Música – Notas sobre Jazz en Cali A manera de llamado

Notas sobre Jazz en Cali
A manera de llamado

Aún hoy la mayoría de los aficionados seguimos pensando que lo mejor de la música afroamericana de improvisación está al norte del Rio Grande, preferentemente entre los hijos del gueto. Se trata más de una constatación artística que de un prejuicio racial. Sin embargo, el jazz dejó de ser folklore a poco de nacer. La globalización y la expansión de la especie –sobre todo por Europa- fue, si se quiere, un rasgo tan distintivo como su visceral conexión con los avatares sociales de los Estados Unidos. El movimiento centrífugo no ha cesado. Antes bien, desde los años 60 a este tiempo, el jazz se ha hecho ciudadano del mundo.
Sergio Pujol, Jazz al sur: la música negra en la Argentina, 1992.

Por: Hansel Mera[1]




Detalle publicidad Teatro Municipal, 1932.


No han sido pocas las celebraciones y discursos que desde nuestra institucionalidad cultural y educativa han cimentado el lugar de Cali como Capital Mundial de la Salsa y hasta cuna de su memoria. En todo ello encontramos desde la búsqueda del santo grial de su arribo hasta la sobre exacerbación de la singularidad de las prácticas de escucha, baile y coleccionismo, cuasi siempre en estrecha sintonía con cierto exotismo cultural pregonado por las voces de “expertos”, “guardianes”, “cultores” y empresarios de la cultura siempre ávidos de esos contratos que justifican fichas, clientelas, funcionarios y la vocería institucional que promete salvaguardar un “patrimonio cultural” a nombre de una inmaculada “caleñidad”, patrimonializando (en el peor de los sentidos) cada microesfera del Estado.

La fuerza de inercia de esos discursos pueden arrastrarnos hacia el desconocimiento de una compleja y heterogénea historia, cuyos matices, hay que decirlo, para nada se agotan en el consabido festival de música del Pacífico Petronio Álvarez, con toda su riqueza a cuestas. Tampoco habría que desconocer la suerte casi siempre amarga, para no desentonar, de ese proletariado de la cultura que entre instrumentos y danzas sostiene buena parte de tan anquilosado edificio de burócratas y contratistas.

En todo caso, mientras más y mejores estudios nos llegan, voy a hacer un simple llamado, un breve comentario: es necesaria una historia del Jazz en la ciudad, entre otras historias.[2] Y por fortuna, las posibilidades son muchas; desde el recuento de la cruzada que AJJAZGO ha emprendido en la ciudad, hasta los tempranos efluvios de los jóvenes norteamericanos que por la década de 1940 visitaron la Cali de palacetes al oeste aterrorizando a la feligresía a favor de la causa cultural del Conservatorio Municipal, con el despliegue de sus non sanctus tonadas y bacanales entre copas, jazz y humaradas de marihuana; en esa Cali se aparecía desafiante el monstruo verde construido por el cine estadounidense y mexicano durante la década de 1930, a través de películas como Marihuana (1936) dirigida por Dwain Esper, Assassin of Youth (1937) de Elmer Clifton y Marihuana -el monstruo verde de José Bohr. A pesar de que el pudor y el recato hecho silencio forzoso sea la norma, la historia nos recuerda que detrás de tantas estrategias de distinción subyacen varios secretos para desvarío del notablato más mojigato, que en ese entonces, encontró en los jazzistas estadounidenses el chivo expiatorio perfecto.

Es poco, muy poco lo que podremos decir en esta minúscula entrega, pero sin lugar a dudas, mucha de esta historia se remonta a lo que el historiador Édgar Vásquez Benítez comprendió como el proceso de modernización de Cali en marcha durante las primeras décadas del siglo XX. En efecto, gracias a él entendemos que los procesos de transformación tecnológica en los procesos productivos y en la comunicación, fueron recreando una morfología urbana en la cual, sus habitantes, también vivían un tránsito en el terreno de la cultura hacia mercados culturales y simbólicos sin precedentes, suponiendo diálogos y formas de apropiación de cuya complejidad no podremos dar cuenta aquí, pero en los cuales, entre otras cosas, se sitúan las primeras experiencias de escucha y hasta más, de aquello que hace un buen tiempo Sergio Pujol bautizó como las expresiones bailables del jazz: one step, two step, fox trop, turkey trot, camel walk, bunny bug.



Detalle de la partitura One Step Cali Football, de Jerónimo Velasco, 1918.


Un mero vistazo a la extensa obra del músico y compositor caleño Jerónimo Velasco nos va dando pistas; en 1914 compone el one step Orsa para piano. En 1918 otro one step, Football Cali, y en 1925 otro one step llamado Gol. Claro, durante casi todo ese periodo Jerónimo Velasco fue profesor de oboe, clarinete y saxofón en Conservatorio Nacional de Música de Bogotá.[3] Pero no por ello su experiencia fue ajena a Cali; sus piezas comúnmente se celebraron en los distintos cafés alrededor de la Plaza de Cayzedo y estuvieron presentes en algunos programas de los teatros y salones de la época. Sus partituras se vendían impresas para plácemes de contertulios y tuvieron cierto auge cuando la ciudad abrigó las olimpiadas nacionales de 1928; fue así entonces como el jazz acompañó las noches de jolgorio de futbolistas y en general de todos los comensales que hacían de sus cuerpos sudorosos, entre el sport y la danza, un lienzo para sus experiencias más profanas.

Muy temprano la prensa de Cali anuncia el arribo de profesores norteamericanos diestros en los “modernos bailes”. Tomemos un ejemplo de 1920: “llegó la famosa profesora de bailes americanos Mary Cleghorn, la sin rival bailarina, de paso para Nueva York” tras obtener éxitos en Buenos Aires, Rio de Janeiro, México, ofreciendo garantías “aun para las personas que nunca hubiese bailado”, acorde a los preceptos de “moralidad y chic”. La profesora esperaba que los entusiastas alumnos se reunieran en grupos, mientras recibía sus pedidos desde el Hotel Europa estando presta para dirigirse a los selectos domicilios en los cuales enseñaría toda una palestra de bailes dentro de la cual el jazz tenía un lugar especial: fox trop, tangos de salón, matchicha brasileña,y jazz, más jazz. Lo moderno y cierto espíritu cosmopolita animaba a los jóvenes de sectores altos por hacerse diestros, muy diestros en los bailes modernos, tal cual lo demostraron en los espacios más selectos de las venideras fiestas de carnavales. ¿Pero, podemos hablar de expresiones populares tempranas de apropiación del jazz? Esa cuestión queda abierta.

Desde luego, no hay que suponer en todos los casos un pleno y feliz escenario de recepción de la música legada por las comunidades negras estadounidense, como bien se sabe, artífices originales del jazz. Tan solo refiramos que desde finales de la década de 1920 fue común que el periódico La Voz Católica pregonara en contra del influjo de esta música producida por las “razas negras” exponentes de la “barbarie”. Curiosamente muchos de los epítetos más peyorativos contra las músicas antillanas que también arriban a los tímpanos de los caleños desde mediados de la década de 1930, encontraron su primer laboratorio contra el jazz. He ahí un dispositivo de blancura que se expresaba en una presunta taxonomía de las expresiones culturales, según un arquetipo unívoco y henchido por la blancura y su etiqueta. Por ende, hubo voces que a nombre de lo que Bourdieu hubiese considerado como la construcción de una “legitimidad” para ciertas expresiones culturales modernas que bien decían:

Tiempo es ya de arrumar el deplorable repertorio de bambucos, pasillos, mazurcas, danzas y pasillitos macarrónicos, síntesis y concreción de todos los atentados contra el Arte. Otro tanto debemos decir de los tangos, fox-trots y one steps, ruidos salvajes o bárbaros, (…) En defensa de la pesudo música, antitécnica, música africana, gaucha o comboyesca no vale alegar la benevolencia irónica de algunos extranjeros.[4]



Mary Cleghorn, profesora de bailes modernos, 1920.


Paulatinamente las tipologías disimiles de impresos iban enriqueciendo sus formatos y dándole cabida, según la pauta de la prensa y la publicidad estadounidense, a elementos iconográficos en los cuales la figura del jazz dancing ganaba espacio. Encontramos posters o afiches anunciando la visita de cantantes, poetas y hasta de jazz bands colombianas casi siempre nacidas en la década de 1920; programas de recintos como los teatros en los cuales sobre todo durante la década de 1930 ese mismo jazz encontraba lugar a pesar de los resquemores arriba mencionados; catálogos de la Casa Víctor anunciando para envidia de los restantes comerciantes el arribo de discos de Jazz, entre tangos, sin olvidarnos de “El negro Estaban” un trompestista famoso pos sus cantos de sirena en altanoche. Y lo mejor, jazz bands constituidas en una Cali cuya Belle Époque aún no conocemos a cabalidad. Al menos desde 1928 en Cali funcionó la Jazz Band Colombia y por los años treinta, la Hollywood Jazz Band y el Jazz sexteto de Cali.[5] A propósito, la foto de la Jazz Band Colombia nos invita a preguntarnos lo siguiente: ¿Qué sabemos sobre sus formatos? ¿Tuvimos ejemplos de apropiaciones culturales similares al fenómeno dixieland? Esa cuestión también queda abierta.

No queda más que volver sobre nuestro llamado. Hay que salir de esos lugares comunes que a riesgo de estereotipar la historia, andan en boga. Siempre resulta provechoso escuchar lo que nos queda del pasado bajo el prisma del presente pero de manera crítica, para conocer, comprender e ir más allá de lo dicho e instituido, no sea que a nombre de ciertas expresiones musicales, paradójicamente, otras se silencien. Es todo.


[1] Historiador. Magíster en Sociología. Magíster en Relaciones Eurolatinoamericanas. Profesor Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, Univalle
[2] Hay que celebrar la cruzada que nuevas voces han venido emprendiendo a favor de una historiografía cultural sobre la música con mucha más capacidad crítica e interpretativa, especialmente la labor juiciosa de María Victoria Casas Figueroa. De igual manera, resulta estimulante el ejercicio de escrutinio juicioso que músicos y maestros como Elcías Truque Delgado desarrolla.
[3] Montoya Montoya, León Darío. Jerónimo Velasco y su música. Cali, Ediciones Universidad del Valle. 2010. P 56- 57
[4] Correo del Cauca, Cali, 18 de enero de 1923, p 1
[5] Este último compuesto por: El Jazz sexteto de Cali, compuesto por Luis Zorrilla, José A. Scarpetta, Luis C. Aragón, Santiago Velasco Llanos, Alfonso Haya, José M. López



Detalle de la Jazz Band Colombia, 1932.


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