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Jaime Galarza Sanclemente

En  el sentido estricto de La Palabra    

 

 

El próximo  21 de noviembre el periódico La Palabra cumple veinticinco años de fundado, el equipo de escritores que lo conforman consideró la importancia de entrevistar al fundador, el ex rector de la Universidad del Valle, el doctor Jaime Galarza Sanclemente.

 

 

Por: Redacción La Palabra

 

¿Cuál es la historia de la fundación de la Palabra? 

Cuando a mí me nombraron rector de la Universidad del Valle, el 16 de agosto de 1991, ya era dueño de un proyecto académico.  Quiero decir que por años ese proyecto me persiguió y le brindó a mi vida las preocupaciones necesarias para emprender luchas. En él había pensado noches y días, porque además de haber cursado mi profesión de abogado en el Externado de Bogotá, y de tener una maestría en Ciencias Políticas de la Universidad de los Andes, la vida me dio la oportunidad de asistir a universidades europeas, no como un alumno formal, más sí recibiendo cursos formativos que me relacionaron desde muy joven con el universo académico. Estuve en el Instituto Gramsci, en Roma y en la Universidad Karl Marx,  por eso sabía que la universidad no es solo una institución que instruye a los estudiantes en una técnica o en una tecnología, tenía dentro de mí ese debate, consideraba que eso no era lo importante, pensaba que una universidad tiene la sagrada misión de alentar las conciencias de sus estudiantes, de alentar en ellos la pregunta por el sentido de la vida y de la sociedad en que le tocó vivir, cualquiera que esta sea. En mi caso, yo, que me defino como alguien preocupado por la construcción de la Nación colombiana, deseaba responderme este interrogante: ¿cuál es la manera de esa construcción y cómo se participa desde cada profesión, ya sea ingeniería, derecho, electrónica, matemáticas o la literatura?

Así que me respondí, es posible participar del proyecto de nación si a los estudiantes no se les brinda una formación humanística. Y no era algo nuevo, eso lo comprendió la Universidad del Valle desde su inicio en la magnífica rectoría de don Mario Carvajal, cuando existían los estudios generales donde los estudiantes de todas las profesiones coexistían en cursos de literatura, música, derecho, filosofía, etc. Por el contario, cuando solamente se imparte una educación profesionalizante, lo más probable es que estas personas sean fácilmente excluidas en su pensamiento, manipuladas por los poderes e intereses existentes en el país.

Pienso que solamente quien tiene una sólida formación humanística posee la capacidad de discernir, la capacidad de optar, de analizar posturas e ideologías, y por lo tanto su vida será mucho más racional y mucho más consciente. Por ejemplo, la primera reforma que impulsé fue en la Facultad de Administración a la cual se le integraron en los dos primeros años los cursos de fundamentación, donde se podía estudiar filosofía, economía política, psicología, sociología, historia de la cultura, y en los seis semestres siguientes se estudiaba la técnica administrativa.

Así pensé que en la fundamentación de cada una de las carreras  está el destino de cada profesión, aquello por lo cual se es abogado, ingeniero, físico, porque es en el taller donde los conocimientos pueden validarse, de lo contrario no se estaría haciendo nada y los egresados saldrían a la vida laboral totalmente desprotegidos por falta de la experiencia necesaria y esa práctica la podemos apreciar en las universidades norteamericanas o europeas, donde siempre cada profesión tiene integrado un taller. Ahora bien, como en nuestra universidad lo importante era concretar la práctica porque no teníamos espacios sociales donde los estudiantes las pudieran hacer, creamos los talleres, y así se hizo en el campo de la ciencia informática que en esos momentos estaba en sus inicios, por lo cual se creó un laboratorio donde al muchacho se le entregaba una empresa para que la gerenciara y al final de los tres años de la carrera práctica íbamos a ver si la había llevado adelante o la había quebrado, casi siempre la quebraban.

Ingeniería fue el último proyecto que no pude concluir, se trataba de una fábrica flexible como existe en Georgia o en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde lo estudiantes de ingeniería asisten a una planta y esta se convierte en una planta manufacturera de cualquier cosa, o una planta de investigación en el caso de la química. El hecho es que ahí se fabrican carros, bicicletas, textiles, y ahí los estudiantes hacen su práctica. Pero esa planta valía cualquier cantidad de dinero, por lo cual yo había gestionado una donación por medio del gobierno de los Estados Unidos.

Pero entonces, si eso era así en esas carreras, ¿cuál sería el espacio de las humanidades y las ciencias sociales? Por principio estarían destinadas a la biblioteca, si no hay una gran biblioteca, el literato, el lingüista, el antropólogo, el sociólogo, no pueden funcionar. Había unas disciplinas como las comunicaciones y la literatura que precisaban un taller y ya existía, era el CREE, pero en ese momento estaba de capa caída y los estudiantes de Comunicación Social lo habían colonizado para sus propios propósitos. Entonces me dije, aquí se necesita una emisora, había una pero no se había podido conseguir la licencia por falta de recursos, así que como un rector debe de gestionar con empresas o buscar la cooperación internacional, se consiguió el dinero y se consiguió la licencia e igual se hizo con la licencia del canal de televisión. Quedaba entonces el área de literatura, la opción era vincular los estudiantes a periódicos locales, El País o El Occidente o en alguna revista que los aceptara como practicantes, labor que fue imposible y ahí fue cuando nació la idea de fundar un periódico.

Como se puede ver, ningún proyecto es un capricho, los proyectos no nacen de la nada, son dictados por una conciencia capaz de ver la necesidad, los proyectos universitarios tienen su génesis en una convicción, en un pensamiento racional sobre una praxis académica y un pensamiento que considera que la formación académica es incompleta cuando no existe el fundamento.

Así fue como un día llamé a: Umberto Valverde, a Hernán Toro, a Fabio Martínez, tres escritores, y les dije – hombre, ¿ustedes son capaces de hacer un periódico en el sentido estricto de la palabra? Entre charla y charla fuimos puliendo la idea hasta que hice la resolución, para trabajar con estas tres personas tan disímiles en su formación. Hernán Toro y a Fabio Martínez, eran profesores de la Universidad y Umberto Valverde era mi amigo, lo incluí por su gran experiencia en estas lides, pero al fin, escritores todos; los dos primeros con una sólida formación intelectual, hechos en la academia, Umberto forjado en la amplitud del mundo, en la calle. El periódico dio sus primeros pasos y pasó lo que es lógico, Umberto tenía demasiado rodaje, el periódico necesitaba ese dinamismo, y con el tiempo desbancó a los de la academia, porque los reflejos de la academia son lentos, el periodista de la calle es un peleador. Los dos académicos renunciaron y Valverde se quedó al frente del periódico que inicialmente no tenía un cuerpo de redacción y terminó haciéndose con estudiantes porque no costaban nada o muy poco ya que eran monitores o becarios.

Ese es el origen. Hacer un periódico para los estudiantes de la universidad porque ya teníamos un periódico institucional que se llamaba Síntesis y existía un boletín que sacaba la rectoría mensualmente para comunicar. Todo esto nace de una experiencia vital, yo había sido profesor, administrador, y escuchaba a los profesores decir que uno de los elementos para la administración es la comunicación, y es verdad, es fundamental porque si no hay una comunicación con su entorno político, social, económico y cultural, pues no hay nada y es por eso que se publicaba Síntesis.

¿Quién le dio la orientación al periódico?

Este no podía ser un periódico que optara por publicar los ensayos y escritos investigativos de los profesores porque pasaría lo que pasó posteriormente en la Universidad Nacional y la de Antioquia, periódicos muy buenos, sí, pero para una comunidad restringida a la que se le legaba un mamotreto que no se lo leía nadie, y es por eso que existen las revistas especializadas donde escriben los académicos.

La Palabra inició con un periodismo ágil, que informa, analiza, debate, crea e interviene en la coyuntura. Umberto muy rápidamente vio que los estudiantes eran lo mejor y que podían desempañarse en ese campo, por eso realizó el taller, porque él había sido periodista y no académico, había trabajado en El Tiempo, en El Occidente, El Pueblo, en México. Se hizo el taller que al mismo tiempo alimentaba el periódico, se realizó con escaso presupuesto, porque si se hiciera a precio de periodistas profesionales la universidad no aprobaría el proyecto.

Quisiera que nos hablara un poco de lo que se hacía en esas primeras reuniones en donde se definió el perfil, sabemos que hubo mucha gente que opinó, como Juan Manuel Jaramillo, Augusto Díaz, Carlos Restrepo, Hernán Toro, imagino que también el Consejo Superior de esa época.               

Hay dos concepciones en la universidad en relación con el entorno social, político y económico. Salen a flote cada vez que se presenta una discusión de ese tenor. Una es la concepción gremialista, corporativa, piensa que la universidad tiene que hacer lo que sabe hacer, lo que le es propio y específico y que la sociedad valora como bueno o malo; yo hago mi cuento independientemente de la opinión de zutano o de perencejo, del sastre, del carnicero y del político, porque mi especialidad es la academia, investigar, opinar, etc. Cree que la única concepción de conocimiento es la que genera la universidad. Eso no es cierto. La Universidad del Valle no produjo a tres personas que le aportaron mucho a esta institución, Enrique Buenaventura, Estanislao Zuleta y don Manuel Patiño. Tuvo que recogerlos posteriormente porque es labor de la universidad recoger lo que se hace por fuera, para enriquecerse, debido a que son otras formas de cultura que se elaboran en un ámbito diferente, tal vez con mayor creatividad y libertad en la apreciación de las situaciones. Y la otra concepción es la que piensa que la universidad debe de entablar un diálogo con los factores externos, y la óptima manera de lograr ese diálogo es escribiendo sobre la ciudad, sobre la cultura, sobre los procesos reales, de tal manera que las personas sientan que la academia tiene un interés por ellos, pero de manera concreta, no, yo hago acá y ustedes verán si lo reciben o lo rechazan. Esa era la discusión. Por supuesto, mis amigos académicos detractaban la segunda postura, y otros como Valverde, Hernán Toro y Augusto Días, la defendían  

¿A veces lo hemos oído hablar de la inclinación medieval de la Universidad Pública, esa tradición vulnera al periódico?

A ver, tal vez ustedes no se den cuenta de que forman parte de una gran disputa por el destino intelectual de la humanidad, porque tal vez sus profesores no les han hecho caer en cuenta o porque no han tenido la curiosidad de leer. Estamos discutiendo si el posmodernismo debe guía sus vidas y la cultura y si la famosa democracia deliberativa debe ser la que guie a la Nación. Si usted no conoce la cultura de la Edad Media, y la cultura de la Ilustración, no entenderá lo que fue el Renacimiento y menos aquello que fue La Reforma, entonces usted ya perdió esa disputa. La perdió frente a la imposición posmoderna y deliberativa. Eso no es democracia, eso es un populismo ramplón que lo que hace es empobrecer al pueblo 

Y en un momento dado lo reprime, pero aquí las personas parecen que se encandilan con  los actos de los medios y no entienden la discusión. Por eso creo que el ciclo de fundamentación de la reforma curricular de la universidad está fundamentada en la cultura antigua, en la cultura griega y romana básicamente.

Si no se conoce eso, es imposible entender la modernidad, y segundo, es imposible entender los vejestorios ideológicos que en nombre del posmodernismo y de la democracia deliberativa están enloqueciendo a la humanidad. Allí es donde reside la discusión, un estudiante no debe contentarse solo con la carrera, debe de participar en las discusiones de su tiempo. Son muy pocos los privilegiados que pueden ingresar a la universidad pública, que además son las buenas. Si ustedes fueron a esa universidad pública donde hay magníficos profesores y no se aprovecha la existencia de una estructura curricular que posibilite esa formación, no podemos hacer nada, porque la gente no se entera de la problemática. Aquí nos metieron con vaselina la democracia deliberativa en la carta del 91 y en el acuerdo de la paz. Nos están metiendo con vaselina muchos enunciados posmodernos y no es que no tengan derecho a hacerlo, pero primero discutamos, nos están haciendo trampa metiéndose por detrás.

Por eso creo que estas discusiones tienen que ver con un perfil, en esa época consideraba que había que hacer un periódico como se hace en la calle, es más, había que conseguir avisos, pautar publicidad, porque si no, esto solo con plata de la universidad no es posible, porque puede llegar el momento en que a un rector no le interese este proyecto y por eso es que hay que participar en su elección y cuando salga a las asambleas hay que preguntarle y grabarle, porque si no se participa, si simplemente se deja al pairo, a la dinámica, después no tenemos derecho a decir nada, a reclamar, aunque ese no ha sido el caso de La Palabra, todos los rectores la han apoyado, en mayor o menor medida, porque está sostenida por su prestigio, por los 25 años de existencia continuada cayendo en las manos de la ciudadanía, pero puede llegar el momento en que alguien no lo vea, o que se extinga, y si no hay rector que le invierta, pues el taller se puede extinguir.

Quisiera narrar algo que me pasó. Indudablemente La Palabra ha tenido dos directores, uno fue Umberto Valverde, quien quedó de facto, el otro, Darío Henao. Sin los directores el periódico no existiría porque el director es el que anima y orienta, gestiona. Por ejemplo, ahora La Palabra por gestión de su actual director, sale con el periódico El País, este hecho cambió el periódico porque ahora miles de personas lo tienen a su alcance, lo he notado. En todos estos años se han hecho cambios afirmativos, veo que han disminuido la cantidad de textos literarios, ahora escriben más sobre la problemática social, sobre política o sobre eventos de la ciudad y eso es saludable. Otro aspecto para tener en consideración es que cada vez habrá menos recursos destinados a estos proyectos y no porque no haya plata, si no que el Estado prefiere destinarla a otros proyectos más útiles según criterio de los funcionarios. Creo también que la Palabra debe dar un salto, evolucionar hacia lo digital, el ejemplo lo tenemos en Las dos orilla y La silla vacía, periódicos que posee  una enorme franja de lectores cautivos. La Palabra debería de iniciar ese periodo digital ya, incluso se puede pensar en un proyecto más amplio conformado por el canal, la emisora y el periódico, pero para eso se necesita una persona que dirija, que le quepa la universidad y la región en la cabeza y que el proyecto tenga autonomía, porque las instituciones no son de uno, son manejadas políticamente y no se sabe quién llegará a cambiar las cosas. Para eso hay que hacer alianzas externas, hacer una corporación y lograr que las personas que quieran, independientemente de su participación en la sociedad, sigan participando en el proyecto.

 

Haciendo historia, hay que resaltar que Valverde, con la formulación del taller, hizo un acto heroico, porque permitir que los estudiantes participaran arrojó resultados concretos y lo podemos ver en la práctica, muchos de ellos trabajan en Bocas, en El Tiempo, en Cromos, en City TV, y no solamente como redactores también como directores de esos medios, y todos reconocen y agradecen su época de aprendizaje en La Palabra, porque saben que la práctica es un aspecto fundamental de la enseñanza y eso es lo que hay que implementar ¿Cómo es posible que la carrera de idiomas se haga al margen de la literatura,? Es más provechoso enseñar un idioma inmerso en la cultura del pueblo que lo habla y esa unión te la brinda la literatura. Recuerdo que la pelea fue ardua, fui hasta allá y les pregunté: ¿díganme, cuál es el autor del paradigma de que una lengua se aprende “per se”?, porque yo no lo conozco, silencio total. Ante este debate no les tocó más que fusionarse con literatura, y al cabo de un año hicieron otra vez la separación.

En resumen, pienso que los estudiantes deben de realizar la práctica en un taller, unido a la carrera, no afuera, porque eso cuesta demasiado dinero a las empresas y lágrimas a los profesionales. La Palabra ha cumplido con ese precepto, son cientos de estudiantes quienes ahí aprendieron a escribir una crónica, un cuento, a realizar un ensayo, por eso es un proyecto que debe continuar, porque es el refugio de todos aquellos futuros profesionales que desean expresar su conocimiento por medio de La Palabra.

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