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Una tarde en el Obrero 

Por Andrea Mesa Villegas*

Cuando se baja del Centro de Cali por la Carrera 10 hasta la calle 25, obligatoriamente se cruza por el corazón del barrio Obrero. Cuentan que peligroso es, pero que la alegría de sus habitantes ha perdurado en el tiempo, entre la música, el baile y el fútbol.

Uno de los barrios fundadores de Santiago de Cali es indudablemente el Obrero. Formado principalmente en sus comienzos por familias de artesanos que se instalaron en la década de los 20’; encontró identidad en la música cubana y antillana que ganó terreno con el tiempo y donde el baile se convirtió en una constante actividad, además del fútbol como un espacio de libertad. Pero, ¿qué queda hoy de aquella época?

Caminando por la 10, me cuentan que el barrio era escenario de la gallada, de los juegos, de la recocha y pienso: ‘todo barrio tiene su identidad, su manera de ser, de jugar, de bailar’. Algunas cosas curiosas brotan con cierto encanto: las casas que conservan sus amplias paredes de adobe y puertas de madera, como si el tiempo se hubiese anclado en ellas, conviviendo y resistiéndose al ladrillo y al cemento; los lugares de baile y de juego; las zapaterías; el parque y hasta la misma carrera 10 que se ha convertido en un mito de inseguridad, pues hoy la delimita la llamada Olla del barrio Sucre y El Calvario. El barrio también es reconocido por su trayectoria futbolera y por los jugadores que se formaron en estos territorios como Alex Escobar y Mayer Candelo, entre otros.

Contemplo al barrio, al parque y lo que en él se esconde; extraños personajes que deambulan dueños del día y de la noche acompañados de un porrito, licor o algo más, habitantes de la ciudad, huéspedes del parque, donde no se paga arriendo y las comodidades no existen.

Una mirada al parque

Es un domingo en la tarde y decido sentarme un rato en el parque del barrio Obrero. De fondo, un nostálgico y derrotero bolero de Maria Luisa Landini que se mezcla con el incesante chirrear de los columpios en los que algunos niños disfrutan de un suave y ruidoso vaivén.

En el centro de la plaza reposa indiferente el busto del General Eloy Alfaro, un caudillo liberal de finales del siglo XIX, acompañado por decenas de torcazas que se alimentan en su base de minúsculos granos de maíz dejados por un buen samaritano. Ellas son los únicos animales que habitan el parque; mucha gente las alimenta, como José Fernando Correa, un hombre de unos 50 años que ha viajado desde Manizales para trabajar en Cali como lustrabotas. Sus palabras salen de su cuerpo embriagado acompañado por un olor a licor de ayer; la barba espesa cubre su rostro solitario; suavemente lanza manojos de millo a los pies de la estatua para las pequeñas aves. Delante se dibuja indiferente con sus puertas cerradas la iglesia Jesús Obrero.

A su alrededor la gente reposa en las bancas de madera, se agrupan para conversar en parejas, familia o amigos. Un reciclador detiene su carreta y conversa un rato, mientras otro hombre duerme en una de las bancas como dueño de un territorio bajo la sombra de un árbol. Concilia el sueño entre el ruido y el humo incesante de los autos que transitan por la 10. Respira el smog y el cálido aire de la marihuana impregnado de música.

Tradicionalmente el barrio ha sido peligroso, pero alegre. La melodía de fondo viene de la Reina Habana. Muy cerca están Los Titos, un bailadero de tango y La Barra del barrio Obrero, lugar donde van las ‘catanas’, cuentan José Otoniel Vásquez, de 61 años y Jorge García, de 66, quienes recuerdan que antes el barrio era sólo ritmo, se encontraban bares y grandes negocios por todas partes como Micki Mouse, Séptimo Cielo y Costeñita. También existía una zona de prostitución que se acabó cuando abrieron la 10. Don jorge dice que ya no baila mucho, pero que cuando era joven se fumaba un toquecito de marihuana y a  ¡bailar! Por el contrario, José Otoniel asegura que todavía “le pego al baile”

En busca de un espíritu rumbero de la ciudad 

Son las 4:30 de la tarde y entre tantos lugares para visitar y ver con mis propios ojos todo aquello que me han contado, cómo se baila y se goza en el barrio Obrero, escojo uno de los sitios. Me llamó la atención porque está lleno. Escucho a los Hermanos Lebrón: “ando en busca de alivio, en busca de un amor que me acaricie y me diga: te apagaré ese fuego… Apágame el fuego mi amor, apágame el fuego…”  , gente que transita por la calle se detiene un momento a mirar los agitados pies de los bailarines o a escuchar uno de esos temas que le recuerda sus épocas de juventud. Es la Neliteka, un pequeño lugar donde la aguja y la pasta son protagonistas, la cerveza y el aguardiente embriagan la atmósfera; aquí la pinta es lo de menos porque la gente viene es a bailar. Un sitio de reunión en el que no importa la apariencia: altos, bajitos, elegantes o sencillos, de tacón, de charol o chanclas, aquí lo que cuenta es el timbal pa pa pá.

Una entrada pequeña, un espacio insuficiente para bailar, pero dicen que la música es buena. Al levantar la mirada, mientras la mesera me busca un lugar y me muevo como una serpiente entre las parejas hasta llegar a ella, observo, no se cuantos cuadros bajo el cielo raso, retratos de los cantantes de vieja guardia en sus mejores momentos, Celia Cruz, Cuco Valoy, Boby Capó, Ismael Rivera… “Si no baila bien aprende”, me dice un hombre de tez trigueña mientras despliega una enorme y curiosa sonrisa, al verme tanto tiempo sentada. Recuerdo inmediatamente ‘Oiga, mire, vea’ de la orquesta Guayacán: “si va al barrio Obrero se vuelve rumbero…”. Le sonrío tímidamente, como quien no sabe bailar un boogaloo ni un mambo ni una charanga ni un chachachá, aun así, sin más remedio, tocó tirarse a la pista: “sígame el paso”,  dice quien me invita a bailar.

Un hombre ya catano se mueve solo, al ritmo de la música, con sus maracas en las manos meneándose de pie de un lado a otro; uno más le acompaña bajo un sombrero blanco al son de la guacharaca, mientras que los bailarines azotan y se deslizan en las baldosas beige del lugar. A mi vecino no le gusta bailar aquí porque es muy pequeño, pero canta cada canción mientras se bebe unas cuantas cervezas solo, para calentar y rematar en La Reina Habana.

Después de un reato la rumba comienza para algunos y para otros, embriagados de música y licor, ya termina. Vuelvo a la calle y dejo atrás un ambiente que parece no morir, difícilmente resignado al olvido sin olvidar su pasado. Me pregunto qué pasará en diez o veinte años, cuando los melómanos y bailarines de salsa y tango que preservan estos lugares no sean suficientes, cuando se pierda la memoria de un barrio rumbero y deportivo, cuando solo la literatura sea la fuente del ayer. Ahora la velocidad del tiempo consume la nostalgia del pasado y tal vez se irá como ya se han ido otros.

Estudiante de la Escuela de Comunicación Social, Univalle. andreamv@univalle.edu.co