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El hijo de Saúl

 

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Géza Röhrig protagonista de “El hijo de Saúl”.

Foto: www.dorkshelf.com        

 

Director: László Nemes

Escritores: László Nemes, Clara Royer

Año: 2015

País: Hungría

 

Por Jorge Sánchez Fernández

Estudiante de Licenciatura en Literatura

 

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Antígona / Sófocles

 

Extrañas es la categoría a mejor película extranjera en los premios Oscar. Por un lado, los films que participan realmente no son conocidos y, una vez de acabada la ceremonia, escasamente la ganadora tiene el reconocimiento del público en general. Esto lo evidencié al ver El hijo de Saul en el cine; pues una película tan incómoda, asfixiante y dolosa, no creo sea la opción preferida de los que van a buscar en los cines un momento de entretenimiento, sin embargo, la sala estaba repleta.

Por otra parte, es triste ver cómo las películas se disminuyen a un certamen; un premio que en un tiempo nadie recordará, porque… ¿cuál fue la ganadora a mejor película extranjera de hace dos años, del año pasado? ¿Cuáles fueron las candidatas? No puedo dejar de recodar el caso de El abrazo de la serpiente, película que en su primer momento en cartelera tuvo una insignificante acogida, pero que al ser anunciada como candidata al Oscar fue reestrenada y miles de personas se interesaron por ella. Quizá es nuestra naturaleza: esperar a que otros manifiesten la valía de una producción artística, para así validarla de la misma manera.

El hijo de Saúl merece ser reconocida por encima de sus múltiples premios. La película nos traslada a Auschwitz, infame campo de concentración nazi, en el año 1944, y nos presenta a Saúl Ausländer un Sonderkommando (trabajadores judíos en los campos), quién se encarga de recibir, guiar y posteriormente deshacerse de los judíos víctimas de las cámaras de gas. Un día, mientras hace su trabajo, de la cámara de gas recuperan a un niño que ha sobrevivido al procedimiento, pero que es asesinado al instante. Saúl tomará a éste niño como su hijo y hará todo lo posible para encontrar un rabino, realizar la ceremonia y posterior entierro, como lo dicta su religión.

Con este argumento, en apariencia sencillo, el director László Nemes nos lleva en un viaje por las tinieblas del ser humano. Sorprende el saber que El hijo de Saúl es la opera prima de Nemes, laureado realizador de cortometrajes, y quien junto a Clara Royer escriben un guion donde el terror del holocausto se muestra de manera diferente. Películas como El pianista de Roman Polanski y La lista de Schindler de Steven Spielberg, por nombrar dos famosos ejemplos, cuentan el horror del holocausto desde un punto de vista general; donde el mundo se ha vuelto bárbaro y sin sentido. La decisión, en el caso de El hijo de Saúl, de utilizar el formato de pantalla 1.37:1 (una imagen cuadrada y no rectángula como es común) que limita la cantidad de información en pantalla, además de filmar casi todo en primeros planos cerrados, centrando así la atención del espectador, hacen del film una experiencia personal, asfixiante y hermosa, que nos vuelve participantes en el terror.

La cámara se vuelve un espectador en la vida de Saul y sus compañeros. El primero en su cruzada por rendirle los últimos honores a su hijo y los segundos preocupados por sobrevivir. Sin embargo, esta apuesta formal puede llegar a incomodar a algún espectador. Es verdad que son pocos los directores que invierten lo parámetros establecidos y también es verdad que cuando lo hacen no es poca la gente descontenta con esto. El caso más reciente es el de la cinta Mommy del francés Xavier Dolan, quién también jugaba con el formato de la pantalla. Esto puede desorientar al espectador, pero se debe tener en cuenta que son decisiones artísticas, que ayudan a contar la historia, dicen algo sobre lo ocurrido en pantalla y maximizan las emociones.

Por otra parte, en la misión que emprende Saúl podemos ver un paralelismo con la historia de Antígona, y yendo más lejos se podría decir que toda la película no es más que la reinterpretación y puesta en escena de la obra de Sófocles. Aquí los nazis, e incluso los compañeros de Saúl, se convierten en la autoridad que no permite enterrar al ser querido y Saúl es quien lucha contra ese poder. El personaje de Saúl no podría transformarse en la figura trágica de no ser por Géza Röhrig, quien en su primera actuación para la gran pantalla dota de toda la humanidad y tristeza necesaria para la persona que es Saúl. Una interpretación llena de silencios, de miradas penetrantes, un ser incómodo y turbado, desesperanzado por su situación se convierte, gracias a Röhrig, en el más humano de todos, en un momento donde no parecía haber futuro para la humanidad.

Por su puesta en escena, su contexto y subtexto, por las interpretaciones tanto del protagonista como del resto del elenco, El hijo de Saúl se convierte en una producción tan hermosa como terrible e imprescindible. Los premios que cosechó son tan merecidos como necesarios. Lo primero por todo lo anterior dicho y también porque estos galardones impulsan el cine no comercial que, como en el caso de Colombia, necesita urgentemente ayuda. En internet surgió la polémica de por qué se premiaban “siempre” a las películas que tratan el tema del holocausto. Reflexionando sobre el tema llegué a la conclusión de que no es el holocausto como tópico, sino los momentos más oscuros de la humanidad donde nuestro ser más terrible, y acaso verdadero, aparece. Estas obras, me llega a la memoria el pintor Rothko y sus lienzos negros, son un constante espejo en donde podemos seguir viéndonos hasta ahogarnos o de las cuales podemos aprender para que el nuestro sea un reflejo más brillante.