Julio César Londoño: entre la verdad y lo verosímil Reseña de El cerebro y la rosa

Julio César Londoño: entre la verdad y lo verosímil
Reseña de El cerebro y la rosa



Por Edgard Collazos Córdoba




Álvaro Bautista-Cabrera, profesor de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, en las instalaciones de La Palabra.
Foto: Clara Inés González Libreros


Casi todos los escritores que se atreven a divulgar la ciencia, usan el lenguaje de la filosofía o un metalenguaje técnico como instrumento y guía de su escritura, como si el lenguaje literario no fuera apto para emprender la expresión del pensamiento científico. Escucharon e interpretaron que la verdad es el ámbito de la ciencia y que usar el lenguaje literario les hace correr el riesgo de entrar en la verosimilitud que es el ágora de la literatura. Desdeñan con arrogancia la amplia gama de temas expuestos en buena prosa por la fantasía literaria, emprendida por millares de hombres desde la antigüedad, desconociendo eso que Borges recordó de Fritz Mauthner -que un diccionario de la rima es una especie de máquina de pensar- ya que el escritor de ciencia que desee hablar con atractiva elocuencia de: los registros del recuerdo que tiene el cerebro; o cómo se piensa el pensamiento; o dilucidar sobre qué es lo que nos hace humanos; o entrar en las conjeturas sobre la invención del huevo; o sobre neumática, temas que frecuenta Londoño en El cerebro y la rosa, precisa de un lenguaje amplio, no encorsetado por las certezas y la vanidad del hecho fáctico.

No procede así nuestro Julio César Londoño en El cerebro y la rosa, su último libro de ensayos de divulgación científica. Julio César prefiere la libertad y rompe con el canon al mezclar la expresión de la literatura y el rigor del pensamiento como base de su fórmula escritural. Desde su precisa prosa literaria (arma filuda que esgrime ante los obstáculos del género y le alcanza incluso para expresar poéticamente el éxtasis del ensayo), nos plantea algo inverosímil para luego mostrarnos la verdad con el análisis de la certeza. Parece decirle al lector: allá usted si cree o no lo que le estoy contando, pero eso sí, le estoy garantizando en cada texto el asombro y el goce estético.

Estos ensayos tienen la fortuna de presentar el fenómeno de la realidad como algo sorprendente, o como decía Boileau: Le vrai peut quelque fois n’etre pas vraisemblable (Lo verdadero puede no parecer verosímil) en este caso el fenómeno que nos sorprende resulta ser explicado por una teoría.

El proceder de Londoño me hace recordar un célebre relato de Isak Dinessen, que inicia desafiando las leyes naturales, con una absurda promesa literaria; por lo demás inverosímil: Después de la muerte de su amo Leonidas, Angelino Santasillia decidió que jamás volvería a dormir. Sorprende que Isak Dinessen no tuviera consideración con la verdad al proponer esa mentira, ningún científico aceptaría esa propuesta, porque nadie puede permanecer despierto durante meses, sin embargo, gracias al fluido de los acontecimientos y al ritmo de la prosa, nos hace creer que esa promesa mendaz es una excepción de la verdad.

Se dice que los novelistas y cuentistas no presentan una realidad, sino el recuerdo de un suceso, cabría preguntarse si los divulgadores de la ciencia muestran una ley o solo el recuerdo de una teoría científica. En los dos casos, lo narrado ha pasado por la imaginación y ha sido revisado por la memoria del escritor. Si es así, sus obras estarían en el linde de los géneros y es un detalle que aprovecha Julio César, quien procede en cada inicio de estos ensayos con una narración atractiva, como magistralmente lo hace en el ensayo titulado, Marcel Schwob.

Recordemos que Julio César es además un hábil cuentista, que conoce los pormenores y los artificios de ese difícil género literario, y que por eso para su mundo imaginario la creación de un dragón o de un unicornio tiene la misma responsabilidad poética que crear un personaje histórico o exponer una de las leyes de Newton.

Este divertido libro parece decirnos que los discursos, ya sean científicos o literarios son obra del lenguaje, postulado que regocija a los estudiosos de Martin Heidegger. Aun así, no se puede negar que el artífice de las tramas es del proceder ingenioso de Julio César; de su mente retorcida, quien cambia de estilo en cada ensayo, aseverando una de las pocas verdades de la literatura: que cada estilo es un cambio de tema.

Tres cosas quedan por decir en esta corta reseña: La primera, que El cerebro y la rosa es un juguete para obrar en el pensamiento. Dos, que cada una de sus páginas carece de vanidad, porque entre tantos fines que cada autor desconoce cuando escribe un libro, este está escrito para la diversión, que es el propósito más sano del arte. Y la tercera, de carácter estructural, es que el autor de este agradable libro de 265 páginas, compuesto por más de sesenta textos, procede al igual que el escritor de ficción, quien, en los primeros renglones, con arte de prestidigitador fascina al lector, lo induce a mirar la incredibilidad del hecho, y después opera como el escritor de realidades, induciendo al lector a la aceptación, lo aparta del escepticismo y elimina la presencia de los géneros.

Suscribirse

* indicates required
/ / ( dd / mm / yyyy )