Entrevista a
Mario Mendoza sobre ‘Buda Blues’
“EL CAPITALISMO NOS ESTÁ CREANDO UN
INFIERNO”
Gusta de personajes que se oponen a la
injusticia social, afectados profundamente
por una decisión en torno a terminar en el
totalitarismo, y/o en el horror y la
depredación.
Por Jaime Corrales, / Especial para La
Palabra
El escritor bogotano, ganador del premio
Biblioteca Breve Seix Barral, con Satanás,
autor de varias novelas y libros de cuentos,
presentó en Cali su más reciente novela
‘Buda Blues’. Con un telón de fondo de
anarquismo, movimientos antiglobalización, y
la historia del Unabomber, la novela se
adentra en el delicado mundo de la protesta
social contra las nuevas formas del
capitalismo. En entrevista con La Palabra,
Mendoza habló del libro y su relación con la
realidad colombiana.
¿Realmente, como dice un personaje de su
novela, no hay progreso, no avanzamos hacia
un mejor momento de la sociedad? ¿Va en
cambio la sociedad hacia la decadencia
general, hacia la indigencia?
Todo confirma esa hipótesis. Las cifras del
Banco Interamericano de Desarrollo, BID, son
contundentes, 43 millones más de indigentes
para América Latina entre 2009 y 2010. ¿Es
eso mejorar, progresar? América Latina
continúa siendo la zona más injusta del
planeta, no se trata de la más pobre (porque
es África), sino la más desigual, donde hay
una gran brecha entre ricos y pobres; y es
una brecha de gran crueldad. Tienes por un
lado personas que van a pasar vacaciones a
Dubai, y por el otro lado, hombres-rata,
alimentándose de las canecas de las basuras,
esa es la distancia.
En el libro mencionas a Zerzan, Noam Chomski,
Kaczynsky, una agenda de lecturas de la
izquierda más radical del mundo, ideólogos
de los movimientos anti-globalización y
anticapitalismo…
Sí. Hemos descubierto que el capitalismo
‘depredador’, como propone Chomski, nos está
produciendo un infierno. Pero por el otro
lado los bloques socialistas crearon
regímenes totalitarios; entonces, cómo haces
si por un lado terminas en el totalitarismo
y por el otro en el horror y la depredación.
Te queda una salida: el anarquismo; te
revelas a todo sistema, a toda estructura de
poder. Ahora al capitalismo globalizado (que
es el más fuerte), habría que hacerle una
oposición radical. Si lees el manifiesto de
[Theodore] Kaczynsky, preso por terrorismo
(y que es un terrorista, sin la menor duda),
no todas sus ideas son descabelladas. Cuando
colapsa Wall-Street, una editorial Suiza lo
reedita porque lo considera pertinente para
una discusión intelectual.
Una lectura distraída de la novela, daría a
pensar que se trata de una apología del
terrorismo.
El libro es muy claro, pero uno nunca puede
prevenir las lecturas de los demás. Hay
lecturas raras, extrañas, y creo que son tan
válidas como las otras. La clave está en que
vivimos un sistema de una crueldad inédita
en la historia. El dilema de los
protagonistas es: !cómo no caer en alguno de
los bandos, ni en una apología de ese
sistema brutal, ni en un ataque a ese
sistema que sea igualmente brutal!
¿Por dónde cree que viene ese final
‘apocalíptico’ que se augura desde el primer
capítulo: por la economía, por la política,
la religión o los valores?
Creo que todo lo hemos hecho mal, el
proyecto de la modernidad es un gigantesco y
enorme fracaso. Desde el renacimiento
creímos que había progreso; la 'Declaración
de los Derechos del Hombre' nos vendió una
ficción: la solidaridad y la justicia, pero
no fue verdad. Bombardear Hiroshima y
Nagasaki dejó claro para dónde íbamos.
Nietzsche tenía razón, detrás de la voluntad
de razón había una voluntad de poder, detrás
de la voluntad de saber hay un deseo de
control, de sometimiento. Cuando vemos que
Auschwitz, o Treblinka, vinieron del pueblo
más culto de Europa, nos preguntamos
¿exterminios a gran escala, fábricas e
industrialización para destrozar millones de
personas? Desde 1945 estamos completamente
extraviados, ¡Occidente no tiene ni idea! Y
en medio de este desastre, el proyecto del
capitalismo salvaje significa que,
los que tienen más, se lanzan sobre los que
tienen menos e intenten 'machacar' a sus
hijos, a sus mujeres y a sus familias. Eso
no lo podemos permitir y está pasando.
Con el colapso de Wall-Street, ¿nos estamos
acercando al fin de capitalismo tal y como
lo conocemos, o, es apenas un reacomodo de
fuerzas?
El capitalismo no llega a su fin, da un paso
hacia delante, hacía una cosa peor; va a
caer sobre los impuestos y los servicios
públicos. Las grandes multinacionales van a
caer sobre el erario, lo que quieren ahora
es el dinero de los contribuyentes.
Las urbes de tu novela se vuelven “ciudades
cáncer”. ¿Se están volviendo también las
ciudades de Colombia y Latinoamérica?
No, ¡ya son! Es claro, las células
proliferan de manera enfermiza en las
favelas, en los barrios de invasión como
el Distrito de Aguablaca sin parques,
ciclo-rutas, bibliotecas públicas, o
inclusión social. Las cifras oficiales no
hablan de gente que saltará de la pobreza a
la clase media, sino de gente que tenía algo
y lo va a perder todo hasta la indigencia.
La migración de las zonas de violencia a las
ciudades continuará. Colombia tiene cuatro
millones de desplazados. Tal cifra nos pone
en segundo lugar después de Sudan. ¿Hacia
dónde va esa gente? Hacia las casuchas, los
‘cambuches’ que van enfermando esas ciudades
cáncer o ciudades fantasmas.
¿Cómo ve la protesta social en un país tan
violento como este, y cómo debería ser
entonces el ataque al sistema capitalista?
Si nos quitan el derecho a la protesta
social, nos quitan una parte de la
democracia, en ella debe haber espacio para
la autocrítica. Yo pertenezco a una
resistencia civil de orden cultural,
intelectual, debato dentro de un frente que
me parece legítimo, que son las columnas de
los periódicos. Si tuviéramos tasas de
lectura más elevadas, por ejemplo, acceso a
los diarios, tendríamos finalmente voto
independiente, y con ello, le quedaría muy
difícil a los políticos timarnos con
promesas de tercera. |