Reportaje – La soledad de Nariño

La soledad de Nariño

Por su posición estratégica, por su intricada geografía, por el abandono estatal y por la pobreza de sus gentes, con una importante parte de la población compuesta por indígenas y afrocolombianos, el departamento de Nariño devino en teatro principal de la guerra contra las drogas.


Por: Fernando Guerra Rincón
Economista, Magíster en Estudios Políticos




Nariño es el departamento de Colombia que más área sembrada tiene de cultivos de coca con 42.627 hectáreas.
Foto: https://www.semana.com/nacion/articulo/magui-payan-en-narino-alerta-por-una-posible-masacre/548863


Al gobernador de Nariño Camilo Romero, le tocó en suerte administrar un territorio de inmensas potencialidades pero de enormes conflictos, ubicado en muy importante porcentaje, en el Chocó biogeográfico, una región de la América Tropical, un abigarrado mosaico de ecosistemas formado a lo largo de la historia geológica que cuenta con llanuras y formaciones selváticas y que por su alta pluviosidad produjo una de las hidrografías más impresionantes de la geografía americana, que alimenta las cuencas de los ríos Mira, Mataje, San Juan de Micai, Putumayo, Napo y el río Patía, con sus ocho cuencas particulares que conforman los ríos Mayo, Juanambú, Guáitara, Telembí, Magüí, Patía Viejo y medio.

Nariño tiene una posición geoestratégica privilegiada al ser la frontera de Colombia con Sur América y el Mar Pacífico y que el Plan de Desarrollo del Departamento 2016-2019 define como Nariño, corazón del mundo y que en sus 33.268 kilómetros cuadrados, alberga la cuenca binacional del Mira-Mataje y la del río Patía, que en la Hoz de Minamá corta la Cordillera Central para buscar su tránsito hacia el mar del Pacífico como constituyentes del Chocó biogeográfico. Estas cuencas han formado sistemas estuarinos en donde se localiza el ecosistema de guandal más importante de Colombia, con una extensión de 130.000 hectáreas; y de manglar, ocupando una extensión de 150.000 hectáreas, que representan el 53% del total del país.

Un verdadero regalo de la naturaleza para el negocio del narcotráfico ante el abandono estatal y su falta de copamiento permanente del territorio. El narcotráfico lo único que necesita es naturaleza cruda, como es el estado actual de la generalidad del territorio del Pacifico colombiano, donde solamente dos carreteras llevan al mar de Balboa, Cali-Buenaventura y Pasto-Tumaco. La red vial terciaria del departamento de Nariño, que comunica el interior de las cabeceras municipales y sus zonas rurales, clave para que el programa de sustitución de cultivos, en uno de sus componentes, el acceso a los mercados, tenga alguna posibilidad de éxito, es realmente precaria. Los princípiales déficits se encuentran en las subregiones de Telembí, Pacífico Sur y Sanquianga, en donde las condiciones de conectividad y la baja cobertura de la red vial generan altos costos de carga, de pasajeros y mixto.

Por su posición estratégica, por su intricada geografía, por el abandono estatal y por la pobreza de sus gentes, con una importante parte de la población compuesta por indígenas (10.28%) y afrocolombiana,(18.8%) el departamento de Nariño devino en teatro principal de la guerra contra las drogas, donde el crecimiento del paramilitarismo y las acciones lideradas por las Fuerzas Armadas, obligó a la guerrilla a un repliegue a zonas de dominio en el sur del país y a la redefinición de los centros de producción y las rutas de comercialización de la droga haciendo que desde mediados de los noventa Tumaco se convirtiera en corredor vital de las rutas del narcotráfico, con Buenaventura, al tiempo que los cultivos de coca y laboratorios se trasladaron a la cordillera occidental y a la Llanura del Pacifico nariñense.

Como todas las fronteras del país, la de Colombia con Ecuador es presa de un abandono secular. Tumaco es Nariño en el Pacifico y sus poblaciones en esta subregión, con 80% de NBI, Mosquera, Olaya Herrera, la Tola, El Charco, Santa Bárbara, Francisco Pizarro, constituyen un retrato calcado de Haití en Colombia. Miseria, hambre, orfandad, abandono, inseguridad, constituyen su diario vivir. Ante esa situación de precariedad absoluta siembran coca. Camilo Romero dice que Ecuador nos estaba ayudando a construir la paz y le respondimos con guerra. El hermano país nos sufre.

El vertiginoso aumento de los cultivos de uso ilícito promovió la transformación del territorio e introdujo nuevos actores y prácticas en la dinámica social y económica del departamento. Nariño es el departamento de Colombia que más área sembrada tiene de cultivos de coca con 42.627 hectáreas, de las cuales solo Tumaco y su área de influencia de la Balsa, Llorente, Guayacana, Restrepo responde por 23.148 hectáreas, según el Simci. Igualmente, el 65% del área sembrada de amapola está en este departamento.

El ciclo de la bonanza minera se convirtió en una importante fuente de recursos de financiación de estas actividades ilícitas y su control en un fuerte incentivos para la violencia en busca de su control territorial. En consecuencia, el desplazamiento forzado se convirtió en una acción selectiva y planificada para el control del territorio, afectando prácticamente a toda la población: mujeres, niños, niñas, adolescentes y adultos mayores. Los jóvenes han sido carne de cañón de las bandas armadas. Sin oportunidades reales, sin trabajo, sin educación, su fuente de ingresos son los ejércitos irregulares que actúan en la zona. Con la llegada del paramilitarismo, el enfrentamiento entre las guerrillas y las Fuerzas Armadas del Estado y la aparición de Bandas Criminales (BACRIM), el número de víctimas del conflicto armado ha crecido notablemente.

Como era previsible, dada el comprobado fracaso de la guerra contra las drogas, en Colombia se complicaron todos sus elementos: El incremento del área sembrada de matas de coca se estima en más de 209.000 hectáreas con una producción potencial del alcaloide de 921 toneladas. El incumplimiento del gobierno a las necesidades económicas de la financiación del posconflicto que requiere de un verdadero Plan Marshall no tiene horizonte en el marco de las concepciones prevalecientes de la austeridad económica. Planeación Nacional cree que es un asunto marginal y el Banco de la Republica no lo tienen en su prioridad. Los planes de desarrollo con enfoque territorial funcionan lánguidamente. La reforma agraria integral no se ve por ninguna parte, punto nodal del acuerdo del Teatro Colón.



Manglares en Nariño. Fuente: Plan de desarrollo departamento de Nariño.2016-2019.

Foto: http://xn--nario-rta.gov.co/inicio/files/PlanDesarrollo/Plan_De_Desarrollo_Nario_corazn_Del_Mundo.pdf



Por eso a Juan Manuel Santos, el desarme de las FARC, que no es la paz, se le está yendo como agua entre los dedos. La que es quizás su mejor obra de gobierno, se deshilvana en las estrecheces que impone las rigideces del entramado financiero internacional y en sus propios errores e inconsecuencias. El persistente aumento de las filas de la denominadas disidencias de las FARC, aunado a la presencia de carteles mexicanos y brasileños que le agrega un elemento muy delicado a esta guerra inútil pero cruenta, está incrementando la violencia urbana en las ciudades de su área de influencia: Tumaco, Pasto, Buenaventura, Cali, Medellín y en las regiones cocaleras donde la inconformidad social y al inseguridad están a la orden del día como en el Catatumbo, Arauca, Guaviare, Caucasia, Cáceres, Argelia, la región del Naya, la Delfina, el sistemático asesinato de líderes sociales en las zonas de conflictos, todo en presencia de una de las operaciones militares más grande que haya emprendido el ejército nacional en su historia, a raíz del secuestro y posterior asesinato de los tres periodistas ecuatorianos que conmociono al vecino país. Dos ejércitos nacionales no logran capturar a Guacho.

Lo que vive actualmente el país y el Pacifico no es la paz, es una guerra de baja intensidad con tendencia a agravarse y particularmente en Nariño, donde, según su gobernador, se libra una nueva guerra. Ante este dramático estado de cosas al gobierno saliente y al entrante no se les ocurre otra salida, para complacer a Washington, que recurrir a la inútil pero peligrosa fumigación con glifosato utilizando drones, práctica, la aspersión área, que lleva en el país tres décadas de aplicación, sin éxito. En ese espacio de tiempo se han asperjado más de 1.800.000 hectáreas en el territorio nacional. Resultado: 209.000 hectáreas sembradas de coca, el mayor productor del mundo.

Los cultivos que van a fumigar están escondidos entre matas de plátano, yuca y arboles con el agravante de que debajo de estas plantas pasan riachuelos o existen nacederos de agua dulce. El perverso ejercicio gira contra la coca y contra la vida en todas sus manifestaciones. El único perjudicado con esta estrategia son los campesinos de las regiones cocaleras, el eslabón más débil de la cadena. En vez de soluciones desde el Estado les llueve la guerra. El nuevo gobierno va hasta por los auxilios ofrecidos a los campesinos que se comprometieron con la sustitución voluntaria. Sus áulicos dicen que son subsidios perversos. Los campesinos no se van a dejar quitar su única fuente de sustento.

El único, que hace oír su voz clarividente contra el actual estado de cosas es el gobernador de Nariño: “Si van a insistir con fumigaciones, se los digo de una vez, les a pasar lo que ya les pasó, van a tener incremento de los cultivos ilícitos porque no han resuelto el problema fundamental. Aquí hay que entender que se requiere una salida estructural ante un problema social y no exclusivamente criminal. Creer que hay una culpabilidad en quienes están dedicados a la siembra y no se habla de manera integral de quienes consumen ha conducido a que la política antidrogas haya fracasado a nivel global”.

Nariño está realmente solo en esta difícil coyuntura de la nación. Los esfuerzos del Gobierno Nacional son asaz insuficientes para la magnitud del desafío y los requerimientos financieros del posconflicto en el departamento. Los denodados esfuerzos del ejército nacional de devolver la tranquilidad a la región y acabar con el narcotráfico se estrellan contra el muro de la probada ineficacia de la política antidroga que obedece a los intereses de Washington y no a las necesidades reales del país. En el norte consumen. Nosotros nos desangramos, el país se disuelve. Cuando las políticas son equivocadas, y este el caso, los problemas no se solucionan, se profundizan.

Lo que se avecina entonces es una incremento de la violencia en todo el país y especialmente en el pacifico colombiano, con la nefasta consecuencia de que los esfuerzos de paz naufraguen en el decálogo prohibicionista del nuevo gobierno que piensa vedar hasta la dosis mínima.

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *