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La soledad de un patio 

Acaba de aparecer el libro “Los fantasmas felices”, de Ignacio Ramírez, creador del periódico cultural “Cronopios”. Publicamos uno de los textos de este repertorio de crónicas, suerte de “depósito de fantasmas” en el cual “Nacho” habla de su fantasmagoría personal y de presencias ausentes como Italo Calvino, Henry Miller, R. H. Moreno-Durán, Arturo Álape, Manuel Zapata Olivella, Enrique Buenaventura y Héctor Rojas Herazo, quien el próximo noviembre cumplirá cinco años de estar entre los alegres fantasmas. “Los fantasmas felices, un libro tardío de Ignacio Ramírez protagonizado por los cronopios que estuvieron en el Fandango y  la francachela de todas las calaveras”. 

Por Ignacio Ramírez/ Director de Cronopios 

A las exequias del maestro Héctor Rojas Herazo, en la vieja iglesia de Santa Ana, en el vetusto sector de Teusaquillo, en Bogotá, asistieron 36 personas, contando al cura, que entre otras cosas rezaba con un sonsonete tan voluminoso y afectado, que la liturgia –más que sepelio—hubiese parecido una rezagada obra del aún latiente Festival Iberoamericano de Teatro, si no fuese porque las señales y garabatos del habitante de la caja de madera nos recordaban al puñado de asistente, que ese era el tránsito que más temía este singular ser humano dotado del don de la palabra y ungido por el de la luz.

Entre los 36 dolientes estaban los que eran: los poetas Fernando Charry Lara, Henry Luque Muñoz, Juan Manuel Roca y Felipe Agudelo, y los narradores José Stevenson, Rafael Espinosa, Jairo Mercado y Milcíades Arévalo. Los hijos del maestro, por supuesto: Patricia y sus hermanos. Familiares y amigos, como se dice en estos casos; uno que otro curioso, una viejita visiblemente apabullada por el peso de todos los años de la creación, encorvada, apoyada en su bastón de palo y de tan lento y esforzado caminar, que para poder estar en el atrio a la salida del patriarca, tuvo que devolverse del altar desde el momento en que el sacerdote de la memorable voz comenzaba el ceremonial de la eucaristía.

Mi hija Karmen y yo. Y nadie más, porque los funcionarios de la funeraria se quedaron afuera hablando de la vida mientras adentro se cumplía el rito religioso de la muerte. Nadie más. Ni el Presidente de la República, ni la Ministra de Educación, nadie del Ministerio de la Cultura, ni algún reconocido funcionario de cualquier nivel que por lo menos hubiese hecho acto de presencia de Estado en un momento tan trascendental como éste del entierro de una de las más grandes glorias literarias que ha tenido el país en todo el transcurso de su historia.

Seis meses atrás, por pura casualidad me correspondió ser testigo en Guadalajara, México, de la auténtica conmoción y duelo nacional que se dispararon súbitos, como por arte de Patria, cuando se supo la noticia de la muerte del escritor Juan José Arreola: las emisoras de radio y de televisión interrumpieron sus programas para comunicar la novedad y desde entonces permanecieron en transmisiones en vivo y en directo, no solo para divulgar la ocurrencia del triste suceso, sino también para rendir homenaje consecuente con la importancia del personaje ausente. Luego, durante los dos días completos, hubo luto real en todo México: desde el altísimo Presidente hasta el más chaparro de los chavos, enterados y condolidos, porque allá, con todos sus avatares y conflictos, saben cuánto le aportan a su tierra los hombres y mujeres de planeta. El entierro de Arreola congregó una multitud que no cabía en varias cuadras a la redonda de la iglesia.

Aquí, silencio, indiferencia, ausencia, cinismo sin vergüenza. Ignorar de semejante forma tan irrespetuosa como cándida la ausencia de un artista tan importante y que tanto prestigio y admiración le deja como legado intelectual a Colombia, es por lo menos un absurdo despropósito, que de manera protuberante y vergonzosa refleja en qué consiste nuestra cultura oficial: inoficiosa burocracia para el gasto de sus roscas y sus politiquerías.

Menos mal, a la hora de la verdad: la dignidad de un hombre tan valioso y altivo como el universal maestro de Tolú está en sus obras, quedó en sus actitudes, en su renuencia a la precaria fama, en su consagrada actividad de artista, de aquellos que si bien saben que en esta situación sombría los encargados de manejar la cultura son los más incultos, también rescatan desde su silencio el porqué “desde la luz preguntan por nosotros”.