La dignidad de las raíces

La dignidad de las raíces

Publicada en 1990, ¡Levántate Mulato! es considerada como la autobiografía del escritor loriquero Manuel Zapata Olivella, escrita a la edad de setenta años, aproximadamente, en su periodo de plena madurez. A continuación, un fragmento del prólogo escrito por el historiador cartagenero Alfonso Múnera Cavadía para la edición publicada por la Universidad del Valle, con el apoyo del Ministerio de Cultura de Colombia, la Universidad de Cartagena, la Universidad de Córdoba y la Universidad Tecnológica de Pereira, a propósito de la declaración del 2020 como el Año Manuel Zapata Olivella.



Por: Alfonso Múnera Cavadía
Historiador, investigador y profesor de la Universidad de Cartagena





Para Magdalena, hermana en el afecto



A Manuel Zapata, lo sabemos, le encantaba escribir acerca de sus correrías por el mundo, y lo hacía con una gracia insuperable. Así escribió He visto la noche, Pasión Vagabunda y China 6 a.m, libros en los que nos contó sus viajes por Centro América, México, Estados Unidos y China. Fueron escritos de juventud. Luego, escribió de manera prolífica novelas, ensayos, obras teatro y cuentos, hasta culminar con esa obra portentosa que es Changó, el gran putas. Cinco años después de publicar este gran fresco en el que se ocupó de la diáspora africana en América, de su historia y de sus dioses, nos entregó un libro autobiográfico, poco mencionado, y, sin embargo, un verdadero tesoro: ¡Levántate Mulato! Por mi raza hablará el espíritu.

Comienzo por decir que no creo que se haya escrito en la agitada historia de este país una autobiografía más sabia y aleccionadora que esta. Y, agrego: creo que Manuel tenía el propósito de enseñar, una deliberada intención, sobre todo después de publicar Changó, el gran putas, de transmitirnos su profundo conocimiento de la sociedad colombiana haciendo uso de su propia vida, de su historia personal, la de sus abuelos, sus tíos y tías, sus padres, sus hermanos y la de sus vecindarios humildes en las que se formó, creció y vivió experiencias diarias de extraordinario valor para su cosmovisión.

En este hermoso libro nada es improvisado, comenzando por su nombre: ¡Levántate, Mulato! Hay aquí un aire bíblico, una invocación, un llamado a la vida, a continuar con ánimo resuelto en la dura brega de todos los días. Su identidad –la de Manuel- es la de su condición de mulato, la de ese ser peculiarmente americano, cuya historia se entrelaza con la del nacimiento de la modernidad, como creación de la diáspora africana en tierras de América, en tierras del Caribe. Lo distinto, lo novedoso, en la manera de contar su historia es que se aparta radicalmente de la vieja tradición de la mulatería educada, siempre en busca de ocultar o de negar abiertamente su raíz negra. Manuel no tuvo problema alguno al identificarse como mulato y al mismo tiempo consagrar su vida, con devoción única, a luchar por la dignidad de los pueblos negros e indígenas. Le interesaba, por otra parte, el minucioso registro de la mezcla que suele predominar en el mundo de lo popular caribeño, y, sobre todo, la detallada exposición de sus consecuencias culturales. Para hacerlo estaba dispuesto a descubrir su alma y recrear los episodios de su vida con la gracia que le provenía de su inconmovible fe en la bondad del ser humano y en el actuar de los seres más sencillos.

Sabía que la vida de los mulatos educados había sido, en uno de sus aspectos más dramáticos, signada por esa inacabable búsqueda de ser admitido, de ser reconocido y por ese sentimiento que los llevaba casi siempre a esconder sus orígenes negros, en una especie de parodia de sí mismos. Y optó, entonces, por lo contrario: decidió contar, como un abuelo que se estuviera tomando un café, rodeado de sus nietos, la magnífica historia de su procedencia: la de quienes lo precedieron y acompañaron, sus abuelos españoles, nativos y negros, la de su extendida parentela. En una verdadera lección, no de humildad, sino de altivez, de orgullosa conciencia del significado de su existencia, escribió páginas memorables sobre las raíces nutrientes de su propia universalidad.

Manuel no esconde, publicita su condición de mulato feliz con el privilegio de sus orígenes. Con cuanta alegría, y sin dejo de amargura, va contando la historia de todos los días de su abuela, la que pone la mesa de fritos en las calles del Getsemaní, rezandera en los velorios de negros y cuya presencia determina la duración del fandango; de su tía Estebana, en medio de la pobrería de Chambacú, portadora magnífica de la religiosidad africana. Al hacerlo, se cuida de poner al desnudo la miseria de las barriadas, y, al mismo tiempo, distingue esa virtud de los más pobres que les permite defender la alegría y la risa aún en las peores circunstancias:

Abatidos en el día por los soles verticales y en las noches por el frío de las brisas marinas; bajo las lluvias de los aguaceros y zancudos, los negros de Chambacú inventaron un nuevo género de vida humana que les permitió ser opulentos y alegres en su pobreza. Volvieron a cantar sus bullerengues, acompañados con el retumbar de los tambores. La alegría, el baile y la risa constituyeron la tríada que soportaba el hambre, el dolor y las desilusiones de los abandonados hijos de África.

Chambacú, corral de negros, como lo llamó en una de sus primeras novelas, era el testimonio viviente del lado oscuro y aterrador de la historia heroica y nobiliaria, tantas veces contada, de Cartagena: testimonio de su pasado infamante de gran factoría de esclavos y de las consecuencias de un racismo estructural, enquistado en el alma misma de la ciudad. Manuel hablará de la vieja Cartagena en la que creció en sus días de estudiante de bachillerato y en la que nació su padre en ese legendario barrio de Getsemaní.

Hay que leer con cuidado, detenerse un poco, en las páginas dedicada a don Antonio Zapata Vásquez. Manuel no ignora que su padre era una figura emblemática. Que se habían necesitado siglos para lograr su altiva condición de ciudadano que se sabía no inferior a nadie, y que no había sido para nada fácil asumirse como tal desde los días de la independencia en que sus bisabuelos libres encarnaron el sueño de la igualdad. De ahí su carácter para defender sus convicciones de negro ilustrado en las lecturas de los enciclopedistas franceses. Siempre vestido de entero y corbata, siempre dispuesto a defender su humanidad en un medio que practica de vieja data la actitud de no tratar a los negros y a los indígenas como iguales. En una de sus páginas Manuel dice de él:

Mi padre negro, comenzó a sentir que su piel lo denunciaba como llaga viva entre los que habían sufrido la esclavitud. En los cincuenta años anteriores a su nacimiento, separado tan solo por dos generaciones de abuelos, todos sus ascendientes maternos habían padecido el hierro del amo. Su abuela Clotilde tenía marcada una nalga.

…mi padre nació liberal, bautizado por el color, nutrido por las lecturas de los Enciclopedistas y el anticlericalismo.

Y la madre silenciosa. Su presencia indígena y mestiza criando a ese grupo extraordinario de hijos e hija. Venía de tierras de los zenúes, ese territorio húmedo en el que los curas no lograron extirpar la cosmovisión de los africanos y de los nativos. Manuel la describe con mucha dulzura: es la madre.

El abuelo blanco, nacido en las orillas del gran río, descendiente de españoles de Cataluña, medio alocado, especie de José Arcadio Buendía, sembrando hijos en las nuevas tierras, emprendiendo toda clase de aventuras económicas, cual más fantástica, en las riberas del Sinú. Le apodaron “primor” por sus cabellos encendidos y su belleza poco común, dice Manuel, al recordar la vida picaresca de este catalán que recorrió las sabanas sin salir nunca de ellas.

¡Levántate, Mulato! está organizado con la agilidad de una larga crónica por entregas. Cada capítulo es una pieza clave, en una labor de desciframiento, de la historia personal de Manuel. Están sus raíces, pero también momentos fundamentales de su vida. Su estancia en México, por ejemplo. La intensidad de su lucha interior, de sus terribles incertidumbres, de su búsqueda mesiánica del bien, hasta el extremo de irse a vivir con los más miserables debajo de los puentes de la Ciudad de México. Así era: sin vacilaciones y audaz a la hora de llegar hasta las últimas consecuencias con tal de aprender el misterio de las cosas que gobiernan la vida de los seres humanos, su descenso a los infiernos. Urgido por su inefable sentimiento de solidaridad con los más humildes y por la experiencia de conocer sus emociones, no vaciló en dejar el apacible oficio de médico en una clínica mexicana para compartir la suerte de los miserables. Resonancias aquí de aquel otro episodio que, años más tarde, protagonizó en el fuerte de la isla de Goré, en África, cuando decidió ir a pasar la noche, desnudo, en el viejo recinto en el que concentraban a los africanos esclavizados los días y las noches anteriores a su partida.

Y está también ese último y maravilloso capítulo, en el que reinará ahora la armonía y el derrotero feliz, al lado de su hermana Delia. Es como un canto a la alegría con la que se cierra este libro. Es Manuel y su hermana encaminados finalmente a aquello que será una pasión en la vida de ambos: la lucha por mostrarle a un país lo que ha negado siempre: la enorme riqueza de la sabiduría popular, negra, nativa, mestiza, mulata, desplegada en sus artes, en su lenguaje, en sus cosmovisiones y en sus artesanías y hábitos de vida; de allí nacerá Changó, el gran putas. Lo contó también en tres páginas finales de gran hermosura y sabiduría: el origen de la gran epopeya literaria, el proceso mismo de su compleja creación, para cerrar este bello libro con estas palabras finales:

¿Unidad? ¿Tiempo? ¿Espacio? ¿Estilo? Y otras estructuras de la carpintería literaria que yo conocía por las claves reveladas por John Brushwood, las convertí en huellas de las palabras, porque siempre me dejé llevar por las voces de los analfabetas de la tradición que en primera y última instancia fueron y son los reales autores de mi novela.

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