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Critica

Una Infección de oro

Cincuenta años de odio

Hace cincuenta años Andrés Caicedo escribió el cuento Infección, incluido en la colección de historias Cali Calabozo, compilada por Luis Ospina y Sandro Romero en 1984. 

 

 

Por: Clara Inés González Libreros

Estudiante de Comunicación Social

 ¿Dónde está la memoria de los días

que fueron tuyos en la tierra, y tejieron

dicha y dolor y fueron para ti el universo?

Jorge Luis Borges

 

La Cali de mil novecientos sesenta y seis, la una y media de la tarde, Andrés Caicedo y  la infección que como el sol, se propaga incesante. Un joven de quince años que camina con su amigo Francisco por la avenida sexta de Cali, una ciudad extraña, por ser Cali y por ser extraña, y por ser a pesar de todo una ciudad ramera. Su acompañante se sorprende con una negra-modelo que pasa a su lado y el joven narrador se sumerge en una reflexión sobre el odio, que se esparce como una infección por todo lo que lo rodea, incluyéndose.

Igual a las otras veces –dice el narrador– van a una fiesta para cambiar la tediosa rutina. En los cuentos de Andrés Caicedo se presenta la constante del personaje que se levanta, reflexiona sobre su entorno, emprende una travesía por la ciudad, va a una fiesta y finalmente desemboca en un mundo de horror representado en la cotidianeidad.

Odiar es querer sin amar, querer es luchar por aquello que se desea, y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. Amar es desear todo, y aún así, seguir con el heroísmo de seguir amando. Su sentimiento se propaga en silencio y velozmente, nace en la calle sumisa, avanza por los buses de las falsas esperanzas, llega hasta los pasos que maldicen la obligación de ir siempre con rumbo fijo y se implanta en Cali una ciudad que espera, pero no le abre las puertas a los desesperados (…) con unos habitantes que caminan y caminan… y piensan en todo, y no saben si son felices, no pueden asegurarlo. Una metáfora de la ciudad como espejo de su propia vida.  

Su reflexión termina por instaurarse en sí mismo, odio mi cuerpo y mi alma, dos cosas importantes, rebeldes a los cuidados y normas de la maldita sociedad. En la incomprensión de un alma desesperada que desde su infancia se supo impotente y sin sentido, darse cuenta de que todo lo que uno hace no sirve para nada. Una lucha que nació perdida contra la muerte, estar uno convencido que está en este mundo haciendo un papel de estúpido, para mirar a Dios todos los días sin hacerle caso. El odio presente en un joven que combate la clase social en la que está integrada su familia yo me siento que no pertenezco a este ambiente, a esta falsedad, a está hipocresía. La angustia de un hombrecito que está rodeado de amistades pero no encuentra ninguna que se parezca a él.  También manifiesta el odio por el Club Campestre un lugar estúpido, artificial e hipócrita y el Teatro Calima por estar siempre los sábados lleno de gente conocida.

Después de cincuenta años la Calicalabozo que impera en sus novelas y cuentos desaparece como consecuencia de la época del narcotráfico en los años ochenta: fachadas de las casas  desaparecidas, lotes convertidos en centros comerciales, lugares campestres que ya no existen. El teatro San Fernando dónde hasta hace unos años funcionaba una Iglesia cristiana y los teatros de cines dobles como el Cervantes y el Colombia, en respuesta al paso del tiempo y la innovación tecnológica, ya cerraron sus puertas. Todo consumido por la “infección” de la modernidad.

En la colección de cuentos Calicalabozo aparecen también catorce historias más, entre las que se destacan El Besacalles, Patricialinda y Los dientes de Caperucita; todas ellas cargadas con los elementos de la narrativa caicediana que utiliza la auto referencia en sus obras, el uso exclusivo de la primera persona y el lenguaje oral como eje principal en su narrativa.

No hay un antídoto para detener la infección de Andrés Caicedo Estela, y al parecer, nadie lo está buscando. Aún medio siglo después, el cuento, influenciado secretamente por el poeta Eugenio Guerra y que sella al escritor su tono de narrador maldito, sigue despertando el inconformismo y la reflexión de una aparente vida sin rumbo en los jóvenes de la ciudad de Cali, permitiendo a los lectores contemporáneos de Caicedo revivir sus días de juventud, recorrer la Cali de sus memorias. Resulta ser una puerta abierta para todos los que quieran deambular junto a él  las calles de la avenida sexta y bailar en las fiestas de los años sesenta.

Caicedo decía odiarse por no encontrar su misión verdadera, porque odiar es querer y aprender a amar, porque no había aprendido amar y necesitaba de eso. Su sentimiento permanece intacto, vivo como su legado, con la duda eterna que habita en sus lectores de saber si satisfizo su carencia y aprendió a amar algún día. Aún así su infección sigue propagándose, y el hombrecito que odia a todo el mundo, no deja de odiar a nadie. A nada… A nada, a nadie, ¡sin excepción!

 

 

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