Tema Central

Transformaciones tecnológicas y su impacto en la administración y la gobernanza

El búho de Minerva no solo debe mirar hacia atrás, sino también hacia adelante
En el seminario “Humanismo y posthumanismo en la modernidad: su impacto en la administración pública y la gobernanza”, promovido por la Facultad de Administración y el Grupo de Investigación en Gestión y Políticas Públicas realizado el pasado mes de julio con invitados nacionales e internacionales, se analizó el impacto de los desarrollos tecnológicos en la gobernabilidad y en la vida moderna. La Palabra comparte la intervención del rector de la Universidad del Valle, Edgar Varela Barrios, quien se centró en las implicaciones de estos cambios en el management y las organizaciones.


Por: Edgar Varela Barrios
Rector Universidad del Valle




Edgar Varela Barrios, rector de la Universidad del Valle en el seminario “Humanismo y posthumanismo en la modernidad: su impacto en la administración pública y la gobernanza”. Julio 31 de 2018.
Foto: http://www.univalle.edu.co/lo-que-pasa-en-la-u/impactos-desarrollo-cientifico-administracion-gobernanza


Las universidades y el mundo académico no pueden pasar de largo frente al proceso tan vertiginoso y radical de las transformaciones tecnológicas y de su impacto en la vida cotidiana, en el mundo del trabajo, en el mundo académico, en los espacios públicos y privados. No tengo duda, como profesor universitario, académico y ahora como rector y líder de una institución educativa como lo es la Universidad del Valle, de que los académicos no podemos pasar de lado y repetir lo que el filósofo alemán Hegel decía: “la filosofía es como el búho de Minerva que sólo levanta su vuelo al anochecer”. Es decir, que lo que hace la filosofía es ver lo que ha pasado en el mundo con una mirada retrospectiva, cuando en realidad en nuestros tiempos, y también en tiempos de Hegel, lo que la filosofía debe hacer no es sólo mirar hacia atrás sino mirar hacia adelante.

Preparando esta charla, leía una entrevista en la que el ex secretario de Estado Henry Kisinger, le expresaba a un periodista norteamericano su preocupación por la incapacidad humana de controlar la ciber seguridad y la ciber guerra; hasta dónde, se pregunta Kisinger, los seres humanos somos capaces de controlar lo que el economista Shumpeter llamaba efectos inesperados en relación a las guerras o a las acciones de seguridad manejadas desde la Inteligencia Artificial. Hoy cada día más las guerras entre países o los temas de seguridad al nivel que le preocupan a Kisinger, que es su gran campo de especialidad, son humanas, pero también son tecno humanas, y con un uso muy fuerte de la Inteligencia Artificial y del Big Data. Su pregunta y preocupación, válida por su enorme experiencia, es si los seres humanos, los gobiernos y las infraestructuras institucionales que tienen que ver con la seguridad y la gobernanza seguritaria, son capaces de controlar lo que están creando, o si estamos creando cosas que no podemos controlar. En cuanto a esto hay todo tipo de literatura pesimista anticipatoria. Quizás el libro más importante sobre este tema es el del pensador ruso Isaac Asimov, titulado I robot, que se volvió película con Will Smith como protagonista, en el que se anticipan dilemas morales y el manejo que tendría que darse de la humanidad cuando una segunda especie proto humana, que son los robots con Inteligencia Artificial, vivieran o convivieran con nosotros sustituyendo la función humana de la producción y del control en muchos casos.

Yo pienso que la filosofía debe tener un pie en el presente y un pie en el futuro para analizar lo de la Inteligencia Artificial, la Biotecnología y las transformaciones de la llamada Cuarta Revolución, y creo además profundamente que lo tiene que hacer la universidad. Uno se puede hacer todo tipo de preguntas sobre la revolución tecnológica y científica. Yo me hago estas preguntas desde la filosofía política y desde el management público y la gobernanza. ¿En qué medida el Big Data, los grandes datos, la minería de datos, son un factor para la toma de decisiones organizacionales? ¿Sustituyen a los humanos? ¿Somos incapaces de controlar la información y la construcción de los sistemas de gestión de procesos robotizados como le preocupa a Kissinger, o tenemos la capacidad de dominar este tipo de Inteligencia Artificial y este tipo de infraestructura tecnológica? ¿Cómo la gobernanza organizacional, política e institucional tradicional, se podrán ver afectadas o están siendo afectadas por este tipo de situaciones? Quiero que nos pensemos la posmodernidad, el humanismo y el transhumanismo, como un eje vertebral para analizar su impacto en las gobernanzas y en la administración pública.

El segundo punto que quiero tratar es el siguiente. Los que somos filósofos hemos leído el concepto de poiesis de Aristóteles, término asociado a la producción, a la tecné, al ars. Estos temas, que eran patrimonio exclusivo de los filósofos, terminaron por volverse asuntos de más amplio conocimiento público a partir, sobre todo, de la obra intelectual de los profesores latinoamericanos Maturana y Varela. ¿Qué es lo que ellos aportan? Estudiando qué es la vida, llegan a la noción de poiesis, que está en Aristóteles, y reconociendo que la vida se caracteriza, biológicamente hablando, por ser capaz de reproducir ella misma más vida, crean el concepto de autopoiesis, o sea, auto productividad de lo viviente. Un sociólogo alemán muy connotado, Niklas Luhmann, quien trabajó en Harvard a comienzos de la década de los 60, conoce la obra de Maturana y Varela, y pese a estar en desacuerdo con ellos y pese a que estos nunca aceptaron el concepto de transposición que Luhmann creó, transforma el concepto de autopoiesis y lo usa operacionalmente en un contexto totalmente diferente al de la biología: el concepto de la teoría de los sistemas sociales para plantearse la autopoiesis organizacional y societal, como la clave de la bóveda para el entendimiento, sobretodo, de las sociedades complejas.


Foto: http://elsoln1.com/news/2017/nov/06/inteligencia-artificial-no-desplazara-humanos/



Esta teoría planteada por Luhmann a lo largo de un trabajo intelectual impresionante, terminó convirtiéndose en un concepto que se fue expandiendo a muchos otros campos. Probablemente es mi propia explicación, porque fue una clave teórica bien construida para fundamentar lo que los teóricos de la cibernética, que eran ingenieros, matemáticos y estadísticos, habían construido; y particularmente, por supuesto, los que conocen del tema saben que me estoy refiriendo al trabajo que lidera Norbert Wiener, el gran fundador de la cibernética en los años 50, y quien también le da una clave comprensiva y mucho más sofisticada que la del propio Herbert Simon, el gran teórico de la administración, quién era filósofo político. En Simon, el argumento o punto de partida es el asunto de la racionalidad limitada, es decir, la incapacidad de los seres humanos de utilizar, en tiempo y espacio real, toda la información que tienen disponible para la toma de decisiones, que es, digamos, un gran problema en las ciencias de la administración, que son ciencias eminentemente prácticas, y en las que la toma de decisiones es fundamental. A partir del trabajo que hacen ellos, empieza un proceso de extensión del concepto de autopoiesis al campo del management, aunque esto no es propio de la literatura gerencial más tradicional, sino de la literatura administrativa mucho más sofisticada de carácter investigativo. ¿Qué encuentro yo allí? Que la noción de poiesis y autopoiesis, se vuelven disruptivas respecto a lo que la economía y la administración habían construido sobre lo que es la productividad humana.

Las teorías economicistas de la economía política clásica de Adam Smith, David Ricardo y Carlos Marx, entre otros, creían que había una diferencia muy importante entre aquella parte del ser humano que producía y creaba riqueza, que era el trabajador productivo, y aquello que ellos denominaban, sobre todo David Ricardo, el trabajo improductivo. Para Ricardo, Marx y Smith, todos nosotros, aquí sentados, somos improductivos, porque nosotros los intelectuales y académicos lo que hacemos es consumir la riqueza que otros han creado. El trabajador productivo era el trabajador fabril o el trabajador agrario, quienes producían directamente riqueza proveniente de la naturaleza. Hegel tiene una distinción muy clara, en la Filosofía del derecho, entre producción y no producción, que se deriva de una ontología hegeliana de que la verdadera productividad está en la naturaleza y, por lo tanto, los sectores primario, secundario y terciario, son escalas distintas en las que el ser humano transforma lo natural, que es lo que llamaríamos industria, se apropia de lo natural de manera directa, que es lo que llamaríamos agricultura o sector primario, y un sector terciario que él, balbucientemente, considera que es un sector donde operaría la clase universal: los administradores, el estado, la función pública, que trataría de ser el árbitro para mediar.

En el modernismo todos hemos vivido con estas clasificaciones. No sólo los economistas sino también los sociólogos, los filósofos, lo cual ha servido incluso para calcular PIB, que es tan difícil de calcular. Cómo aporta una industria cultural por el hecho de que se considera que los artistas son sectores que, digamos, parasitan productos materiales de la sociedad y se dedican a la derivación, que la cultura occidental le dio el concepto aristotélico de producción, que es poiesis, ya no visto como productividad, sino como la antítesis de la productividad, que es la poesía que hacen los ociosos, o igual que la literatura que hacen los ociosos, la pintura que hacen los ociosos, y las actividades no productivas que corresponderían al mundo del pensamiento, el arte y la cultura. Lo que esta Cuarta Revolución ha hecho es destruir esta categorización e incorporar la noción de producción de tal manera que ella se ha extendido al conjunto de las personas que están integradas a los ecosistemas digitales. Un teórico norteamericano, Jeremy Rifkin, quien es futurólogo, creó un neologismo hace unos ocho o diez años, prosumer, que significa el productor que es consumidor. Muchos jóvenes de menos de 30 años se han enriquecido subiendo producciones virales a YouTube. Hay una profesión nueva que es la del influenciador: un muchacho que se filma él mismo y que hace mimesis original, tiene estilos de vida, estilos de hablar, estilos de vestirse, y después, este influenciador, es contactado, si es un chico que hace piruetas, por ejemplo, en internet, y tiene menos de 20 años, por una multinacional como Adidas o como Nike para que se ponga sus zapatos, y recibe varios millones de dólares por ser una vitrina digital de la venta de este tipo de servicios. Hace dos años hubo una feria del libro en Bogotá, en la que un muchacho chileno de apellido Garmendia, vino y fue el éxito total de la feria contra todos los adultos que considerábamos que lo que hacía ese muchacho era absolutamente basura, pero que vendió mucho más que los que venden filosofía, y los mayores nos dimos cuenta de que había una revolución disruptiva también en relación con esta idea de que los jóvenes no leen, y de que los que leemos somos los mayores. Ellos leen otra cosa, qué es distinto.

Entonces, una de las grandes transformaciones que está produciendo está revolución de última generación, es repartir de nuevo la baraja de lo que es productivo y de lo que no es productivo. Sin pensarlo mucho, los que vienen hablando de industrias culturales tenían toda la razón: es tan productivo Barrio balet, Ensálsate, Delirio, o la ópera de Nueva York, como una fábrica tradicional. Entonces hay una nueva poiesis que ha puesto la capacidad de digitalizar la producción descentralizandola reticularmente. Un invento muy importante en este esquema es la impresión 3D, que está revolucionando los procesos productivos. La impresión 3D va a reticularizar los sistemas de producción que estaban concentrados en la planta fabril. Hay todo un proceso de descentralización, de volver reticular la producción, que tiene un efecto transformativo formidable sobre la riqueza, sobre la producción y sobre las fronteras que se están disolviendo las fronteras entre las distintas disciplinas o entre los distintos oficios.

Entro al tercer tema que quiero tratar. ¿De qué estamos hablando cuando hablamos de posthumanismo y transhumanismo? En el post humanismo fundamentalmente de lo que se está hablando es de ir más allá de lo humano biológico, e incluso, de lo humano intelectivo construido por los seres humanos. Estamos creando un mundo post humano en el que el foco principal es la Inteligencia Artificial, la cual se ha configurado en términos de lo que los franceses llaman muy bellamente numeración – digitalización en español – , y es todo este esquema que arrancó con los expertos en cibernética en los años 40 y 50 con los lenguajes binarios, que luego se fueron sofisticando, que permitieron hacer una configuración de metalenguajes y de nuevas gramáticas constructivas sociales, que ya aun cuando producidas por los seres humanos, no las controlamos. Es un poco la enajenación hegeliana puesta en otro plano. El hombre produce algo sobre lo cual después siente extrañamiento, y sobre lo cual hay una pérdida ontológica, una pérdida muy fuerte en la medida en que la Inteligencia Artificial, con el internet de las cosas y con los desarrollos de la última generación de aquella, están llegando a lugares de autopoiesis de la Inteligencia Artificial, sin la intervención del que desencadenó como causa primera esta inteligencia: los seres humanos.

Foto: https://www.kenos.com.mx/la-evolucion-la-inteligencia-artificial-kenos/



Son transformaciones muy importantes que se están dando, que van más allá de lo humano por el impacto tan grande que tiene la Inteligencia Artificial, y que vuelven muy razonables las pesadillas literarias de Asimov. La segunda revolución, que llamamos transhumanismo, va en otra línea aun cuando se basa en las mismas estructuras científicas: es la posibilidad hecha realidad de que los seres humanos modifiquemos la vida. Esto no es algo nuevo. La genética fue inventada a finales del siglo XIX. El soldado universal de la película ya existe. Los soldados norteamericanos que están en Irak y en Afganistán, por ejemplo, tienen microchips con la información de toda su historia clínica, de tal suerte que si les pasa algo, en tiempo real no tienen ninguna necesidad de recurrir a la distancia o a la deslocalización para trabajar en sistemas de información. El transhumanismo es probablemente lo que más nos preocupa porque implica éticamente la posibilidad de hacer eugénesis, y la eugenesia está en curso.

Quiero cerrar con una reflexión conceptual. ¿Qué hay detrás epistemológicamente hablando? El triunfo de un pensador húngaro de los años 40 y 50, Imre Lacatus, quien popularizó lo que llamaron Programa de la Ciencia Social o de la ciencia unificada. Muchos autores reconocidos son los apóstoles de esta teoría, que es la capacidad que tiene la ciencia de integrar el conocimiento cierto, predecible, pronosticable, y no solamente el hipotéticamente construido. En esto el Big Data juega un papel fundamental. Hoy en cualquier campo, aún en los administrativos, hay datos que se pueden usar para parametrizar, y se puede tener información real, se puede hacer modelación y se puede hacer anticipación. Esto está rompiendo absolutamente las fronteras entre las ciencias naturales y exactas, y las ciencias sociales inexactas, por un paradigma integrador y convergente sobre el cual yo creo que es muy importante reflexionar desde la filosofía, la epistemología y desde cada una de nuestras disciplinas. Me parece fundamental abordar esta discusión desde todos los campos del conocimiento. La gran convergencia epistémica es la gran disrupción que el post humanismo y el transhumanismo nos presentan como desafío, no sólo en la teoría, sino en la vida cotidiana, a los seres humanos del siglo XXI.

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