Tema Central Marzo 2020

Aún No Cesa La Horrible Noche Para Las Niñas Y Las Mujeres

“¿Matarías a tu novia por una Yamaha?” Y él respondió: “Le metería 123 balazos”


Por: Natalia Vinasco Martínez / Estudiante de Estudios Políticos y Res. de Conflictos y Daniela Páez Avilés / Licenciada en Literatura




En Cali decenas de mujeres participaron en el performance de Un Violador en Tu Camino, realizado en la Plaza de San Francisco.
Foto: Juan Pablo Rueda/El Tiempo


Mientras realizábamos la investigación de este artículo, las estudiantes de la Universidad Industrial de Santander, Angie Paola Cruz y Manuela Betancur, eran asesinadas a puñaladas en una habitación en Bucaramanga a manos del novio de una de ellas. 18 horas antes de cometer su crimen el asesino había respondido a un meme en redes sociales en el que se preguntaba: “¿Matarías a tu novia por una Yamaha R1M?”, a lo cual él respondió: “Le metería 123 balazos.” No fueron 123 balazos, pero sí más de 50 puñaladas las que le propinó a su novia, Angie Paola, y a su amiga, Manuela.

Este doble feminicidio no fue un caso aislado; Angie Paola y Manuela quedaron inmersas en la violencia sistemática que padecen a diario las mujeres en Colombia, pues, según cifras de Medicina Legal, se estima que en el país una mujer es asesinada cada tres días por su pareja o expareja. Lo anterior vendría a significar entonces, que los hombres que dicen amarnos se han convertido en la principal amenaza para nuestras vidas: en nombre del “amor” nos apuñalan, nos disparan o nos golpean hasta matarnos.

Con el objetivo de tipificar el feminicidio como un delito autónomo se emitió en 2015 la Ley Rosa Elvira Cely en conmemoración a la mujer que fue asesinada, violada y empalada por uno de sus compañeros de estudio en 2012 en un parque de Bogotá. Aunque el objetivo del decreto es “garantizar la investigación y sanción de las violencias contra las mujeres por motivos de género y discriminación, así como prevenir y erradicar dichas violencias y adoptar estrategias de sensibilización de la sociedad colombiana”, poco o nada ha servido para proteger la vida de las mujeres en un país en el que las cifras van en aumento año tras año.

A pesar de que los asesinatos de mujeres por su condición de género son una realidad, muchos parecen más preocupados por demostrar que “no todos los hombres son iguales”, en lugar de reconocer el problema y levantar su voz de rechazo contra estos crímenes. En concordancia con lo anterior, el feminismo es caricaturizado incluso en espacios académicos en donde se supone prevalece el pensamiento crítico hacia los fenómenos de violencia. Si bien los sectores antifeministas insisten en estigmatizar el feminismo al tildarlo de radical y generador de odio hacia los hombres, la causa principal de estos prejuicios es, en realidad, el desconocimiento de lo que este significa. La filósofa y activista Angela Davis lo aclara de la siguiente manera: “El feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas.”
Paralelo a Davis, Norma Lucía Bermúdez, docente e integrante del Centro de Investigaciones y Estudios de Género, Mujer y Sociedad de la Universidad del Valle, reitera que, contrario al pensamiento de muchos, “el feminismo no refuerza la idea de la supremacía del sexo femenino, sino, más bien, una idea de igualdad en derechos y oportunidades para todas las personas sin importar su género”.


Feministas caleñas durante ceremonia de armonización en la Asamblea Social de Mujeres.
Foto: María Jimena Bonilla


Según Bermúdez existen muchos discursos que pretenden reforzar la imagen de las feministas buenas y las feministas malas, con la falsa idea de que las del siglo pasado eran unas “damas”, mientras que las de ahora “muestran las tetas y rayan paredes”. “Sin embargo, cuando revisamos la historia encontramos que en las luchas sufragistas pusieron bombas y también rayaron paredes. Siempre ha existido combinación de luchas”, afirma la activista. Y, aunque este pareciera un discurso de los sectores más conservadores de la sociedad, Norma Bermúdez afirma que muchos hombres de izquierda, en apariencia de pensamiento progresista, también comparten la idea de que las mujeres estamos clasificadas entre buenas y malas. Las primeras son las que no causan problemas al patriarcado: no alzan la voz. Son invisibles.

A la fecha ya se cumplen más de dos siglos desde que en 1791 la valiente Olympe de Gouges redactó y presentó ante la Asamblea Legislativa de París su versión de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Este documento, uno de los primeros en proponer la emancipación femenina en cuanto a igualdad de derechos, fue solo el comienzo de lo que supondría la lucha feminista en los siglos venideros. Muchos dirán que desde entonces ya hemos alcanzado igualdad en muchos sentidos: las mujeres ya podemos votar (en Colombia desde 1957); podemos ir a la universidad y estudiar lo que queramos; tener propiedades a nuestro nombre sin el consentimiento de un hombre, y devengar un salario por el trabajo que realicemos. ¿Por qué, entonces, hablar de feminismo hoy, si supuestamente las mujeres ya hemos alcanzado un mínimo de igualdad con respecto a los hombres?

La verdad es que aún estamos lejos de alcanzar estos ideales de justicia. En este 2020, la Organización de las Naciones Unidas Mujeres nos recuerda el porqué: “Es cierto que ahora hay más mujeres y niñas que tienen acceso a la educación, sin embargo, el trabajo doméstico y de cuidados sin remuneración sigue siendo relegado en su mayoría a las mujeres, lo cual conlleva dificultades para crecer profesional y económicamente. En consecuencia, la pobreza a nivel mundial sigue siendo feminizada; está demostrado que las mujeres de entre 25 y 34 años tienen el 25% más de probabilidades que los hombres de vivir en situación de pobreza extrema.” Por otro lado, los logros que hemos enumerado en el párrafo anterior son, a fin de cuentas, una generalización descarada, puesto que no todas las mujeres tienen acceso, aún en siglo XXI, a estos derechos.

La palabra “patriarcado” significa “el gobierno de los padres”. Un nombre muy formal y por demás rígido, que proclama a la figura masculina como la que ha sostenido el bastón de mando durante siglos. La verdad es que estos “padres” simbólicos regentes no son tan benévolos como idílicamente quisiéramos que fuera un padre con su hijo, ya que, en su tiranía ha oprimido a las mujeres y a los hombres, de maneras diferentes, al obligarlos a incomodarse en apretados moldes específicos. Si hay algo que ha logrado principalmente el feminismo, menciona Norma Bermúdez, es hacer temblar los pilares que han determinado que “los hombres son así y las mujeres son asá.” Y agrega: “El feminismo se ha pensado que hay seres humanos que podrían ser mucho más felices si se rompe esta idea jerárquica que divide al mundo en dos: masculino y femenino; razón y emoción; fuerte y débil.” Para el caso de las mujeres solo hay dos moldes posibles: la mujer “Eva”, la mala, la puta, la traicionera, y la mujer “María”, la buena, la santa, la sumisa. En el caso de los hombres, Norma Lucía menciona que estos llevan la pesada carga de tener que ser fuertes, poderosos, exitosos y los machos proveedores.


Más de 200 activistas feministas se reunieron en la Asamblea del Movimiento Social de Mujeres de Cali, el 26 de enero.
Foto: María Jimena Bonilla.


De esta opresión jerarquizada en cuya cúspide se halla “lo masculino” surge la violencia. “La violencia siempre es patriarcal”, afirma Norma, “pues en un sistema en donde se privilegia un ideal masculino de dominación, la violencia va a cobrar forma en actos de intimidación y de sometimiento por un deseo de demostrar quién tiene el poder.” Esa violencia se presenta de maneras evidentes y también complejas; algunas veces, imperceptibles. Recordemos la noticia al comienzo del artículo: tan solo horas antes de cometer el doble feminicidio, el asesino respondió en redes sociales a modo de broma que le pegaría 123 balazos a su novia por una moto. A algunos podrá parecerles graciosa la “exageración” de este hombre; para otros, como a nosotras, nos resulta en gran medida aterrador. La violencia de género es tan naturalizada que se camufla en todos los espacios a través de actos “inocentes”: memes y chistes misóginos, piropos y miradas que violan nuestra integridad y libertad como seres humanos.

Hartas de aguantar en silencio, las mujeres decidimos levantar nuestra voz de múltiples formas. En los últimos años dos movimientos han sido contundentes: en el 2018, el movimiento #metoo comenzó como un escándalo de Hollywood en el que varias actrices se pronunciaron ante los abusos sexuales del productor Harvey Weinstein. Impulsadas por la valentía de estas mujeres, millones más alrededor del mundo se sumaron al decidir finalmente denunciar la violencia de género de su pasado y presente. Luego, a finales del 2019, aparece #unvioladorentucamino. Con el dedo señalador y los ojos vendados, se extendió por el mundo en cientos de lenguas el himno que las feministas chilenas, Lastesis, crearon para gritar los abusos a las mujeres durante las protestas sociales en su país. Con una letra y movimientos sencillos, Lastesis nos recordaron que ese silencio autopunitivo provocado por los actos de “un macho violador”, (frase que simboliza la tiranía del sistema patriarcal y no que todos los hombres sean violadores), NUNCA ha sido nuestra culpa, ni por dónde estábamos o por cómo vestíamos. Estamos de acuerdo con Norma Bermúdez: “el feminismo no es solo para las mujeres. Es para el mundo.” La transformación cultural de este sistema opresor nos traerá libertad de ser quienes queramos al reconocer y respetar la riqueza que nos otorga la diversidad.




Foto: María Jimena Bonilla.

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