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La literatura
contemporánea en el Cauca
Carencia de editoriales y apatía crítica: constantes
en los ires y venires de la fecunda y joven
literatura contemporánea del departamento del Cauca.
El poeta Felipe García Quintero, profesor de
Comunicación Social en la Universidad del Cauca, en
texto exclusivo para La Palabra, nos entrega su
visión del asunto.
Por Felipe García Quintero
Dos aspectos opuestos caracterizan la literatura
caucana contemporánea: la proliferación de nuevos
escritores y la ausencia de crítica. En ambos
fenómenos la marginalidad editorial acentúa el
problema de una buena literatura con escasos
lectores.
La carencia de un aparato crítico que revise,
seleccione y ordene en un corpus actual las obras,
los autores, los estilos, los lenguajes y los
periodos de la literatura caucana durante el siglo
XX, la hace desconocida y mal valorada dentro de la
región misma y más aún en el resto del país. A ello
contribuye la escasa divulgación de antologías o
panoramas de la lírica o la narrativa corta. Por
ilustrar el caso, encontramos que durante los
últimos cien años, sólo se editaron tres muestras de
poesía y tan sólo dos breves volúmenes compilatorios
de cuentos premiados en igual número de concursos
locales. De otros géneros como la novela, el ensayo
o el teatro, sin contar con otras expresiones
emergentes y significativas como la literatura
testimonial, la periodística y de la oralidad, es
todavía más escaso encontrar estudios, muestras o
panoramas que permitan conocer el estado de estas
expresiones.
Es preciso anotar que si bien la configuración del
canon regional se ha visto reducida a pocos libros y
escasos autores ya imprescindibles como Valencia,
Maya, Martán Góngora, —lo que a su vez ha impedido
determinar mejor la renovación generacional
operada—, la participación, principalmente de
poetas, en antologías nacionales es significativa.
Este hecho confirma que aún la tradición de mayor
reconocimiento externo y de más arraigo en Popayán y
el Cauca es la de la lírica. No obstante la
notoriedad de algunos narradores como Enrique
Cabezas Rher y Víctor Paz Otero, la novela y el
cuento son menos apreciados.
Un aspecto singular, vinculado ahora a la presencia
de nuevos autores caucanos, es el modo positivo en
que la desterritorialización amplía las fronteras
culturales, pues algunos escritores que migraron a
otras regiones o países vecinos han logrado
incorporarse en las diferentes tradiciones
literarias, siendo reconocidos como propios en el
sitio de arribo. Son los casos de los poetas
caucanos Horacio Benavides y Julián Malatesta, vidas
y obras vinculadas a la poesía vallecaucana. Así
también vemos figurar a los escritores Alfredo Vanín
y Cabezar Rher entre los intelectuales estimados de
la Universidad del Valle o al timbiano Iván Ulchur
Collazos en la academia ecuatoriana y en la
estadounidense. Igual ocurre con los foráneos por
incluir en la reciente historiografía de la
literatura caucana como ocurre con el poeta caleño
Carlos Fajardo Fajardo, dada su formación académica
y literaria desarrollada en Popayán durante la
década del 80 como estudiante de Filosofía de la
Universidad del Cauca.
Respecto del ejercicio crítico, vemos lo contrario:
la frontera de la identidad se cierra en lo exógeno,
pues la Universidad continúa al margen de abordar el
estudio de la tradición literaria regional. El
desinterés académico por los escritores locales y
sus obras contribuye a hacer menos visible la
producción artística y más difícil el camino de su
reconocimiento y la proyección en otros ámbitos. Y
como ha sido usual en Colombia, también en Popayán
la escasa reflexión crítica es ejercida en su gran
mayoría por los mismos escritores. Lo que sumado a
la ausencia de medios en la región y el país para la
difusión del pensamiento en torno a las nuevas
obras, crece el grado de invisibilidad y
desconocimiento de los autores carentes de la
publicidad ofrecida por el poder editorial
trasnacional. Sobre este último asunto, la
publicación, y ante la ausencia de apoyo estatal o
privado, baste decir que en parte ha sido mal
resuelto a través de la autoedición impresa y
virtual y, en otros pocos casos, por medio de la
obtención de concursos literarios cuyo premio es la
edición.
Pero no todo el panorama es turbio. El optimismo
proviene del entusiasmo que la literatura despierta
en los escritores surgidos en Popayán a partir de
1990, también llamados como miembros de la
generación posterremoto, puesto que en su
infancia y adolescencia viven los sucesos del sismo
del 31 de marzo de 1983, cuando la ciudad blanca ve
trasformar la interpretación de sus símbolos
tradicionales, propios del imaginario colonial
religioso, en los de una Popayán distinta, la que
crece incontenible en las periferias del sector
histórico. Aunque las formas simbólicas que
representan la ciudad hispánica, esto es la
arquitectura conventual, las imágenes y el ritual
mismo de la Semana Santa, sean los mismos de antaño,
los problemas no resueltos entonces y los derivados
del crecimiento demográfico, el conflicto armado y
la crisis social, hacen que la ciudad sea leída
desde otra mirada, menos nostálgica del pasado
glorioso y más consciente de su decadencia y
necesaria superación. Aspecto sobre lo cual
Guillermo Valencia cifrara en 1909 un homenaje
crítico poco advertido y que ha sido interpretado
como de deificación, cuando se trata de una de las
miradas más penetrantes sobre de la realidad social,
cultural y espiritual de la ciudad. Nos referimos al
poema emblemático titulado “A Popayán”, que
inicia y concluye con una negación: “Ni mármoles
épicos claros de lumbre y coronas, / ni muros
invictos, que prósperos hierros defiendan,”.
Y es en el marco de la modernidad finisecular de
donde emerge el nuevo espíritu creativo. En primer
lugar, la poesía de Carlos Illera Benavides
(1957-1999). Su obra resulta hoy significativa, pues
de ella surge un imaginario distinto: el de ciudad
apocalíptica con luces de neón y calles sucias, de
hombres solos y desasosegados. Se trata ahora de una
Popayán de pérdidas, de extravío, no de encuentros y
aciertos con la gloria, pues ya no se habita la
ciudad de asepsias como antes lo fuera y que en la
actualidad es evocada por el color de la
arquitectura central. La conciencia de habitar el
mal como estado de alma es también el eje que
sostiene la poética mística de Francisco Gómez
Campillo (1968), en su primer libro titulado
La tiniebla luminosa (1993). Consideramos
que esta obra es fundacional de la joven poesía
caucana. A partir de ella, otros horizontes se abren
en distintas direcciones fecundando nuevas visiones
como, por ejemplo, la del tono sensual, grave y de
circunstancias cotidianas de la poesía de Edgar
Caicedo Cuéllar (1966). Este poeta es autor también
de un libro de relatos esencial a la hora de trazar
la historiografía reciente de la literatura en
Popayán. Las blancas huellas del rocío y otros
relatos (1998) se inscribe en la mejor
tradición de la literatura norteamericana
contemporánea. Se trata de un libro que bebe en la
fuente primera del boom latinoamericano, pues
no asimila al García Márquez del realismo mágico
sino a Saroyan, a Dos Pasos y al Hemingway que
describe con perfección el caminar de un gato al
doblar una esquina.
En poesía otro nombre significativo es el de César
Samboní (1972), autor de cuatro libros, cuyo
registro es mutante y da cuenta, no obstante, de
ciertas obsesiones temáticas como la del amor, la
infancia y la muerte. Y en narrativa, las voces de
Marco Antonio Valencia Calle (1967), Juan Carlos
Pino Correa (1968) y la de Johann Rodríguez-Bravo
(1981-2006) completan el nuevo canon de escritores
caucanos. Finalmente sobre dos jóvenes queremos
depositar el camino promisorio de la narrativa: Juan
Esteban Constaín y Juan Sebastián Cárdenas.
Valencia Calle publica en el año 2002 una novela
particular titulada Oscuro por claritas,
cuya diégesis ronda lo inane, rasgo posmoderno de la
intrascendencia de la vida actual que no logra la
conquista de grandes retos y en cambio se hunde en
resolver dudas mentales insolubles. Es así como se
cuenta la historia de un crimen cometido a un
miembro del MLP (Movimiento por la Liberación de
Popayán), joven universitario decidido a confrontar
el estatuto colonial excluyente del sujeto moderno
que no comparte los mismos signos. También la
condición marginal y los nuevos imaginarios urbanos
son bien representados mediante un lenguaje que
estiliza el habla popular y logra dar con el tono de
una realidad social convulsiva por la violencia. De
Juan Carlos Pino Correa destacamos el dominio
técnico, el oficio mismo del lenguaje de novelista y
la factura de su prosa templada en la vigilancia de
saber contar una historia. En su primera narración
larga titulada Hojas sin nombre (2002)
aborda el narcotráfico en el sur del Cauca, cuando
la bonanza cocalera de la década del 70 deslumbró
con sus espejismos la pobreza del campesinado. En la
oposición binaria de entrar y salir de un mundo, se
expone la tensión de un cosmos rural enfrentado al
caos civilizatorio de la ciudad, que termina
venciendo a las fuerzas del mito con sus promesas
incumplidas de progreso. Ya instalado en la
dimensión urbana, Pino Correa incorpora a su obra un
nuevo tono, de atmósfera grave y acento reflexivo,
propio del monólogo interior de una conciencia
plenamente individual, poblada de soledad, anonimato
y extravío. Así viven y sienten los personajes del
libro Los escaques y la noche y otros relatos
(2004).
La reciente y lamentada desaparición de Johann
Rodríguez-Bravo a la edad de 25 años, no impide
referirnos a él como a un autor maduro, no sólo por
la prolífera escritura de siete libros (tres novelas
e igual número de libros de relatos y un tomo de
ensayos, crónicas y reseñas críticas), sino también
por el alcance de su poética, que si bien era una
obra en marcha, respondió con solvencia de talento a
las expectativas de la actual literatura colombiana.
Suyos fueron los temas de una urbe en trasformación
y los jóvenes que la nutren con sus historias. La
novela póstuma Ciudad de niebla (2006)
empieza a tomar el carácter de un clásico local.
Rodríguez-Bravo editó en vida un bello tomo de
relatos titulado Aquella vida de mago
(2004) y obtuvo el aprecio de sus amigos y el
reconocimiento de escritores como el maestro Germán
Espinosa, Juan Villoro y Enrique Vila-Matas.
Juan Esteban Constaín publicó en 2005 el tomo de
relatos titulado Los mártires. Con una
prosa inteligente y sensible, de abundante y rítmica
adjetivación, reescribe momentos de la vida de
escritores posesos por la literatura. Sin llegar a
la hagiografía, este joven payanés afincado en
Bogotá, exhibe su erudición del mundo y el
pensamiento clásicos con una sensibilidad y pasión
modernas. Igual de intensa es la mirada de Juan
Sebastián Cárdenas por el arte de contar una
historia completa en poco espacio. La suya es una
voz inscrita en la tradición de la parodia
cervantina, que encuentra en Roberto Bolaño a uno de
sus mejores herederos contemporáneos. La vida
íntima, ridícula incluso, de personajes que viven el
exilio territorial y afectivo, bien por el abandono
o el olvido, junto a otros que han violado el orden
cultural en alguno de sus frágiles márgenes, hacen
de su libro de cuentos Historias delictivas
(2006) uno de los mejores ejercicios de la ironía.
Vemos cómo la oposición indeseada de una literatura
sin crítica y con autores en plena búsqueda, se
constituye en la contradicción principal que obliga
a mirar hacia un adentro desconocido. Así la posta
cambia de manos, pues la preponderancia poética de
Popayán como tema, personaje y escenario es un
principio que ahora empieza a ser objeto de
ficciones narrativas, género que vislumbramos como
el camino más transitado de los próximos años.
Poeta y profesor, Universidad del
Cauca. Email: fgq1973@hotmail.com |