o en México, por mencionar algunas. Pienso que no es algo difícil. La Universidad Nacional, la de Antioquia y otras universidades públicas fuertes, irán con nosotros en ese camino hacia la internacionalización, lo que nos permitirá hablar de tú a tú con las mejores universidades, al menos en el contexto iberoamericano. Eso me parece viable y no lo veo lejano. Creo que nosotros, y vuelvo un poco al principio de esta entrevista, no podemos asumirnos como menores de edad ni pensar que somos inferiores. Nuestros ingenieros son buenísimos; van a Europa o a Estados Unidos y consiguen empleo rápido, pues reconocen que un muchacho egresado de ingeniería de acá, es tan bueno o mejor que el de cualquier college americano. La capacidad investigativa nuestra es importante, pero por supuesto, necesitamos más plataformas, más recursos, más capacidades financieras y tecnológicas. Creo que ahí es donde está la diferencia: no somos menos mentalmente, sino que las universidades norteamericanas y europeas están mucho más financiadas que las nuestras. Allí hay un gran desafío. Creo que desde las direcciones universitarias tenemos que buscar nuevos recursos, asociarnos con el sector productivo, tener emprendimientos, trabajar en alianza con el sector empresarial para que las rentas de la producción y comercialización le lleguen a las universidades, no para volvernos empresas, sino para tener mayor capacidad de financiar la investigación y la infraestructura académica. Esta es mi hoja de ruta. No lo pienso solo ahora, sino que lo he venido pensando desde hace muchos años, incluso desde antes que se me pasara por la cabeza ser rector, pues es algo que hemos deliberado largamente con Javier Medina y con tantos otros colegas cuando estábamos en la Facultad discutiendo temas de educación superior. Pero no soy pesimista. Creo que la Universidad se va a consolidar, y que en comparación con las universidades privadas, las públicas saldremos mejor libradas de la pandemia. Por supuesto que no tengo ninguna enemistad con las privadas; todo lo contrario, me preocupa su suerte y me parece que es muy importante trabajar en alianzas estratégicas con universidades como la Javeriana, la Santiago de Cali, la San Buenaventura, la Icesi, que son universidades que han progresado mucho y con las que hay que generar estrategias para resistir a una situación tan difícil como la que está viviendo Colombia y el mundo por causa de esta pandemia.


Campus San Fernando a finales de los años cincuenta.
Foto: Cortesía Univalle.


DHR: Hay un tema que surge de este proceso que estamos viviendo y que nadie se esperaba, y es que tenemos que ponernos a tono con las nuevas tecnologías aplicadas a la enseñanza. Hay muchos retos y necesidades qué cubrir, porque lo que hemos hecho hasta ahora es educación presencial asistida con las nuevas tecnologías. La Universidad tiene que construir y prepararse para esta nueva situación. ¿Cuál es tu visión de conjunto de este problema y cómo podemos ir entrando en estas nuevas realidades que se nos vinieron encima?

EVB: Desde el año 2016 nos reunimos con la Dirección de Nuevas Tecnologías y Educación Virtual (DINTEV), con la Oficina de Informática y Telecomunicaciones (OITEL), y con profesores como Juan Francisco Díaz, Gloria Toro, Liliana Arias y otros colegas, para trabajar programas virtuales en la modalidad de pregrado y postgrado, los cuales ha tenido una larga maduración. Básicamente en los años 2017 y 2018 diseñamos cerca de 13 carreras universitarias que se pueden ofrecer mediante educación virtual. Nosotros las teníamos listas para ofertar en el 2019, pero se nos presentaron dos situaciones de índole político inevitables: los paros del 2018 y 2019. El primero fue en protesta contra un mecanismo muy inequitativo de financiación de lo privado en detrimento de lo público, que finalmente logró unos acuerdos con el gobierno en diciembre de 2018, los cuales fueron muy positivos en términos financieros y cambiaron un poco las reglas y las lógicas del gobierno Duque en el manejo de la educación superior; pero eso nos costó prácticamente un semestre de turbulencia, parálisis y retraso académico. Luego, en octubre del año pasado estalló otra movilización social incluso más grande que la anterior, que fue el Paro Cívico Nacional, cuyo culmen se dio en noviembre y donde hubo incluso toque de queda en Cali ante una situación de orden público muy complicada, y eso nos retrasó los planes académicos. Como consecuencia de lo anterior, apenas estamos terminando un semestre que empezó en octubre. No recuerdo un semestre tan largo en toda la historia de la Universidad del Valle. Como venía diciendo, con la DINTEV, con la Vicerrectoría Académica y con varias facultades, tenemos montados desde el 2018 más de 400 programas y cursos de educación online en el campus virtual. Yo diría que la gran capacidad de muchos profesores entrenados fue lo que nos permitió responder relativamente rápido al escenario impensable de tener que abandonar los campus para irnos a la virtualidad, y tener que hacer clases a través de plataformas como Google Meet y tantas otras. Reconozco, como tú lo dices, que estar hablándole a los estudiantes durante tres horas por Zoom no es una estrategia sostenible. La educación virtual no es la clase presencial puesta en una pantalla. Los expertos hablan de paquetes digitales de formación de teletrabajo en el sentido de trabajo académico, diacronía con sincronía. No solo es hablarles a los estudiantes, sino trabajar con ellos de manera interactiva utilizando las plataformas, y eso es en lo que esperamos avanzar en el segundo semestre de este año cuando, particularmente en Cali, retornemos en agosto a una educación que, en buena medida, seguirá estando mediada por la tecnología. En las distintas facultades, como bien lo sabes, hemos venido trabajando para que se mejore la calidad del uso de las plataformas para que haya más trabajo interactivo y no simplemente lo que llamamos presencialidad mediada por tecnologías. Sé que eso no se logrará tan fácilmente, pero contamos con la capacidad para transitar hacia esa formación. Pienso sobre todo en los posgrados virtuales con adultos que ya tengan experiencia profesional. Conozco varios ejemplos de doctorados muy exigentes que se hacen online con plataformas virtuales en los que la presencialidad es baja, pero importante. Pienso mucho en que el sistema de posgrados de nuestra universidad transitará hacia una modalidad híbrida entre presencialidad y virtualidad. En el caso del pregrado soy de la opinión, al igual que otros expertos y colegas, de que es muy importante la presencialidad, que estamos en una emergencia que todavía no termina y que ello nos obliga a darle un peso muy alto a la virtualidad y al trabajo remoto, con tecnologías o sin ellas. Pero si volviéramos a una normalidad, yo pensaría en un esquema 70–30, donde el 70% debería de ser presencial y un 30% sin utilizar las tecnologías como forma complementaria, pero soy consciente de que la sociabilidad cara a cara en el campus es muy importante, y ahí volvemos a lo que hablábamos tú y yo: estamos en buena medida formados por nuestra convivencia, por nuestros padres y por nuestros maestros en la universidad pública. La tecnología cumplirá un papel muy importante y cada vez más creciente, pero no tengo en mente que la Universidad se vuelva virtual en el pregrado; podremos tener algunas carreras de este tipo, pero pienso que la presencialidad se reforzará con estos esquemas digitales bastante útiles. Por ejemplo, muchas de nuestras reuniones podrían seguir siendo virtuales o a través de este tipo de mecanismos, y ganaríamos mucho tiempo en eficiencia y en capacidad de gestión. Veo que es una ventana que se abre para que después no se cierre, sino que los consejos académicos, de directivos y de facultad, al igual que los claustros virtuales, no se irán; por el contrario, seguirán siendo una herramienta muy útil para aligerar el trabajo administrativo. También tendrá un impacto en la formación y en la investigación, pero soy consciente de que la Universidad es presencial y que esa marca no se va a perder.


“No podemos asumirnos como menores de edad ni pensar que somos inferiores. Nuestros ingenieros son buenísimos; van a Europa o a Estados Unidos y consiguen empleo rápido, pues reconocen que un muchacho egresado de ingeniería de acá, es tan bueno o mejor que el de cualquier college americano”. Edgar Varela Barrios.
Foto: Cortesía Univalle.


DHR: Para ir cerrando esta entrevista, apreciado rector, vamos a celebrar los 75 años de la Universidad del Valle el próximo 11 de junio y quiero que le contemos a nuestros lectores lo que va a hacer la Universidad en esta celebración, que será bastante singular dadas las circunstancias.

EVB: Este 11 de junio, día en que celebraremos nuestro aniversario número 75, haremos un evento en directo desde el campus de Ciudad Universitaria Meléndez, en el coliseo Alberto León Betancourt. Estará presente la gobernadora de nuestro departamento, Clara Luz Roldán, y parte de su equipo directivo; voy a estar como rector con todos los directivos; el Consejo Académico y el Consejo Superior, y algunas otras autoridades académicas y administrativas de nuestra Universidad. Vamos a tener la intervención en video del presidente Iván Duque y de las ministras de Cultura, de Educación y de Ciencias, esta última egresada de la Universidad del Valle. Tendremos también invitados artísticos, algunos cantantes y presentaciones de pequeño formato que serán en vivo por cuenta de nuestra Escuela de Música. Se presentará un fragmento de la ópera que tú, Darío, escribiste conjuntamente con el maestro Alberto Guzmán: la ópera MAAFA (que quiere decir en suajili “gran desastre”, “gran tragedia”), una adaptación libre de Changó, el gran putas, obra cumbre de Manuel Zapata Olivella. Como lo dije al principio de la entrevista, aun cuando no soy literato ni pretendo estar a tu nivel, leo mucha literatura, y leí a Zapata Olivella cuando tenía 18 o 19 años de edad. Me pareció una obra maravillosa. Se llegó al acuerdo de que el Año Manuel Zapata Olivella 2020 no se quedará en el olvido; por el contrario, se extenderá hasta junio del 2021. La ópera se montará tan pronto volvamos a la normalidad, y espero que por esta misma época del próximo año, podamos presentarla. Entre junio del presente año y junio de 2021 realizaremos una serie de eventos culturales, como por ejemplo la Feria Internacional del Libro de Cali, la cual se hará virtualmente y estará dedicada a la diáspora africana en Colombia. Te cuento una anécdota al respecto: don Ángel Spiwak, que tanto nos ha ayudado, como está ilíquido por la crisis y no puede hacer la contribución que siempre ha hecho, hace unos días me mandó una carta diciéndome que esta vez su contribución serán 300 noches de alojamiento para los invitados de Univalle a los eventos culturales y científicos que la Universidad organice después de la pandemia, lo cual es un enorme regalo. Nosotros como Universidad pondremos nuestros 300 millones y por su parte la Alcaldía también, y con esos 600 millones de cofinanciación, más otros apoyos que ya habíamos conseguido con Juan Camilo Sierra, director de la Feria, vamos a hacerla. En esta versión promoveremos mucho el libro digital, un formato que permite la venta y circulación a través de plataformas digitales, porque en Colombia todavía no ha entrado este tipo de producto. Nosotros los académicos, por ejemplo, leemos digitalmente papers, documentos, revistas, blogs, pero no compramos ni leemos libros en estos formatos. En Europa, Estados Unidos, China y Japón, por ejemplo, cada día más los libros se venden por estas plataformas, pues sale mucho más barato producirlos y son de una enorme calidad editorial.


“No podemos asumirnos como menores de edad ni pensar que somos inferiores. Nuestros ingenieros son buenísimos; van a Europa o a Estados Unidos y consiguen empleo rápido, pues reconocen que un muchacho egresado de ingeniería de acá, es tan bueno o mejor que el de cualquier college americano”. Edgar Varela Barrios.
Foto: Cortesía Univalle.


DHR: A propósito de lo que dices, el próximo 19 de octubre Univalle entregará 15 obras de Manuel Zapata Olivella, unas en físico para las bibliotecas del Ministerio de Educación y de Cultura, y otras en formato virtual (PDF) para las plataformas digitales como una estrategia que permite llegar a públicos más amplios a nivel nacional e internacional. Creo que estas plataformas van a ayudar muchísimo en esta dirección que comentas.

EVB: Estos 75 años los vamos a celebrar con la importancia que se debe. Si bien hay muchos eventos que no podremos hacer, no nos cruzaremos de brazos. La Universidad seguirá muy activa. Haremos una presentación este 11 de junio que espero sea importante, pues se transmitirá por el Canal Universitario, por Univalle Estereo, por Facebook Live, vía streaming, por Zoom y por Google Meet, para que todos los estudiantes, profesores, empleados y comunidad en general que quieran unirse a la celebración, puedan hacerlo. Espero que por lo menos unas 20000 personas se conecten por todos estos medios, lo cual se constituiría en el acto más grande que hemos hecho en mucho tiempo. Esa es la enorme ventaja de estas plataformas, pues nos permiten tener una amplia cobertura e incluso conexión internacional, porque por internet cualquier persona, en cualquier lugar del mundo, podrá acompañarnos. Es por ello que los invito a todos a que el jueves 11 de junio a las 5 pm, podamos estar presentes para conmemorar los logros de Univalle y celebrarle el cumpleaños a nuestra Alma mater que tanto ha significado para todos nosotros.

DHR: Muchas gracias, Edgar. Para terminar, quiero hacerte una última pregunta que puede ser de cajón, pero puede ser muy emotiva: en pocas palabras, ¿qué ha significado para Edgar Varela Barrios como ser humano, como hombre, la Universidad del Valle?

EVB: He tenido la fortuna, como ya lo dije, de haberme formado en la Universidad del Valle junto con mi familia. Nunca se me borrará de la memoria que cinco hermanos de una familia muy humilde nos pudimos educar en distintas carreras en la universidad pública. Si no hubiera sido así, no lo hubiéramos podido hacer. Varios de mis hermanos llegaron a ser doctores, cada uno en sus campos, y mi historia de vida es el reflejo de muchísimos profesionales formados por la Universidad del Valle, un gran mecanismo de movilidad social de esta región. Ahora que soy rector y que me han reelegido por otros cuatro años más en el cargo – mis últimos como rector, lo aclaro-, siempre he dicho que esta etapa ha sido muy rica para mí, al igual que mi etapa previa como profesor. Univalle ha sido fundamental para mí, pues me ha permitido convertirme en un investigador de trayectoria, formarme bien y tener buenas interacciones. Mi juventud está absolutamente ligada a esta institución y a la región en la que está anclada, y espero que en mi vejez pueda tener como uno de mis mejores recuerdos el haber sido estudiante y profesor de nuestra Universidad, al igual que haber podido contribuir al fortalecimiento de la misma no solo como directivo, sino ante todo como académico, escribiendo libros y formando estudiantes. Creo que ese es el trabajo más perdurable que hacemos nosotros los profesores universitarios.




La Universidad se tiene que convertir en un centro de pensamiento estratégico en las 10 o 12 áreas estratégicas centrales que los desafíos de la posmodernidad plantean.
Foto: Cortesía Univalle.

Suscribirse

* indicates required
/ / ( dd / mm / yyyy )