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Critica

 

El Reino

La última novela de Emmanuel Carrére

 

He leído a Nietzsche y no puedo negar que me sentí señalado cuando dice que la gran ventaja de la religión es que nos hace interesantes ante nosotros mismos y nos permite huir de la realidad

Emmanuel Carrére, Le Royaume

 

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Emmanuel Carrère en su Reino.

Foto: http://img.europapress.net

 

Por Edgard Collazos

Docente Escuela de Estudios Literarios

La tribulaciones del espíritu y la literatura siempre han contraído buenas sociedades, tal es el resultado de El Reino (Le Royaume), la última novela de Emmanuel Carrére, un enorme fresco donde están trazadas las tramas de la cultura occidental desde los orígenes de la Iglesia cristiana; también los desvelos y las crisis de un escritor parisino.

Tiene como todas las buenas novelas, una historia y diferentes temas. Está narrada en primera persona por el mismo Carrére, quien narra un profundo segmento de su confundida y azarosa vida, unida a su pasado de adolescente, cuando creo que fui muy infeliz, nos confiesa esgrimiendo su ironía.

En el fecundo mundo de las letras, del que ya sabemos que las novelas son un conjunto de palabras donde los problemas son de naturaleza verbal, donde todo acto del pensamiento y del narrar es un acto del lenguaje, uno de los principales logros de Carrére es hacernos sentir lo contrario, que la literatura no es eso y que ese fajo de papel encuadernado que sostenemos en las manos es un intenso mundo, un escenario real donde todos hemos actuado.

A diferencia de Ricardo Reis, el heterónimo de Pessoa, el personaje de Carrére parece responder a esa pregunta formulada por Borges: ¿puede un escritor crear un personaje superior a él? y ahí está para responder el atribulado Carrére, el personaje, quien es él mismo narrador convertido en un objeto de percepción creado a partir de sus temores, el destino y las dudas sobre la vida. El personaje en su inicio es voluble, febril, confuso, sarcástico. Por medio de la sinceridad de sus palabras, página a página el narrador nos pide que reflexionemos sobre la ficcionalidad de su héroe, para eso, no crea un estereotipo, el Carrére de la novela es un personaje similar al lector, tiene sus mismos temores y desvelos, este siente que los problemas que enfrenta el ficcionado se abovedan sobre él, que los puede haber vivido en un momento de su vida y mediante esas reflexiones se despierta en el lector el fervor por hacerlo real.

En nuestra época, poblada de tantas supersticiones críticas, una de las problemáticas de todo escritor de novelas está en que el autor presupone que debemos de entender a su personaje como él lo concibe, en este caso, el obstinado Carrére utiliza un sistema contrario a lo que en creación literaria se llama: el factor repelente, que consiste en hacer benigno un personaje deleznable, como los ancianos morbosos de Alan Benet en Haciendo Historia.

  

 

La primera parte de El Reino nos introduce en una crisis vivida en París, entre los años de 1990-1993. Hacía tres años que Carrére no conseguía escribir y por esos años su única razón de ser en el mundo era la escritura, nos dice que me sentía impotente, exiliado en aquel arrabal de la vida que es un matrimonio infeliz, y ya en ese tema del amor, de la convivencia en pareja, letra a letra, con una prosa medida, por fuera de la retórica y de lo innecesario, nos introduce en el ámbito de su infierno, en su desasosiego, y va presentado los personajes implicados en el relato, y esa es una de sus excelsas artes, presentar los personajes por la necesidad misma de la historia, porque es la novela quien los reclama y no el intempestivo capricho del escritor. Así que en su crisis personal unida al matrimonio con Ann, de quien nos cuenta que consumía LSD, frecuentaba los night-clubs de Paris y pertenecía a una familia católica, crea el móvil que nos lleva a la historia de otra vida, al pasado de su madre: mi madre perdió muy temprano a sus padres, creció en la pobreza y temía por encima de todo no ser nada en el mundo nos dice cuándo empieza a presentar a Jacqueline, su madrina, un personaje visitado por parisinos porque les hablaba del alma. Jacqueline es un personaje intenso en la religión y fundamental para la vida de Carrére y para la novela.

Hay personajes destrozados y precipitados al fondo de lo inasible, como la institutriz Jamie, una pesadilla humana que ha conocido en los días de los sesenta en San Francisco a Philip K. Dick, o la misma Jacqueline quien cae en desvaríos apocalípticos.

La primera parte de la novela va del psicoanálisis al cristianismo, del diván a la iglesia, de la casa de los Carrére a las calles de Paris, y cuando ya sospechamos que el cristianismo no es una colección de metáforas judías, vemos de repente que la historia de esa iglesia es el extenso relato para el que nos ha preparado y al igual que en La Comedia, cuando Virgilio le dice a Dante: Io saró primo, e tu saraí secondo (yo voy de primero y tú de segundo) y sin ninguna objeción arrancamos tras de ellos en el viaje infernal, así en la segunda parte de El Reino, arrancamos tras Pablo y tras la historia del cristianismo y sus apóstoles por los antiguos territorios de Grecia, por los lejanos pueblos del Asia Menor, llegamos a la combustión de Jerusalén en esos tempranos años del cristianismo y desde ahí todo tema es intenso; todo lo histórico es tributario de la condición y el comportamiento humano; todo está amonedado en lo sensible histórico y en el fondo de nuestro pensamiento y de la pobre cosa temporal que somos.

 

 


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