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La palabra y las escuchas

 

Ciudad1


 

La palabra y las escuchas

 

La palabra, esa potencia que nos fue dada para ser más agudos que las águilas, más progresivos que los insectos y más combativos que los tigres, estuvo de plácemes con el II Festival de Narración Oral, celebrado en Cali del 5 al 8 de junio.

 

 

Por: Álvaro Bautista-Cabrera

Prof. titular Escuela de Estudios Literarios

Universidad del Valle


Con un hermoso logo en el que la boca abierta es como la noche con sus leyendas y la glotis es el centro de la conjugación de las voces, asistí con  la expectativa de volver a oír y ver a quienes me contaron historias en la infancia, a quienes tienen aún ese gusto oral que envidian los letrados con sus temores e inhibiciones académicas.

 

Voces de Cuba, México, Perú y de esos países de Colombia, Barraquilla, Nariño, Medellín, Calarca y del país bogotano, nos presentaron una gama de cuentos que van desde las historias rurales y folclóricas hasta los cuentos urbanos, pasando por un narrador superior que uno no sabe cuándo va a terminar porque podría no terminar nunca, como cuando uno charla un fin de semanas con los amigos sobre la muerte y sus duelos.

 

Del Sur vino Cesar “Wayqui” Villegas, con su voz queda contándonos cuando la primera mujer se encontró con el primer hombre, entre prohibiciones y transgresiones, que son en verdad el origen de nuestras tribus; también nos explicó por qué la llama, cuando pasa un raudo vehículo, se queda tranquila porque no debe nada, el carnero huye porque debe y el perro lo persigue para cobrar las vueltas que aún le adeudan. Asimismo, del Norte continental, vino con su baúl de cerdos musicales y poetas, Iván Zepeda, un gigante de estatura y voz con una juventud en la que se sobrevive al horror de la violencia de México. Iván nos contó la historia de la princesa que se casó con el bobo del pueblo, porque solo este fue capaz de descubrir el secreto peliagudamente guardado en su senos, o la historia de un incrédulo matón que el día de los muertos decide frotarse en sus ojos las lagañas de un perro  –porque en México se cree que esto posibilita ver a los que han partido– para comprobar que los muertos no son solo seres ya muertos y, además, para terminar convertido en un masivo procreador de lagañas perrunas.

 

Pero las historias maravillosas bajaron de los países de Nariño con las de los niños y sus experiencias escolares. Armando Cabrera, con ese tono que parece solo susurrar, va sacando de un maletín la infancia, sus miserias y travesuras que nos recuerda al niño que fuimos, entre cuadernos, sanciones y riesgos que tuvimos que tomar para educar en nosotros lo que no educa la escuela.

 

Y del norte, del mundo de Álvaro Cepeda Samudio, de Barranquilla, poseyó nuestro sensorio una pareja sin igual, Mayerly Beltrán y Fernando Cárdenas, que contaron representando el cuento nunca terminado de A la diestra de dios padre. En el fondo, se debatían las versiones de Carrasquilla, Güiraldes y Buenaventura. Pero estos nombres no apocaron nada; con una puesta prodigiosa, llena de encanto visual, cambio de voces, la pareja de Barranquilla responde: el alto Fernando resulta del tamaño siempre creciente de la pequeña y luminosa Mayerly. ¡Qué pareja de contadores! No solo la palabra renace en ellos: la vida con este Peralta que trastrueca el orden del universo con su bondad y su manera de pedir deseos raros y filantrópicos. El goce de ver a Mayerly y a Fernando solo puede ser comparado con la entereza de traer a Cali una versión de La diestra donde el decir pone a su servicio la representación escénica, la magia que el maestro Buenaventura creara hace ya algunas décadas.

 

Y llegaron los cuentos más urbanos con Elvia Pérez, de Cuba,  y Robinsón Posada “El Parcero”, de Medellín. Elvia escogió burlarse de los hombres y simular un discurso de una mujer entregada que poco a poco hace lo que le da la gana ante las mentiras, los engaños y el desafuero de un marido nunca engañado sino lamentado en el sexo y el regodeo erótico. Quizá ninguna historia como la del hombre que, lleno de ira porque cree que es el que más sufre y hace por el hogar, pide a dios que cambie los papeles y dios le da el de ser mujer, y a su mujer, el de ser él, el hombre. Ya en el primer día, agobiado por la rutina de un ama de casa, quiere volver a ser hombre, pero tendrá que esperar unos meses pues la actividad nocturna de su mujer vuelta hombre lo ha dejado con el cuerpo pendiente del ritmo de los asuntos milenarios de la especie.

 

A esta narradora, capaz de sacar una risa cada que termina una frase, se suma “El Parcero”, quizá una voz que está siempre en vilo en tanto meticuloso cuentachistes (capaz de sacar una carcajada sin haber empezado a hablar), pero que logra superar esto con la fortaleza de sus historias de la comuna, la esquina y, sobre todo, por una capacidad temeraria de voltear los modelos alabados. Por ejemplo, el de la madre. Ya con Fernando Vallejo apreciamos esto que podemos llamar el reclamo de los hijos al amor de la madre que cría con dedicación, abnegación y seudovalores, guiada por una ética de la contradicción y la irresponsabilidad. “El Parcero” insiste en la cantidad de muendas, palizas, trillas que recibe de tan adorable ser, mostrando que lo peor de la violencia de las comunas no es solo el sicariato, la droga, la desesperanza, la miseria sino este impulso por medio del amor-correazo en que ha convertido a las madres, la soledad con la cual crían a sus hijos, en medio de la devastación de todo respeto y solidaridad humana. Las mujeres abandonas con sus hijos terminan siendo menos unas santas que unas máquinas de dar carne a la violencia, al negocio de la pistola fácil y al recado del humo santurrón.

 

Entre tanto, El Santo, Jhohann Castellanos, hace también su juego en el Festival con un cuento africano, el del hombre que tenía una gran verruga en el rostro, “una verruga que iba de aquí hasta allá” –el dedo índice del narrador señala, cuando dice “allá”, un lugar que se pierde más allá del horizonte–; por lo que es separado de la humanidad y, sin embargo, encuentra que puede, a pesar de su deformidad, ser el único capaz de enseñarle a bailar a los seres fantásticos de nuestra historias maravillosas. El cuento, dicho y actuado con precisión, es un canto a que nada está escrito de manera definitiva en nuestro cuerpo y, en cambio, nuestra alma puede estar ya marcada de manera inmodificable por nuestras míseras pasiones.

 

Para finalizar, si queréis oír a un hermano que casi no cuenta un chiste y que parece contarnos todas nuestras locuras, fatalidades y muertes, podéis ir a oír y ver a Jaime Escobar Púrpura. Dijo que iba a continuar una historia que había dejado incompleta el año pasado, durante el primer Festival. Es la historia de la vida que sin duda sería capaz de contarnos durante toda la noche, pendidos de un suspenso extraño, no guiado por el miedo sino por el horror de la vida y de los duelos. El relato de Púrpura es una especie de ceremonial de funerales. Cada uno ve sus muertos en esa voz e, incluso, los que vienen y se están muriendo ahora mismo. Entre una fatiga conducida quizá por la desesperación, el “no aguanto más” y una caída esplendorosa en la melancólica verdad de nuestro destino, la voz de  Púrpura nos permite vivir nuestras muertes más cercanas. Y entonces no podemos llorar sino agradecer. Púrpura termina y en la despedida empieza otro pedazo de la misma historia que podría ir hasta el vertiginoso amanecer. Pero termina y todos nos quedamos sentamos, sin risa, con algo de pesadumbre en el alma acomodada entre los almohadones de nuestra imaginación. Ya son más de las doce. Entonces Cristian Fraga tiene prácticamente que decirnos que ya se acabó todo y nos echa. Claro, todos sabemos que la historia de Púrpura está inconclusa y que para el siguiente capítulo quizá nos toque contar algo de nosotros mismos.

 

No puedo sino agradecer a este Festival el homenaje a la palabra, a las historias, a los cuentos, a nuestra sedienta disposición a escuchar. Los que cuentan historias y los que las escuchan hacen parte de un antiguo ritual de conmemoración de nuestro lenguaje y de la vida. El II Festival Santa Palabra 2013 ha estado a la altura.

 

 

Un público satisfecho por las claras y apropiadas ponencias es el resultado de cuatro jornadas de argumentación y debate. Un importante ejercicio que posibilitó poner a la luz los cuatro siglos de las Novelas Ejemplares, lecturas actualizadas y la mezcla de disciplinas; cruces interesantes para ampliar públicos y la comprensión de un autor con merecido reconocimiento, quien con su obra marcó el 23 de abril como el Día de la Lengua, el día de Cervantes; pero que enfrenta dificultades de comprensión por su lenguaje. Combatir esto es el oficio de estos encuentros.Un universo dialógico

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