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Editorial

 

Caricatura Da Monumental Por Matador 

 

 

Con la firma del cese definitivo al fuego y el acuerdo de las zonas para la dejación de las armas, el gobierno de Colombia y las FARC, sellaron el pasado jueves 22 de junio la anhelada paz que los colombianos esperaban. La noticia, por años esperada por 48 millones de colombianos es un bálsamo de ilusión, pues se espera que de esta manera se establezca la apertura para reconstruir lo poco que nuestro sistema social alguna vez estuvo bien hecho y que la guerra destrozó, y construir lo mucho que no tuvimos y que generó el conflicto; en pos de una sociedad más justa que demarque una nueva oportunidad para todos los que habitamos este territorio.

Como es de esperarse, las opiniones entre los colombianos frente a este proceso están divididas, existen algunos ingenuos, quienes piensan que la sola firma de este acuerdo basta para el logro de la paz y es causa para que desaparezcan todos los conflictos, los temores y odios en el corazón de los colombianos. Otros más escépticos o polarizados por una política revanchista, piden castigo para los actores de la guerra y niegan todo beneficio del acuerdo, enumerando los rabiosos desaciertos del gobierno Santos, tan perjudiciales para el país y su futuro. Hay otros, quizás los más ecuánimes, quienes descontentos con el gobierno Santos, han apoyado racionalmente por cuatro largos años las reuniones en la Habana en espera de los resultados, pero se sienten escépticos frente al destino que tomará el proceso en los años del porvenir. Se preguntan si con la firma del 23 de junio tenderemos oportunidad a la felicidad de vivir en este paraíso que es Colombia, si la vida cambiará para los sectores desprotegidos, miran con escepticismo si también se pondrá fin a las causas que generaron el conflicto bélico, entre las cuales se encuentran: La inexistencia en Colombia de condiciones democráticas o políticas económicas incluyentes que permitan adelantar reivindicaciones en los estratos más desfavorecidos; el cambio de sistema económico inequitativo por uno más justo que permita un porvenir a la totalidad de los colombianos; una Reforma Agraria que garantice la vida de los que habitan el campo. Y dudan con razón, porque saben que algo hay que no va a cambiar con la sola firma del acuerdo, y es la permanencia de las antiguas clases y élites dirigentes, los dueños de la economía y los ganadores del lucro, los mismos que en el pasado crearon a mansalva las causa del conflicto y no tuvieron oídos para escuchar ni clemencia con los desarrapados, pero si arrogancia con las clases bajas.

Ante este inminente peligro, tendría que fluir otra sensibilidad en la clase dirigente, una sensibilidad nacida de las ideas justas y sensatas capaces de dar el giro de equidad que necesitamos, una generación capaz de lograr que las semillas de ese pacto firmado florezca en un nuevo suelo abonado con reformas económicas y solidarias y no regado con lágrimas y con odio. Una nueva gente nacida de nosotros, de nuestras preocupaciones e interés, de lo contrario, se cumplirán las palabras de Hoelderlin, quien pensaba que siempre que el hombre ha planeado hacer de la tierra un paraíso, la ha convertido en un infierno, porque nuevas generaciones de descontentos, de luchadores de sus derechos, empuñaran otra vez las armas.

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