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El camino a una vida sin guerra

Tras la firma del Acuerdo de Paz entre el Gobierno colombiano y las FARC- EP, cerca de 8000 miembros de esta organización se movilizaron hacia las 26 Zonas Veredales Transitorias de Normalización  (ZVTN) donde se realizará la dejación de armas, la creación de su partido político y su preparación para la reincorporación a la vida civil. Después de tres meses de estancia en las ZVTN  dos guerrilleros cuentan sus percepciones, miedos y esperanzas del Proceso de Paz.

 

Por: Laura Soto

Estudiante de Comunicación Social – Periodismo

 

Una mujer junto a dos niños pequeños salen detrás del plástico negro que cubre la entrada de la Zona Veredal en Miranda, Cauca. Un hombre de contextura gruesa llega en moto, los sube y se dirigen cuesta abajo. Es la escena de un guerrillero llevando de vuelta a casa a su familia.

Hace muchos meses me surgió la curiosidad de conocer a un guerrillero o guerrillera. De preguntarles cómo llegaron a la guerrilla, cómo vivían en los campamentos, qué papel cumplen en las Farc, si son tan malos como dicen las noticias. ¿Cómo serán, cómo vivirán, qué pensarán de este proceso?

La Zona Veredal está ubicada en la vereda Monte Redondo en Miranda, Cauca. En el lugar se encuentran concentrados al menos doscientos guerrilleros, de los que treinta son mujeres, pertenecientes al Frente Sexto y a la columna Gabriel Galvis de las Farc. La primera de presencia histórica en el Cauca, la segunda en el Valle del Cauca.

Son las 8:30, esperamos fuera del campamento mientras unos jóvenes de rasgos indígenas, de corte militar y botas, nos observan desde el otro lado de la calle. Se ríen. En la portería está un joven de baja estatura con jean y chaqueta impermeable. Informa al comité de comunicaciones la llegada de dos estudiantes y su intención de realizar unas entrevistas. No hay respuesta. El campamento está rodeado por un plástico negro que oculta su interior. Nos sirven café. Ya ha pasado más de una hora.

Cuando la desesperanza me invadía llegó un señor de cara blanca, inexpresiva, seria, diferente a la de los otros muchachos, vestía camiseta polo azul, jean, y gorra, me daba un poco de miedo. Su nombre es Germán. En un cuaderno anotó nuestros datos e inmediatamente nos envió con un guerrillero a la entrevista, junto a una mujer. Nos sentamos en sillas Rimax en el centro de un potrero seco. Eso hacía parte de la zona de visitas a un lado del campamento.

***

La mujer se llama Karen Salazar y llegó a la guerrilla hace siete años, cuando tenía 18.  Pertenece al Frente Sexto de las Farc, considerado uno de los más violentos y activos del país por sus constantes enfrentamientos con la fuerza pública además de los asesinatos a líderes sociales y población civil del Norte del Cauca.

Es de piel trigueña, cabello largo trenzado, viste jean y una camisa blanca de Hello Kitty. Karen decidió entrar a la guerrilla porque allí tenía oportunidades de salir adelante y aprender, dice mientras mete sus manos en medio de las piernas. En Toribío, de dónde es oriunda, no tenía formas de subsistir, ni estudiar.  Ella es enfermera de la guerrilla, todo lo que sabe lo aprendió allá, en el monte. Cuando había combates era duro para mí porque yo atendía sola a los heridos y la vida del combatiente herido estaba en las manos de uno, dice, tímidamente. Lo bueno de estar en la guerrilla para Karen es aprender, convivir con los compañeros así como la calma cuándo no hay operativos.

Karen tiene dos hijas, las tuvo dentro de la guerrilla, dice que nunca le prohibieron tenerlas. Nunca la incitaron a abortar. Actualmente las tienen sus padres. En el futuro quiere estudiar medicina y sacar adelante a sus hijas.

Karen se siente tranquila en la Zona Veredal, aunque su rutina sigue siendo la misma de antes. Hace guardia, trabaja en la cocina y en los trabajos que salgan. Lo único diferente, es el fútbol, dice con voz susurrada, mientras nos interrumpe el estruendo de una máquina aplanadora que cinco guerrilleros aprenden a usar como un juguete. Los fines de semana la comunidad y los guerrilleros juegan fútbol mientras hay ventas de comida fariana.

Karen siente miedo de llegar a la vida civil, porque sus vidas no van a estar seguras. El Estado dice que sí tenemos seguridad, pero nosotros no la tenemos. Hay líderes asesinados, dice levantando los hombros. Karen no se arrepiente de haber entrado a la guerrilla porque allí aprendió muchas cosas. De no haber tenido necesidades no me hubiera venido para acá, dice tímida. Karen no se siente culpable de la guerra, se considera víctima del Estado y por eso no pediría perdón. No siente que deba hacerlo. Le pregunto si volvería a la guerra en caso que el Estado no cumpla con lo acordado. Sí, lo haría, dice en voz baja. Karen duda mucho al hablar, es insegura, temerosa. No logro imaginarla en un combate atendiendo heridos.

***

Su nombre es Anderson Gonzáles y nació en Jambaló, Cauca. Ingresó a las filas de las Farc en 2007 cuando tenía 14 o 15 años. Lo hizo voluntariamente huyendo de su vida de extrema pobreza. Al igual que Karen, vio en la insurgencia la única forma de salir adelante. Tanto Karen como Anderson son indígenas Nasa.

Anderson es miliciano del Sexto Frente de las Farc. Un miliciano cumple funciones por fuera del campamento como recoger cosas de los cascos urbanos, movilizar gente, o cualquier cosa que necesite la vida militar. Eso le permite dormir por fuera del campamento. Por eso él tiene una pareja con quien vive y una hija.

Lo más duro de estar en la guerrilla son los combates. Hubo un tiempo que se intensificaron los ataques de la fuerza militar sorprendiéndonos en cualquier momento. Ahí no importa si usted está o no está preparado para combatir. Si le tocó le tocó. Otra cosa difícil es que a veces uno se aburre. Uno está consciente de los ideales y de los objetivos de la organización, pero las madrugadas son duras, los combates, el frío, los terrenos, en esos momentos a uno se le olvidan esos principios. Al final uno se acostumbra y si uno es claro en lo que está no le da tan duro, dice Anderson con voz fuerte y de brazos cruzados.

Anderson viste una camiseta roja, jean, botas militares y gorra. Su tez es de color canela, rostro ovalado, dientes derechos, muy blancos. Él, contrario a Karen, es seguro a la hora de hablar, parece tener todo muy claro. Anderson esperaba algo diferente de la zona que hoy habitan. Imaginó encontrar lo prometido por el Gobierno, agua, luz, baños, casas, educación, salud. Llevan más de tres meses en la Zona Veredal y el gobierno no ha cumplido nada de lo acordado. Lo que hoy tienen fue hecho por ellos mismos. Faltan dos meses para el primero de junio, fecha estipulada por el Gobierno para la desmovilización definitiva de las Farc, ¿será posible?

Uno es consiente que si el gobierno no le ha cumplido a las organizaciones sociales, a las comunidades, peor nos va a cumplir a nosotros que hemos estado revelados ante sus leyes y el régimen, dice resignado. Pero ya tratándose de un proceso de paz donde el beneficio es para todos, se supone que el Gobierno debe dar muestra de voluntad que sí quiere cumplirnos. Uno siente como si lo estuvieran engañando, dice mirando a lo lejos. Sin embargo, a pesar del claro incumplimiento del Gobierno dice que no será motivo para echar para atrás el proceso.

Mal hace el gobierno en incumplir desde el inicio del posconflicto. ¿Si ni siquiera garantiza  unas condiciones mínimas de seguridad, salubridad y formación, qué pasará con lo que sigue?

Pese a todo, Anderson cree que la presencia de las Farc en la zona ha abierto muchas puertas para entrar a un diálogo, interactuar con las comunidades además de acercar a los guerrilleros con sus familias. Estar allí ha significado para él un cambio en las ideas, abandonar el pensamiento de la guerra  para pensar en su futuro trabajo y en cómo aportar al campo político pese a que aún no han entregado las armas.

El desarme oficial comenzó el primero de marzo, pero en esta zona aún no las piensan entregar porque el gobierno no ha liberado a los guerrilleros presos, no hay un plan en curso para el desmonte del paramilitarismo, no se investigan, ni castigan los asesinatos a líderes sociales, políticos y Defensores de Derechos Humanos, no existen planes para la reincorporación social, ni económica de las Farc, no están listos los contenedores para las armas, ni siquiera les han entregado la cédula. Si el Gobierno ya hubiera cumplido, nosotros hace rato hubiéramos dejado las armas, dice Anderson con mucha calma.  Me sorprende la esperanza y la fe que deposita en el Proceso de paz. Me habla de todos los contras que se enfrentan y  enfrentarán, incluyendo el posible exterminio suyo y el de sus compañeros, pero a la vez sale en defensa del proceso, de su firmeza; está convencido que sí es posible cambiar esta realidad. Si Anderson no tenía miedo en la guerra, menos lo va a tener ahora. Entonces a qué le tienes miedo, le digo, que me deje mi compañera, dice con una carcajada.

Un tema que ha suscitado debate en la sociedad es el tema del perdón. Anderson estaría dispuesto a pedir perdón siempre y cuando el Estado reconozca su responsabilidad en la guerra. Que responda por el paramilitarismo, los falsos positivos, y la violencia contra la población representada en abandono estatal. Él pide que el Presidente pida perdón a la sociedad. Y no sólo él, sino todos los anteriores. Si el Estado no nos hubiera obligado a entrar a la lucha armada, se hubieran evitado muchas muertes, dice. Por eso, él es el primer responsable de esta guerra. Además Anderson también espera un perdón. Soy víctima, porque a pesar de vivir en un país tan maravilloso, tuve que escoger la guerra para salir adelante. La falta de oportunidades me obligó a esto, dice convencido. Quienes nos creen malos es porque no han tenido la oportunidad de hablar con un guerrillero. No han escuchado nuestras historias para mostrarles que no somos como ellos piensan.

Hemos cometido errores como seres humanos y organización, pero eso no significa que debamos pedirle perdón a la comunidad en general. Por ejemplo, si en medio del conflicto una bomba mató a los familiares de alguien, en ese caso sí tenemos que ir, explicarle cómo fueron las cosas y de ahí pedirles perdón. Anderson me deja claro que no pediría perdón en espectáculo público como lo quiere el Gobierno.

En el futuro Anderson quiere estudiar Administración Pública para ser útil y servirle a los demás combinando su trabajo con la lucha política. Es realista Anderson en decirme que las Farc no se van a tomar el poder político. Lo que sigue es una lucha por unir fuerzas entre todos los sectores sociales para lograr cambios. Si para tener un diálogo con el Gobierno esperaron 52 años, puede que el camino político sea igual de largo. La lucha armada sí sirvió, estar sentados aquí es un cambio, afirma. Nuestro propósito era que nos escuchen y aquí estamos. Si el Estado nos da la opción de participar en política y lo garantiza, es una oportunidad para la humanidad, porque se van evitar muchos muertos. Pero siendo realistas ustedes miraran cuántos muertos llevamos ya, dice.  

Al finalizar la entrevista Germán nos dio un recorrido por el campamento. Lo primero que vemos es una gran carpa donde las Farc hacen sus reuniones pedagógicas. Al fondo observamos una bandera de Colombia con el croquis del país y el nombre FARC-EP en el centro. Hay mujeres hablando con guerrilleros vestidos de camuflado y niños jugando. Los cambuches son plásticos negros sobre guaduas que simulan el contorno de una casa. Al interior hay una colchoneta negra forrada con plástico, una mesa artesanal de madera y guadua donde los guerrilleros colocan libros, ropa y algunas cosas personales. En el piso de tierra encontramos botas de trabajo de campo junto a tenis perfectamente ordenados. En los espacios comunes vemos sillas y mesas de guadua. Más adelante, hombres y mujeres lavan ollas de esas que se usan para el sancocho de río. Son las 12:30, nos disponemos a salir del campamento, pero Germán nos dice que esperemos el almuerzo. A lo lejos veo a Anderson correr de un lado para otro con platos de arroz y vasos de jugo.

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