Perfil – Rubem Fonseca. El maestro del anonimato

Rubem Fonseca
El maestro del anonimato

En medio de la crisis, el mundo literario dice adiós al misterioso hombre que revolucionó las letras brasileñas a través de la novela negra. Rubem Fonseca, el autor de Agosto, murió el pasado 15 de abril, a solo 25 días de cumplir 95 años. Sumergirse en su obra es conocer la vida de un escritor destinado a romper estándares.


Por: Natalia Candado López
Estudiante de Lic. en Literatura




Rubem Fonseca (1925 – 2020), escritor brasileño.
Foto: https://www.latercera.com/culto/2020/04/15/violento-y-criminal-muere-rubem-fonseca-el-gigante-de-la-narrativa-de-brasil/


I.

Su vida fue tan misteriosa como su obra. A pesar de ser uno de los autores más importantes de la literatura portuguesa en la segunda mitad del siglo XX, es poco lo que se conoce sobre la intimidad de Rubem Fonseca. Este, a diferencia de gran parte de sus colegas, optó por crear desde el anonimato, negándose a ser concebido como una figura pública o celebridad. Según Romeo Tello Garrido, uno de sus primeros traductores, Fonseca despreciaba la fama. Así se lo expresó durante una corta entrevista en algún café de Ciudad de México: “Él mismo me comentó que John Updike le había dicho alguna vez que la fama es como una máscara que los hombres suelen ponerse, y que resulta peligrosa porque devora el rostro original, le impone gestos, niega la identidad de quien se la ha echado encima”. Así pues, Rubem Fonseca estaba convencido de que los autores debían alzar la voz únicamente a través de sus libros. Por tal motivo, plasmó sus vivencias sin darle cabida a ningún decoro.

Proveniente de una familia de campesinos portugueses, Rubem “El Flaco” Fonseca, como lo llamaban sus colegas y allegados, nació el 11 de mayo de 1925 en Juiz de Fora, Estado de Minas Gerais. Sin embargo, teniendo ocho años se mudó a Río de Janeiro, lugar donde residió hasta el día de su muerte. A pesar de la escasez de datos, examinar la biografía de Fonseca es dejarse llevar por un camino de sorpresas que conduce innegablemente a la justificación de la tenacidad de su obra.

En 1948 obtuvo el título de abogado en la Universidad Federal de Brasil; un par de años después fue nombrado comisario o juez de paz en las oficinas del 16° Distrito Policial de San Cristóbal. Gracias a su impecable trabajo, obtuvo una beca brindada por la Fundación Getúlio Vargas para cursar estudios en psicología, luego fue nombrado docente de esta área en la Escuela de Policía. En 1953 fue enviado a Estados Unidos junto a nueve compañeros, allí obtuvo el título de especialista en administración de empresas por la Universidad de Nueva York. Un año después, a su regreso, se desempeñó como abogado litigante defensor de mulatos pobres y excluidos, condenados injustamente por su condición social. Eso explica, en cierta medida, su habilidad para ahondar en el mundo marginal y tomar como propio el lenguaje grotesco, capaz de transmitir al lector un significado profundo, dándole poder a las acciones a través de las palabras. De este modo, es posible afirmar que, observando de cerca la corrupción y la violencia de la sociedad brasileña, el autor aprendió en las calles, como dice Tomás Eloy Martínez en su texto El narrador del mal, los laberintos de las intrigas criminales.

Hacia 1960, luego de haber sido exonerado dos años antes de su cargo policial, Fonseca trabajó como alto ejecutivo en la multinacional de energía Light. Durante su estancia en la compañía, colaboró con la supervisión y escritura de guiones para las propagandas del Instituto de Pesquisa e Estudos Sociais, integrado por personalidades de extrema derecha, quienes buscaban derrocar el Gobierno institucional socialista de João Goulart (1961-1964). Dicho acto hizo parte de los primeros episodios desatados por la Guerra Fría en América Latina. De esta manera, Rubem Fonseca no solo apoyó el golpe de Estado, también fue uno de sus principales artífices.

El desarrollo de estos sucesos coincidió con la publicación de los primeros libros del autor. Algunos como Feliz año nuevo (1975) y El cobrador (1979), donde Fonseca empezaba a plasmar de manera contundente, a través de la reinvención del lenguaje marginal, su descontento frente a la violenta e injusta realidad de la metrópolis, fueron víctimas, paradójicamente, de la censura impuesta por la dictadura de Ernesto Geisel, tras ser consideradas obras que atentaban contra la moral y las buenas costumbres. El senador Dinarte Mariz, uno de los tantos denunciantes de cuello blanco, sentenció: “Lo que leí me espantó, me puso los pelos de punta; es pornografía del más bajo nivel, no hay página en que no se vean los rincones más oscuros del país… Además de ser censurado, el autor debería ir preso”. No obstante, la prohibición atrajo el reconocimiento; fue así como los lectores consideraron a Rubem Fonseca, según Harold Alvarado Tenorio, “como un escritor opositor a la dictadura y víctima del régimen que él mismo había ayudado a instaurar”. De ese modo, el creador de El caso Morel (1973) “supo ocultar sus viejas adhesiones a la derecha y terminó inclinándose, en brazos del fementido mundo que odian sus personajes, e incluso, fue presentado ante Fidel Castro como el comandante Fonseca” (El Nacional, 2020).


El 29 de noviembre de 2003, luego de recibir de manos de Gabriel García Márquez el ya extinto Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, Rubem Fonseca confesó (…) haber escrito su primera novela teniendo apenas 18 años.
Foto: https://elpais.com/cultura/2020-04-16/muere-rubem-fonseca-el-cuentista-por-excelencia-de-la-realidad-brasilena.html


II.

El 29 de noviembre de 2003, luego de recibir de manos de Gabriel García Márquez el ya extinto Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, Rubem Fonseca confesó, esforzándose para que su “portuñol” fuera inteligible, haber escrito su primera novela teniendo apenas 18 años. Sin embargo, las fuertes críticas de un editor lo llevaron a abstenerse de escribir y concentrarse en la lectura a lo largo de dos décadas. “La única manera de aprender a escribir es leyendo y leyendo y leyendo”. Por este motivo, su primer libro, Los prisioneros, una antología de diez cuentos, no vio la luz hasta 1963.

Como mencioné con anterioridad, la obra de Fonseca fue impulsada por la censura. Así, tras remover sus libros de todas las bibliotecas del país, su literatura se propagó de boca en boca y a través de réplicas, llegando a los lugares más recónditos de Brasil. Del mismo modo, gracias a las traducciones de la editorial Cal y Arena, sus textos empezaron a ser leídos en el resto de Latinoamérica.

Desde la aparición de Los prisioneros, Rubem Fonseca fue considerado un escritor con destreza, creador de una prosa seca y contundente, utilizada con el fin de representar temas repulsivos y sugerentes que varían entre la realidad asesina y la crueldad extrema, entre la profusa agresión de la burguesía y la incisiva violencia de la miseria. Ahora bien, la ferocidad de su obra reside en el manejo preciso y corrosivo del lenguaje marginal, erótico y vulgar proveniente de una sociedad en ruinas, desolada por la doble peste de la violencia y la indiferencia moral. Fonseca no pensó dos veces antes de plasmar la realidad de la naturaleza humana sin omitir detalle alguno de la crudeza que la caracteriza; en sus textos no hubo miedo ni eufemismos, pues para él, su deber como autor era contar lo que otros no se atrevían a mostrar.

Sus personajes: prostitutas, abogados, asesinos, policías, narcotraficantes y escritores, forman parte de una civilización desquiciada donde, parafraseando al periodista colombiano José Ángel Báez, los buenos tienen antivalores y los malos poseen valores, como el asesino que lee a Flaubert y por principios no mata mujeres, niños y enanos. Cada uno está cobijado bajo una verdad absoluta: todos son hijos de un mundo sin Dios, donde la justicia es un privilegio exclusivo de la burguesía. Ahora, pese a la crueldad del universo que habitan, ninguno se ve absorto ante la nostalgia. Por el contrario, aceptan con entereza lo irreversible de la perdición y se dejan arrastrar por el irresistible impulso del mal.

Fonseca llama a la realidad por su nombre, exponiendo mediante los personajes, una sociedad estereotipada que sobrepasa todos los límites de la violencia. Sin embargo, aunque la trama principal de sus textos esté basada en asesinatos, policías y laberintos criminales, el autor entrega al lector una historia de trasfondo intelectual o científica. Esto le permite acercarse a su verdadera hazaña literaria: la revelación de las oscuridades de la condición humana.

El talento literario de Rubem Fonseca solo conoció una limitación: la incapacidad de escribir poesía. El escritor de la descomposición social, como fue denominado en alguna ocasión, creó más de treinta obras entre cuentos, novelas, crónicas, memorias, ensayos y guiones, producto de medio siglo dedicado enteramente a la escritura. Según el teórico francés Edmond Cros, su obra contribuyó decisivamente a la renovación de la prosa narrativa, pues “introdujo un modo de contar que aprovecha y reelabora formas provenientes de la literatura popular como la novela negra, pero también las de la novela política, la social, la existencial y la erótica”.

Durante su carrera fue merecedor de diferentes galardones, entre ellos el Premio Pen Club de Brasil y el Camões, considerado el Nobel de la lengua portuguesa, además de obtener el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. A pesar del éxito, Rubem Fonseca rehuyó al reconocimiento otorgado por su grandeza y hasta el último día se mantuvo oculto tras las innumerables boinas y lentes oscuros que le proporcionaban tranquilidad al caminar por las calles de Río.

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