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Óscar Osorio, Premio Internacional de Novela corta:Un pasaje de El cronista y el espejo

 

Presentamos, a manera de primicia nacional, un fragmento de la novela El cronista y el espejo, recientemente ganadora del XXXII Premio "Cáceres" de Novela Corta, entregado por la Institución Cultural "El Brocense", en colaboración con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura, en España.

 

Por Redacción La Palabra 

La noticia pudo escucharse en todos los medios e invadió el largo pasillo del tercer piso de la Escuela de Estudios Literarios, donde el profesor Óscar Osorio (La Tulia, Valle del Cauca, 1965) orienta la cátedra de narrativa y violencia en Colombia. Tal vez fue gracias a sus incursiones teóricas en la literatura que ha logrado escribir El cronista y el espejo, una novela sobre el tema, en un amplio espectro que –según dicen los primeros lectores del relato—abarca a la academia, al narcotráfico, a la prostitución y a otros fenómenos asociados a la violencia.

Presentamos un fragmento de la novela, que nuestra comunidad académica espera ver publicada en próximos meses. Estamos seguros de que El cronista y el espejo entrará con paso firme al canon de la literatura colombiana. 

Una lluvia intempestiva lo hizo entrar a la funeraria. Óskar Alexis saludó a la viuda y a la huérfana, y les dio el inicuo pésame. La madera lustrosa de la caja le recordó la carpintería de su padre, la infancia enlodada en el odio y la desgracia. En la faz inerte del Ejecutor se advertía un suave gesto de alegría, como si en lugar de haber sufrido los padecimientos de la muerte descansara de los goces de la carne. Se demoró en el rostro anguloso, las cejas pobladas, los labios gruesos, el bigote ralo, la nariz aguileña, la barbilla partida y pronunciada, los párpados cerrados. Era la primera vez que lo observaba con detalle, pues nunca pudo sostenerle su mirada siniestra. Apretó en las manos el cuadernillo que registraba los primeros años de la vida del matón. Entre esos dos momentos, entre la infancia y el presente, había decenas de muertos. De uno a otro, el terror, la angustia, el dolor, la desesperanza. Tuvo que contenerse para no escupirlo, como había visto hacer sobre el cadáver de su padre veintiséis años atrás. Clara salió a la acera y se abrazó con alguien. Ahora ella era una doliente más en la inmensa comunidad sufriente que llora su desesperanza en este país de múltiples violencias. Pero ella era especial, era la esposa de Machete, el protervo, el hacedor de viudas, el infame, la mano derecha del mal. Era la esposa del hombre que lo había convertido a él, un brillante profesor universitario, en un asesino.

Todo comenzó en las vacaciones de julio del 2000. Óskar se envanecía de atravesar por el momento más importante de su existencia. Acababa de terminar con honores una maestría en literatura, y premio a sus esfuerzos académicos, le habían asignado una plaza como profesor de tiempo completo en la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. Algunos ensayos suyos aparecidos en revistas especializadas y dos o tres invitaciones a participar en foros le daban la ilusión de cierto prestigio local. Quizá por ello, su menguada historia de conquistador se había enriquecido con algunos éxitos de taquilla y la familia diluía la mirada sancionadora sobre su vida disipada de beodo en un cálido gesto de complacencia, hasta el punto que una mueca de aprobación recelosa se le escapó con desgano a la difícil prima Stella. Los amigos trataban de ponerle el polo a tierra señalando, con precisión, que ser profesor universitario ya no reportaba, como antaño, dignidad sino sospecha, que los trabajitos publicados no contarían con más de un puñado de lectores maliciosos, que las muchachas de los últimos tiempos eran cosecha natural de una ciudad consagrada al hedonismo y a la rumba, y que la ponderación de una familia provinciana de secretarias y rebuscadores no era gran cosa. Ellos le decían y él escuchaba sin atender, pues atribuía dichos comentarios a cierta dosis de incurable envidia personal. Su megalomanía galopante le trazó el propósito de escribir una obra que lo lanzara al ruedo literario nacional e internacional y, de paso, les cerrara la boca con mordaza de admiración a los incrédulos. En esa búsqueda contactó a Nebrio y se descarriló en la montaña rusa de esos años de espanto.

El hombre había dejado la universidad en quinto semestre para meterse de traqueto y se hizo millonario. Su historia le atrajo por esa extraña imagen de estudiante de literatura venido a mafioso. Le parecía que una crónica sobre su vida oscura y agitada, con la ciudad delirante y corrompida como telón de fondo, era la obra ideal para saltar a la fama. No le motivaba el gesto altruista de dar luces sobre nuestra tragedia nacional, aquello de estar “contando país para contribuir a la construcción de un relato veraz de esta aterradora época y así aportar a la solución de los problemas”. Tenía claro, y no se llamaba a embustes, que su asunto era editorial, pues esos temas vendían, granjeaban lectores y, en algunos casos, sacaban de la pobreza, Te lanzan del anonimato al desprestigio, se burlaba un colega. Y el anonimato era, precisamente, la condición que más detestaba el profesor.