Tema Central

Manuel Zapata Olivella y Lorica

Un amor no correspondido


Por: Yaír André Cuenú Mosquera
Licenciado en Literatura. Escuela de Estudios Literarios




Foto: Yaír André Cuenú Mosquera


Caminar la tierra de un caminante no siempre es seguir sus pasos. Parece como si lo que se siguiera fuera la sombra, una presencia espectral que reposa en boca de algunos. Volver a la tierra en búsqueda de quien ahí fue no siempre significa encontrarle, ni a la tierra. Así sucede en Santacruz de Lorica, Córdoba, donde buscar a Manuel Zapata Olivella es oír respuestas inconclusas. El rumor es una lanza que atraviesa el río Sinú, se cuelga de David Sánchez Juliao, y enclava al espectro Manuel en un no-lugar . Allí nació Zapata Olivella. Vivió hasta los 9 años, cuando se fue a Cartagena. Y regresó una y otra vez, como días de sol. Pero nunca se quedó. Regresar una y otra vez es también marcharse una y otra vez. Quizá ése sea un indicio, al menos eso me sugirió Adriano Ríos, enorme pintor quien homenajeó a Zapata Olivella y su obra en un proyecto que conectaba la entrada al municipio con el sendero del malecón hasta llegar al centro histórico. “Él venía cada fin de semana y se encerraba en su casa, escribía libretos para el radio foro popular y se marchaba nuevamente, casi no se lo veía”, recordó.

A Lorica llegamos un lunes. Un grupo de miembros del GINC (Grupo de Investigación Narrativa Colombiana) fuimos con el propósito de presentar el X Simposio Internacional Jorge Isaacs, en homenaje a Manuel Zapata Olivella, que por nombre tiene Tras las huellas de Manuel Zapata Olivella, el legado de una diáspora. Después de instalarnos en un hotel cercano al centro histórico, nos dimos a la tarea de olfatear en el aroma al maestro mientras cumplíamos con la agenda trazada. Las primeras muestras de un difuminado recuerdo me llegaron por parte de los miembros del staff del hotel: Labios estirados y cabezas que negaban. “No, la verdá pocón pocón sobre él. Pa’ qué le miento, no sé mucho, la verdá”, con honesta ignorancia me manifestó alguien. Luego, en la calle, una vendedora de arepas y artesanías me dijo: “Sí, algo oí de un ejcritor, pero me suena má Juliao, o Yuliao, algo así. Si tú quiere’ puede’ í al PIT (Punto de Información Turística) que aiá saben má”. Y fui al PIT, enseguida de la Alcaldía. Con una presentación afable de Lorica y el Sinú a nuestras espaldas, el encargado me confesó su desconocimiento al respecto. “Sí, yo sí he oído sobre él, ej máj, hay unos murale’ que puedej visitá sobre el malecón, pero puej la verdá no lo he leído mucho”.

Nicolás Corena, profesor e investigador loriquero.
Foto: Yaír André Cuenú Mosquera



Opté por buscarle como librero entre libros ya que su voz no se oía entre los caminantes. Y tampoco. No se vende a Manuel Zapata Olivella, no se encuentran ejemplares de su obra. Es una maratónica tarea la de intentar hacerse de una buena publicación. En un foro donde presentamos nuestro proyecto de publicación de la obra completa, una estudiante tenía en sus manos una edición pirata de Chambacú, Corral de Negros (1962). Casi un reto editorial alcanzado por esta niña o quien le ha guiado en ese sendero del interés en la obra de Manuel. Sin embargo, ese mismo espacio carente de ejemplares, estaba lleno de estudiantes y profesores/as, algunos/as exparticipantes de los procesos comunitarios liderados por Zapata Olivella, quienes en cada intervención inyectaban sangre nueva al interés por Manuel. Allá hay maestros/as quienes, con más voluntad que herramientas, entregan a sus estudiantes sesiones plagadas de anécdotas y proyectos cuyo fin es darle contenido a esa forma espectral que configura la presencia del gran Manuel Zapata Olivella.

Allá en Lorica existe el Observatorio Manuel Zapata Olivella, dirigido por Antonio Dumetz, un ejemplar anfitrión que convirtió nuestro viaje a Lorica en un deseo de retorno permanente, como el que experimentara Manuel desde su infancia. En el Observatorio tienen unos pocos ejemplares que sirven para las investigaciones que realizan personas como el profesor Nicolás Corena, y el mismo Antonio. De su mano caminamos la Ruta de Manuel, como le llamamos en una conversación, yendo a los puntos donde tuvo lugar el desarrollo de sus periplos por Lorica. Con los integrantes del Observatorio empezamos a sentir el palpitar del que fuera un espectro sin aroma, de su boca nacieron relatos que construyeron una significación a aquel ser casi mítico tras el cual íbamos. Si alguna huella del maestro es perceptible en Lorica, es en el espíritu del Observatorio donde evitan que el barro la borre.

En los ojos de Nicolás Corena, hoy profesor en las zonas rurales de Lorica, se puede vislumbrar el deseo de un cupido que quiere conectar dos corazones; piensa nostálgico en sus épocas con Manuel, acababa su bachillerato y se incorporó al proceso de los Zapata Olivella. Y sí, él habla de Delia, la hermana de Manuel. Ella, quien merece capítulos apartes, también estuvo frente a proyectos como el Teatro Anónimo Identificador. “Iban recogiendo mucha información de tradición oral, conseguían actores naturales, amas de casas, personas sencillas. Estuvimos trabajando en algo que se llamaba “Dialogando con los Radioforos”, íbamos a ciertas comunidades a hablar con la gente sobre lo que hacían, indígenas, afrodescendientes, campesinos. Y todo eso Manuel lo utilizaba para montar unos libretos que utilizábamos en Dialogando con los Radioforos”, refería Nicolás como ante el ocaso de una fantasía.

Mural a la entrada de Lorica. Autor: Adriano Ríos Sossa.
Foto: Yaír André Cuenú Mosquera



No pude contener el deseo de preguntar al dueño de esa mirada llena de añoranza por el espectro Manuel, como le llamo. No por quien fue sino por el fantasma que deambula en Lorica sin lugar para descansar. Las huellas de esa sombra tras la que iba. ¿Por qué Manuel no pervive en la voz del de a pie, por qué no está anclado en la memoria colectiva habiendo sido dador de tanto, por qué sus obras no aparecen en Lorica como Lorica en sus obras, por qué ustedes, quienes recibieron la posta en esta carrera atlética por no sucumbir en el olvido, no han logrado dibujar esa gran figura en el aire de esta tierra, hacer de cupidos y juntar un amor, de una vez por todas correspondido? ¿Por qué? “Radioforo Popular hizo escuela. De pronto alguien no asumió la responsabilidad de seguir liderando, cuidar de ese proceso, quizá lo de Manuel hoy habría tenido mucha más continuidad”.

Me surgió un interrogante sobre la visión que tiene el Observatorio ante la imagen de Manuel hoy en su tierra. “Hay una preocupación colectiva. Hemos hecho cosas sobre Manuel, homenajes, eventos, lo del premio, pero hoy no contamos con personas que pudieran seguir manteniendo vivos grandes proyectos como ese del Teatro Anónimo Identificador y el mismo Radioforo Popular (…) En nuestra época de bachillerato se hablaba de Manuel, algunos profesores lo hacían. Y cuando llegaba a hacer los ensayos con Delia, ya nosotros teníamos referencias. Hubo instituciones que montaron obras de Manuel en esa época (…) Hoy hemos hecho cosas para que no se nos vaya a diluir en el tiempo y que generaciones venideras no encuentren en Manuel un referente de aquí. Sabemos que afuera importa, pero a nivel local nos preocupa que de pronto nos quedemos simplemente ahí, contando anécdotas”, expresa Nicolás mirando a un punto muerto entre la mesa que tiene enfrente y el suelo.

La frase reza “Nadie es profeta en su tierra”. Una de las integrantes de la extensa familia Zapata Olivella se refirió así a la casi anonimia de Manuel en la Lorica de hoy. Él tampoco es profeta en su tierra, al menos no lo fue hasta el instante cuando quien escribe firmó este texto. Quizá no pretendió serlo. Tal vez creyó que al sembrar semillas en infantes que acudían por sus libretos para representarlos en la Radioforo Popular, dejaba un legado de mayor valor que un libraco de profecías. Pudo ser que decidió tejer su terruño con la magnificencia que sus recuerdos de infancia le permitían recrear en su travesía. Mucho se puede especular al respecto. Y aquí no voy a tocar cuestiones políticas, étnicas, culturales y sociales, que sobrexponen o invisibilizan según decida el operador de turno de la maquinaria permanente.

Lorica está en deuda con Manuel, sin duda alguna. No porque se haya portado mal con él, que no ha sido tal, sino porque no ha sido capaz de corresponder a su amor. Manuel amó a Lorica, la construyó en sus palabras, parió en su honor líneas llenas de deseos de engrandecer ese lugar. Pero Lorica no, aún no. No termina de convencerse de que uno de los más grandes intelectuales que ha dado la literatura de este país llevaba en su corazón el sello del Sinú, que ha sido una tierra amada y convertida en punto de referencia por el caminar de un hijo del vagabundeo. Que el investigador, médico, escritor, el multifacético intelectual quien forjó lazos con el mundo desde su acto de hilar con palabras, sintió un profundo amor por aquella tierra calurosa que esconde brisas nocturnas en su enigmática sinuosidad.



Estudiante de bachillerato. Santa Cruz de Lorica.
Foto: Yaír André Cuenú Mosquera


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