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Homenaje

Jorge Isaacs

–Vida y obra–

 

La vida de Isaacs ha permanecido a la sombra. Como si sólo su obra hablara por él, los datos biográficos del autor son desconocidos por la mayoría de personas. Sólo unos pocos pueden asegurar, a ciencia cierta, detalles en cuanto a la vida del autor de María. Sin embargo, esto no debe preocuparnos. La vida de un artista, como la de cada uno de nosotros, es un cúmulo de casualidades, plena de desdicha, ganancias, derrotas y creación. Pocos lo consiguen, sumergidos en la vorágine del tiempo, pero Isaacs logró trasmutar estos sucesos en poesía.

 

Por: Jorge Sánchez Fernández

Estudiante de Lic. en Literatura

 

¿Dónde está la memoria de los días
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
dicha y dolor y fueron para ti el universo?

Jorge Luis Borges

 

Hijo de George Henry Isaacs, judío de origen inglés nacido en Jamaica, quien a la edad de 20 años solicitó carta de naturaleza colombiana, y de Manuela Ferrer. Su padre, en 1882 se estableció en Chocó. Mediante la explotación del oro y el comercio con su tierra natal, logró amasar una pequeña fortuna. Luego, obtenida su libertad, convertido al cristianismo y después de contraer nupcias con Manuela, se traslada de Quibdó a la ciudad de Cali. Una vez allí compra dos haciendas: La Manuelita en 1840 y El Paraíso, que fue propiedad de la familia entre 1855 y 1858; esta última será la casa donde se desarrollen los acontecimientos de su novela.

 

 

Jorge Ricardo Isaacs Ferrer nació en la república de la Nueva Granada, poco tiempo después de haberse firmado la constitución de 1832. En esa época la nueva nación se establecía, recuperándose aún de las guerras de independencia, y tras el triunfo en el puente de Boyacá, sus habitantes se vieron en la tarea de construir una patria. Enfrentados a múltiples problemas; sumergidos en un mundo dominado por antiguos pensamientos y viejas instituciones coloniales. Fue un proceso lento y tortuoso. En el siguiente siglo, y con la fuerte convicción de consolidarse, la nación conocería ocho constituciones y cambiaría de nombre cuatro veces. En este contexto se efectuó el nacimiento de Jorge Isaacs.

 

Dice Isaacs en una carta autobiográfica: "En 1848 empecé a estudiar en Bogotá en el Colegio del Espíritu Santo del doctor Lorenzo María Lleras; más tarde cursé también en San Buenaventura y San Bartolomé". Sus años en la capital fueron un tiempo de creación poética. Está todo ese mundo idílico de su infancia y los años de formación en la casa paterna, así como la figura del padre, muy importante para el autor. Bogotá significó para Isaacs dejar atrás un mundo de seguridad, un lugar de ensueños, para enfrentarse a una fría realidad a la cual nunca se adaptó.

En 1852 retorna a Cali, aparentemente sin haber terminado sus estudios. Por aquel entonces la familia se encontraba en una mala situación económica, lo cual le impidió emprender el viaje a Inglaterra que tenía previsto para estudiar medicina. Es aquí cuando comienza a adentrarse en caminos políticos. En 1954 lucha en las campañas del Cauca, contra la dictadura del general José María Melo. En 1956 contrae matrimonio con Felisa González Umaña, de la unión nacen nueve hijos. De 1859 a 1860, datan sus primeras obras poéticas e incursiona en la dramaturgia. En estos años tenemos los dramas históricos Amy Robsart, María Adrian y Paulina Lamberti. En 1860 tuvo lugar el levantamiento de Tomás Cipriano de Mosquera contra el gobierno central; Isaacs lucha contra el general con apenas 23 años de edad.

El 16 de marzo de 1861 muere Jorge Enrique Isaacs y aunque deja un sustancioso patrimonio, del mismo modo hereda cuantiosas deudas.  Después de la guerra Isaacs vuelve a Cali para encargarse de los negocios familiares, según la voluntad de su padre. Para esto tuvo que abandonar sus intereses personales y pedir préstamos que no pudo pagar en los plazos establecidos. En 1863 regresa a la ciudad de Bogotá, dejando todo lo referente a los negocios familiares en manos de su hermano Alcides.

Pese a todo, La Rita y La Manuelita son rematadas y quedan en manos de Santiago Eder, por dos terceras partes de su evalúo. En Bogotá Isaacs acudiría a José María Vergara y Vergara y a Aníbal Galindo; el primero como mentor literario, el cual lo presentaría a los miembros de El Mosaico. Estos, cautivados con sus poemas, deciden ponerse a la tarea de publicarlos. En 1864 es nombrado subinspector de los trabajos del camino de herradura entre Buenaventura y Cali por el general Mosquera. En este trabajo, viviendo de manera malsana, casi como un salvaje, inició la escritura de María.

1867 vio 800 ejemplares editados de María, por la imprenta de José Benito Gaitán, vendidos a $ 1.60. La primera edición estuvo a cargo de Tomás Carrasquilla y la segunda en manos de Miguel Antonio Caro. Con un éxito inmediato, María y Jorge Isaacs saltaron a la fama en toda Latinoamérica. Los años siguientes trajeron nuevos cargos para Isaacs; fue cónsul en Chile, periodista, explorador y educador.

El legado de Jorge Isaacs es inmenso. Pretender abarcar la vida de un hombre en esta página es una tarea fútil y acaso grosera. Su historia y su obra nos habla de un hombre apasionado por la vida, con una visión crítica de su tiempo: un hombre pleno en general. Muchos críticos, a través de los años han sido detractores de la obra de Isaacs; en una ocasión Borges escribió “Ayer, el día veinticuatro de abril de 1937, de dos y cuarto de la tarde a nueve menos diez de la noche, la novela María era muy legible.” Yo me adhiero a sus palabras y confirmo que 150 años después, la obra de Jorge Isaacs sigue igual de legible, e igual de interesante, que el primer día de su concepción.

 



Un reconocimiento justo a la memoria del profesor Anibal Patiño

 

Por: Walter Lara González

Profesor del Instituto de Educación y Pedagogía

 

Ha circulado en distintos medios de comunicación regional y nacional –y de manera reiterada desde el martes 7 de marzo–, la noticia acerca de la muerte del profesor Aníbal Patiño. Han abundado los calificativos para exaltar sus calidades de investigador en el campo de la ecología, desde donde hizo contribuciones reconocidas alrededor de la preservación de los recursos naturales estratégicos para el mantenimiento de los ecosistemas imprescindibles en la reproducción de la vida humana y no humana. Por esos aportes fue sujeto de distinciones académicas e institucionales para alertar y orientar a la sociedad y al Estado sobre los riesgos, controles y desequilibrios ambientales.  Su deceso puede ser un dato  que se suma a los que hacen parte de las estadísticas de ese sector de la población que, después de pasar por la universidad bajo distintas formas y tiempos de vinculación laboral, cumple la última fase del ciclo de la vida; sin embargo, por tratarse de una persona cuyo tránsito por el alma mater abrió brechas para su desarrollo académico crítico, de cara a los retos y desafíos que la agroindustria regional imponía, es preciso sugerir a la universidad, Facultad de Ciencias Exactas y al Instituto de Educación y Pedagogía que se pronuncien de manera particular y contundente para hacer un reconocimiento a sus aportes.

 

El profesor Aníbal Patiño fue el  primero en hablar de ecología en el Departamento de Biología en la segunda mitad de la década del 60. Ofrecía una asignatura muy extraña para ese tiempo, pero muy innovadora: limnología. Ahí se estudiaban los orígenes, evolución y transformaciones de los humedales y sus relaciones con la preservación de la fauna y flora tropical. Organizaba cada semestre jornadas ecológicas, las cuales, en su conjunto, no eran otra cosa que salidas de campo durante todo un día a visitar humedales, cuencas de ríos, madre viejas, lagos, lagunas, cañones, esteros, rebalses, ensenadas, pendientes, saltos, accidentes orográficos, etc. Eran unos espacios pedagógicos y educativos abiertos donde concurrían estudiantes no sólo de biología sino de distintas carreras de la Facultad de Ciencias y de la universidad; igualmente asistían profesores y expertos en distintos campos de las ciencias naturales y de la tierra e ingenierías. Era una experiencia de docencia en equipo y de aprendizaje y construcción colectiva del conocimiento a través de la práctica empírica de relación directa con la naturaleza: el geólogo explicaba las condiciones edáficas y los problemas de la erosión antrópica; el agrónomo mostraba los problemas técnicos del manejo de los suelos para la agricultura y el impacto de cultivo de especies vegetales foráneas; el químico hacía mediciones de oxígeno disuelto y turbidez del agua; el biólogo analizaba los niveles de las cadenas energéticas; el botánico hablaba de la representación de la botánica económica de las especies del lugar o lugares que se visitaban; el zoólogo de vertebrados hacía referencia a la variedad de aves y su distribución geográfica, entre otras. La jornada se cerraba, casi siempre, con una sesión cultural: conjuntos típicos de los lugares, cuentachistes… y hasta con la presentación de un grupo de danzas de la Universidad del Valle. En la medida en que avanzaba la jornada, así mismo se iban agregando a los expedicionarios gruesos grupos de pobladores y lugareños. De esta manera la universidad, sin saberlo quizás, hacía pedagogía social, educación de adultos, formación universitaria en contexto territorial y educación popular.

 

El profesor Aníbal Patiño es el autor y el actor protagonista de la plantación de los mangos, carboneros, achiotes y nogales en el campus de Meléndez. Conjuntamente con el personal auxiliar de campo del Departamento de Biología y de algunos estudiantes voluntarios del programa de biología, se sembraban los árboles que se recogían en el vivero departamental de la Secretaría de Agricultura del Valle en el predio que se ubica detrás del Parque del Avión de la calle 34 con carrera 5. Desde allá eran transportados en volquetas de la Secretaría de Obras Públicas hasta la universidad. Las jornadas se realizaban los sábados, precisamente el día en que concurrían sólo los estudiantes que iban al Centro Deportivo Universitario (CDU). La actividad era coordinada y dirigida por el profesor Aníbal Patiño, enfrentando y superando la crítica de la academia acartonada de la universidad de ese entonces que calificaba la jornada de trabajo como “activista y carente de reflexión”. Pero ocurría lo contrario: con el apoyo energético de un refrigerio muy modesto, el escenario de relaciones directas con el trabajo del campo, constituía la manifestación de una modalidad de la enseñanza peripatética. Mientras se hoyaba o abrían los huecos para la siembra, había lugar para hablar de la microfauna, capacidad de retención hídrica, parasitismo vegetal, etc. Con su lenguaje directo y típico de la hibridación cultural producida por el cruce de la colonización antioqueña del norte del Valle con la cultura precolombina de los putimaes del centro de este departamento, inquietaba  a sus estudiantes por la nutrición orgánica y sana; decía que el mejor sancocho era el que se hacía con “gallina mierdera” porque no obstante alimentarse de los residuos de la digestión de los porcinos -lo cual tenía ya su gran valor nutricional-, se alimentaba también de lo procesado por éstos. Era una lección de nutrición basada en la cocina y alimentación tradicional.

 

Al profesor Aníbal Patiño se le debe la iniciativa de la construcción del lago del campus Meléndez. Como buen ecólogo propendía por los microclimas para estimular el inicio del entendimiento de lo macro. Estimuló el inicio de cría de tilapias por la facilidad y disponibilidad de su alimentación con especies vegetales que se producían en los predios de la universidad como tallos de yuca y hojas de hojarota. Este proyecto fue reemplazado por el de la siembra de plantas oxigenantes del agua (buchón de agua, elodeas…) y algunas ornamentales (cola de caballo). Posteriormente, se trajeron unos patos que no alcanzaron a reproducirse. Por muchos años fue el lugar donde se “bautizaron” a  los primíparos que, implícitamente, autodenunciaban su condición ante los estudiantes quienes a partir del segundo semestre presumían de su condición de “jerarcas”. El lago hace parte del capital paisajístico del campus de hoy y es uno de los escenarios de socialización estudiantil y de relaciones románticas de la universidad.

 

El profesor Aníbal Patiño fue decano de la Facultad de Educación. Bajo su gestión impulsó y dio inicio al programa de Licenciatura en Educación Agropecuaria en coordinación logística con el Instituto Técnico Agropecuario (ITA), en Buga. Era un programa de formación de docentes en ejercicio. Funcionaba los sábados y asistían bachilleres y normalistas agrícolas, agrónomos y veterinarios, quienes trabajaban en las concentraciones agrícolas, núcleos educativos rurales, ITA’s e institutos agropecuarios. Provenían de los departamentos del Valle, Cauca, Quindío y Risaralda. En la historia de la regionalización de la Universidad del Valle se registra este hecho como uno de los primigenios de ese proceso, conjuntamente con el programa de enfermería de la Facultad de Salud. Siendo decano y, fundamentalmente, siendo un académico comprometido con la autonomía universitaria, no pocas veces intervino directamente bajo el papel de mediador en las confrontaciones que los estudiantes sostenían con la policía a punta de piedra en la Panamericana, cuando la avenida Pasoancho no existía y la expansión urbana heterogénica de Cali llegaba, en el sur, hasta Ciudad Capri, el Refugio y el barrio Caldas. En el seno de la confrontación y bajo la lluvia de objetos de agresión violenta (piedras, ladrillos, balas de salva) se acercaba a los piquetes armados para pedirles el retiro de los predios de la universidad, por lo demás, sin ningún medio de encerramiento como protección del campus, muy distinto al que se observa y se vive hoy.

 

Por la Universidad del Valle han pasado no pocos intelectuales y académicos ilustres. En algunos edificios se honra su memoria con placas con nombres como los de Ernesto Guhl Naneti y Enrique Low Murtra, entre otros, de los últimos tiempos. El primero como una de las cabezas visibles de la geografía moderna de Colombia y el segundo como uno de los juristas defensores de la institucionalidad del Estado de derecho. Por lo expuesto anteriormente, el profesor Aníbal Patiño reúne de lejos las condiciones para ser reconocido, también, como uno de los personajes de alta estatura académica, humana, científica y política que dejaron su legado en esta universidad, en la región vallecaucana y en el suroccidente colombiano. Además, constituye un ejemplo de la superación de los hijos de la provincia y  de la descendencia de la raza y cultura precolombina de Zarzal. Sería un gesto de elemental justicia y una evidencia de la valoración del desarrollo institucional y organizacional de la Universidad del Valle al resaltar de esta manera  su memoria. La Facultad de Ciencias y el Instituto de Educación y Pedagogía serían los primeros apéndices académico-administrativos de la universidad en abanderar y protagonizar las iniciativas que surjan a ese respecto.

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