Nuestro callejón de los milagros

Nuestro callejón de los milagros

Avanzar por cada página de La calle 10 (1960) es habitar desde una singular perspectiva popular y callejera acontecimientos en torno del 9 de abril de 1948 en Bogotá y hacer un recorrido por la cruda realidad interminable de Colombia. En esta novela, Manuel Zapata Olivella reconstruye espacios que habitó y vivencias de su época de estudiante de medicina, y expone, en un hilo de historias entretejidas, la precariedad de “un mundo de miserias, de enfermedades, pobrezas, virus y parásitos”. A continuación, un fragmento del prólogo escrito por el abogado Ricardo Sánchez Ángel para la edición publicada por la Universidad del Valle, con el apoyo del Ministerio de Cultura de Colombia, la Universidad de Cartagena, la Universidad de Córdoba y la Universidad Tecnológica de Pereira, a propósito de la declaración del 2020 como el Año Manuel Zapata Olivella.



Por: Ricardo Sánchez Ángel
Abogado, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Colombia





La novela de Manuel Zapata Olivella, La Calle 10, constituye un fresco social de la vida urbana colombiana, en la Bogotá de 1948, en el laboratorio de una de las calles principales de la ciudad, por lo histórica, popular y bulliciosa. Epicentro de una picaresca colectiva, de la multitud que irrumpe en la novela. Es una obra social, realista, de personajes múltiples, entrelazados en los escenarios de la vida, la taberna, la plaza de mercado, los hoteluchos, la Facultad Nacional de Medicina. Todo es La Calle 10, el único personaje completo, definido en sus perfiles, que cobra vida y sentido, que en la novela no es fotografía ni dibujo, sino metáfora literaria.

Desfilan por ese paisaje: las prostitutas, las vivanderas, las meseras, los ladrones juveniles, los pandilleros, el carnicero, el cargador, el burro, el perro, el vagabundo, el buhonero, el estafador, el pícaro, el poeta revolucionario, el artista de la calle, el estudiante y el policía. Toda una pléyade de personajes que tipifican el pueblo, que comprende la vida social, troquelados por el autor con lenguaje directo y noble, dándole a la narración el ímpetu y la claridad necesaria. Se trata de nuestro callejón de los milagros.

La maestría de Manuel Zapata con lo popular y populoso de la ciudad le viene de lecturas y de su vida de estudiante. Pero, de manera decidida, de su vagabundear por otros países, en especial, de su estadía en Harlem (Nueva York), donde concibió su obra teatral Hotel de vagabundos, que luego publicó la Editorial Espiral en 1955 como premio a su calidad. Esta pieza teatral, leída hoy, conserva la frescura de época y su actualidad por la vigencia de los problemas allí tratados: decadencia, homofobia, crimen, desolación, homosexualismo, colonialismo, racismo, exiliados, perseguidos, ladrones, alcohólicos, drogadictos… En fin, el universo social que el autor resume en los vagabundos, en el gran espacio micro cultural de un hotel vuelto popular, el Mills, en Nueva York, donde impera el cosmopolitismo en los múltiples personajes que lo habitan. Esta huella la dejó Zapata señalada en su relato He visto la noche.

En esta novela se muestra la miseria de Bogotá, con la legión de humillados y ofendidos. Un viaje a las profundidades, asumiendo con dignidad a sus personajes, con una ética por la condición humana de los desvalidos. Y el mundo de los perros, como habitantes de la calle, leales compañeros en la soledad y la pobrería de los humildes. La muerte está allí a menudo, como crimen y abuso, como odio y ocasión en el escenario de lo social-popular, donde el frío de la noche era para todos y que en la madrugada se vuelve helado.

Esta novela se divide en dos partes, denominadas: Semilla y Cosecha, con 8 capítulos aludiendo al aforismo bíblico en el Eclesiastés: “hay tiempo de sembrar y hay tiempo de cosechar”.

Esta literatura de Manuel Zapata Olivella es realista y política, profundamente humana en su brevedad e intensidad, sobre una calle arquetípica de Bogotá. Como novelista social, su realismo literario es imperfecto e inacabado como el mundo prosaico. Pero exorcizado por el drama que tensiona toda la novela, logra un fresco artístico. En la intimidad de ese lúgubre paisaje humano, uno descubre que la palabra encantada purifica el ambiente. En una línea, el autor escribe esta belleza, lo mejor en la obra: “En los cristales mojados de sus ojos se reflejaba la calle sembrada de sombras escurridizas” (p. 15). Es la humanidad del esposo y padre, el personaje de “El pelúo”, el que vive esta intensidad emocional y que Zapata elabora con aire poético.

En este escenario degradado de la calle 10 se va incoando, además del robo, el ultraje, la prostitución y la muerte -un día horroroso y el otro peor: “En mitad de la calle había quedado el cuerpo de un niño decapitado. El filo de un azadón que emergía de un volquete había servido de guillotina imprevista” (p. 19). El clima va a ser de resentimiento, odio y desesperación, que se conecta con la conciencia de la rebeldía de entonces, a partir de la protesta nacional. Entre las distintas manifestaciones de lucha en la novela se singulariza el tumulto contra el impuesto a las vendedoras de la plaza de mercado, donde “La Capitana”, con su liderazgo, convoca a las mujeres trabajadoras del mercado contra los funcionarios y el director de la plaza, exigiendo la derogatoria del nuevo tributo alcabalero. Se trata de una postura radical, enérgica y razonada de las de abajo. Así las cosas, la novela tiene clave de mujer. A lo que se suma la presencia destacada de las prostitutas, que airean sus encantos y su dignidad.

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