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LA RUTA HEMINGWAY

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LA RUTA HEMINGWAY

 


Por: Umberto Valverde

 

Para Ángela, que me acompañó en este recorrido.

 

En mi primera visita a La Habana me fui de rumba la noche anterior al día previsto para visitar la casa de Hemingway y me atemorizó el viaje. Era una deuda que tenía conmigo mismo. En mi agenda le otorgaba prioridad a este recorrido, que contraté en el mismo Hotel Nacional. A las 10:00 de la mañana apareció Félix Arguelles Espinosa, un hombre mayor, licenciado en Economía y en Ciencias Sociales, políglota, con diez idiomas que maneja con facilidad, en su juventud fue comandante del ejército. Es un hombre simpático, que para entrar en confianza le canta Guantanamera a Angelita. Iniciamos la ruta hacia Finca Vigía, la casa de Ernest Hemingway, un escritor americano que vivió 22 años en La Habana.

 


Cuando Ernest Hemingway llegó a La Habana por primera vez en abril de 1928, había sido corresponsal de prensa en Europa y chofer de ambulancia en la primera guerra. Había publicado una novela con cierto éxito, pero no era un escritor famoso. Estaba acompañado de Pauline Pfeiffer, quien se encontraba encinta. Regresó en 1932 para la pesca del pez espada. Por ese entonces se instalaba en el hotel Ambos Mundos, recientemente restaurado y puesto en funcionamiento. En el quinto piso había un cuarto sin número. Era un cuarto lúgubre de 16 metros, con una cama matrimonial de madera ordinaria, dos mesitas de noche y una mesa de escribir con una silla. Pauline lo abandonó, mientras que Martha Gellhorn, buscó la solución más conveniente, un refugio campestre de Finca Vigía, muy cerca de La Habana, inicialmente la alquiló en cien dólares al mes y después la compró totalmente en 18 mil dólares al contado. Félix, que va soltando datos, recita poemas, dedica canciones, me hace este interrogante: “¿Por qué compraron su casa en un lugar de gente pobre, y no se fueron para otros sectores de La Habana, por ejemplo, para Miramar?”

 


Hemingway vivió 22 años en La Habana. Escribió sus obras mayores: Terminó Por quién doblan las campanas, A través del río y entre los árboles, El viejo y el mar, París era una fiesta e Islas en el Golfo. Textos periodísticos memorables como El verano sangriento. Cuando se le preguntó por qué le gustaba vivir en Cuba se refirió a la brisa matinal de los días de calor, la posibilidad de criar gallos de pelea, de las 18 clases de mango que rodeaban su casa, porque no sonaba el teléfono, vivía rodeado de 18 gatos y  4 perros. Ese hombre que se convirtió en leyenda y murió a los 63 años, agobiado por las enfermedades. Un hombre dividido en dos: el famoso que se paseaba con los toreros de moda, que se fotografiaba con las actrices más rutilantes, que mostraba amistad por los boxeadores, que iba a la Kenia a matar bisontes y leones, que se estrelló dos veces en aviones, y el otro Hemingway, escondido en esta casa, bebiendo, que deseaba hacer una obra literaria de mayor dimensión, que se molestaba por las críticas a sus libros y que como bien Gabriel García Márquez “era un hombre azorado por la incertidumbre y la brevedad de la vida, que nunca tuvo más de un invitado en su mesa, y que logró descifrar como pocos en la historia humana los misterios prácticos del oficio más solitario del mundo”.

 


La primera noche en La Habana, después de instalarnos felices en el Hotel Nacional, ese hotel donde un hombre callado manejaba la noche de la diversión en los años cincuenta, el judío Meyer Lansky, quien trabajaba con la mafia italiana para tener el control del juego en los grandes hoteles y en todo lo que pensaban construir. Nos fuimos para Floridita con Ángela, para sentarnos al lado de Hemingway, para conversar con él y tomarnos unos fríos daiquirí, que Hemingway hizo famoso, aunque él terminó bebiendo otra combinación sin azúcar cuando el médico le dijo que controlara la diabetes, llamado el Papa Doble o Hemingway Special Para Hemingway, decía él, no era tanto para beber sino para hablar con todos los americanos que llegaban a la ciudad. Sin embargo, era contradictorio, muchas veces, cuando lo interrumpían se fajó a puños. Hay una barra larga, en el marco superior del refrigerador, se encuentra la inscripción que se hizo conocida: “La cuna del daiquirí”. Es un gran espacio de entrada, y otro al final, más como restaurante. La noche que fuimos había un grupo con una mujer que cantaba buen Son, acompañada por tres músicos y sin equipo de sonido. Unas jineteras fumaban sin parar enseguida de nuestra mesa. Hemingway se sentaba en la primera butaca del lado izquierdo, ahora vemos su busto, en bronce. Cuando lo develaron, en 1954, al obtener el premio Nobel, manifestó: “Yo no me merezco tanto. Es demasiado honor”. Espero mi turno y me siento a su lado. Le tocó la barba y la cabeza. Adoro a este viejo, Ángela me graba y le habló. No le quiero contar que una vez almorcé cuatro horas con Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y William Styron, en un restaurante de Cartagena. La hija de Cepeda Samudio, Patricia, traducía la conversación entre Eligio García y mi persona con Styron. Ellos hablaron demasiado de William Faulkner y menos de Hemingway. William Faulkner dijo una vez a Harvey Breit: “Los cinco mejores novelistas contemporáneos somos Wolfe, yo, Erskine Caldwell, Dos Passos y Hemingway”. Esto le produjo un gran impacto a Hemingway. Se sintió ofendido. Hay un documento en Finca Vigía en donde responde esa frase: “...Me parece que es una mierda, pues como escritor tenía gran talento y, por falta de aplicación, por borracho, por hollywoodense y los defectos comunes de un profesional sureño, resultó ser un fracaso”.

 


Félix Arguelles Espinosa me ha contado a pedazos la historia de Leopoldina, una presunta amante de Hemingway. Era una de las prostitutas que iba al Floridita, era una “mulata elegante, fina y preparada”. La llevaba a Finca Vigía, le hacía regalos. Se decía que ella era prostituta porque necesitaba mantener a su hijo. Murió de cáncer y cuentan que un norteamericano, viejo, de barbas canosas, con guayabera de mangas cortas, acompañó los restos hasta el cementerio.

 


La casa tiene 43.345 metros. Hemingway llegó en un Cadillac negro. Se construyó la torre y la casita de madera para los invitados. La cancha de tenis estaba desde siempre. En la sala hay una copia de un Goya. En la habitación de Hemingway me sorprende que la cama no sea grande. La máquina de escribir está encima de los libreros. Escribía de pie. En el closet hay seis escopetas, rifles y una pistola. En el baño, podemos ver las anotaciones sobre el peso. En el primer piso de la torre está la casa de los gatos. La piscina es grande y dicen que las actrices de Hollywood se bañaban desnudas. Hemingway nadaba diariamente y leía en sus alrededores. Desde el mirador se tiene una mirada de La Habana. El yate El Pilar, donde hizo la narración de El Viejo y El Mar se encuentra bien conservado.

 


Bajamos a Cojimar, entramos al restaurante La Terraza, donde Hemingway tenía un rincón preferido para beber y ver el mar. Regresamos a la ciudad y almorzamos en la Bodeguita del Medio donde bebía mojito. Antes de marcharse, dejó todo en orden. Un mes después de morir, con presencia de Mary Welsh, su esposa y Fidel Castro, se llevó una ceremonia de entrega de todos los bienes, salvo objetos personales o libros especiales, al gobierno cubano. La embarcación El Pilar se la donó a Gregorio Fuentes, su íntimo amigo en Cuba. Afirman que Mary Welsh quemó en privado una invaluable correspondencia.

 


Fidel Castro y Ernest Hemingway se encontraron una sola vez en el concurso de pesca Hemingway. Norberto Fuentes le hizo un reportaje a Castro en 1984 donde habla de su admiración por su literatura y del respeto que tiene por su posición respecto a la Revolución, que salvo algunos rumores, fue siempre de defensa. Confiesa que sus libros preferidos son Adiós a las armas y El viejo y el mar.

 

Al día siguiente volví a recorrer Marina Hemingway, un lugar espléndido donde hay un hotel que se llama El Viejo y el mar, en este momento en restauración. Desde ahí pensaban hacer muchas películas para Hollywood. Solo al hacer un recorrido en carro siente uno la belleza de un mar infinito.

 

 

 

Este hombre legendario se suicidó en una casa que había comprado en Idaho, con vista al río Big Wood. Ya no podía más con su depresión, con la cirrosis hepática, con la diabetes, con un tratamiento de electrochoques y la impotencia. Se disparó con su escopeta favorita.  Para tantas aventuras que realizó, para todo lo que escribió, fueron solo 63 años. Parece que hubiera sido un siglo.

 


La Habana está marcada por Ernest Hemingway, ir sin recorrer sus pasos es como conocer a otra ciudad. La vida era una fiesta para Hemingway pero también era un sufrimiento. Le puso el punto final.

 

 

Un público satisfecho por las claras y apropiadas ponencias es el resultado de cuatro jornadas de argumentación y debate. Un importante ejercicio que posibilitó poner a la luz los cuatro siglos de las Novelas Ejemplares, lecturas actualizadas y la mezcla de disciplinas; cruces interesantes para ampliar públicos y la comprensión de un autor con merecido reconocimiento, quien con su obra marcó el 23 de abril como el Día de la Lengua, el día de Cervantes; pero que enfrenta dificultades de comprensión por su lenguaje. Combatir esto es el oficio de estos encuentros.Un universo dialógico

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