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DE CADÁVERES Y
PRACTICANTES

Para llegar al anfiteatro se bajan 24 escalones, se
cruza un largo pasillo lleno de oficinas y en
penumbra, y finalmente se gira a la izquierda hasta
encontrar las dos puertas que señalan el sitio
buscado. El olor a formol se concentra y reina el
silencio absoluto reina. Este es un lugar en el que
la ausencia de vida tiene un objetivo: la práctica
médica. Crónica de vida y de muerte.
Por Carolina Abadía Quintero*/ Fotos: Andrea Mesa
Villegas
Ellos terminan en una fosa común en el cementerio de Siloé,
sin ceremonias y sin lágrimas. ¿Quiénes eran? ¿Qué
hacían? ¿Qué fue de sus vidas? ¿Alguien los
recuerda?, son apenas unos pocos interrogantes sin
respuesta. Ellos son NN, personas olvidadas que
nadie reclama en los hospitales y que terminan sobre
las losas de concreto o inmersas en una piscina de
formol de los anfiteatros universitarios. Sus
cadáveres, después de un proceso químico, serán
blanco de las disecciones y búsquedas de los
estudiantes de Salud. Dicha práctica médica para
estos jóvenes es necesaria, si el día de mañana
quieren enfrentarse a las dolencias y evitar la
expiración.
El anfiteatro
Holmes es la persona que custodia el Anfiteatro de la
Facultad de Salud de la Universidad del Valle. Él es
tanatólogo. Al igual que sus dos hermanos, el
conocimiento y tratamiento de los cuerpos sin vida
lo aprendió y heredó de su padre, quien ejercía el
mismo oficio. Holmes es el encargado del cuidado de
los cadáveres; es quien inyecta los doce litros de
formol a los cuerpos que van llegando; es quien una
vez a la semana revisa si los cadáveres que se
encuentran en las losas no tienen hongos y ni están
en mal estado. En fin, es el encargado de que todos
los N.N se encuentren bien presentados a la hora de
las prácticas estudiantiles.
Él es quien nos recibe e invita a seguir a la sala de
disección, una gran bodega, blanca y ventilada. Su
rostro refleja serenidad a pesar de que su trato
diario gira entre los muertos y los vivos. “De
pronto, al principio le da a uno nervios pero uno se
va acostumbrando poco a poco a ellos”, comenta.
El espectáculo es lúgubre, pues sólo se notan las siluetas
corporales y el olor a aldehído fórmico que penetra
las fosas nasales y lacrimales. Veinte son las losas
que contienen los cuerpos cubiertos con una tela
negra, que permite que estos se conserven en el
formol. A nuestro pedido, Holmes levanta una de las
puntas del manto que cubre un cadáver. Lo primero
que se observa son unos pies pardos y sucios. La
tela sube progresivamente, dejando al desnudo el
panorama anatómico de una pantorrilla humana: “ahí
encontramos el hueso de la tibia, la fíbula o
peroné, con nervios y venas que los inervan y
músculos, sobre todo el de los gemelos que se
encuentra en la parte posterior de la pierna”.
Relato del alma ausente.
Embalsamando cadáveres
El procedimiento o embalsamamiento de cadáveres que realiza
Holmes consiste primero en el lavado y aseo de los
cuerpos, seguido de la incisión que se realiza en la
arteria femoral, para inyectar los líquidos de
conservación. Terminado este proceso, los cadáveres
se colocan en los tanques de almacenamiento,
ubicados en el ‘Deposito de piezas anatómicas’, por
cuatro meses como mínimo, y luego pasan a la sala de
disección. En promedio, un cadáver puede durar entre
tres o cuatro años sobre las losas, convirtiéndose
en objeto de trabajo y análisis de los estudiantes
de medicina.
Una vez a la semana, Holmes hace el mantenimiento general
de los cadáveres, revisa su estado de conservación,
prepara un líquido similar con el que se embalsama
al principio y finalmente remoja los cuerpos hasta
que queden bien húmedos, para que no se resequen y
las estructuras no se tuesten. Nuestro tanatólogo
comenta que: “ya cuando las estructuras no se
observan bien o están reventadas, entonces el
cadáver se descarta.”
Los practicantes
Llegan e inician su ritual. Gorro, bata, tapaboca, guantes
quirúrgicos, bisturí, pinzas, tijeras. Ubican el
cadáver, el asiento y el atlas de Anatomía. Destapan
el cuerpo y empiezan a escarbar, buscar, reconocer,
indagar, aprender, siguiendo en este caso la guía de
disección para anatomía macroscópica. “Colocando el
cadáver en decubito prono dejándolo en decubito
sutino pero con el miembro rotado medialmente y
colocado sobre el tronco, diseque la región braquial
posterior…”
Lo que se ve no es agradable en el momento de la disección;
el color de la piel pasa a ser café tostado, gracias
al formol y a los procesos de degradación que sufre
el cuerpo; el pecho está abierto, sin piel, asomando
las costillas, el esternón y algunos órganos fáciles
de reconocer: intestinos, hígado, corazón. La
cavidad craneal no tiene cerebro, los dientes siguen
en su sitio, las facciones ya no existen y en su
lugar sólo asoman tejidos, nervios y venas. “Para un
fácil reconocimiento la parte oscura es el músculo y
la blanca son los tendones”, afirma Diego,
estudiante de Enfermería, quien con un gesto de
entendimiento un tanto pedagógico nos guía por la
sala.
“Los profes dicen que a ellos hay que mirarlos como a
nuestros primeros pacientes, de ellos aprendemos lo
necesario, para sanar más adelante”, dice Diana,
estudiante de cuarto semestre de medicina, mientras
su compañero Óscar comenta: “tal vez la pregunta más
frecuente que uno se hace al estar frente a un
cuerpo es, ¿por qué no los reclamaron nunca?”
Qué paradoja que el estudio de la vida, para una mayor
comprensión de lo humano, necesite de aquellos
cadáveres insepultos y sin historia conocida. Sin
embargo, la práctica médica así lo exige y el
desconocimiento emocional de los cuerpos reina en
los anfiteatros. Mal que bien, como dice el poeta
andaluz, Federico García Lorca: “No te conoce el
lomo de la piedra, ni el raso negro donde te
destrozas. No te conoce tu recuerdo mudo porque te
has muerto para siempre… como todos los muertos de
la Tierra, como todos los muertos que se olvidan…”.
Agradecimientos: Elizabeth Peña, profesora
Departamento de Morfología, Univalle.
Holmes Trujillo, Tanatólogo Anfiteatro facultad de
Salud, Univalle.
*Estudiante
de Licenciatura en Historia, Univalle.
cabaquin@hotmail.com |