Tema Central Agosto 2019

Melquíades en la encrucijada

La más reciente versión de la Carpa de Melquíades, evento realizado por la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas de la Universidad del Valle, cerró con un total de 7.800 visitantes, superando con creces los 4.600 que acudieron el año anterior. Si bien este hecho inédito podría respaldar su continuidad en el futuro, también develó las adversidades a las que se tienen que enfrentar sus organizadores, quienes sin embargo no escatiman en esfuerzos para acercar a los niños y adultos de la región al mundo de las ciencias.


Por: Jhon Gamboa
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo




Monitor les enseña a dos niños el funcionamiento de la corriente eléctrica.
Foto: Jhon Gamboa


La antesala


Walter Torres se graduó como químico en 1983. En 1996 optó por la docencia en el Departamento de Química de la Universidad del Valle, de donde era egresado. Se casó con Adriana María Chaurra, química como él, en 1998. Eventualmente, le fue dada la alegría de dos gemelas –Valeria y Valentina–. En 2005 viajó como profesor visitante a la Universidad de Texas en Austin. Cuatro años después volvió con su PhD. En 2015 juró como decano de la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas. En 2018 aceptó postularse a un segundo período. Y, en este día de sol apropiado, se nos presenta como un hombre con una sonrisa que dependiendo del momento pareciera interrumpida en el tiempo, las canas que se avizoran solitarias a ambos costados. En medio del bullicio de la mañana, trata de explicarnos la Carpa de Melquíades con un símil que, además de hacer acopio de su experiencia norteamericana, nos da una idea de lo que nos espera al interior del edificio CECIM:

–En Estados Unidos, el sentido de espectáculo y manejo de grandes masas de público es una cosa brutal. Tú vas, digamos, a un partido de fútbol o de básquetbol, en un estadio con otras ochenta mil personas. Pero hay mucha gente que va solamente a acompañar el espectáculo y no entra. Entonces durante todo el camino tú sigues actividades de gente que está haciendo cosas…–dice, antes de verse interrumpido por el tierno alboroto de una escena inesperada:

Un grupo de niños apostados a la orilla del andén, cerca de la entrada, se levanta a saludar una ardilla de dimensiones humanas que ha salido de uno de los costados del edificio vistiendo una camiseta de la universidad, su maletín a la espalda: se trata de Uvardilla, mascota de la Universidad del Valle. Las personas encargadas de cuidarlos –profesoras que han cedido sus jornadas del día para llevar a los alumnos al famoso evento que realiza la Universidad desde hace más de 17 años– se aprestan a seguir sus imprevisibles movimientos: los llaman al orden, suben el tono de su voz, se adelantan a la indiferencia que prevén a causa de la novedad, se resignan a su inocencia: les piden que se acerquen con cuidado, por favor.

–O sea –prosigue Walter Torres, recobrando su idea–, si tu objetivo no es llegar allá, tienes en qué entretenerte. No te quedas por ahí ocioso. Y la gente que entra al estadio, desde que llega, no se sienta a esperar dos horas a que comience el partido. No. Hay actividad total, siempre.

Adentro el ruido se adivina como un caldero. Cruza ante nosotros un grupo de niños que intentan disimular el cansancio en sus ojos. Uno de ellos asegura haber visto una Harley Davidson, con una emoción que no parece de su edad. Desde la lejanía se divisa a niñas que caminan mientras posan para las cámaras de sus celulares. Más acá, otra les pregunta a sus amigas si se toman una selfie. Aceptan. Posan.




Foto: https://www.univalle.edu.co/ciencia-y-tecnologia/asi-sera-carpa-melquiades-2019/


Ante las puertas de Melquíades


El CECIM es un edificio restaurado de dos pisos ubicado detrás de la zona de ingenierías en la Universidad del Valle. El espacio principal, alberga 25 mesas dispuestas alrededor y en la mitad del lugar, se abre a los visitantes con una extensión aproximada de 50 metros de largo por 30 de ancho. Tiene techos altos, custodiados por estructuras de hierro forjado, sus dos cúpulas. En él se exponen, en total, más de cien muestras. En la esquina izquierda, apenas entrar, una puerta da la bienvenida a un auditorio para unas sesenta personas –en donde es inverosímil creer que no se cuele el ruido de cientos de niños venidos de todas las escuelas, Con motivo de los 250 años del explorador Alexander von Humboldt, la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas ha decidido reconocer su trabajo adjudicándole el tema de esta edición de la Carpa y también, junto con otras instituciones, ha realizado “CineHumboldt”, una proyección de documentales, videoarte y charlas TED sobre su vida y obra. Además de este evento, la Facultad tiene planeada una exposición de instrumentos de principios del siglo XIX, muchos de los cuales fueron usados por científicos de la época como Francisco José de Caldas, y que será presentada al público en el mes de agosto.

–Lo que yo quiero para ellos es que lleguen y estén tocando, jugando, ellos mismos hagan el experimento, miren y pregunten. Qué hiciste, qué aprendiste de allí, o el resumen de tal experimento. Que sea interactivo. Y que todos estén interconectados. Que estés aprendiendo. Por ejemplo, tan sencillo como esto: todo el mundo tiene un celular. Podemos hacer una Carpa donde solamente estén dedicados a explicar cómo funciona esta tecnología. Sería como si estuvieras entrando a un celular gigante. Te estás metiendo en el mundo del celular. ¿Y qué hay acá? ¿Y adónde va a parar? ¿Cómo funciona tal pedacito? –dice Walter Torres, esforzándose para que lo oigamos, y añade que la carpa podría, por qué no, ser la escenografía de una montaña, un río. Nos habla de cómo, entonces, se haría un recorrido por los principales ríos de Colombia, y señala lugares con su índice. Confiesa que el propósito del evento es que lo que hagan toque a las personas, y nombra el río Cauca, el Magdalena, Popayán, Cali, mientras sigue hablando de cuán fácil sería saber, de esta manera, cómo se contaminan, qué se está haciendo con esos lugares.

Su índice sigue dirigiéndonos en múltiples direcciones. Seguimos la ruta y notamos que las gotas en las frentes de todos los asistentes, reflejan el calor adentro, a pesar de que uno de los lados del salón está abierto al aire, gracias a amplios ventanales por cuyas rendijas se cuela el sol para asentarse en el suelo.




Walter Torres, Decáno de la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas de la Universidad del Valle.
Foto: Jhon Gamboa.


Las personas entran, se acercan, observan como queriendo preguntar. Se instala la expectativa. El encargado del primer stand a mano derecha se prepara. Frente a él se encuentran 17 personas. Se acerca a ellos, todos concentran la mirada. Pregunta. Silencio. Los que han llegado de último se incomodan en su intento por hacerse a un mejor lugar. El encargado les explica algo sobre magnetismo, ejemplifica, habla de historia, humanidad. Pide orden: que los primeros tras la mesa sean niños. Pregunta una vez más y, esta vez, se responde sin vacilar. Sigue explicando. Según toma instrumentos vuelve a la retórica de sus preguntas sin respuesta: es su marca de estilo, la apuesta de su didáctica. Se sigue haciendo preguntas que solo él responderá. Todos miran, otros se asombran, se abanican. Sonríen, dejan caer su cabeza a un costado. Las personas van y vienen: el público se renueva. En el stand siguiente unos estudiantes se ríen del funcionamiento de una bola de electricidad. El calor desespera. El encargado pregunta, vuelve el silencio. Así que aclara que no está evaluando, que no tiene un lápiz o algo por el estilo. Y les habla de las funciones para la humanidad de las frecuencias de radio. Un hombre, quien ha aguzado su oído para escuchar mejor, dice que en caso de guerra lo único que serviría serían las radios de los taxis. Todos lo observan, inesperados. El encargado asiente, lo felicita, acaba su monólogo. Silencio. Siguiente. El público se aleja, el stand se vacía. Suenan ondas magnéticas: inicia el experimento de al lado. El encargado parece descansar, finalmente. Entonces llegan dos niñas -su uniforme azul y rojo-, lo saludan y, señalando el primer aparato que encuentran sobre la mesa, le preguntan qué es eso. El encargado les responde, como pequeño regaño a sus ansias, que normalmente espera a que haya más gente. Y, sabiendo que no entenderán la indirecta, se dispone a explicarles.

–Yo creo que se le llega a la gente en la medida en que esa explicación se baja al nivel de las personas. Y cuando se empieza a alejar un poco de términos tan técnicos. Porque, igual, si te llegan muchachos de colegios y la exposición es de química, digamos que si vos hablás de alcoholes y todos esos términos, ellos ya entienden. Pero cuando vos ya tenés cincuenta años, padre de familia, que fuiste al colegio hace tanto tiempo y no te dedicás a nada de eso, eso es ruso para vos. Pero entonces los expositores tratan de poner ejemplos. Esa es, la he entendido siempre, parte de la esencia de la Carpa: poder enseñar esas cosas de la ciencia, pero con ejemplos cotidianos –nos dice Diego Torres.

Diego Torres se graduó como comunicador social de la Universidad del Valle y desde hace cinco años, luego de presentarse a una convocatoria abierta y pasar los filtros de rigor, es parte del Área de Comunicaciones de la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas. Tiene la mirada café, lunares, barba. Canas rebeldes saltan indistintamente de su cabeza. Viste camiseta gris y, sobre su pecho, el carnet que lo identifica. A su lado, sobre la mesa metálica, un lapicero y su libreta. Nos dice que este es su tercer año en que le toca trabajar en la Carpa de Melquíades, un lugar que siempre vio como un mito, pues solían decirle que se atendía a cerca de 12.000 personas –razón suficiente para que, en sus épocas de estudiante, prefiriera abstenerse–. No sabía que la cantidad de asistentes al evento iba a ser un tema recurrente en sus momentos de ocio.

Por su parte, los científicos en el salón adjunto a la plaza principal de la Carpa tratan de explicarles a los visitantes, mientras niños corren y les piden a sus papás que vean lo que tienen entre sus manos -siempre trozos de una sustancia hecha en cada stand-, aquello que a diario usan para la vida: compuestos de pañales, por ejemplo. De cada stand se alzan probetas, se exhiben tubos de ensayo. Se sacuden con cautela, son puestos al calor de llamas, se intercambian, se reutilizan, explican sus resultados.

Los visitantes observan, abstraídos por la puesta en escena de la química más cotidiana con la que se puedan encontrar, tocan, se intentan quitar los restos que quedan en sus manos. Una mamá le pide a su niño, quien ha atravesado en segundos el salón, que antes de que salgan del lugar no olvide limpiarse. Otra, ante la simpleza con la que aparentemente se obtienen los resultados, compara a los encargados -todos ellos vestidos de blanco, sus guantes y demás implementos de asepsia- con integrantes de algún CSI. Ellos sonríen, asienten.




Estudiantes apostados en la Plazoleta de Ingenierías de la Universidad del Valle.
Foto: Jhon Gamboa.


*


La Carpa de Melquíades nació hace más de 17 años en la sede de la Universidad del Valle en Zarzal. Cuando llegó a Cali, se hizo a la par de la Feria Internacional del Libro de la ciudad, y su ubicación se estableció en la Universidad del Valle. Fue financiada con recursos destinados a la Feria y tuvo una duración de ocho días. Tras incidentes dentro de la Universidad, el evento se trasladó, como también lo hizo la Feria, a diversos escenarios como la Biblioteca Departamental y el edificio de Comfenalco. Finalmente, por cuestiones administrativas, la Carpa dejó de contar con medios para su realización, y se vio obligada a suspenderse por término indefinido.

En 2017, a raíz del deseo de la Vicerrectoría de Investigaciones de la Universidad de que esta fuera sede de los “Clubes de ciencias” –una iniciativa de profesionales que se encuentran realizando estudios de posgrado en el exterior y desean poner su conocimiento al alcance de estudiantes de instituciones públicas, para que por medio de la práctica estos sean conscientes de lo que se está realizando en diversos campos de las ciencias, y posteriormente entiendan que la Universidad no es un lugar tan lejano a sus posibilidades, motivándolos de esta manera a que encaminen sus proyectos personales hacia estos saberes–, la Facultad de Ciencias pudo reabrir la Carpa de Melquíades, ahora con una duración de tres días.

Para la primera de sus nuevas ediciones, la Carpa fue visitada por alrededor de 1.500 estudiantes por día, a pesar de que el tiempo durante el cual se realizó coincidió, para lamento de sus organizadores, con el período de vacaciones de instituciones tanto públicas como privadas. Para la segunda, con la amenaza insospechada del Mundial de Fútbol de Rusia en marcha, la Carpa alcanzó una participación de aproximadamente 4.600 personas venidas de la mayoría de municipios del Valle del Cauca. Esa edición contó, además, con una inédita estrategia de comunicación que permitió que las personas se enteraran de la manera más insospechada del evento que se realizaría:

–Decidimos, desde Comunicaciones y con el diseñador, ponerle como un tema. Tampoco había un tema específico para la Carpa, y dijimos: bueno, el nombre de la carpa es en honor al personaje de Cien años de soledad, así que qué ponemos. Entonces como lo más recordado son las mariposas amarillas, Mauricio Babilonia… Bueno, hagamos mariposas amarillas. Hicimos alrededor de 1.500 maripositas en origami con la información a lado y lado. Nos fuimos a la estación del MIO, la de Unidad Deportiva, y ahí hicimos la tarea con algunos estudiantes de repartir la tarjeta –nos cuenta Diego Torres antes de quitarse, con abrupto ademán, una hormiga que le ha estado rondando peligrosamente el cuello, y nos explica que lo de las mariposas amarillas se debe al incierto rubro asignado a su área –y a la Carpa misma–, lo que llevó a todos los encargados del evento a poner en práctica sus aptitudes para las manualidades, con el fin de no permitir que esta falencia económica les impidiera promocionar el evento, fijándose una meta que implicaría llevarse el trabajo hasta sus respectivas casas y que involucraría los momentos libres de sus familiares más generosos.




Un grupo de estudiantes asiste a una de las explicaciones de la Carpa de Melquíades.
Foto: Jhon Gamboa.


*


–Aparte de mostrarles qué es la ciencia, que la ciencia no es algo ajeno a lo que hacemos cotidianamente, y que a través de ciencia se puede jugar y aprender, también es mostrarles qué es Univalle. Para esos muchachos es muy importante salir y conocer la Universidad. Que también es algo que aprendimos a través de los “Clubes de ciencias”. La importancia de que estos muchachos y estos colegios puedan llegar y ver que podrán estar en Univalle. Eso ya a ellos les genera la inquietud de cómo puedo quedar yo en Univalle, qué tengo que hacer, qué puedo estudiar –nos dice Katherine Muñoz, coordinadora logística de la Carpa, en su oficina adornada por un cuadro hecho a partir de piedras pequeñas, mariposas y flores en cartulina de colores vivos, su nombre en icopor a su espalda: el lugar en donde nació la idea de las mariposas amarillas–. Para los profesores de esas instituciones es muy importante también traer a los estudiantes. A lo largo del año estamos recibiendo solicitudes de visitas de los colegios a las colecciones, a los espacios de laboratorio y todo. Digamos que la Carpa es un espacio que nos permite llegar a muchos más estudiantes de los que pueden venir en una visita de cuatro horas. Es un espacio que nos permite mostrarnos e impactar a más cabecitas, porque son los que en última van a ser quienes decidan venirse a inscribir a Univalle.


Niña intenta armar un cubo indescifrable.
Foto: Jhon Gamboa.


*


En una de las mesas de la Carpa, hay más de siete juegos. Con figuras geométricas pequeñas, niños juegan a “pintar” el croquis de un dibujo sobre un pizarrón. En la esquina, una señora trata de armar una versión en tres dimensiones de un cubo cuyos componentes parecen más imitaciones de un Atari, pero no termina de encontrar lo que le falta. Se ríe de su ignorancia. Persiste. Sopesa esquinas, las formas de un par de piezas, se obstina. Hasta que una niña tumba su trabajo, sin querer. Todos ríen, resignados a tanta mala suerte. La niña no entiende. La señora resuelve decir que eso tiene que estar malo, je. No sabe que, el año pasado, un señor se tomó ese mismo cubo como un desafío a título personal, empecinándose a intentarlo hasta que, feliz y satisfecho, salió del lugar a exhibir su triunfo ante quien quisiera verlo. Un hombre de pelo mono arma y desarma, poseso, otro juego –sabiendo que solo retrasa su derrota. La señora del cubo se va. Una mujer, del otro lado de la mesa, confiesa entre risas disimuladas que estuvo alrededor de 20 minutos intentándolo. Luego de un rato, sin mayor público, uno de los encargados les explica a sus compañeras cómo resolver el dilema del cubo. Ellas lo intentan, le preguntan, lo intentan.




Una niña del Colegio Alexander demuestra emoción ante un experimento.
Foto: Jhon Gamboa.


El futuro incierto de la ciencia


–Nosotros hemos hecho una proyección de crecimiento de la Carpa. Hasta el año 2017 no se contaba el número total de asistentes. Había como un registro de los colegios que llegaban, pero a partir de ese año empezamos a hacer el conteo de personas que ingresaban. Y la composición de los visitantes, una clasificación. En números, en 2017 teníamos en los tres días un poco menos de 3.000 personas. El año pasado eran un poco menos de 5.000. Ya para este año teníamos una proyección de 6.000, pero ha estado copado totalmente. Porque solo ayer, al cierre, teníamos contabilizados más de 4.500 personas. Es decir, ya hasta el momento tenemos más visitantes que los que tuvimos en toda la Carpa del año pasado. Entonces, nos vamos a desbordar de los 6.000 –nos dice Walter Torres.

Y no se equivocó. Para el final de la Carpa de Melquíades, el estimado de visitantes se contabilizó en alrededor de 7,800 personas, dentro de las cuales cabe resaltar la presencia de 74 instituciones educativas tanto de la ciudad como de sus alrededores, como el Colegio Politécnico Siglo XXI, con 114 estudiantes; la Institución Educativa Bartolomé Loboguerrero, sede Enrique Olaya, con 160 estudiantes; y la Institución Educativa Sagrado Corazón, de El Cerrito, con 79 estudiantes. Eso sin contar los cerca de 900 estudiantes que, debido a actividades relacionadas con el programa de educación Mi comunidad es Escuela, no pudieron asistir al evento.

A raíz de la acogida que tuvo la Carpa de Melquíades en su más reciente edición, las dificultades en materia de atención y logística se hicieron palpables, pues los días en los que esta se abrió al público, aunado al desorden proveniente de algunas instituciones que no respetaron el orden establecido de antemano en los registros que se hicieron desde la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas para evitar cualquier impase, no fueron suficiente para que el gran número de personas asistentes pudieran llevarse una impresión a la altura de la Universidad del Valle y su prestigio. Ante esto, Katherine Muñoz explica qué podría hacer falta para que, de presentarse la posibilidad de que la Carpa tenga una financiación fija, la atención y los resultados sean los que se esperan de un evento de tal envergadura:

–¿Qué nos falta? Poder hacerla como se hacía antes, los ocho días. O al menos hacerla cinco días, digamos. Para que todos los colegios hubieran podido tener otros días en la semana. En algún momento tocará pensar en un lugar más amplio. Yo he tratado estos tres años de reservar el Coliseo y no ha sido posible. Porque es un espacio también muy solicitado, y no ha sido posible que nos lo faciliten para poder hacerlo en un espacio más abierto, más grande que nos permita recibir a la gente. Yo creo que sí, nos faltó más provisión de tener como más gente de logística para mover los grupos. Y nos hubiera tocado tener una exposición más grande, pero ahí sí no podíamos. Yo creo que lo más importante para poder atender tanta demanda sería hacerlo más días.

Añade, además, que la idea es crecer y mostrarlo cada vez más como un evento de la Universidad del Valle, no solo como uno de la Facultad de Ciencias. Pero que, nuevamente, lo que hace de este deseo algo complejo es el hecho de que la Carpa no tenga un presupuesto asignado con certeza.

-Yo ahorita no te puedo decir que en el 2020 la vamos a volver a hacer. La idea es que, con el éxito que tuvo este año, seguramente sí vamos a tener el apoyo para el próximo –concluye, segura de que sus esperanzas descansan en la sólida base de lo que significó la Carpa este año.




Niño observa con atención el resultado de una impresión en 3D.
Foto: Jhon Gamboa.

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Suscribirse

* indicates required
/ / ( dd / mm / yyyy )