logo lapalabra24 anos   

Teatro

Fragmentos de un fragmento:

Sobre la “trilogía del Caribe” de Enrique Buenaventura

 

Por: Dalia Jimena Velasco Muñoz

Estudiante de Licenciatura en Literatura

Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

 

Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad, /un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios:/ un velorio, un guateque, una mano, un crimen,/ revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua,/ haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones,/ un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono,/ sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,/ más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;/ un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir,/ aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,/ siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla,/ el peso de una isla en el amor de un pueblo. (La isla en peso) Virgilio Piñera.

 

Un fragmento de mapa exhibe a través de los nombres resaltados con negrilla y las líneas gruesas que dividen la tierra del mar, un número de islas distribuidas armoniosamente. Inquieta en la extensión de sus formas, al menos para quien únicamente ha presenciado el color glauco de las aguas del mar Pacífico, la abundancia de ese azul marino que lejos de absorber toda porción diminuta de tierra,  les concede a cambio importancia y hermosura. Semejantes a una fila de cocodrilos que han optado por vivir bajo el mar y dejar únicamente al descubierto sus lomos rocosos, Islas como Cuba, Haití y Puerto Rico se suceden en la lógica común de mayor a menor o viceversa. Verles desde esta visión cenital, la única ofrecida por los mapas, hace evidente su paradójica condición de cuerpos fragmentados y unidos por una misma distancia; Las Antillas, tierras bautizadas por Colón como Indias Occidentales, es el nombre que reúne dichos archipiélagos. Desde la “trilogía” del Caribe, conjunto de obras del cual no poseo una absoluta claridad, las islas adquieren un contexto y se presentan en el marco de un mapa histórico. Observar el fragmento de mapa que he pretendido describir es entonces similar a la acción de leer la “trilogía” del Caribe, conjunto de obras que retratan fragmentos históricos de un fragmento de mapa.

Rodeados de folletos turísticos que exhiben paradisiacamente la arena blanca y el azul intenso del mar del Caribe, resulta inevitable al escuchar su nombre imaginar un panorama distinto o al menos más extenso. Esa estridente repetición de las mismas imágenes que impide distinguir una isla de la otra, nos arroja hacia un espacio mental en donde la frivolidad predomina y supera a la memoria.  ¿Quién, cubierto por un majestuoso sol y acompañado de trovadores con camisas de flores y sombreros de paja, imaginaría la brutalidad de las múltiples conquistas? ¿quién, agradecido por ese hermoso bronceado color caoba y animado ante la interpretación deformada de Banana Boat Song, pensaría en el violento encuentro de culturas que percibe distraídamente en el rostro de sus habitantes? Dijo Derek Walcott en su discurso  Las Antillas: fragmentos de memoria épica: “existe un territorio mucho más amplio, un territorio que supera los límites creados por el mapa de una isla, un territorio que es el mar sin confines y lo que éste recuerda.” Releer al Caribe, por ende redefinirlo en su soberanía y trascendencia, es el propósito central de la “trilogía” escrita por Buenaventura.

De las múltiples rememoraciones que  Walcott desarrolla en su discurso, retomo aquella donde describe conmovedoramente la representación de Ramleela, una dramatización épica de la epopeya hindú Ramayana, realizada por los niños de Felicity. Con rostros indios, trajes de guerreros y princesas, en medio del júbilo y el orgullo de quien elige anticipadamente qué sacralizar, los niños interpretaban con naturalidad y optimismo escenas que, vistas elegíacamente, parecían lamentables. Mientras aquellos niños sobre un  escenario pobremente diseñado no fingían, tampoco actuaban, simplemente eran fieles al personaje elegido, la visión del escritor deformaba el ritual y contrario a lo observado hallaba forzosamente en los rostros alguna expresión de pérdida. Esa elegiaca visión ante lo observado parece conservarse de igual modo en la visión que algunos escritores poseen del Caribe; un territorio perdido en el desarraigo cultural y en la ilegitimidad de un pueblo que ha sido adulterado. Buenaventura, lejos de una visión lastimera o patriótica, hace evidente por medio de la “trilogía” su visión del Caribe como territorio emancipado. No hay queja, ni melancolía, tampoco deseos por retornar a un paraíso inmaculado, solo reescrituras de una Historia y homenajes en torno a la fuerza del cimarronaje en carnada en personajes y dioses. Ese “privilegio de atesorar las miradas sucesivas acumuladas en el tiempo” del cual nos habla Graziella Pogolotti en el prólogo escrito para Historia de una bala de plata.

No es desconocido para quienes se han aproximado al método de creación colectiva y a las obras de Enrique Buenaventura, su mecanismo empleado en la escritura de las obras. Tampoco lo es parte de su biografía de la cual sobresalen, dada la influencia de estos en su obra, los viajes realizados a través del Chocó y Brasil por medio de los cuales absorbe leyendas y rituales del áfrica situados en el Chocó, manifestaciones del Candombe y elementos del vudú,  para posteriormente crear. El nombre “trilogía” del Caribe otorgado en la posteridad o tal vez asignado por Buenaventura, me ha resultado confuso puesto que en su repertorio, al menos el que está publicado, figuran cuatro obras en relación con Las Antillas; El nudo corredizo, Ópera bufa, Historia de una bala de plata y La isla de todos los santos. Aclaro que para este escrito enfocaré mis lecturas en las tres últimas, dado que en ellas el centro de la historia recae en la paradigmática figura del dictador.

Tal vez resulte apropiado visualizar La “trilogía” del Caribe, en un intento por comprenderla y definirla, como un ejercicio creativo de relectura en torno a acontecimientos y personajes históricos. La resignificación presentada por medio de un anacronismo intencional, el autor observa el pasado desde su única y auténtica realidad, posibilita la vigencia transformada de algunos procesos históricos que en el presente se manifiestan como memoria y territorio de la ambigüedad. La Historia se posiciona en esta medida como fuente creativa para el autor, quien la trasciende  en su proceso artístico de observación crítica y minuciosa.  Es en esta manera de encarar los acontecimientos, de los cuales prevalece la resistencia ante la figura de Smith como prototipo del dictador y modelo cultural, donde se presenta indirectamente la estética teatral del Nuevo Teatro liderada por Enrique Buenaventura con el TEC y Santiago García con La candelaria. El Nuevo teatro, al igual que la “trilogía”, se caracterizó  por su férrea oposición a los modelos teatrales extranjeros y se interesó en la construcción de un teatro propiamente latinoamericano. De esta manera se unen dos lazos aparentemente distantes; la “trilogía” de Buenaventura  y su propuesta teatral.

En Historia de una bala de plata, re escritura de su polémica obra La tragedia del rey Christophe, el autor nos presenta irónicamente la implantación decadente del estilo francés por parte del ex esclavo Louis Poitié. Cristóbal Jones, nombre recibido luego de su bautizo como libertador de los esclavos, se enfrenta a un conflicto entre la ideología colonial manifestada en el personaje de Mister Smith y el deseo de liberación de su pueblo presente en la figura de su mujer. El elemento irónico de la obra radica en que éste aunque proclamado libertador, continuará preso a una mentalidad colonial que hace de él un esclavo y un posible esclavizador. En la obra se hace evidente lo escrito por Pogolotti: “Ante la desproporción de las fuerzas en conflicto el gran cimarronaje encarna el símbolo de la resistencia”.  De esta manera es la comunidad de cimarrones la que conserva su condición y mantiene su propósito de vivir en libertad.

Por su parte La isla de todos los santos, última obra de la “trilogía”, a través de una contraposición entre la figura de Napoleón y Toussaint Louverture, cuestiona la figura del libertador y los ideales de Libertad, Igualdad, Fraternidad de la Revolución Francesa. La comparación nos siguiere: ¿Quién es realmente el libertador y el revolucionario? ¿fueron Napoleón y su revolución realmente consecuentes con las famosas consignas? La ironía radica en el doble discurso de un líder que pretendió fundamentar su revolución en la Libertad, Igualdad y Fraternidad mientras a su vez atacaba a la población de la isla Santo Domingo que luchaba de igual modo por su independencia. La isla de todos los santos es también un elogio al Vudú haitiano, a las tradiciones religiosas provenientes de África que se presentan en la obra como fuerza primordial; un elogio a la liberación de Haití como la liberación de un panteón de dioses.

Por último, Ópera bufa expone con más fuerza la figura del dictador, quien en su caso es  norteamericano y pretende apoderarse de Nicaragua con el propósito de construir un canal intercontinental que una el  mar Caribe con el océano Pacífico. El nombre de la obra condensa en sí mismo el humor de lo desarrollado; todo es un chiste, una comedia, un circo. La “trilogía” del Caribe de Enrique Buenaventura representa con humor e ingenio la imagen de un Caribe digno de mostrarse; fragmentos de memoria que perduran en la enorme extensión de la blanca arena y el mar azul intenso que los turistas, somnolientos pero excitados,   perciben al caer la puesta de sol. 

 

 

Busqueda
Versiones Anteriores
Descargar PDF

portada

Agenda