Reportaje – Vinimos porque está en riesgo la vida

“Vinimos porque está en riesgo la vida”
El abrazo de la Minga Indígena a Cali

Entre el 1 y el 12 de mayo de 2021, como expresión de apoyo y solidaridad, la Minga Indígena acompañó a los manifestantes de la ciudad de Cali en el marco del Paro Nacional declarado desde el 28 de abril. La Minga es un llamado al trabajo colectivo: el acto de reunirse para transformar.



Por: Julieth Narváez
Maestra en Ciencias Antropológicas, UAM Iztapalapa.
Psicóloga, Universidad del Valle





En medio de los episodios más violentos que ha vivido la ciudad de Cali en el último siglo, cuando empezaban a circular reportes de jóvenes asesinados y desaparecidos durante las protestas del Paro Nacional iniciado el 28 de abril de 2021, las comunidades indígenas del Cauca convocaron una minga en apoyo a las protestas que inicialmente se opusieron a la Reforma Tributaria y que ahora completan un mes de movilizaciones constantes que reclaman la vida digna.

La Minga Indígena vino a Cali pese a las múltiples expresiones de racismo que surgieron desde un sector de la sociedad caleña, y que estuvieron alentadas por declaraciones como las de Iván Duque en las que convocaba a las comunidades indígenas del suroccidente a retornar a sus resguardos para “evitar confrontaciones violentas con los ciudadanos”.

Decidieron desplazarse hacia la ciudad, aun cuando desde las urbes suele darse la espalda a los conflictos rurales y a la violencia constante a la que son sometidas las comunidades indígenas, azotadas por el despojo de tierras, el narcotráfico, el paramilitarismo y la minería que socava sus territorios ancestrales.

El encuentro de la Minga y los manifestantes de los distintos puntos de concentración extendidos por la ciudad materializó la reunión de dos periferias: la urbana y la rural, condenadas a las mismas prácticas de precarización y negligencia por parte de las instituciones del Estado, y víctimas ambas de la exclusión y estigmatización ejercida desde los sectores económica y culturalmente dominantes.

El cinco de mayo la Minga Indígena hizo presencia en Puerto Resistencia, uno de los puntos emblemáticos de la movilización en Cali no solo por la enorme participación y el nivel organizativo de la comunidad, sino porque representa un lugar de encuentro entre la ciudad integral y el oriente —un corredor urbano históricamente arrinconado a la vida precaria y a la falta de oportunidades—. El encuentro con Puerto Resistencia y con los distintos puntos de concentración significó un acto pedagógico de solidaridad, un intercambio importante de saberes y experiencias de movilización, y un abrazo a Cali, que para la primera semana de mayo ya completaba una docena de asesinatos.

Sin embargo, la llegada de las comunidades ancestrales, además de fortalecer la movilización social en las ciudades, es un recordatorio de que existe una realidad ignorada desde las urbes. La presencia que hacen tanto las comunidades indígenas en la ciudad, como los habitantes del oriente y las laderas en los diferentes puntos de concentración para visibilizar sus necesidades y exigencias, perturba la cotidianidad y causa repudio por parte de un sector social que ha preferido guardar silencio y dar la espalda.

La indiferencia y el odio que se expresa en declaraciones como las del director del partido conservador, quien aseguró en un tuit que los indígenas “salen de su hábitat natural a perturbar la vida ciudadana”, o los señalamientos proyectivos del presidente de Fedegan que los llamó “los grandes privilegiados”, surgieron en conjunto y avivaron las múltiples manifestaciones racistas de la autodenominada “gente de bien” en Cali.

Lo que inició con el rechazo a la intervención realizada por el pueblo Misak a la estatua de Sebastián de Belalcazar, alegando la ilegitimidad de los indígenas en la ciudad de Cali, se convirtió en gritos que demandaban el retorno de las comunidades a sus territorios, y más tarde, en un tiroteo protagonizado por civiles armados que, ante los ojos de la Policía y desde camionetas de alta gama, dispararon contra la Minga el 9 de mayo, dejando un total de diez heridos.

Pero la Minga no retrocedió. “Vinimos porque está en riesgo la vida”, declaró Aída Quilcué, una de las voces del proceso, ante un reportero de France24. Atendiendo al llamado, alrededor de cinco mil indígenas nasas, yanaconas, inganos, coconucos, entre muchos otros, acudieron a Cali por cerca de diez días para acompañar los diferentes puntos de concentración. Trajeron consigo manos para el trabajo, alimentos para compartir y la protección de la Guardia Indígena, que intentó cumplir con las tareas omitidas y obstaculizadas por la fuerza pública: velar por el bienestar de los manifestantes.

El 12 de mayo la Minga decidió retornar al Cauca para dar continuidad al Paro Nacional desde su territorio. En el punto de concentración de la Luna, Beatriz, de 51 años, que nunca había participado de movilizaciones sociales, los despedía gritando “¡Gracias! ¡Gracias!”. A su voz se sumaban las de otras mujeres, que recibían las bolsas de plátano arrojadas desde las chivas y entregadas por los indígenas a los manifestantes. La visita de la Minga fue referente de trabajo colectivo y organización para los jóvenes que han sostenido los puntos de concentración durante casi un mes. “Todos los días aprendemos”, dice Felipe, del punto de Samecombate. “Nos equivocamos y aprendemos. También estamos en minga”.




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