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Critica

 

Voces de colores grises.

La historia de las mujeres en el Ejército Rojo.

La guerra es uno de los eventos históricos más documentados y explotados por la pluma de los escritores y es la prueba de que a los seres humanos nos gusta leer sobre ellos sin aprender. Gran parte de los relatos sobre la guerra enmarcan una sola voz, porque le pertenece a quien la cuenta y para quien la cuenta. Algo más sobre ello: está escrita principalmente por hombres.

 

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Por: Luisa M. Rodríguez Ast.

Estudiante de Psicología.

De los 112 galardonados con el Premio Nobel de Literatura, sólo 14 mujeres aparecen en la lista. La última en recibir el honroso título es una mujer bielorrusa, quien durante toda su carrera como periodista y escritora se ha encargado de darle voz a quienes no la tienen y recordar el sufrimiento para transformarlo, hacerlo sensible para los insensibles.

Algo más sobre ella y sus libros: sus narraciones ceden la voz a quienes fueron verdugos y víctimas, de igual manera, a quienes padecieron el sufrimiento, describe los colores y las emociones del campo de batalla desde sus recuerdos. Y más importante aún: escribe sobre mujeres.

La guerra no tiene rostro de mujer, es el libro por el que, según gran parte de la crítica mundial, se le otorgó el Nobel a Svetlana Aliexiévich en el pasado mes de octubre. Sólo uno de sus libros había sido traducido anteriormente al español, pues como escritora era desconocida en las aguas literarias de la lengua española, sin embargo, tras ser anunciada como la ganadora del Nobel, un sinfín de reacciones se propagaron como pólvora: en pocas semanas sus libros fueron traducidos al español y aunque la crítica argumentó que Svetlana no era novelista sino periodista, su inusual estilo posee un tono narrativo innegable.

Svetlana expone su propia voz a la par de las decenas de voces que enuncia en las páginas de La guerra no tiene rostro de mujer, donde las principales protagonistas son las mujeres, las mujeres y la guerra. El proceso de escritura tardó años de indagación por medio de entrevistas con veteranas de la Segunda Guerra Mundial que sirvieron en las filas del Ejército Rojo. Tras ser censurado, Aliexiévich tuvo la oportunidad de reescribir el libro en el 2002. Todo el trabajo que conllevó el proceso de escritura puede evidenciarse en las metáforas y análisis de la propia autora que tienen lugar mientras habla, en donde el ser humano es la vibración de la eternidad, en las más de 200 voces que cuentan historias tan conmovedoras como crueles, tantas historias y nombres que incluso abruman.

Los testimonios son desgarradores y cruentos, parten de los recuerdos más pequeños hasta explosiones de emociones, olores y colores que transportan a ese momento, a las barracas, los hospitales o a la primera línea de combate. Los nombres de las mujeres dan lugar a las maneras en que participaron en la guerra: enfermeras, soldados, pilotos, francotiradoras, madres, hijas, esposas. Aliexiévich se enuncia a sí misma desde el principio como una historiadora del alma, lo que más me interesa no es el suceso en sí, sino el suceso de los sentimientos. (…) Para mí, los sentimientos son la realidad.

Y son los sentimientos los que se desbordan del libro, convirtiéndolo en un cuadro que cuenta las historias de mujeres que tras la guerra jamás se volvieron a ver a sí mismas igual, niñas y jóvenes que en vez de generar vida, la arrebataban, tratando de entender cómo eso era posible: aborté (...) ¿Cómo se puede dar a luz si te rodea la muerte? Las preguntas en sus cabezas se convierten en las preguntas de quien las lee, quien trata de discernir qué es real en sus relatos y qué se ha modificado por el paso del tiempo y la distancia de la guerra.

Pero el dolor está ahí, incluso años después de haberlo sentido por primera vez. Las palabras se convierten en el refugio de su historia de olvidos y castigos, de haber arriesgado sus vidas y su identidad para luego ser menospreciadas tras su regreso, convirtiéndose en la sombra borrosa de la guerra de la que nadie quería hablar, no volver a ser mujeres, porque mi rostro ya nunca ha sido un rostro de mujer. Lloro a menudo, cada uno de mis días envueltos en lamentos. Los lamentos de mis recuerdos. Desde el principio de la guerra dejaron de serlo.

Aliexiévich sólo cumple con el papel de guionista de unas entrevistas que resumen dolor y olvidos pero donde también tienen lugar a otro tipo de colores y emociones, mujeres que salvaron vidas del enemigo porque no tenían un corazón para amar y otro para odiar, mujeres que se alegran de no ser capaces de odiar. Porque todas ellas entendieron, y nos cuentan, que pronto comprendes que matar es mucho más difícil que morir.

Existen sólo unos cuantos libros que son verdaderamente grandes, libros que conquistan y luego destrozan a medida que sus páginas se van terminando. La guerra no tiene rostro de mujer es uno de ellos. Es inquietante cómo cuenta una brillante reflexión sobre nuestra historia, cómo nos condenamos a nosotros mismo al dolor y al olvido. Es sobre guerra, amor, pérdidas, muerte y la verdad inalterable de que la historia está escrita de una forma distinta para cada uno, está hecha de sentimientos.

Recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible.

 

 


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