Perfil – Joaquín Arteaga: el bastión tromboranguero

Joaquín Arteaga: el bastión tromboranguero



Por: John Alexander López
Estudiante de Filosofía, Univalle




Joaquin Arteaga, percusionista venezolano, creador y bandleader de la orquesta Tromboranga.
Foto: Cortesía Joaquin Arteaga.


Al bajarse del avión no se detuvo a contemplar los tonos marrones de Barcelona, dejó sus cosas en un cuarto de alquiler, solicitó un aula de estudio en el conservatorio L’aula para seguir practicando los movimientos de percusión. Los demás músicos que se refugiaban en tazas de café y ensayos de treinta minutos quedaron alucinados viéndolo dedicar más de seis horas seguidas sin descanso, sin aire acondicionado, encerrado en su propio sudor que evoca el calor de su natal Caracas y los veranos con su familia en Margarita y Cumaná.

Joaquín Arteaga es un hombre metódico, inquieto y de largo aliento. Su primer acercamiento a la música fueron las vibraciones del bajo de Oscar D’León y los trombones de la Dimensión Latina retumbando las paredes de su casa. No existía Youtube ni video tutoriales para aprender a tocar las congas y el timbal, la mejor cátedra eran las presentaciones de las orquestas en vivo que memorizaba y consignaba en un cuaderno de apuntes para darle alcance a un saber que a los músicos de viejas épocas les queda corto enseñar. Su paso por la fundación Biggot le permitió comprender la música de manera orgánica, gracias a los profesores nativos de distintas regiones del país que impartían clases de guitarra, canto y percusión tradicional. A los 16 años, en un viaje de intercambio a Nueva York y en la casa de un amigo con quien practicaba la batería, conformó un pequeño grupo que le permitió expandir sus conocimientos y hacer lo que realmente le llenara, además del ritmo de una vida sin pausa que le ofreció la Gran Manzana alrededor de dos años.

De regreso a su tierra estudió arquitectura, carrera que dejó a medio camino porque le pudo más el impulso de la música y los días intensos de martes a domingo que alternaba entre salsa, merengue, rock, reggae y en sitios de nombres frenéticos: Patatús, Habané, Weekend, a tocar como fuera, donde fuera y con quien fuera.

El nacimiento de Tromboranga

Joaquín siempre quiso tener una orquesta de trombones, pero más que cualquier músico, necesitaba buscar a la persona que le generara confianza. En ese entonces grababa las canciones de Bloque 53, una orquesta con formato tipo sexteto con vibráfono. El ingeniero de sonido le recomendó a un trombonista recién llegado de Venezuela, Vladimir Peña, que tocaba de todo y a todo mundo conocía. Después vino otro compatriota, Freddy Ramos, cantante y diestro guitarrista que junto a Diego Coppinger, un veterano sonero cubano, formarían una poderosa dupla vocal. Entre los demás músicos, algunos de España, también se sumaría la cuota colombiana: el pianista búcaro Rafael Madagascar y el bajista caleño Felipe Varela. Ese conjunto de nacionalidades, experiencias e inquietudes, dieron origen en el 2011 a Tromboranga, que en su esencia representa la semblanza de las orquestas de los años 70, un sonido crudo, contundente y bailable. Sus primeros temas, “Humildad”, “Conmigo te quedarás” y “Agua que va a caer”, fueron éxitos que se regaron de forma accidental en un mensaje con destinatario equivocado, un DJ de Holanda que terminó difundiéndolos por todo Países Bajos. Los melómanos y programadores creyeron que se trataba de una de esas orquestas viejísimas y raras de encontrar cuando apenas se grabó hace una semana. Al mes ya le estaban preguntando por el álbum completo, al que le sumó los temas “Te provoca”, “Amigo el ratón” y “No quiero trabajar”, un tema que fue criticado por los españoles mientras el país vasco atravesaba su segunda recesión económica entre el 2008 y el 2014.

“Cada quien enfoca las canciones y los temas, depende del punto de vista desde donde se le vea. Es curioso. Eso me pasa mucho con los soneros, cuando yo escribo un tema y se los paso, y mientras lo cantan la cosa no tiene nada qué ver con lo que estoy planteando en el tema, y la cosa se va para otro lado”, señala Arteaga, procurando que cada producción de la orquesta sea redonda; meterle una guaracha, una descarga, un mambo y cerrar con una pachanga. La guaracha es su predilecta para inspirar canciones jocosas, irónicas y joviales. “A veces hay que usar la guaracha para ablandar el disco. A mí me gustan, -y esto te lo voy a decir sin pelos en la lengua-, los temas con un poquito de mensaje y un poquito de protesta en el medio. Pero no de política, la política a veces abusa de la música, o más bien, los políticos abusan de la música y de los movimientos culturales para promoverse ellos mismos”.

Hay canciones cuyas letras dicen poco, pero su ritmo transmite mucho. Joaquín es autor de la mayoría de los temas de Tromboranga, temas altivos como “Ah cará” y “Otro ladrillo en la pared”, y otras que cuentan de sentimientos profundos y personales.

La canción “Cuando yo no esté” la escribió para su hijo de cuatro años en medio de las giras entre el 2016 y 2018, que fueron los años más ocupados de la orquesta. Un tema que ahora no es capaz de escuchar ni tocar por las preocupaciones del futuro y de lo que ocurriría en momentos en que tal vez no regrese de alguna gira o por algún contratiempo que resulte fatal. Para Arteaga, el tener un hijo es como un suich que cambia la vida de colores, sabores y sonidos que no se escuchaban antes. Toda la vida cambia de golpe.

La pandemia no fue la excepción. Perdió siete personas cercanas, despertándole el sentido de sobreprotección no solo con sus familiares, sino también con los músicos de la orquesta a quienes considera como su familia adoptiva. No solo es el director; también, el productor, el manager, el que les recuerda la fecha y hora de los ensayos, el que cuadra la logística y el escenario. Un trabajo de casi 24 horas al día.




Foto: Cortesía Joaquin Arteaga.


Los viajes

Fueron casi diez años de giras continuas. La pandemia lo obligó forzosamente a descansar, a sentir las cosas detenidas y revisar el montón de videos en vivo de la orquesta. En cada viaje llevaba consigo siete cámaras Go Pro que colocaba en los alrededores de la tarima antes de las presentaciones, que luego analiza con meticulosidad en busca de errores, nuevas ideas y arreglos para montarlos en los shows. Los conciertos de Tromboranga son intensos, implica saberse alrededor de 27 canciones llenas de coreografías que sucumben el pulso y la resistencia de cualquier musico invitado. Hay muchas anécdotas que cuenta Joaquín producto de las giras que atravesaron en casi todo el mundo, como los viajes extenuantes en México en pequeñas furgonetas, presentaciones a las once de la noche y partidas a las seis de la mañana, o encontrarse en países tan lejanos de geografía y lengua como Japón a varios colombianos corear y bailar la “China colombiana”. Algunos de esos arribos de Tromboranga a Colombia fueron vibrantes, pero también llenos de contratiempos y retrasos. En el 2017, durante el Festival Salsa al Parque de Bogotá, la mitad de la orquesta no hizo presencia sino hasta contados minutos antes de iniciar la presentación, sobrellevando la cancelación de un vuelo desde Ámsterdam para llegar finalmente a la capital colombiana, una escala en la que no hubo tiempo para descansar ni comer. Algunas canciones se alargaron, y en “Palo pa’ la campana”, Diego hizo una demostración de su capacidad inagotable de sonear metiéndose de lleno entre la marea de gente mientras un reloj gigante corría en cifras regresivas el tiempo que les quedaba en la tarima. Anécdotas que fueron críticas para Joaquín y que ahora recuerda entre risas que piensa plasmar en un documental que está realizando sobre las giras de la orquesta y su recorrido por varios países y ciudades, entre ellas Cali.

En su primera visita a la sultana fueron recibidos por Lorena Henao, una inquebrantable melómana que les dio la bienvenida y se encargó de guiarlos a las entrevistas y ruedas de prensa, convirtiéndose en un miembro entrañable de la familia tromboranguera, y una parada obligatoria para almorzar sancocho, comer empanadas y pasteles de yuca que Joaquín confundía con alcaparras por su masa ovalada. Y esa misma cuadra de su casa del barrio San Luis fue el escenario para la grabación de un tema como regalo tanto para ella como para la ciudad que los llenó de gozos y alegrías: “Sentimiento caleño”. Producto de momentos de euforia, recuerdos de fiestas y remates a altas horas de la madrugada, en una ciudad donde es natural armar una comparsa con congas y maracas e improvisar soneos y pregones en pleno andén.

“Creo que hay cosas que se han perdido. La salsa es para la gente. Nosotros nos estábamos muriendo por dentro por la pandemia porque no estábamos tocando. Yo toco para que tú disfrutes. Salir con los tambores afuera o quedarse un rato cuando los ánimos ya bajen y de repente hacer una fiestica, tocar para ustedes y que vean que es a nosotros a quienes nos salen callitos, nos sangra el labio y que estamos tocando para ustedes. Yo vivo para esos momentos”. Joaquín espera a que la situación baje un poco para poder continuar con las giras de la orquesta y restablecer el contacto con el público. A pesar de todo, la pandemia no lo detuvo. El año pasado grabó Salsaterapia, la nueva producción de Tromboranga para celebrar diez años de vida musical, un disco cargado de varios matices y ritmos, desde canciones rumberas como “El

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