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Editorial

Un reto posible

 

Las guerras del siglo XX pusieron de presente la irracionalidad en el exterminio calculado de millones de seres humanos. Delante de Auschwitz, como lo afirmó Adorno, la única forma realmente enfática de protesta sería el silencio. En esos acontecimientos la racionalidad se dejó derrotar de una tendencia casi irrefrenable de destrucción. Sin embargo, frente al horror y lo insoportable, la cultura posee una función de respuesta intensificando las discusiones de los grandes problemas del hombre y elaborando metáforas de la atrocidad para protestar contra ella. Las representaciones simbólicas ayudan a romper el círculo de las indeseadas realidades, con la esperanza de que esta visión impida una nueva implantación del horror. Ese es el reto de Colombia si quiere entrar en firme a construir una sociedad próspera y en paz.

Es inevitable reconocer que durante los últimos cincuenta años, la riqueza intelectual y la estabilidad de la clase media y de la clase alta dependió directamente de ese país rural azolado por la guerra, al que urge integrar para forjar una Colombia en la cual tengan cabida todos los colombianos. Fracturas tan hondas sólo se superan, si a los proyectos de incorporación a la sociedad de miles de jóvenes milicianos a la vida productiva, con desarrollo material para sus comunidades, se le agrega el proceso complejo de desplazar las metáforas cristalizadas del odio y la intolerancia por otras de convivencia, fraternidad y reconocimiento. En este campo, la academia y los medios, junto a las elites intelectuales, políticas, empresariales y religiosas pueden y deben cumplir un papel rector fundamental.

En los conflictos, los contendores humanos elaboran sus razones para la agresión y la guerra. Es en el orden de lo imaginario, de lo simbólico, donde se regula y se legitima la agresión y la violencia. Fenómeno que tiene sus móviles profundos en la vida material como tanto se ha escrito en el caso de Colombia. De ahí que para deshacer el círculo infernal de la guerra se necesite una base material propicia para las partes y una nueva página que abra la renovación de la sensibilidad de los colombianos y cambie el universo de los imaginarios y representaciones políticas y sociales. No es tarea fácil cambiar las imágenes de un pasado cuya impronta ha dejado honda huella en el inconsciente colectivo. En otras latitudes, con experiencias semejantes o peores, las experiencias han demostrado que es posible.

Colombia se merece otra oportunidad para no seguir en el sinsentido de las guerras inútiles metaforizadas en la figura del coronel Aureliano Buendía en Macondo.

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