logo lapalabra24 anos   

Evento

Evelio José Rosero

A propósito de la FILCA 2016

El pasado 27 de octubre, con la sinceridad que caracteriza a la poesía, Evelio José Rosero propició uno de los espacios cuya intimidad permitirá ver a la FILCA como algo menos comercial.

 

Por: Jhon Gamboa

Estudiante de Comunicación Social

 

A más de tres meses de finalizada la segunda versión de la Feria Internacional del Libro de Cali, es posible creer en la existencia de una perspectiva en la que no influya la sensación de gratitud ante el hecho de haber reunido tantas letras para el deleite general. Dicha perspectiva permitiría entonces ver, con cierto recelo, el propósito con el que el evento se promovió: acercar la Feria a todas las personas, sin distingo alguno.

Esto porque, en primer lugar, a la iniciativa de establecer como localidades al Boulevard del Río, al Parque de los Poetas y al Edificio Coltabaco, cuyo propósito era que cualquiera tuviera facilidades para ser partícipe de la Feria ubicándose en pleno centro de la ciudad, no parecieron corresponder, por ejemplo, los costos de consumo del único lugar dispuesto para tal actividad, donde las cervezas eran vendidas al doble de precio. Y en segundo lugar, porque 50 de los 69 eventos programados estuvieron consagrados a la presentación de libros de autores venidos de España, Ecuador, Argentina, Perú, Venezuela y, por su puesto, algunas regiones de Colombia, hecho que quizá desnudará el deseo de ventas inherente a toda feria de libros del sutil antifaz que representa el bienestar de la cultura promulgado por sus organizadores.

Sin embargo, Evelio José Rosero, autor de más de una docena de novelas, entre las que se destacan Juliana los mira, Plegaria por un Papa envenenado, Los almuerzos, En el lejero, Los ejércitos y La carroza de Bolívar, en compañía del cuentista caleño Harold Kremer se dispuso más ameno frente a los asistentes, y propuso un encuentro menos rígido, menos plegado al diálogo frente a una obra recién publicada, para compartir algunos pasajes de su trabajo que, aparte de novelístico y cuentístico, también sería poético, para sorpresa de muchos.

Tenemos el interés de trasladar nuestra literatura a ustedes, fueron sus primeras palabras, con lo que abría las puertas sin duda a un conversatorio más personal.

Acto seguido, prosiguió con la lectura de sus poemas Envío al señor K, Flauta y Tres de la tarde, publicados en Las lunas de Chía, editado en 2004 por la Universidad Eafit, poemas de narrador con los cuales empezará a consolidar el estilo alcanzado en el transcurrir de su vida como literato. Poco después, se atrevió a compartir Ella y los perros, El invitado inventado, Dominga Domiciano y El encontrador, cuentos que el público escuchaba atento, quizá por vez primera, notando cómo irrumpía la poética en su narrativa, cómo lograba insinuar elementos en sus relatos, cómo construía con sutileza sus personajes, poco antes de que el tiempo indicara la mitad del encuentro y, con ello, el momento que se proyectaba para las preguntas desde un principio anunciadas.

En sus respuestas quedó clara su postura frente a la novela histórica y la ficción, el sentido de ambas escrituras, su preferencia por escuchar un buen cuento ante cualquier reconocimiento que le puedan otorgar, la importancia de la imaginación y lo onírico en su obra, la investigación periodística sin la que hubiera sido imposible escribir algunas de sus novelas, además de sus influencias literarias y aquello que hace cuando siente ceñirse en su contra el bloqueo de la mente pobre en defensa frente a la página en blanco.

Gracias a esas respuestas, a que el mismo Kremer lo definiera como “casi que un poeta clandestino”, fue posible entender por qué en sus relatos impera un tono que busca con recurrencia nombrar las cosas con la singularidad de una concepción propia; por qué el peso de sus personajes siempre parecen pugnar por ganarle la partida al tono principal, haciendo de éste una posible extensión más de sus voces, provocando que narrador y personaje se enlacen a lo largo del relato, como ocurre en La carroza de Bolívar, o incluso obligando a transgresiones a la gramática como las halladas en Plegaria por un Papa envenenado.

Asimismo, se dio claridad con respecto al origen de atmósferas como las de En el lejero, novela que transcurre en un pueblo envuelto en la neblina, el frío, la sospecha y la intriga; o la capacidad para lograr diálogos tan vívidos como los que constituyen Los almuerzos, diálogos que hacen uso del humor, el cinismo y el sarcasmo de unos personajes quienes abarcan muchas más problemáticas de las expuestas en la novela, llevándola a dialogar con el lector sobre la realidad colombiana.

Sólo por medio de deseos como éste, el de acercar sus obras a todos, invitando así a que sean leídas con mayor confianza, se podría evitar que los conversatorios de futuras ediciones de la Feria terminen en el recuento de anécdotas de vida a la que la tradición acostumbra frente a algunos invitados. Sólo por medio de deseos como éste se podría evitar que el propósito de integrar a todas las esferas de la sociedad al quehacer literario se configure como una realidad, y no como la excusa para presentar novedades sin la adecuada revista a la obra de cada uno de sus autores, una falencia que bien podría originarse debido a la poca experiencia que tiene la ciudad con respecto a esta clase de celebraciones. 

Busqueda
Versiones Anteriores
Descargar PDF

portada

Agenda